El Condenado y las Hormigas. (El amor y el desamor según un niño zapatista) | ͶÀTIꟼAƆ ⅃Ǝ | Marzo 2026
El Condenado y las Hormigas.
(el amor y el desamor según un niño zapatista)
(Nota aclaratoria para quienes no conocen algunas cosas: el GAL es el Gobierno Autónomo Local, y GALes es el plural. El CGAZ es como la coordinación de GALes, según su cercanía geográfica. La ACEGAZ es la asamblea de las coordinaciones de GALes. El INTERZONA es donde se reúnen los encargados de todas las zonas zapatistas (las comandantas y comandantes, pues). La PERMANENTE es una asamblea de compañeras y compañeros que están aprendiendo de gobernar. Pero no hagan mucho caso de estos nombres porque, como el COMÚN se está construyendo todavía, la estructura va cambiando de forma y de nombre. Fin de la nota aclaratoria)
Habrá una vez un niño. Zapatista. No muy grande pero no muy chico. Es de raíz maya y vive con su familia en una comunidad donde hay zapatistas y partidistas, o sea lo que ahora llamamos “hermanos no zapatistas”.
Este niño es muy travieso. Nomás aprendió a caminar, se salía de la casa y anda vete. Cuando salían a buscarlo, los papás siempre lo encontraban en problemas: que quiso agarrar una avispa, que se pintó con lodo todo el cuerpo, de una vez bien encuerado, pero color lodo que se puso – porque se puso a jugar con los cuchitos-. Otra vez lo encontraron en el potrero según esto hablando con una vaca que acababa de tener becerrito. “Es que le estaba preguntando por su cría”, dijo cuando lo regañaron.
Bueno, de ahí que, como el niño era muy travieso, su papá y su mamá se turnaban para cuidarlo.
Pero ya saben ustedes como son los pinches hombres, que dicen que cuidan y ahí nomás están en el celular, que si el feisbuc o el whatsapp y esas cosas.
Las mamás, lo sabemos, si es que van a cuidar, es que van a cuidar. Y es como si tuvieran ojos por todas partes, hasta atrás de la cabeza, porque cualquier travesura que quieres hacer a escondidas, ahí nomás te descubren.
Bueno, también lo sabemos que las mamás mucho regañan. No es que nomás te dicen “no hagas eso”, no, te empiezan a decir un montón de cosas que parece que están rezando, y peor porque te regañan en lengua, y en castilla y, a veces, hasta en inglés, francés, italiano, alemán y hasta en farsi.
A este niño le regañaba su mamá diciéndole: “condenado chamaco del demonio, te vas a ir al infierno por tanta travesura que haces”.
Y así se pasaba el día de este niño: haciendo travesuras él, su papá haciéndose pato, y su mamá regañando a los dos.
Bueno, pues llegó su día de que el niño tiene que ir a la escuela autónoma. Entonces están todos los niños y las niñas en la escuela, el primer día de clase, y llega la promotora de educación.
Entonces el chisme cuenta que la promotora de educación estaba muy enamorrrada, de una vez que no se puede creer, de un promotor de salud. Pero el problema era que ella y él eran de dos puyes diferentes, o sea de dos caracoles distintos (“puy” quiere decir “caracol” en lengua de raíz maya). Ella estaba en un puy, y él en otro puy que está retirado. Ella y él se conocieron en una fiesta de aniversario del alzamiento. No dijeron nada, sólo bailaron juntos. Y aunque hacía un frío de todos los demonios, ellos no tenían frío. Él hasta sudaba y ella se ponía roja, bien roja de la pena. No se dijeron nada, pero la promotora de educación lo investigó bien.
Ya ven cómo son las compañeras, que tienen un sistema de investigación y comunicación secreto, entonces esta compañera lo investigó primero lo más importante. O sea, si es que el muchacho tiene o no tiene marida.
Ya que lo supo que no tiene marida, entonces la compañera lo investigó un pretexto bueno para verlo.
Y llegó en su cabeza de ser teatrista, porque los teatristas de los puyes se reúnen cada tanto que los llama el SubMoy para preparar obra de teatro.
Y vio la forma de que el muchacho también se entrara de teatrista y así se iban a poder ver, y tal vez platicar, y tal vez tomarse de la mano, y tal vez abrazarse, y tal vez darse un besito, y tal vez… ¡Ay diositillo!
Bueno, pues se sabía que pronto iba a haber encuentro de artes y que iban a llamar a los teatristas para preparar una obra de teatro sobre el común y la naturaleza. Entonces la promotora de educación, ¿acaso está con su cabeza en la clase? No, ella está bien distraída, pensando en otra cosa, no se concentra y sólo está suspirando, pensando en cuándo se va a encontrar con su amado. Pero ya están todas las niñas y niños, y ya se están peleando por un dulce de chamoy que lo llevaron la Verónica, la Ceci y la Hermelinda Damiana (que son las nuevas reclutas del Comando Palomitas).
Entonces como la promotora está distraída por causa de su enamoramiento, cuando va a pasar lista que le dio el formador de educación, no la encuentra la lista. Y la busca la lista, pero no hay.
Y es un gran problema, pero la promotora está enamorada pero no es tonta y dice: “A ver, cada quien va a decir su nombre para que todos sabemos cómo se llama cada quien”.
Entonces cada niña y niño va diciendo su nombre, y cuando llega el turno del niño travieso él dice: “Yo me llamo Condenado y me apedillo Chamaco del Demonio”. Así me dice mi mamá todo el tiempo “Condenado Chamaco del Demonio”, entonces ése es mi nombre”.
La promotora, como ya dije que estaba muy enamorrada, pues no le importó y así lo apuntó en la lista “Condenado Chamaco del Demonio. 4 años entrado en 5, del GAL tal”, y todo el rollo de cgaz, acegaz, interacegaz, permanente, interzona y esos nombres raros del común zapatista.
Cuando revisó la lista, el formador de educación no se dio cuenta porque se estaba peleando con su mujer, que lo regañó porque decía que estaba coqueteando con la comadre Ruperta.
Y el formador se defendía: “Pero cómo crees mujer, si la comadre tiene 80 años”. “No importa”, decía la celosa, “tiene 80 años de mañas, que son tantas que ni con mecapal las alcanza a cargar, y es una quita-maridos”.
Y ahí están peleando y peleando, y el formador no puso atención que en la lista había un niño que se llamaba “Condenado” y se apellidaba “Chamaco del Demonio”.
Y así quedó en su papel de educación el nombre de este niño. Y así lo conocían sus compañeritos y compañeritas de la escuela.
Pero el asunto llegó hasta las reuniones de la palabra de dios. Y ahí escucharon que el tunel (-se pronuncia con acento agudo-, que es el encargado de los sacramentos), dijo que hay que tener cuidado con la gente mala, “son los condenados”, dijo, “y no hay que juntarse con los condenados”.
Y ni modos, al siguiente día, nadie se acerca al niño que se llama “Condenado”, y no juegan con él ni nada. Entonces lo dejan solo.
Pero el Condenado Chamaco del Demonio, no se puso triste, sino que organizaba sus propios juegos y se iba al monte a buscar de herbolaria, porque su abuela sabía de plantas medicinales y él la acompañaba.
Y también acompañaba a su papá cuando iba a la milpa, y a su mamá cuando iba a la leña, y ahí su papá y su mamá le enseñaban cuáles animales son malos y no hay que acercarse, y cuáles son buenos y no hacen daño, y cuáles son parecidos pero diferentes, y cómo se llaman.
Entonces el niño aprendió nombres y modos de muchos animales, y nombres de muchas plantas y para qué se usan. Y el niño hizo un su cuaderno de apuntes: en un lado puso los nombres de todos los animales que conocía y en otro lado los nombres de las plantas.
Entonces el niño un día está revisando sus apuntes y lo mira que no están las hormigas. Y va y le pregunta a su papá de las hormigas.
El papá estaba peleando con la mamá porque el pozol estaba agrio y así nomás no se podía, y se estaban regañando los dos, como de por sí se regañan las parejas que se quieren. El niño volvió a preguntar si las hormigas son buenas o malas. Y el señor, como seguía peleando, nomás le dijo “las hormigas son hormigas”.
Entonces el niño quedó pensando que eso quería decir que no se sabía si las hormigas son buenas o malas, y entonces hay que estudiar.
Y el niño empezó a estudiar a las hormigas: dónde caminan, dónde viven, qué hacen. Y supo que hay distintos tipos de hormiga. Estuvo mirando y analizando varios hormigueros, y lo miró que están organizadas las hormigas, o sea que tienen repartidos los trabajos y los cargos: hay quien sale a explorar, hay quien consigue la comida y la lleva al hormiguero, hay quien tiene y cuida a las crías, hay quien defiende, y hay quien se hace pato o pata, según, o sea haraganas.
Pero el niño no quedó conforme y pensó que hay que investigar más. Entonces se le ocurrió una travesura: fue a ver al Monarca y le dijo que tiene que buscar y mostrarle videos de las hormigas. El Monarca lo miró que es un chamaquito y le preguntó que quién dijo. El niño dijo su mentira que es orden del SubMoy.
El Monarca no lo creyó y le preguntó que cómo se llama el niño. El pequeño dijo su nombre: “Condenado Chamaco del Demonio”, y entonces el Monarca tuvo miedo de que qué tal que sí es del demonio, y, ni modos, tuvo que buscar los videos y mostrarle al niño.
En la noche el Monarca no pudo dormir por miedo del diablo. Porque al Monarca lo regaña el SubMoisés, y lo regaña el Capitán Marcos. Si también lo va a regañar el demonio, pues no está cabal.
Pero el niño así aprendió más de las hormigas, de cómo están organizadas, y de los cargos y trabajos que tienen.
-*-
Una vez, después de que llovió muy fiero, o sea, después de una tormenta, el niño fue a mirar cómo estaba un hormiguero que había cerca de su champa. Alrededor de la entrada del hormiguero había pequeños arroyitos de agua.
Y las hormigas que salían de la boca del hormiguero estaban como confundidas, dando vueltas de un lado a otro. De pronto, una de ellas se mete al agujero y detrás de ella salen otras hormigas, pero como marchando, como si fueran un ejército.
No hay quien manda, pero las hormigas soldados rápido se organizan y se agarran de las patitas unas y otras, y hacen como un puente sobre uno de los arroyitos y ya entonces las demás hormigas agarran camino y cruzan el puente y van donde les toca ir por alimentos y para explorar.
Ya que el sol seca los arroyitos, las hormigas soldado se sueltan y vuelven al hormiguero, y salen de nuevo a su trabajo que les toca.
El niño queda muy impresionado por esto que miró y queda pensando.
-*-
Otro día, cuando están en la escuela con la promotora de educación enamorrada y distraída -suspirando de amor la pobre-, llegan los GALes de ese pueblo y le dicen a la maestra que en la asamblea general de GALes, máxima autoridad zapatista, se acordó invitar al SubMoy a que da plática, y que ese día le tocaba en ese pueblo, y el SubMoy preguntó por la escuela y le mostraron, y dijo el SubMoy: “voy a dar plática del común a las niñas y niños, para que desde pequeños entienden lo que se está haciendo”.
Y en eso entra el SubMoy al salón, pero la promotora de educación acaso se da cuenta y está en un rincón nomás suspirando y suspirando por su amor lejano.
Entonces el SubMoy se da cuenta de que la compañera ni siquiera lo ha visto y saluda a los niños y niñas. “Buenos días”, les dice, “yo me llamo Subcomandante Insurgente Moisés y les voy a dar una plática”.
Y, de una vez, empieza el SubMoy a explicar lo que es el común y las pirámides y el trabajo político y las ciencias y las artes y la preparación militar para defenderse y todo eso.
Y las niñas y niños se quedan callados, como que no entendieron nada, así como se quedan callados los del interzona, que no quieren participar porque rápido se descubre que no entendieron nada porque estaban distraídos con el celular o metiéndose el dedo en la nariz.
Entonces, como todos están callados y hasta los GALes del pueblo están mirándose las botas como que tienen mucho lodo, o sea que están haciéndose patos y patas, el SubMoy pregunta a los niños y niñas si entendieron la explicación.
Nadie dice nada, todo en silencio, y hasta el subMoy piensa que está en una reunión del interzona, y ya se va a ir cuando un niño levanta la mano.
El SubMoy se detiene en la puerta y se regresa y le dice al niño que diga su palabra.
El niño sólo dice “Hormigas”.
El SubMoy hace su ojo así, como que no entiende nada, y le dice “bueno, a ver explica eso de hormigas”.
Y el niño empieza a contar lo que miró en el hormiguero, de cómo estaban organizadas las hormigas, y cada quien su trabajo, y se apoyan, y se enseñan y hasta se curan entre sí, y lo que pasó después de que llovió y cómo un grupo de hormigas su trabajo era cuidar, proteger y apoyar a su comunidad de hormigas.
El SubMoy lo escuchó con atención, volteó a ver a los comités que lo acompañaban y los miró como diciendo “¿No les da vergüenza que un niño sí entiende y ustedes que ya están grandulones no saben explicar?” Los comités siguieron haciéndose patos y patas, como que no están ahí.
Entonces el SubMoy lo felicitó al niño y le preguntó cómo se llama. Y el niño respondió “Condenado Chamaco del Demonio”, pero uno de los GALes se acercó y le dijo al SubMoy que es un su nieto de una vieja pareja, zapatistas desde antes del alzamiento.
El SubMoy le preguntó al niño por qué se llama así y el niño señaló con la mirada a la promotora de educación que seguía suspirando y dijo “por culpa del amor”; luego el niño miró al formador de educación y agregó “y por culpa del desamor”.
El SubMoy se rio un buen rato, mal miró a la promotora, mal miró al formador, y lo invitó al niño a comer con él tamale crudo que habían preparado las compañeras cocineras de ese pueblo.
Puras solteras, dijo el Capitán Marcos, porque no saben hacer tamale y por eso no agarran ni una gripa, menos van a agarrar pareja.
En realidad, era su maña del SubMoy para que el niño comiera el tamale primero y si no le hacía daño, entonces ya comía también el SubMoy.
-*-
Al Capitán no le dieron ni el saludo. Quien le manda andar mal hablando de las cocineras.
Pero el Capitán no se preocupó, porque se comió todo el dulce de chamoy y las paletas de malvavisco que eran para el Comando Palomitas.
Y al final, igual le dolió su panza al Capitán por comer mucho dulce.
Tan-tan.

El Capitán.
Enero-febrero del 2026.
[:es]El arte es una maldición | Capitán Marcos[:en]Art is a Curse | Capitán Marcos[:]
[:es]
EL ARTE ES UNA MALDICIÓN
24 de febrero del 2026.
Damas, caballeros y quienes no son los unos ni las otras:
Antes que nada, queremos agradecer a Gabriel Pascal, David Olguín, a Philippe Amand y a toda la banda que hace posible este evento. A Steph por su incondicional complicidad.
También agradecemos a Lenin y a Marina, quienes han tenido la bondad de leer nuestras participaciones.
Quiero aclarar que no fuimos invitados a este homenaje al maestro Luis de Tavira. Digo esto no como reproche, sino como prueba de descargo para quienes, en buena oportunidad, organizaron esta reunión. Sirva el presente texto para que puedan lidiar con reclamos, mentadas de menta y de las otras, procesos judiciales y lo que se derive del caso, o cosa, según.
Entonces se puede decir que estamos aquí de “colados”. Imagino su desagrado, pero tomen en cuenta que sería peor si hubiéramos dado “portazo”, esa sana costumbre ciudadana de meterse sin tener invitación, ni paga para los boletos.
Celebramos así no sólo que sus cercanos saluden al maestro, también y sobre todo para manifestar el abrazo de quienes, sus lejanos, lo pensamos.
Y esta celebración, en la que el maestro viene siendo como el pretexto, nos plantea varias cuestiones. A saber: ¿qué es lo que posibilita que converjan, en una geografía y un calendario, comunidades tan distintas y lejanas? Porque eso son quienes aquí se encuentran presentes -algo de lo mejor de la comunidad artística-. Y, bueno, nuestras palabras son para hacer presentes a quienes están alejadas: algunas de las comunidades indígenas, originarias de raíz maya -las zapatistas-.
Una comunidad artística y comunidades indígenas coincidiendo. Diferentes encontrándose sin dejar de ser lo que son. Y un maestro teatrista, Luis de Tavira, como convocante involuntario.
A las primeras las convoca el arte dramático. “El reto artístico supremo”, solía decir el finado SupMarcos -que diosito lo tenga en su santa gloria y la virgen santísima lo colme de bendiciones-, para diferenciarlo de las otras artes. Y supongo, sin que me conste, que el difunto se refería a que la realidad acosa al Teatro (así como a la danza y, en algunos casos, la música) en un presente vertiginoso. A diferencia del cine, las artes gráficas, la escultura, la literatura y la arquitectura, por ejemplo, donde el acto artístico se crea en un espacio diferente a donde se confrontan con las personas escuchas-videntes y no videntes, el teatro se relaciona con lo otro en una situación espacio- temporal especial. Lo que hace que la geografía y el calendario sean creados también como parte de esa creación artística. Así, cuando se dice “teatro”, se refiere lo mismo a la obra representada y al espacio donde se confronta a veces.
Estamos así aquí -nosotros los pueblos zapatistas-, bajo protesta de quienes organizaron este homenaje, en un espacio teatral llamado “El Milagro”, tal vez porque el ejercicio del arte dramático, al menos en México, es un milagro logrado pese a todas las dificultades que se topan.
Pero, en los tiempos sombríos de una Inteligencia Artificial que acosa a las artes, el teatro parece estar a salvo. Al menos por ahora, parece imposible que un organismo cibernético pueda emular esa confrontación maravillosa que se da entre los teatristas y el público.
Parece difícil (al menos ahora), que la Inteligencia Artificial pueda aproximarse siquiera a las distintas caracterizaciones del personaje de Adela, en La Casa de Bernarda Alba, quien, con el fuego del amor prohibido, desafía al autoritarismo:
“¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos). Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Marcos!”
(Ok, ok, ok, el texto original dice “Pepe”, pero digamos que es una licencia poética).
Cierto, tienen ustedes razón en que no es inocente que haya yo elegido una obra de teatro de Federico García Lorca, alguien diferente, distinto, acosado y asesinado por ser quien era y por la causa que abrazaba. Tampoco es gratuito que haya escogido un parlamento de una mujer rebelde. Ni puede ser ocioso que una artista, Marina, lea este texto.
Pero en realidad, lo que me ha movido a esta mención es el amor subversivo que en esa obra se decanta. Y, claro, el reto escénico que esas breves líneas plantea a cualquier hombre, mujer u otroa teatristas: Adela rompiendo el sepulcro blanqueado en el que, junto al resto de sus hijas, Bernarda Alba las tenía encerradas.
Y todo esto viene al caso, o cosa, según, porque, en el pasado semillero de diciembre de 2025, Don Luis de Tavira, el maestro, fue el único que entendió lo que pretendimos al introducir, en los temas, los del amor y el desamor. Cuando le escribí invitándolo, le dije que lo más probable era que ninguno de los ponentes tocara esos puntos, además de nosotros, claro. Así que no tenía por qué preocuparse de eso. Él entendió inmediatamente que eran precisamente ésos los temas más importantes de ésa y de todas las reflexiones habidas y por haber. El maestro aceptó el reto (en realidad, el teatro en sí es un reto). Y su participación, a la lejanía -como estas palabras-, centró el misterio por develarse: el amor y el desamor.
Brillante, como de por sí, el maestro reveló y rebeló el leit motiv de la historia humana, de sus éxitos y sus fracasos, de sus ascensos y caídas, de guerras escondidas detrás de desamores y de amores escondidos detrás de guerras, de resistencias y rebeldías.
En su participación, el maestro dice que yo dije lo que en realidad él dijo: el arte es una declaración de amor a la humanidad. Y si él dijo que yo dije lo que él dijo que dije que él dijo, entonces no se trata de una confusión, sino de una feliz coincidencia. Una coincidencia entre dos lejanías, como las que se encuentran hoy aquí, de milagro, en El Milagro.
Debéis ser fuertes: en este amor terrible y maravilloso, en el arte, camináis al desamor. Porque la humanidad no os corresponderá. Ella es díscola, rejega, ingrata, pérjida, romántica insoluta -como bien definió el filósofo mexicano Salvador Flores Rivera-. Y aun así debéis perseverar. Así es como podréis entender que las artes son una maldición. Una maldición hermosa, cierto, pero maldición, al fin y al cabo.
Ahora imagino los gestos de Steph, quien es coautora de esta irrupción. Debo decir, en su descargo, que no ha sido sólo cómplice de éste, y que hay otros crímenes en el horizonte que esperan la misma dedicación y compromiso de su parte. Porque el teatro, amigas y enemigas, es eso también, es decir, complicidad, dedicación y compromiso.
Imagino también la risa contenida de Marina, a quien le hice saber que se trataría de un texto serio, y que debía leer en el momento, sin conocerlo con antelación. No sólo, también le dije que el guion exigía que se peinara, algo que ustedes constatarán o no, depende si se impuso o no su disciplina artística. Supongo que hará gestos de desagrado y reproche. Un mohín de incomodidad, o de preludio a un lloriqueo fingido, no vendría mal en el momento de llegar a estas letras. Gracias Marina, pero creo que necesitas practicar más, los pucheros, frente al espejo.
Porque eso es también el teatro, un espejo que refleja lo mejor y lo peor de la humanidad, que interpela a la imaginación del espectador y que lo vuelve cómplice embozado tras un aplauso o una rechifla o un reclamo iluso de “¡devuélvanme el costo del boleto, y agreguen el precio del taxi de aplicación, mi valioso tiempo, y más el IVA!”, por aquello de que el SAT, el Sistema de Administración Tributaria, se ha convertido en la migra, el ICE, que persigue artistas como si el arte fuera un negocio y no lo que es en realidad, es decir, un milagro.
-*-
Pero no se distraigan. Al maestro le ha tocado el papel de pretexto, papel que él ha asumido, imagino, bajo protesta. Pero el tema central de este encuentro es el teatro. O, más en general, las artes.
Ya antes, hace un año, hice un símil entre el director de teatro y el mando militar. No importa cuánto ensayen o practiquen, a la hora de enfrentar la realidad (la confrontación con el público en el caso del Teatro (también la Danza y, en algunos casos, la Música), y con el enemigo en el caso del combatiente), no hay oportunidad de repetir la escena. Tal vez eso explique la simpatía espontánea que aprecié en el encuentro de Artes de hace un año, entre ellos dos, cuando el Subcomandante Insurgente Moisés y el maestro Luis de Tavira compartieron la mesa y la palabra-. Estuvimos con Steph y un servidor como flancos guardianes, y las participaciones de Iván Prado, los Zurdos, y, desde otra lejanía, Antonio Ramírez.
Por esto he dicho antes que el arte dramático, como la danza, representa un reto mayor.
Y más: en el teatro confluyen, en el instante fugaz de la representación, multitud de factores.
Las partes que el todo reclama para constituirse en arte. La iluminación, el vestuario, la escenografía, la sonorización, y hasta los anuncios, el boletaje y el acomodo de los asistentes. Ahora imagino a Gabriel, a Philipe y a David preguntándose si somos los únicos colados, porque hay asistentes que, se sospecha, sólo llegaron para ver si había coctel y ambigú. Y ya comentan, entre dientes, que sólo hay un agua azucarada de sabor indescifrable, y un triste sándwich que conoció mejores días. Claro, todas, todos y todoas sonríen y dicen en voz alta “¡Ah, el teatro!”, mientras se acercan sigilosamente a la salida.
-*-
Ya les advertí, no se distraigan, concéntrense.
Mucho se ha hablado del teatro como diversión, como denuncia, como reflexión y como recurso didáctico. Así las cosas, un maestro o una maestra de teatro, en realidad son educadores de educadores. Acá les decimos “formadores”. Hay formadores de educación -que forman promotores de educación-, formadores de salud -que preparan a promotores de salud, primeros auxilios, medicina preventiva, parteras, herbolaria, laboratoristas y, algún día, formarán carniceros o “mete cuchillo”, que es como llamamos a quienes le saben a las cirugías-.
En fin, tenemos al teatro como diversión, como denuncia, como imagen de época y cultura, como reflexión y como pedagogía.
Seguro hay más filos en el erizo del arte dramático, pero yo les voy a señalar una espina que tal vez ignoran. Esto es, el teatro como amor y desamor.
Y para esto, les traigo un cuento que conté en una reunión donde se encontraban jóvenes y jóvenas coordinadores de arte y cultura, así como no pocos teatristas, hombres y mujeres zapatistas.
El cuento se llama…
(continuará)
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

El Capitán.
México, marzo de 2026.
[:en]
ART IS A CURSE
February 24, 2026
Ladies, gentlemen, and those who are neither one nor the other:
First of all, we want to thank Gabriel Pascal, David Olguín, Philippe Amand, and the whole crew who make this event possible. And Steph, for her unconditional complicity.
We also thank Lenin and Marina, who have kindly read our contributions.
I want to clarify that we were not invited to this tribute to the master Luis de Tavira. I say this not as a reproach, but as a disclaimer for those who, at the right time, organized this gathering. May this text serve to deal with complaints, insults (mint-flavored and otherwise), legal proceedings, and whatever else may arise from the matter.
So it can be said that we are here as “gatecrashers.” I imagine your displeasure, but keep in mind that it would be worse if we had forced our way in—that healthy civic custom of showing up without an invitation and without paying for the tickets.
We thus celebrate not only that those close to the master greet him, but also—and above all—the opportunity for those of us who are distant yet think of him to embrace him.
And this celebration, in which the master is somewhat like the pretext, raises several questions. Namely: what is it that enables communities so different and distant to converge in the same geography and calendar? For that is what those present here are: some of the best among the artistic community. And, well, our words are also meant to make present those who are far away: some of the Indigenous communities, of Mayan origin—the Zapatistas.
An artistic community and Indigenous communities coinciding. Differences meeting without ceasing to be what they are. And a theater master, Luis de Tavira, as the unwitting convener.
The former are brought together by dramatic art. “The supreme artistic challenge,” the late SupMarcos used to say—may God keep him in his holy glory and the Blessed Virgin shower him with blessings—to distinguish it from the other arts. And I suppose, though I cannot confirm it, that the deceased meant that reality stalks Theater (as it does dance and, in some cases, music) in a vertiginous present. Unlike cinema, graphic arts, sculpture, literature, and architecture, for example—where the artistic act is created in a space different from the one in which it confronts the listening-seeing (and non-seeing) audience—theater relates to the other in a special space-time context. This means that geography and calendar themselves become a part of the artistic creation. Thus, when one says “theater,” one refers both to the work performed and the space where it sometimes meets the audience.
So here we are—the Zapatista peoples—under the protest of those who organized this tribute, in a theatrical space called “El Milagro,” perhaps because the practice of dramatic art, at least in Mexico, is a miracle achieved despite all the difficulties it encounters.
But in these dark times of an Artificial Intelligence that stalks the arts, theater seems to be safe. At least for now, it seems impossible for a cybernetic organism to emulate the marvelous confrontation that occurs between theater-makers and the audience.
It seems difficult (at least for now) for Artificial Intelligence to even approach the different characterizations of the character Adela in The House of Bernarda Alba, who, with the fire of forbidden love, defies authoritarianism:
“Here the voices of prison end!” (Adela snatches a cane from her mother and breaks it in two.) “This is what I do with the rod of the tyrant. Do not take another step. In me no one commands except Marcos!”
(Okay, okay, okay—the original text says “Pepe,” but let’s say it’s a poetic license.)
Yes, you’re right, it is not by chance that I chose a play by Federico García Lorca—someone different, persecuted and murdered for being who he was and for the cause he embraced. Nor is it accidental that I chose the speech of a rebellious woman. Nor is it coincidental that an artist, Marina, is reading this text.
But what in fact motivates me to mention it is the subversive love that flows through that work. And, of course, the scenic challenge that those brief lines pose to anyone involved in theater—man, woman, or other: Adela breaking the whitewashed tomb in which Bernarda Alba had locked her away together with the rest of her daughters.
And all this is relevant because at the December 2025 seedbed gathering, Don Luis de Tavira, the master, was the only one who understood our intention in introducing the topics of love and heartbreak. When I wrote inviting him, I told him that it was most likely that none of the speakers would touch on those points—except for us, of course. He therefore did not need to worry about it. He immediately understood that those were precisely the most important aspects of that reflection and of all others past and present. The master accepted the challenge (actually, theater itself is a challenge). And his participation—from afar, like these words—focused on the mystery to be revealed: love and heartbreak.
Brilliant, as always, the master revealed—and rebelled—the leitmotif of human history: its successes and failures, its rises and falls, wars hidden behind heartbreak and loves hidden behind wars, resistances and rebellions.
In his remarks, the master says that I said what in fact it was he who said: that art is a declaration of love to humanity. And if he said that I said what he said that I said he said, then it is not confusion but a happy coincidence. A coincidence between two distances, like those that meet today here, by miracle, in El Milagro.
You must remain strong: in this terrible and marvelous love—in art—you walk toward heartbreak. Because humanity will not requite your love. It is unruly, stubborn, ungrateful, perfidious, and hopelessly romantic—as the Mexican philosopher Salvador Flores Rivera well argued. And yet you must persevere. That is how you will understand that the arts are a curse. A beautiful curse, yes—but a curse nonetheless.
Now I imagine the gestures of Steph, who is coauthor of this intrusion. I must say, in her defense, that she has been an accomplice not only in this crime, and that there are others on the horizon awaiting her dedication and commitment. Because theater, friends and enemies, is also that: complicity, dedication, and commitment.
I also imagine Marina’s restrained laughter—I told her that this would be a serious text and that she would have to read it on the spot without knowing it beforehand. And not just that. I also told her that the script required her to comb her hair, something you will confirm or not depending on whether her artistic discipline prevailed. I suppose she will make gestures of displeasure and reproach. A pout of discomfort—or a prelude to a feigned whimper—would not be out of place when reaching these lines. Thank you, Marina, but I think you need to practice your pouting more in front of the mirror.
Because that is also theater: a mirror that reflects the best and worst of humanity, that challenges the spectators’ imagination and turns them into accomplices—hidden behind applause, or boos, or the naïve complaint: “Give me back the money I paid for the ticket—and add the cost of the rideshare taxi, my valuable time, and VAT!” All because the tax authority—the Tax Administration Service—has become like immigration enforcement, chasing artists as if art were a business and not what it really is: a miracle.
– * –
But don’t get distracted. The master has been assigned the role of a pretext—a role he has assumed, I imagine, under protest. But the central theme of this gathering is theater. Or, more generally, the arts.
Earlier, a year ago, I made a comparison between theater directors and military commanders. It doesn’t matter how much they rehearse or practice; when the moment comes to face reality—the confrontation with the audience in the case of theater (and also dance and, sometimes, music), and with the enemy in the case of the combatant—you have no chance to repeat the scene. Perhaps that explains the spontaneous sympathy I noticed at the arts gathering a year ago between the two of them, when Subcomandante Insurgente Moisés and Master Luis de Tavira shared the table and the word. Steph and I stood as guardian flanks, with contributions from Iván Prado, Los Zurdos, and, from another distance, Antonio Ramírez.
That’s why I said above that dramatic art, like dance, represents a greater challenge.
And more: in theater—in the fleeting instant of performance—converge a myriad of factors.
The parts that the whole requires to constitute itself as art: lighting, costume, scenery, sound, and even the announcements, the ticketing, and the seating of the audience. Now I imagine Gabriel, Philippe, and David wondering if we are the only gatecrashers, because there are attendees who are suspected of having come only to see if there was a cocktail reception and hors d’oeuvres. Already they are complaining in whispers that there is only a sugary drink with an indecipherable flavor, and a sad sandwich that has known better days. Of course, everyone smiles and says out loud, “Ah, theater!” while quietly inching toward the exit.
– * –
I warned you—don’t get distracted. Focus.
Much has been said about theater as entertainment, as denunciation, as reflection, and as a pedagogical tool. In that sense, a theater teacher is really an educator of educators. Here we call them formadores (“trainers”). There are trainers in education—who train education promoters; trainers in health—who prepare health promoters, first aid workers, preventive medicine practitioners, midwives, herbalists, laboratory technicians, and someday they will train butchers—or “knife-inserters,” as we call those who know how to perform surgeries.
In short, we have theater as entertainment, as denunciation, as an image of its time and culture, as reflection, and as pedagogy.
Surely there are more spines on the hedgehog of dramatic art, but I will mention one that you may ignore: theater as love and heartbreak.
And for this, I bring you a story I told at a meeting where there were young coordinators of art and culture, as well as quite a few Zapatista theater-makers, men and women.
The story is called…
(to be continued)
From the mountains of the Mexican Southeast.

El Capitán
Mexico, March 2026.
[:]













































