Por Gilberto López y Rivas
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
20 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Agradezco a las y los hermanos zapatistas por invitarme a este semillero, al que vengo como integrante del Colectivo de Apoyo al EZLN-CNI-CIG “Llegó la Hora de los Pueblos”, que tiene su origen precisamente en el esfuerzo por acompañar las acciones de los pueblos en defensa de la vida, la paz, la justicia y la dignidad. Recordando con especial cariño a uno de sus fundadores, don Pablo González Casanova, quien cumplió a cabalidad, hasta el final de su fructífera vida, las tareas de ese vigía que los mayas zapatistas describen como el centinela de la reflexión crítica, que sabe distinguir los cambios, mira los indicios, los valora y los interpreta; que no se cansa, mucho menos se rinde, y señala los peligros y las tormentas, sin consignas, autos de fe ni modas de la academia extractivista.

Ese merecido reconocimiento de los zapatistas al más notable científico social de nuestro país, realizado en este mismo auditorio, vino a colmar una vida plena de congruencia ética y compromiso social e intelectual. Fue precisamente por esa entrega a la causa de los pueblos que la Comandancia General del EZLN lo premió a la manera de los zapatistas, es decir, dándole más trabajo. En aquella noche memorable en que le impusieron el grado de Comandante Contreras y lo integraron al Comité Clandestino Revolucionario Indígena del EZLN, convirtiéndolo en un obligado referente con el que se pone a prueba una intelectualidad anquilosada y alejada de las resistencias anticapitalistas y de la lucha contra la recolonización y la guerra social que viven nuestros pueblos y naciones.

Ese es el tema que vamos a discutir en este semillero.

La actual forma de acumulación capitalista se caracteriza por la exacerbación máxima de la violencia y de las contradicciones sistémicas, que abandonan toda mediación y las formas relativamente pacíficas con las que el capitalismo impuso su hegemonía. Las guerras neocoloniales, que incluyen la ocupación de países y territorios, la militarización, la criminalización de las oposiciones por la vía las supuestas guerras contra el terrorismo y contra el narcotráfico, el terrorismo de Estado global y nacional y la violación continua y creciente de los marcos jurídicos nacionales e internacionales, son características de esta etapa del capitalismo, en la que el Estado se sostiene con base en la coerción, la violencia y la represión civilizatoria. Una especie, sí, de guerra generalizada contra la fuerza de trabajo, los pueblos, la ciudadanía y la sociedad civil.

Esto significa que todo el andamiaje de cohesión, control, mediatización y regulación de las contradicciones sociales basadas en el reconocimiento de algunas conquistas de la clase trabajadora —contratos colectivos, sindicatos, prestaciones y el llamado, eufemísticamente, Estado benefactor— se vienen abajo. La explotación y la dominación quedan entonces al desnudo, repercutiendo brutalmente sobre la supervivencia misma de millones de seres humanos.

La fuerza de trabajo queda expuesta a la criminalización, persecución y agravamiento de sus condiciones laborales y de vida. A la violación de los derechos humanos más elementales, particularmente de los millones de trabajadores migrantes. Se produce la exclusión de amplias capas de trabajadores por efecto de la automatización, la edad, el género y los orígenes étnicos y nacionales. Se instala la inestabilidad laboral, formas de trabajo precarizadas, desempleo masivo, expansión extrema del trabajo informal, y también la penetración del narcotráfico y del crimen organizado en los ámbitos urbano y rural.

Nos encontramos en las derivas de lo que los mayas zapatistas han denominado “la tormenta”, que no es ni metafórica ni simbólica, y que alude, no a una visión apocalíptica ni a vocaciones proféticas milenaristas, sino a la posibilidad real y fundada científicamente de una catástrofe de escala mundial en un futuro no muy lejano, que nuestro compañero Carlos Taibo ha denominado colapso. Esto es, el hundimiento general y masivo del sistema dominante, caracterizado por reducciones sustanciales en la producción industrial, el derrumbe simultáneo y combinado de carácter financiero, comercial, político, social, cultural y ecológico, debido a sus propias contradicciones y realidades verificables que están teniendo lugar. Como, por ejemplo, el cambio climático o crisis climática; el agotamiento de las materias primas energéticas; la agresión irreversible contra la biodiversidad; las condiciones sociales de desempleo, pobreza, hambre y desplazamientos forzados masivos; el incremento exponencial de la mortalidad por enfermedades curables; guerras por las materias primas y el agua; genocidios, etnocidios y ecocidios; terrorismos de Estado; proliferación de armas nucleares; derrumbe de las megaciudades, y el paso a las necrópolis, extensión de la delincuencia y de las bandas criminales.

Asimismo, a partir del análisis de las acciones abiertas y clandestinas que el gobierno de Estados Unidos ha llevado a cabo a escala planetaria durante los gobiernos de republicanas y demócratas, se impone el terrorismo global de Estado para caracterizar la política de violencia perpetrada por aparatos estatales imperialistas en el ámbito mundial contra pueblos y gobiernos, con el propósito de infundir terror y en abierta violación de las normas del derecho nacional e internacional.

Sostengo que, en el estudio y el análisis del terrorismo, se ha enfatizado el terrorismo individual y el de grupos pertenecientes a todo el espectro político, obviando el papel desempeñado por el imperialismo estadounidense y por los Estados capitalistas en la organización y el establecimiento del terrorismo interno y el que se impone en el ámbito internacional.

El terrorismo global de Estado violenta los marcos ideológicos y políticos de la represión legal, la justificada por el marco jurídico internacional, y apela a métodos extrajudiciales, a la vez extensivos e intensivos, para aniquilar a la oposición política y la protesta social a escala planetaria.

Recordar las 867 bases militares estadounidenses distribuidas por los cinco continentes, sin tomar en cuenta los nenúfares, que son las bases secretas de Estados Unidos.

Estados Unidos, como poder hegemónico, ha instaurado la barbarie como proceso devastador del género humano y de la naturaleza.

El terrorismo global de Estado, o terrorismo transnacional, cuenta, obviamente, con la complicidad de la ONU y de gobiernos supuestamente democráticos, que establecen, paradójicamente, una democracia despojada de todo contenido participativo y de justicia social, con violaciones permanentes a los derechos humanos. Lo que viene a demostrar que, históricamente, capitalismo y democracia son incompatibles.

La actual mundialización capitalista se expresa en una recolonización y guerra de conquista de territorios, recursos naturales, seres humanos desechables y destrucción de la naturaleza, mismas que están llevando a la especie humana y a las formas de vida conocidas a las derivas de su posible extinción y, repito, al colapso civilizatorio.

Esto es: la lucha actual de los pueblos y las naciones se sitúa en el dicotómico posicionamiento por la vida o por la muerte.

Rosa Luxemburgo, quien no vivió las pesadillas del nazifascismo ni de la actual forma de acumulación capitalista delincuencial y militarizada, planteaba ya hace más de un siglo la disyuntiva entre socialismo o barbarie. Recordemos la definición clásica del fascismo como terrorismo de la burguesía.

Para el caso de México, en el contexto de esta trágica situación, vemos el continuismo de la llamada Cuarta Transformación, con la extensión de sus megaproyectos y programas clientelares individualizados que, en múltiples regiones, operan en clave contrainsurgente o como la ingeniería de conflictos de la recolonización de los territorios, en el proceso de una visible y creciente militarización del país.

La presencia y actividad permanente del crimen organizado, el otro actor armado del capitalismo, va despoblando y desposeyendo, fragmentando los tejidos comunitarios, desgastando las resistencias y descabezando los movimientos, reclutando juventud por doquier y secuestrando su futuro.

Entiendo por militarización, en el caso mexicano, la asignación de misiones, tareas, prerrogativas, presupuestos y competencias a las Fuerzas Armadas no contempladas, obviamente, en la Constitución y en sus leyes, y que corresponden a otras secretarías, instituciones y dependencias del gobierno dedicadas a la seguridad, la obra pública o la administración del Estado, entre otras.

El estamento militar realiza 223 tareas de este tipo, mientras el gasto militar en México se elevó al equivalente de 6 mil 500 millones de dólares en el año 2019, el primer año de gestión de Andrés Manuel López Obrador, lo que duplicó la tasa de crecimiento mundial, de acuerdo con el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, en su reporte anual sobre gasto castrense mundial.

La inclusión del Ejército en el consejo científico que planea la inversión gubernamental en investigación, innovación y tecnología es una de las últimas acciones en la ruta de la militarización, además de la administración, por parte de las Fuerzas Armadas, de fideicomisos, empresas públicas y convenios, obviamente sin la debida rendición de cuentas ni contrapesos institucionales.

Así, el actual gobierno da continuidad a la acumulación capitalista por desposesión militarizada y necropolítica, que las anteriores administraciones neoliberales pusieron en práctica.

El aumento de misiones de los militares, que secretarías civiles podrían llevar a cabo, son, entre otras: la construcción de cuatro aeropuertos y tres tramos del Tren Maya; cuarteles de la Guardia Nacional; 2 mil 700 sucursales del llamado Banco del “Malestar”; además de asignarles la administración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y de tres aeropuertos más en la península de Yucatán, así como las eventuales ganancias del Tren Maya para las pensiones de los militares. La entrega a la Secretaría de Marina del control de aduanas marítimas y terrestres, así como de los puertos del país; la administración de diez hospitales; y la puesta en práctica de cientos de programas asistenciales que, por cierto, están indicados en los manuales de contingencia para mostrar el rostro amable del estamento castrense: Sembrando Envidia —o sea, Sembrando Vida—, Jóvenes Construyendo el Futuro, con 33 centros de capacitación; entrega de fertilizantes; distribución de libros de texto y materiales educativos. Bueno, hasta están haciendo ya salvamento paleontológico y arqueológico, imagínense; inauguración de museos de sitio. Todo ello a través de asignaciones directas o convenios de colaboración con otras dependencias federales, como las secretarías de Educación y Agricultura, Pemex y el INAH, exaltando en los medios de comunicación —dentro de lo que yo denomino como militarismo, la exaltación de lo militar— la disciplina y el profesionalismo de los ahora considerados, de nueva cuenta, el pueblo uniformado. Háganme favor.

La amnesia manifiesta del gobierno actual en torno al involucramiento de ese pueblo uniformado en la violación de derechos humanos durante las décadas de la guerra contra el narcotráfico, y en las masacres, represiones y crímenes de Estado y de lesa humanidad del siglo pasado contra ferrocarrileros, médicos, telegrafistas, estudiantes y maestros; en Tlaltelolco, en San Cosme; en el asesinato de dirigentes populares como Primo Tapia de la Cruz y Rubén Jaramillo y su familia; en desapariciones forzadas, como las narradas por el general José Francisco Gallardo en su tesis de doctorado; en los años de la guerra sucia, cuando se adoptan técnicas contrainsurgentes utilizadas por los militares franceses en Argelia, como los vuelos de la muerte; y en la formación de grupos clandestinos como el Batallón Olimpia, la Brigada Blanca, Los Halcones y los grupos paramilitares en Chiapas, los “peces más bravos”, que aconsejan los manuales de guerra irregular de la Sedena para neutralizar a la guerrilla.

La actuación del paramilitarismo dura ya varias décadas. Como presidente en turno de la Comisión de Concordia y Pacificación, y con la asesoría de la abogada Digna Ochoa, presenté el 30 de abril de 1999 una demanda ante la entonces PGR acerca de la existencia, en Chiapas, de grupos paramilitares, uno de los cuales, se recordará, había realizado la masacre de Acteal en diciembre de 1997.

En esa demanda denuncié la puesta en práctica de una estrategia de guerra irregular por militares mexicanos, adiestrados algunos de ellos en la estadounidense Escuela de las Américas, como el excomandante de la Séptima Región Militar, Mario Renán Castillo.

En la demanda se asentaba la presencia de militares o exmilitares en la masacre de Acteal, en relación directa con mandos de la Sedena. También se estipulaba que los paramilitares constituían la fuerza de contención activa en Chiapas, mientras el Ejército se desplegaba como una fuerza de contención pasiva.

Los paramilitares se dedican a hostigar, con acciones armadas, a las bases de apoyo zapatistas, entre otros; y la tarea de los militares y policías supondría la aplicación de una táctica militar de contrainsurgencia conocida como yunque y martillo”, la cual consiste en que el Ejército y las instituciones policiacas adoptan la función de fuerzas de contención —o sea, el yunque—, que permiten realizar la función de permanente hostigamiento de los grupos paramilitares —el martillo— contra el EZLN y sus bases de apoyo.

Esta fue una táctica utilizada en Guatemala, aunque en este caso el Ejército participó directamente, con un papel fundamental en el genocidio contra la población indígena. En este conflicto guatemalteco, agudizado en los años sesenta del siglo pasado, encontramos lo que podría ser el taller de la paramilitarización y militarización en Centroamérica y en México.

Podemos afirmar que el vínculo estatal otorga un elemento fundamental para una definición de la experiencia mexicana. Así, los grupos paramilitares son aquellos que cuentan con organización, equipo y entrenamiento militar, a los que el Estado delega el cumplimiento de misiones que las Fuerzas Armadas regulares no pueden o no quieren llevar a cabo abiertamente, sin que eso implique que reconozcan su existencia como parte del monopolio de la violencia estatal.

Los grupos paramilitares son ilegales e impunes porque así conviene a los intereses del Estado. Lo paramilitar consiste, entonces, en el ejercicio ilegal e impune de la violencia del Estado y en la ocultación del origen de esa violencia.

Sobre todo en los casos de Chiapas, Guerrero u Oaxaca, entre otros estados, el paramilitarismo sirve a los fines de la contrainsurgencia, destruyendo o deteriorando severamente el tejido social de las comunidades y organizaciones sociales en resistencia.

Actúa bajo las más diversas expresiones: agrediendo a prestadores de servicios sociales; originando condiciones de expulsión y desplazamiento de las comunidades indígenas y campesinas; coaligándose con las autoridades civiles; ejerciendo acoso mediante el accionar de jueces venales y policías judiciales; infiltrando asociaciones religiosas; realizando labores de inteligencia; planteando disyuntivas desarrollistas que ocasionen clientelismo y deterioro ambiental, como Sembrando Vida; ubicando como enemigos del desarrollo a las comunidades que se niegan a seguir la lógica del capital; y, sobre todo, originando o aumentando la espiral de la violencia en las comunidades, imponiendo que ésta sea ya casi un modo de vida.

Estas violencias, naturalmente, son inherentes a la democracia tutelada por la actual forma de acumulación militarizada, paramilitar y delincuencial, ya que los poderes fácticos que la sostienen y le dan contenido las ejercen para lograr sus objetivos económicos y políticos y, en consecuencia, hacen de la guerra contra la clase trabajadora y los pueblos su razón de ser y de existir, tanto en el ámbito nacional como internacional.

Sin embargo, también la utopía concreta sigue aquí, en las múltiples resistencias que se registran en la territorialidad lacerada por estas violencias; en la terquedad de pensar el mundo a contracorriente; de no dejarse arrastrar por la rutina, el cansancio y la demoledora maquinaria del pensamiento único, que no admite disidencias, desviaciones ni, mucho menos, sueños libertarios.

En la clase política de Morena y su entorno intelectual, si es que queda, quedaron atrás los afanes revolucionarios de quienes pretendieron transmutar las relaciones de explotación de la clase trabajadora mexicana y los sistemas de dominación basados en el capitalismo para establecer el socialismo.

Quienes se propusieron el dentrismo —recuerden, cambiar el Estado desde dentro— resultaron más bien trastocados para beneficio personal y de grupos partidistas, con las ventajas de otorgarles a sus narrativas justificadoras tintes progresistas e, incluso, propósitos históricos cuartotransformistas.

En suma, para quienes por convicción política y vocación de vida hemos optado por la defensa de los derechos de la clase trabajadora y de los pueblos originarios, los gobiernos de Morena han significado una continuación e, incluso, en algunos aspectos, una profundización del proceso de recolonización de los territorios por la vía de los megaproyectos, que se pretenden imponer con las violencias propias de la acumulación militarizada, por medio de las Fuerzas Armadas y el uso cada vez más frecuente de la delincuencia mafiosa como dispositivo armado clandestino para la ingeniería de conflictos, el desplazamiento de población, el control y el saqueo territorial y, por el camino del terror, el enfrentamiento de las resistencias y la ejecución de dirigentes opositores.

La democracia tutelada por el capitalismo establece, asimismo, como principal soporte ideológico, una dictadura mediática que impone un pensamiento único y un imaginario social que estimulan la reproducción de consumidores compulsivos, gente dócil y opacada, obediente, competitiva, conformista, individualista y narcisista, que he denominado la generación selfie.

Por cierto, a propósito de la generación selfie, me encontré en un autor ruso un poema y quería yo, si me permiten, un acto de poesía. Dice así:

Oh, juventud, juventud, nada te importa. Te parece poseer todos los tesoros del universo y hasta la tristeza te divierte, hasta la tristeza te es agradable. Eres engreída, soberbia y presuntuosa. Tú dices: “¡Veme! Soy la única que vive”. Y, sin embargo, tus días también pasan y desaparecen sin dejar rastro, apenas. Todo lo que hay en ti desaparece, como la cera al sol, como la nieve. Y quién sabe si el misterio de tu encanto está no en la posibilidad de hacerlo todo, sino en la posibilidad de pensar que todo lo harás; está en que derrochas inútilmente las fuerzas que, de todos modos, no hubieses sabido emplear en otra cosa; está en que cada uno de nosotros piensa completamente en serio que ha sido un derrochador; que completamente en serio se imagina que tiene el derecho a decir: “¡Lo que hubiera hecho si no hubiese desperdiciado mi tiempo!

Frente a todo lo expuesto, la estrategia de lucha y resistencia reiterada por los mayas zapatistas es la organización desde abajo, desde una izquierda que no renuncia a la construcción de mundos nuevos.

Aquí se sitúan, a 32 años de iniciado su movimiento de insurgencia, el propio Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el Congreso Nacional Indígena, que creo que este año cumple 30 años, y el entorno variopinto que se articula en este polo de resistencia, en el que participamos colectivos, movimientos, gremios y organizaciones políticas, algunas incluso adscritas al marxismo y con programas y estrategias en favor del socialismo.

Como parte del colectivo de apoyo al EZLN-CNI-CIG, “Llegó la hora de los pueblos”, hago un llamado a la academia, a la intelectualidad, a los y las artistas, a los profesionales independientes de los medios de comunicación, al magisterio que resiste, al estudiantado y a quienes mantienen viva la flama del pensamiento crítico en todas las trincheras de la lucha social, del saber y del conocer, a continuar acompañando la lucha de los pueblos por la vida, por la autonomía, por los autogobiernos de mandar obedeciendo, contra toda forma de violencia patriarcal, por la construcción del poder popular y por otro mundo posible y sustentable, guiados por los principios éticos de la democracia consejista comunitaria de los mayas zapatistas.

Además, hay que desarrollar, para enfrentar esta lucha, lo que los zapatistas denominan “pensamiento crítico”, el cual refiere —ya lo dije— al vigía que no agota su capacidad para vislumbrar los peligros que acechan a la humanidad; que no cae en la rutina y deja de notar los pequeños o grandes cambios de las realidades en las que estamos inmersos; las tormentas que se avecinan o que estamos ya sufriendo.

También es ineludible no abandonar el análisis desde lo global, desde el diagnóstico de la reconfiguración del sistema capitalista en su fase de transnacionalización neoliberal.

Caracterizar esta etapa, que algunos definen como recolonización, imperialización, reorganización hegemónica planetaria, necropolítica o lo que el entonces Subcomandante Marcos consideraba como Cuarta Guerra Mundial, todo ello para poder fortalecer las estrategias de lucha anticapitalista y antiimperialista.

Gracias a todos y a todas.