¡Si lo sabe México que lo sepa el mundo! Nuestras luchas por la memoria, la justicia y la dignidad.
En estos para algunxs días de júbilo y euforia nacional, quienes desde hace décadas resisten, caminan y alzan la voz nos han mostrado -como bien nos dicen Camila, Berenice y todxs aquellxs que han marchado estos días- la verdad más dura: si quienes buscan se cansan, este país se queda sin memoria, sin rumbo y sin futuro. México aún sigue siendo esto: dolor, individualismo, consumismo y violencia, pero también personas, colectividades y comunidades que a pesar de todo seguimos creyendo que otra vida es posible.
El mundial de la fiesta, pero también del dolor y la dignidad
Camila Zárraga
El problema muchas veces no es la falta de solidaridad. Muchas veces es el miedo. Es la cobardía con la que muchas personas han aprendido a vivir. Y, sinceramente, me resultan incómodos los mensajes que dicen que tengo un valor que los demás no tienen. No es porque no entienda; entiendo lo suficiente. Pero también estoy cansada. Porque no soy una superheroína, no soy diferente al resto. Sigo siendo una persona que marcha, habla, llora, se equivoca y tiene miedo. La verdadera valentía es otra cosa. La verdadera valentía es levantarse todos los días sabiendo que dos de los momentos más importantes de tu vida fueron el nacimiento de tu hijo y la desaparición de éste. La verdadera valentía es seguir enseñando porque amas tu trabajo, aunque no recibas lo suficiente para continuar haciéndolo dignamente. Perdí la cuenta de las veces que tuve que salir de clase para comprar un plumón y que la clase pudiera continuar porque simplemente no había presupuesto. Y, sin embargo, por primera vez en dieciocho años amé la educación. Amé a la gente con la que estudio y comparto la vida. Prefiero mil veces una escuela pública a una privada. No por la educación, porque muchas veces la educación pública también tiene problemas enormes. La prefiero por la gente. Porque si mañana me convierto en una de las decenas de personas que desaparecen diariamente en este país, muchos de mis antiguos compañeros dirían que me lo busqué por revoltosa. En cambio, la familia que construí aquí, el cariño que encontré en personas con las que jamás imaginé cruzar mi camino, movería cielo, mar y tierra para encontrarme. Es triste ver a personas que se creen ricas cuando los verdaderamente ricos ni siquiera las consideran sus iguales. Es triste verlas peleándose por un Mundial mientras en este país seguimos contando desaparecidos. Es triste admirar a personas por su trayectoria y después verlas celebrar mientras del otro lado golpeaban, detenían y humillaban a quienes salían a exigir justicia. También es triste ver cómo el obrero que debería cuidarte termina cuidando los intereses de quienes lo explotan. En el camino hacia el estadio vi avanzar a los policías. Y fue triste verlos porque también son trabajadores. Pero son trabajadores que pueden golpear, torturar o incluso matar. Perdónenme, pero por algo existe la frase: “policía con conciencia se tira un tiro”. A veces me pregunto cómo logran dormir. Cómo logran abrazar a sus madres después de haber humillado a otras madres que únicamente exigían que hicieran su trabajo. Un trabajo que tú y yo pagamos con nuestros impuestos. Un trabajo que debería evitar que existieran las madres buscadoras. Porque no es normal que existan. No es normal admirarlas. No es normal que haya mujeres recorriendo desiertos, fosas y carreteras buscando a sus hijos. Son personas a las que les arrebataron a alguien que amaban: un hijo, una hija, un hermano, una madre, un padre. Son la consecuencia de una violencia que hemos permitido normalizar.
Y, aún así, eso también es México.
México es celebrar con nuestros muertos y llorarles al mismo tiempo. Es recordarlos en una ofrenda mientras seguimos buscándolos. Es ver a jóvenes que, pese a todas las dificultades, logran acceder a una educación pública y se organizan para defender la vida, la memoria y la dignidad.
Por eso fue tan significativo marchar y cerrar Tlalpan junto a ellos. Es algo que siempre voy a agradecer. El recibimiento que nos dieron fue de las cosas más bonitas que he vivido. Ver sus rostros llenos de emoción, de esperanza y de convicción fue inspirador. Y esa emoción también empieza a regresar a mi universidad. Poco a poco, compañeras y compañeros recuperan sueños y esperanzas que durante años nos fueron arrebatados. Poco a poco volvemos a creer que podemos construir algo mejor. Y vamos a seguir luchando para que algún día la Universidad Autónoma del Estado de Morelos esté a la altura de las grandes universidades públicas del país, no por prestigio, sino por organización, participación y comunidad. Si necesitas ayuda para organizar una marcha, una denuncia o un paro, acércate a tus hermanos y hermanas del Poli. Seguramente encontrarás una mano extendida. Si necesitas acompañamiento de quienes apenas comienzan a organizarse y a defender su universidad, acércate a la UAEM. Con gusto caminaremos contigo. Porque este camino está lleno de represión, violencia, desigualdad, humillaciones y atoles con el dedo. Pero también está lleno de algo más importante: personas que, a pesar de todo, siguen creyendo que otro país es posible.
Registro visual Madres buscadoras 10/06/2026 inmediación del estadio Azteca:















Donde no entra la justicia, entramos Nosotras
A.Berenice González Marín
Mi nombre es Berenice. A veces pienso que mi vida se ha ido armando entre búsquedas: las que acompaño desde afuera y las que me atravesaron desde adentro. Antes de integrarme a la colectividad de acompañamiento a madres buscadoras y a familias de víctimas de feminicidio, Existimos porque Resistimos, ya había recorrido ese territorio con mi propia madre, entre 2017 y 2018, cuando buscábamos a mi hermana y a mis sobrinos. Desde entonces entendí que la desaparición no es un hecho aislado: es un modo de respirar, una forma de sostenerse cuando el mundo se rompe.
Mis estudios en humanidades nacieron del deseo de comprender las desigualdades y violencias con las que crecí, pero también de la necesidad urgente de aprender a resistirlas conscientemente. La academia llegó después, como una herramienta; pero la formación verdadera, la que se queda en el cuerpo, vino de las calles. En los últimos diez años he aprendido más en los plantones que en los seminarios; más en las fiscalías que en las bibliotecas; más escuchando a una madre narrar la vida de su hija mientras esperamos que alguna institución nos reciba, que en cualquier clase sobre teoría del Estado.
Acompañar significa estar cuando se toman las calles, cuando se cierran avenidas, cuando se levantan mantas frente a edificios que parecen sordos. Significa caminar juntas hacia una fiscalía que promete recibirnos “en un momento” y nos deja esperando horas. Significa sostener la mirada cuando una madre abre la carpeta de investigación y encuentra más sellos que respuestas. Significa escuchar, una y otra vez, historias que deberían estremecer al país entero, pero que muchas veces solo conmueven a quienes ya están rotas.
Ese 11 de junio de 2026, mientras el país miraba hacia el Estadio Azteca como si ahí comenzara algo nuevo, algunas llegamos desde otro lugar: desde años de búsquedas, de fiscalías, de calles tomadas, de historias que no caben en ningún festejo. Donde no entra la justicia, entramos nosotras, y ese día no fue la excepción. La inauguración del Mundial prometía espectáculo, y lo hubo para unos cuantos, para otras y otros mostró, y que casi no apareció en los medios, la fuerza con la que el Estado encapsula la memoria. Entre vallas, cierres y filtros imposibles para las madres buscadoras, una madre de víctima y yo logramos avanzar por las grietas del dispositivo de seguridad, filtrándonos con la terquedad de quienes saben que la ausencia también merece un lugar en el centro de la fiesta, aunque en ese momento no lo entendiéramos del todo. Porque, a pesar de la experiencia en las calles, seguimos siendo ajenas a la lógica del Estado sobre quién puede entrar, cómo y desde dónde, especialmente en un evento como el Mundial.
No es difícil llegar al Estadio Azteca. Desde temprano, los alrededores se llenan de vendedores que acomodan camisetas y trompetas de plástico. El ambiente ya huele a fiesta antes de que empiece. Pero ese día, yo no iba hacia la celebración: me había quedado de ver en Paloma de la Paz con la mamá de una víctima de feminicidio. Acordamos encontrarnos a las 6:30 de la mañana para tomar uno de esos carros particulares que, por sesenta pesos, te llevan a la Ciudad de México. A mí me parecía tarde para un día que prometía caos, pero entendí sus tiempos, sus responsabilidades y su presupuesto.
Al subir al carro, ella comenzó a conversar con otro pasajero y con los dueños del vehículo. No era charla casual: estaba tanteando el terreno, tratando de entender el panorama. Al llegar a la caseta nos enteramos de que estaban haciendo retenes para identificar a quienes iban a protestar. Sentí un poco de inquietud, una mezcla de incertidumbre y alerta. Lo peor que podía pasar era que me detuvieran por llevar una manta de desaparecidos y que ella avanzara sola. Legalmente no podían impedirnos el paso, pero sí podían retenernos durante horas “por seguridad”, como suelen justificarlo.
Eso no ocurrió. Solo estaban deteniendo autobuses. Afortunadamente, yo iba en un carro particular.
Los jóvenes con los que íbanos en el vehículo, amables, le dieron varias rutas posibles para llegar al estadio sin quedar atrapadas en las manifestaciones o en los cierres. Yo, más dispersa, intentaba contactar a otras madres buscadoras, pero no lograba comunicarme con nadie. Así que decidimos seguir las recomendaciones que nos habían dado.
Aun así, hicimos una parada en Ciudad Universitaria, donde se había anunciado que habría un punto de reunión para madres buscadoras. Llegamos y no había señal de ellas. El personal de seguridad insistía en que estaban esperando una concentración, pero no vimos a nadie. Sin darle demasiadas vueltas, tomamos transporte público rumbo al Estadio Azteca.
En el trayecto vimos varias opciones para llegar. Una camioneta ofrecía llevarte de CU al estadio por 150 pesos, cuando normalmente el pasaje cuesta siete pesos. Ese espacio estaba lleno de extranjeros. La mamá observó la escena, eligió a la persona que le inspiró más confianza y se acercó. Le explicó que necesitaba llegar al estadio porque era madre de una víctima. No fue la única vez que lo hizo. Pocos se negaron a ayudarla; la mayoría le respondió con indicaciones precisas: dónde estaban encapsulando a las madres, por qué accesos podíamos avanzar sin que la seguridad nos detuviera, qué transporte tomar, en qué punto bajarnos, cómo mezclarnos entre la multitud para no llamar la atención.
Algunos incluso nos dieron consejos por si la autoridad se ponía violenta y hasta nos explicaron qué podían y qué no podían legalmente impedirnos. Era una mezcla extraña: por un lado, el país del espectáculo; por el otro, el país que sobrevive compartiendo rutas, advertencias y estrategias para sortear la violencia institucional.
Mientras tanto, alrededor nuestro, familias enteras avanzaban con paso ligero, como si la emoción les marcara el ritmo. Había risas, selfies, niños con la cara pintada. Todo parecía diseñado para que la fiesta empezara antes de cruzar los torniquetes. Nosotras, en cambio, avanzábamos con otra urgencia: llegar sin ser detenidas, sin ser encapsuladas, sin que la memoria fuera expulsada del perímetro del estadio.
Y llegamos. No nos dimos cuenta del todo hasta que estábamos a escasos metros de la entrada. Pasamos cada filtro sin que nadie nos detuviera, recibimos la bienvenida sin entenderla, y de pronto nos preguntamos: ¿es aquí? ¿Este es el último filtro? ¿Dónde están las madres, dónde están los pueblos que luchan? Por un momento pensamos que ya solo quedaba regresarnos.
Sacamos la lona de desaparecidos y la foto de la hija de mi compañera. Éramos dos frente a miles que venían a celebrar el Mundial y frente a un dispositivo de seguridad que no esperaba vernos ahí. Caminamos unos metros con la idea de dirigirnos hacia Taxqueña para volver a nuestro estado. Íbamos en sentido contrario al desfile de inauguración. La escena era irreal: un México sin feminicidios ni desapariciones, un México sin dolor, sin cuerpos descompuestos en SEMEFOS ni fosas. Un país que mostraba su rostro más bonito mientras ignoraba cómo duele el corazón por la violencia.
Vimos a varios medios de comunicación. Escuché dos veces que la mamá me decía que sacara la lona y me colocara detrás de los reporteros. La escuché, pero no me atreví al principio. Hasta que sus palabras dejaron de ser sugerencia y se volvieron decisión. Sacamos la manta y nos colocamos detrás de cada reportero que encontramos. Algunos se detuvieron a entrevistarnos; otros se alejaron para no mostrar ese lado del país.
Lo que más me sorprendió fue el apoyo de los aficionados. Nos acuerparon cuando la seguridad nos rodeó o nos siguió. Nos decían: “Compañeras, estamos con ustedes.” Ese respaldo inesperado nos acompañó hasta salir del perímetro del Estadio Azteca, un espacio al que miles de madres no pudieron llegar ese día.
En el camino nos encontramos con un grupo de resistencia, jóvenes de entre quince y veinte años, que nos invitaron a unirnos a su marcha y a regresar hacia el lugar del que nosotras veníamos. Sentí nuevamente ese apoyo que nace desde abajo, desde quienes entienden que la desaparición no es un tema ajeno. Aunque solo íbamos nosotras dos en representación de las madres buscadoras, las consignas y las exigencias se centraron en la lucha contra la desaparición.
Los medios volvieron a detenernos para entrevistas. En algún momento se acercó el secretario de Cultura. Nos dijo que no podíamos avanzar más allá de la primera valla, pero que, si queríamos hacerlo como madres buscadoras, ellos nos respaldaban. La oferta me pareció irreal. Acabábamos de salir del estadio sin mayor dificultad, con nuestra lona de desaparecidos y la foto de la hija asesinada de mi compañera, y ahora aparecían obstáculos… y ofrecimientos de apoyo. Ante un muro o vaya que antes no fue obstáculo. Era evidente: no era que no se pudiera acceder al estadio, porque ya habíamos estado ahí. Era que no querían que avanzáramos visibles como buscadoras, como resistencia.
Aun así, después de todo, lo que queda no es el ruido del estadio ni la sombra de las vallas. Lo que queda es la fuerza de esas manos que sostienen fotografías como si sostuvieran el mundo entero. Lo que queda es el temblor suave de una madre que no se rinde, aunque el país entero parezca cansado de escucharla. Lo que queda es ese paso firme, casi silencioso, que insiste en avanzar incluso cuando todo está hecho para detenerla.
Porque en un país que intenta acostumbrarse al dolor, ellas siguen recordándonos que la vida que falta no se olvida. Que cada nombre es un latido. Que cada ausencia es un llamado. Que cada búsqueda es una forma de amor que no conoce frontera.
Y quizá por eso duele tanto y al mismo tiempo sostiene: porque mientras ellas sigan caminando, este país todavía tiene una oportunidad de mirarse de frente. Mientras ellas sigan nombrando, la verdad no podrá ser enterrada. Mientras ellas sigan buscando, la esperanza no será un lujo, sino una tarea.
Ese día, el 11 de junio de 2026, entendí que la memoria no es un acto del pasado: es un pulso presente, vivo, que nos obliga a no rendirnos. En un país donde la violencia se vuelve paisaje y la impunidad se normaliza, la memoria es lo único a lo que no podemos, y no debemos, soltar. Es la respiración que persiste cuando todo alrededor parece diseñado para que olvidemos. Incluso esos uniformados que se olvidan a sí mismos, son parte del mismo pueblo, y que el gobierno los ha sido convertido en mercancía para sostener la violencia.
Al final, lo que queda es reconocer algo que este país evita decir: aquí no se trata de voluntad institucional ni de discursos de paz. Se trata de que la vida pública funciona porque quienes han sido más golpeadas siguen moviéndose, aunque nadie las respalde. No es heroísmo; es necesidad. No es épica; es supervivencia. Y mientras el Estado administra la violencia como rutina, son las familias, las mismas que deberían estar protegidas, quienes cargan con el trabajo que las instituciones no hacen.
Ese día me dejó claro que la memoria no es un gesto simbólico ni un acto moral. Es una obligación impuesta por la realidad. Si no se sostiene, todo se hunde más rápido. Y aunque duela admitirlo, en México la búsqueda no continúa porque haya justicia, sino porque no hay otra opción. Porque si las madres se detienen, nadie más va a hacerlo.
No somos pocas las marginales ante la desaparición y feminicidios. Somos quienes vemos lo que otros prefieren ignorar. Somos quienes no pueden darse el lujo de olvidar. Somos quienes sostienen lo que queda del país mientras arriba se reparten versiones oficiales que no alcanzan para explicar nada. Y esa es la verdad más dura: si las que buscan se cansan, este país se queda sin memoria, sin rumbo y sin futuro.
Manifestación de madres buscadoras y colectivos solidarios en las cercanías del estadio Azteca 11/06/2026














Pronunciamiento madres buscadoras 10/06/2026
La lucha del magisterio.
En el mundo actual, todo lo que se mueve y todo lo que está quieto transmite algún mensaje comercial. Cada jugador de fútbol debe ser una cartelera publicitaria en movimiento, aconsejando al público consumir productos, pero la FIFA prohíbe que los jugadores porten mensajes que aconsejen la solidaridad social, lo que está expresamente vetado… (E. Galeano, 2017)
La Memoria, la Justicia y Dignidad no acudieron a la inauguración oficial del mundial en el estadio azteca. Se les negó la entrada por ser considerados “terroristas” y por cuestiones de “seguridad nacional”. Al interior del estadio nadie preguntó por ellos, no les nombraron, posiblemente pocxs los conocían. Pero sí estuvieron presentes en las movilizaciones de las madres buscadoras y también en los distintos recorridos de los maestrxs de la CNTE, quienes desde hace 15 días arribaron a la CDMX para sumarse a la protesta nacional y hacer escuchar su voz y la de miles de maestrxs más.
Maestros de la CNTE rumbo al estadio Azteca. 11/06/2026





Discurso maestras CNTE 11/06/2026
CDMX 15 de Junio 2026
Pronunciamiento 9 Asamblea del Movimiento de Mujeres en Defensa de la Madre Tierra y Nuestros Territorios
Cideci, Chiapas,México
21,22,23 de mayo
Como mujeres de diferentes pueblos y regiones de Chiapas, honramos y agradecemos con respeto, fuerza y alegría nuestra novena asamblea. Esta vez nos han recibido las compañeras de los colectivos de la zona Altos tseltal, tzotsil y valle de Jobel, y nos han acompañado hermanas y compañeras de Campeche. Agradecemos a la vida y a la comunidad CIDECI – Unitierra por recibirnos, por brindarnos el espacio además de ser cobijo para reflexionar, compartir y acordar cómo estamos y qué sigue en la lucha por la vida y la dignidad común.
La realidad que se vive hoy en las diferentes regiones no ha cambiado mucho desde la última vez que nos reunimos hace seis meses; los problemas que hemos identificado han aumentado: el colapso de la Madre Tierra y el tejido social cada vez más roto por las violencias que generan los enfrentamientos por control territorial del crimen organizado junto con los malos gobiernos; en las comunidades así como en las ciudades, se ha incrementado el consumo de drogas y alcohol en jóvenes y jóvenas. Todo esto ha provocado una creciente desorganización social, alimentada por el individualismo que impulsan los proyectos y programas del mal gobierno, así como enfermedades derivadas del descontrol emocional y cada vez menor participación comunitaria.
En la Costa, el calor es devastador y no hay lluvias como antes; siguen los apagones de luz. Sigue el abuso del poder, el engaño y la corrupción de funcionarios y autoridades.
Socialmente el alcoholismo y drogadicción no para y hay mucha violencia en las casas. En los últimos años no se deja de hablar en el cotidiano de feminicidios y secuestros de niñas y niños. Sentimos y vemos que los Jóvenes están arruinando su vida en el alcohol y las drogas, las jóvenes mujeres en prostitución y embarazos a muy temprana edad; vemos que los programas como “Jóvenes Sembrando Futuro” no ayudan sino perjudican más. Los desafíos cada vez son más complicados por la falta de trabajo e ingresos para tener lo básico, que es el alimento y la salud. Los altos costos de la canasta básica y las enfermedades van en aumento. La comunicación entre hijas e hijos, y con los maridos, es cada vez más difícil por el alcoholismo y los celulares; todo ello ocasiona peleas, divorcios, individualismo y tejido social destruido.
En la Zona Altos tsotsil, tseltal y valle de Jobel, vemos el incremento del uso de agroquímicos en las comunidades; sin embrago, las mujeres organizadas no los utilizan, pero cuando compartimos el daño que hacen a la tierra, la palabra no es escuchada ni valorada.
El consumo de drogas y alcohol entre las y los jóvenes va en aumento al igual que los suicidios y la migración hacia el norte del país, eso afecta cada vez más a nuestras juventudes.
El uso de redes sociales ha causado cambio de actitudes y comportamientos en los jóvenes, y ha aumentado el acoso sexual y la falta de respeto entre mujeres y hombres.
Hay comunidades y regiones donde ya se prohibió consumir alcohol; hay multas establecidas y sólo dos veces a la semana se permite consumo en fiestas.
Se han notado enfrentamientos entre grupos del crimen organizado y personas torturadas.
Los desafíos: vemos poco interés en la participación de las juventudes. Se necesitan talleres para impulsar trabajar la tierra sin agroquímicos así como para atender el alcoholismo y la violencia sexual y de maltrato que generan.
En la Zona Norte, región cho’ol y tzeltal. Se viven las consecuencias de la destrucción de la Madre Tierra por la supercarretera y el mal llamado Tren Maya: en los pequeños y medianos centros urbanos hay inestabilidad del suelo y vulnerabilidad en las construcciones de las casas, que presentan grietas en viviendas y banquetas. Hay inundaciones cuando llueve porque no hay selva ni árboles para contener y drenar el agua de manera natural. El desequilibrio se vive también en grandes periodos de sequías; los ríos y fuentes de agua que abastecen a Palenque se están secando. Muchas comunidades comienzan a estar afectadas por la falta de agua y empiezan a dudar de los beneficios del Tren y la supercarretera; algunas han sacado un comunicado, pero aún hay incertidumbre y poca organización. Los animales también lo sufren: han aparecido cocodrilos en comunidades donde no los había.
La incertidumbre sigue ante la falta de información, porque no sabemos exactamente dónde va a pasar la autopista; están destruyendo la selva, los cerros y los árboles tanto del lado derecho e izquierdo de nuestras comunidades. Mientras tanto, siguen las divisiones en las comunidades a causa de quienes creen y reciben dinero de los programas del mal gobierno, que compra conciencias a través de regalías. Por ejemplo, el 10 de mayo hubo regalos muy caros de parte del ayuntamiento para tapar la boca a las familias. Están dando 40 mil pesos para “mejoramiento” de tierra y piden copias de las escrituras de las casas. Están entregando “Tarjetas Bienestar” a estudiantes universitarios, la mayoría sólo las utilizan para ir a los bares.
La modernización de la ciudad de Palenque ha sido muy rápida; ya hay centros comerciales con tiendas de corporaciones internacionales y muchas universidades privadas, mientras vemos que muchos profesionales están trabajando de taxistas, vendiendo empanadas, o trabajando en tiendas y haciendo labores que no son de su profesión, muchos terminan también migrando en busca de trabajo. Vemos un aumento de tiendas de ropa de marca que venden a crédito, donde se endeudan familias enteras para vestirse como el capitalismo ordena; todo en Palenque es consumo de la moda que ven en la televisión y los celulares. Siguen los apagones de energía eléctrica en la ciudad así como en los ejidos, generando descomposición de los equipos electrodomésticos. Hay más consumo de drogas; alcohol y pornografía que desequilibra la vida en las comunidades: a las personas, los matrimonios, las familias, los papás y sus hijos, entre hermanas y hermanos. Mientras tanto, aumenta una infraestructura para la turistificación que encarece todos los espacios públicos para las personas locales. Vemos un aumento de personas migrantes haitianas que trabajan en los centros comerciales o en las cocinas de restoranes, pero están siendo explotadas porque no se les paga lo mismo que a una persona de la región; hay desprecio, discriminación y abuso hacia ellas. Las hijas e hijos de las personas haitianas están en las escuelas públicas, y vemos como entre niñas y niños y jovenes y jovenas hay más conciencia porque los integran y no discriminan como lo hacen las personas adultas.
Siguen los cárteles de la droga vendiendo en la ciudad mientras los funcionarios facilitan todo. Las escuelas públicas se organizan para reflexionar y trabajar con las hijas e hijos y las familias sobre los daños de las drogas. También están apareciendo testimonios sobre vuelos de drones, helicópteros y aviones por nuestros territorios.
Amenazas y despojos de territorio hacia los pueblos organizados que resisten y se organizan para la defensa de la Madre Tierra. Las familias producen milpa y no reciben proyectos de gobierno y viven mucho mejor de los qué sí reciben. Hemos analizado la situación y la valoración es que esta tierra está cerca del proyecto de la Supercaretera, lo que se explica por su ubicación cerca del río de Agua Clara y el Río Tulijá. Vimos al presidente municipal promoviendo el sembrar plantas “para que se vea bonito para el turismo”. Nuestros desafíos están en los rumores que generan conflictos internos y divisiones mientras el mal gobierno aprovecha para meter sus proyectos. Estamos alertas y resistiendo con iniciativas autogestivas en la salud, por ejemplo, una clínica comunitaria.
En la Zona Norte Zoque. Desde marzo del 2025 nos percatamos de cambios preocupantes en nuestros territorios: se restringió el acceso al volcán por varios meses, y recientemente se reaperturó, pero promoviendo iniciativas vinculadas al ecoturismo y a las propuestas de geoparques, sin que exista información clara ni procesos amplios de consulta y participación comunitaria. De manera simultánea, persiste el interés por reactivar la minería mediante la empresa Fortune Bay Corp; así como el avance para decretar Áreas Naturales Protegidas (ANP), lo que genera incertidumbre y preocupación en nuestras comunidades ante posibles afectaciones a nuestras formas de vida, al uso del territorio y a nuestra autonomía.
En Chapultenango, desde el periodo de la pandemia hemos sido testigos del avance de dinámicas vinculadas al crimen organizado y de intentos de control territorial que ha afectado profundamente la vida comunitaria. En agosto del 2025 ocurrieron asesinatos de personas de nuestra comunidad, entre ella de una persona mayor y de un menor de edad. Estos hechos permanecieron en silencio debido al miedo instalado en el territorio. Poco a poco nos percatamos del aumento de la violencia hacia las mujeres, la desaparición de jóvenes y asesinatos. Recientemente fue localizado en el río el cuerpo sin vida de un joven de telesecundaria; estaba amordazado y se dice que vinculado al crimen organizado. También nos preocupa profundamente el incremento en el consumo de estupefacientes entre la juventud, situación que afecta la convivencia comunitaria y vulnera el presente y el futuro de nuestras nuevas generaciones.
Como mujeres y defensoras del territorio los desafíos persisten en formas de intimidación y amenazas, además de estratégias que buscan sembrar desconfianza, romper la organización comunitaria y fomentar división entre mujeres.
Desde Campeche. Somos un colectivo de base al sur de Campeche, nuestra lucha inicio en la búsqueda de justicia respecto al megaproyecto mal llamado Tren Maya, donde algunos y algunas de nuestras integrantes siguen siendo señaladas y criminalizadas, tanto por el Estado como por otros actores.
Nosotras como mujeres nos hacemos defensoras en el camino, luchamos por nuestra dignidad, palabra y nuestra vida. Como mujeres ya traemos cargas emocionales, responsabilidades dentro de nuestras familias y comunidades, vivimos por todas partes la estructura patriarcal y capitalista; utilitaria y de desprecio, que continúa lastimando a las mujeres, a los jóvenes y a las niñeces de comunidades indígenas y campesinas. No en casualidad el aumento de la violencia en las comunidades, no es casualidad el desplazamiento forzado de las comunidades. No es casualidad la desaparición y asesinatos de defensores y defensoras de los pueblos indígenas del territorio. El colapso de la Madre tierra es resultado de un sistema capitalista.
Somos productoras, sembramos, cultivamos y cuidamos nuestras semillas nativas, árboles, plantas medicinales, cultivo de hortalizas y manejo de animales de traspatio en nuestros solares y parcelas para tener y comer alimentos más sanos y menos contaminados, para tener nuestra propia medicina. Nos apoyamos fortaleciendo nuestras autonomías económicas a través de la venta de excedentes y elaboración de productos artesanales y naturales.
Como organización contribuimos, impulsamos y ofrecemos talleres para juventudes e infancias, en temas de semillas nativas de granos, y distintas especies endémicas como arboles nativos, polinizadores importantes para el equilibrio ecológico y alimentario, hemos organizado y asistido a encuentros donde compartimos distintas experiencias, recibimos estudiantes, colectivas, y organizaciones.
En suma: En esta asamblea compartimos nuestras esperanzas de a pie y con corazón, construidas desde la colectividad. En las regiones Altos, Costa, Selva y Zoque, así como con las compañeras de Campeche, estamos trabajando la defensa de la Madre tierra y de nuestros cuerpos-territorios con medicina natural para el cuidado y sanación integral. También nos estamos fortaleciendo en la recuperación y siembra de nuestros alimentos locales. Compartimos nuestras semillas de esperanza a las niñeces y juventudes, motivándolas en el cuidado y defensa del territorio; reconociendo que es nuestra Casa Común, con el compromiso y responsabilidad para defenderla. Impulsamos nuestro trabajo para construir un mundo en donde haya más humanidad, respeto y apoyo entre mujeres y hombres, y donde las mujeres puedan tener más participación.
Cerramos la 09 Asamblea con un momento de sanación colectiva en Temazcalli, con un parto colectivo que honra la fuerza vital del útero común, donde nos curamos el cuerpo, el corazón, las emociones y el espíritu, soltando todos los dolores y recibiendo el poder de nuestras ancestras y ancestros, así como el amor de nuestra gran Madre Tierra, para seguir nuestro camino, nuestro rumbo, como defensoras de la Vida, con fuerza – sonriente y cómplice -, y por supuesto con dignidad.
Nos solidarizamos con las familias del CNI de Jotolá, quienes están siendo despojadas de sus tierras,amenazadas y criminalizadas.
Tierra Madre y territorios somos una. Juntas y organizadas venceremos.
Atentamente:
Colectivo Defensoras de Nasakobajk (Defensoras de la Madre Tierra), Zona Zoque
Red de Mujeres de la Costa en Rebeldía, Zona Costa
Colectivo Tsijilba Bij (Nuevo Camino), Zona Selva Ch’ol y Tseltal
Colectivo Nichim Antsetik (Flor de Mujeres), Zona Altos Tseltal
Colectivo familiar, Zona Altos Tseltal
Colectvo Antsetk Ts’unun (Mujeres Colibrí), Zona Altos
Colectivo ViDas, Campeche (Invitadas)























