Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco. VI.- Sufrimos como mujeres… hombres… mujeres… hombres… que somos (oh pues). (7 imágenes dispersas) | ͶÀTIꟼAƆ ⅃Ǝ | 2 de junio 2026
Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco
Sufrimos como mujeres… hombres… mujeres… hombres… que somos (oh pues).
(7 imágenes dispersas)
La parte privada.
Hay curso de plantas medicinales. La mayoría del alumnado son mujeres, aunque no faltan hombres (pocos). En el descanso, como son mayoría, las mujeres son las que marcan el tema de la conversación, y su enfoque. Ahora están checando “las noticias” que les mandan de sus pueblos. En Los Altos de Chiapas, una mujer indígena, hermana partidista, fue tomada presa por haber matado a su marido. “Va a salir”, dice una compañera, “porque fue en defensa propia”. Como hay de diferentes lenguas, es la castilla el idioma puente entre ellas. “Sí”, dice otra, “la apoyaron los colectivos de mujeres ciudadanas”. Una más detalla lo ocurrido: “a ella la maltrataba un su marido, bien que la golpeaba y la insultaba, de una vez que no se puede creer. Y la mujer aguantaba, no decía nada. Un día lo sigue a su marido a dónde es que se va, y lo descubre que tiene otra mujer y que con ella se emborracha. La hermana partidista se decide de dejarlo ya de una vez. El maldito marido regresa a la casa todo bolo, que con trabajos se puede estar de pie. La quiere golpear, pero la hermana se defiende y le corta su “yat” de una vez, y pues muere desangrado.”
El ambiente es festivo, como de “como mujeres que somos”; no hay lástima o pena por el muerto. La compañera ha usado su lengua madre para referirse al lugar donde fue herido. Todas ríen cómplices. Un varón joven, de otra lengua de raíz maya, pregunta qué quiere decir eso de “yat”. Todas se ruborizan y sonríen. Una de ellas: “así se dice en mi lengua la parte privada de los hombres. Su “ése-cómo-se-llama”, que dice el Capitán”. “Su pene, pues, con sus testículos, o sea que de una vez le cortó todo”, concreta la mayor, quien sostiene que hay que usar nombres científicos. El joven, pálido, pregunta: “¿Cómo se llama el pueblo?, para no buscar mi mujer ahí”. Otra compañera dice, agarrando su celular, “ahorita le voy a llamar a mi marido, viera que no me contesta, ya sabe lo que le puede pasar”. Ríen.
De regreso al cuartel (el joven es insurgente), comenta con la insurgenta que le acompaña: “Urrr, esa compañera acaso tiene pena. Claro lo dijo de esa parte que le cortaron al pobre hombre”. La insurgenta se embravece: “¿Por qué “pobre”? si bien que lo pegaba a su mujer y una vez casi la mata. Yo digo que hasta se tardó”.
Al otro día, siempre en lengua, las demás mujeres le llaman la atención a la compañera que usó el nombre de “la parte privada” de los hombres. Le dicen que no diga así delante de hombres. Empiezan a discutir: si es que se tienen que apartar para hablar como mujeres que somos, si se tienen que esconder. Al final concluyen que sí se hable con libertad, haya o no haya hombres presentes. “Más mejor con hombres”, dice una, “así van aprendiendo”. “O al menos se andan con tiento en sus pendejadas”, apuntala otra.
El tema de ese día fue “Plantas medicinales para el cólico menstrual”. El joven varón tomó apunte detallado de toda la clase.
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La leña.
Uno de los varones se queja, delante de puros hombres, de que su mujer le pide “leña maciza”. “Me embravecí”, dice, “ya le dije que eso es lo que hay y que se aguante”. “¿Qué leña pues es que llevas?”, le preguntan. Hay una serie de traducciones hasta en 5 lenguas mayas antes de llegar a la castilla: es la que llaman “corcho” o “madera balsa”.
Otro de los varones interviene: “Pues, sin agraviar compa, pero estás bien pendejo y la compañera tiene razón. Porque esa madera suelta mucho humo y la pobre mujer no tarda en enfermarse de los pulmones, además de que no podrá ni ver por la humareda. Si tiene un su pichito, pues peor también para el pichito. No seas huevos de oro y búscalo la leña que te dice. Va en su bien de ella, y en bien tuyo porque no van a gastar en medicina luego. Y en bien de todos nosotros porque así no tenemos que escuchar tus pendejadas. Sin agraviar, compa”.
Un silencio sepulcral da por terminada la reunión de “como machitos que somos”. El SubMoy los llama para ver lo de la medición de los sitios.
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El Baile.
Una jóvena se lastima la mano con el machete, cuando estaba rozando. No quiere decir nada porque le da pena que sepan que ella misma se hirió. Se amarra su paliacate para detener el sangrado, pero su compañera de “línea” (se han colocado “en línea desplegada” para rozar un tupidero de monte) se da cuenta y avisa a la Comité que es su guardiana. Rápido consiguen carro para llevar a la compañera al servicio de sanidad del puy cercano. Llega: signos vitales, la recuestan, la monitorean. El promotor de salud batalla para desanudar el paliacate. “¿Pues cómo lo amarraste, compañera?, está bien trincado”. Está por acudir a las tijeras, cuando la promotora de salud interviene y ¡zas!, en un movimiento lo desata. Luego la limpieza, desinfectar, algo de anestésico local, y a remendar. “Le pusimos 4 puntos. Va a estar bien, sólo que no use esa mano unos días”, sentencia el promotor. “¿Pero puedo bailar?”, pregunta la paciente. El promotor no dice nada, sólo mueve la cabeza y pone cara de “de una vez no se puede creer”. La promotora de salud le pregunta a la paciente: “¿Cuándo va a haber baile?” y empiezan las dos a cuchichear en lengua. Sólo se entiende “promotor”, “miliciano”, “insurgente”. El promotor de salud guarda los equipos.
Le mostraron el video al Capitán. Sólo comentó “pues le hicieron unas puntadas modelo Frankenstein – Bad Ass, pero va a tener una cicatriz para presumir… y amenazar”. Luego le dijo a la compañera herida: “Tú di que peleaste con un cabrón que te quería agarrar a la fuerza, sacaron los machetes y se armó el combate. Tú saliste con esa herida en la mano, pero el machito ya no es machito y no va a tener crías nunca más”. Queda pensando el Capitán, valorando el impacto de la historia, y luego añade “pero no le digas a todos, porque si le dices al muchacho que te gusta pues, ¿cómo te diré?, va a correr como nunca en su vida”.
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Las espinas.
“La miré a la compañera que está cojeando, camina como renca. Rápido le pregunté y dijo que espina”, informa el Monarca. El mando: “¿Pero fue a la clínica?”. “No, que ahí nomás sus otros compañeros le quitaron”. “Ve y la llevas tú personalmente a la clínica y que la revisen. Y dile que no ande con chanclas en la rozada”. Regresa el Monarca a informar: “Que sí le habían quitado una espina, pero le dejaron otra, o sea que tenía dos espinas. Ya le quitaron y le hicieron curación. Y que llevaba bota de hule, pero esa espina es muy fiera. De por sí conozco, es así, grande (el Monarca hace la seña de una cuarta, unos 20-25 centímetros de largo), hasta la bota que usamos atraviesa, es como clavo, te sangra, y si se infecta, pues hasta ahí nomás llegaste”. “¿Y cómo está la compañera?” “Está un poco triste, que porque no va a poder bailar cumbias”.
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Las Matemáticas y el amor.
Checan las medidas en el plano. “Ya hay un buen tanto, limpio, sin raíces, ni espinas, ni avispas. Creo que ya hay que ver cuántos sitios entran en cada lado, para ir marcando”. El SubMoy decreta: “pues jálate a los jóvenes de secundaria para que hagan números”. Llegan los promotores de educación. Les explican. Los jóvenes: “pero necesitamos calculadora”. Los burlan. “O cuaderno”. Más burlas. “En la cabeza”, les dicen, “si no de balde estudiaron”. Les dan un lapicero. Van a tratar de hacer los números en la mano, pero las tienen llenas de ampollas. Las risas se oyen hasta el pueblo vecino. Una jóvena, sonriendo con coquetería e ignorando a todos los demás, se acerca y le dice a uno de los promotores de educación: “mi celular tiene calculadora”. “Trae pues”, le dicen los comités. Va corriendo la jóvena y regresa con el celular. Todas las manos de los Comités se quedan tendidas en el aire. Como si no hubiera nadie más, ella le entrega el celular al promotor, que parece semáforo porque todos los colores le iluminan la cara. La jóvena sólo dice “ahí me lo regresas luego”, y, con un brillo en la mirada, agrega “ahí tengo mis fotos”. Al pobre promotor de educación los Comités le dijeron de todo, creo hasta lo aconsejaron. Por supuesto, hizo mal los cálculos. Ni modos, de por sí sufrimos como hombres que somos.
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El pedazo faltante.
A pesar del sol fiero e implacable, las tardes y noches se refrescan ahora con la lluvia. Como si el cielo se hiciera cómplice de la tierra y le diera fuerzas para soportar el calor del día siguiente, aquí… en el trabajadero del común.
En la explanada donde se amontonan lonas y champas dispersas, se duerme o se desvela, pero no en silencio. Se escucha música saliendo de varias casitas y lonas habilitadas como techos para algo proteger del sol en el día, y de la lluvia en la noche. Las guardias se relevan con apenas algunas señas. Y sonríen al escuchar la “playlist” que choca con la necia persistencia de grillos y, poco a poco, de sapos y ranas a quienes los primeros charcos convocan.
Bajo techo, los de edad, los de juicio, roncan sin recato alguno. Los niños se apretujan al cuerpo de las madres y hermanas. Algún pichito llora apenas unos segundos gracias al consuelo presto de sus mamaces.
Pero en los techos de las jóvenas y los jóvenes, no hay silencio ni se duerme. El recuerdo de quien falta es culpable. Alguien, una luz corpórea – mujer, varón u otroa-, está lejos de aquí. Ese alguien se ha quedado en algún poblado, en una champa, con un pedazo de quien le recuerda y padece un corazón incompleto, una mirada sin destino, una palabra trunca susurrada. Cada canción, de amor –o desamor-, que reproducen los celulares y bocinas bluetooth, cada intento, vano, de conciliar el sueño, es un pequeño homenaje a la parte faltante, a su caricia ausente y a la herida que el amor o el desamor festejan.
Porque hay abrazos que nunca terminan y hay luces que ni de noche se apagan.
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Lo que no se mira.
Una chamaquita, de unos 12 años, platica con el SubMoy:
“Tú estás trabajando aquí con nosotros”, le dice.
“Estoy”, le dice el SubMoy.
“Yo tenía entendido que los Subs no trabajan”, insiste la niña.
El SubMoy: “El trabajo no siempre se ve. Y no es sólo trabajar la tierra. Es más, el trabajo más importante no se nota, no es así como que todos te miran que estás trabajando. Entonces, si no ves a alguien a tu lado trabajando, no quiere decir que no trabaje o que no haya trabajado. Sólo que no lo ves, pero ves y sientes su trabajo, aunque no le lleve la cuenta nadie. ¿Lo conociste al SubPedro? ¿Verdad que no? Bueno, si recuperamos la tierra, si estamos aquí, si tú estás aquí, si ahora luchamos por la vida, es porque él lo hizo su trabajo, que es luchar por los pueblos. Tú trabaja, aunque no te vean. Lucha, aunque nadie te lleve la cuenta”.
(Continuará…)
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

El Capitán.
México, mayo-junio del 2026.
Imágenes: Terci@s Compas Zapatistas
Música: “Te quiero tanto” de Alejandro Filio
Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco. V.- MUCHOS MODOS, VARIAS GENERACIONES Y UN TRABAJADERO. (Donde se reflexiona sobre el ejemplo y eso de Pasado, Presente y Futuro) | ͶÀTIꟼAƆ ⅃Ǝ | 30 de mayo 2026
Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco
V.- MUCHOS MODOS, VARIAS GENERACIONES Y UN TRABAJADERO.
(Donde se reflexiona sobre el ejemplo y eso de Pasado, Presente y Futuro)
“Éstos son mis tractores”, dice el Chompiras original, padre o abuelo, no recuerdo, del Chompiras que ya conocemos de otras historias. También le dicen “Chompirón” o “Chompas”, para diferenciarlo de su hijo o nieto. En aras del ahorro de ancho de banda, aquí le diremos “Chompas”.
Chompas es cholero, tzeltalero, tsotsilero, zoque y tojolabalero (y castellano a la fuerza -“tienes que aprender la lengua del enemigo para poder mentarle la madre y que te entienda”-, explica así el por qué aprendió la castilla). De sangre de raíz maya, a fuerza de andar los caminos, aprendió y puede entender y hablar todas esas lenguas.
“Mis tractores”, al decirlo, Chompas ha levantado sus brazos y manos primero, y luego, alternadamente, una y otra pierna.
El Chompas es Comité y bien puede llamarse de otra forma, según su humor. Cierta vez que se encontró con el Capitán y se saludaron, éste le dijo: “¿Pero no te llamabas Ruperto?”. El compañero lo miró sonriendo y le dijo: “Tú te mueres cada tanto, así que yo me cambio igual de nombre. Cada quien su modo”. Rieron los dos.
Bueno, resulta que Chompas -o como se llame ahora-, llegó al Puy para una jornada de trabajo Común. Había visto ya el video del tractor que se publicó en la página de Enlace Zapatista, y se fue directo a donde estaba el Monarca revisando las llantas del vehículo. Chompas lo miró el tractor, estacionado debajo del cobertizo, lo revisó por todos lados y, después de varios “mh”, preguntó “¿entonces sin gasolina no jala?”. “Diesel, usa diésel”, le aclara el Monarca, metido ya bajo el chasis. Y le completa, “y aceite, y refrigerante, y hay que darle mantenimiento cada tanto, y revisarlo antes y después de cada que se usa”.
“Uh”, protesta el compa, “ni a mi novia le pongo tanta atención”. El Chompas debe andar por los 70 años y su compañera igual. Tienen ya nietos y, creo, bisnietos, pero se siguen llamando “novios” entre sí. Ella suele decir “mi novio”, y él sonríe al decirle “mi novia”. Y sí, si los mira juntos, riendo, bromeando y tomados de la mano, puede usted afirmar: “parecen novios”.
Pero el compa está ahora en el trabajadero de “los comités”. Ahí se escuchan risas, maldiciones y burlas en 5 lenguas distintas, 6 con la castilla. El trabajadero no sólo convoca lenguas diferentes, también, y sobre todo, modos distintos.
La actitud ante la tierra, por ejemplo, varía: quienes vienen de zonas donde se trabaja por hectárea, no hacen caso de las ramitas; pero quienes vienen de zonas donde hay poco espacio (“tarea”, le dicen, y suelen medir unos 25 m²), juntan “chibirico” (así le decíamos en la época de la guerrilla) -“Wuacht” en tzeltal, “Vach´il” en tzotzil, “Yajlem Kab tié” en cho´ol, “Wach” en tojolabal-, un buen tanto, y logran acomodar alteros de “leña”. Pilas de “trincheras”, así les llaman, de varitas de las ramas de monte bajo. Ese “modo” de quienes son de Los Altos de Chiapas, llama la atención y la curiosidad de quienes son de la selva. Lo que para unos es basura que hay que limpiar para poder fincar (limpiar un sitio para hacer la champa), para otros es algo valioso que dará calor en las heladas y servirá para cocer el maíz, las tortillas, el café, y entibiar las pláticas antes de ir a descansar… o a hacer cositas.
Por otro lado, a la hora de tapiscar (cosechar) el maíz, los de algunas zonas cargan un su costal y van arrojando ahí las mazorcas. Esto porque son terrenos pequeños, de pocos metros cuadrados. Pero en otras zonas, como aquí, se va cortando el maíz y se avienta formando grupos de pequeños montecitos. Eso desconcierta a los de bolsa porque sienten que no avanzan. Porque no es lo mismo trabajar el maíz en “tareas”, que en hectáreas. Y aquí estamos en tierra recuperada. Donde antes los finqueros criaban ganado para la mesa de los poderosos, ahora se siembra maíz para los pequeños… en Común.
Pero ahora en el cobertizo sigue la discusión. El Monarca defiende los vehículos automotores. Sirven para llevar y traer gente y mercancías. Hay reuniones de varios pueblos, regiones y zonas que se trasladan en esos vehículos. Hay tiendas cooperativas que se surten. Y, en emergencias médicas, la ambulancia del Común suena su sirena para que todos sepan que lleva enferma o herido, sin importar si es zapatista o hermano partidista.
El Monarca es “choferólogo”, así que tiene ese “espíritu de cuerpo” y ese “amor a la camiseta” que no tienen los “seleccionados” del balompié de los distintos países. Fue maestro instructor de las choferólogas y, al darles clase política a la hora del pozol, disfrutaba poniéndolas en aprietos. “A ver, ¿qué vas a hacer si ya no queda nadie de zapatista?, ya a todos los mató el enemigo, sólo quedas tú. ¿Te vas a rendir?”. “No”, dice la compañera, “voy a seguir peleando”. Él: “pero ya no tienes arma”. Ella: “peleo con machete”. Él: “no tienes machete”. Ella: “entonces con palo y piedras”. Él: “no hay palo ni piedras, estás en el desierto”. Ella: “a mordidas y con las uñas”. Él: “no tienes dientes y tienes las manos rotas”. Ella queda pensando y, después de unos segundos, replica: “agarro la móvil y atropello al enemigo. Porque si no, de balde que estoy aprendiendo de choferóloga”. El Monarca valoró la respuesta y dijo: “muy bien, ahora vamos a ver cómo se cambian las bujías”.
Por su parte el Chompas ya tiene muchos kilómetros recorridos y no habla por hablar. De los fundadores del zapatismo, ha pasado por todas las etapas. Desde la clandestinidad y el alzamiento hasta la autonomía y el Común, un camino que no ha estado exento de caídas… y levantadas. Así que el Chompas recuerda bien cuando, en la clandestinidad, debía caminar toda la noche (8 horas de jornada) para llevar la plática a otros compas. “El Mal”, explicaba, “puede tener todos los colores y todas las lenguas, a veces tiene nuestro mismo color y habla nuestra lengua, pero su palabra lleva al mal y al malo, al que explota, golpea, viola, encarcela, se burla y nos mata. Y nos engaña, nos hace creer que nuestra resistencia y nuestra rebeldía son una guerra perdida”. La noche refresca primero y, ya de madrugada, levanta el frío como sombra hiriente. No hay fuego ni luz alguna, sólo algunas luciérnagas y el titilar nervioso del focador (lámpara de mano) de un compa que se exalta con cada palabra del Chompas joven. “Un día”, susurra el Chompa, “nuestra palabra llegará lejos, atravesará mares, subirá montañas y correrá por los ríos y valles. Por eso ahora es pequeña nuestra palabra, como que no cuenta, como que poco vale. Y tenemos que cuidar esa palabra. Nuestra lucha es como la milpa. Cuesta trabajo hacer, pero un día hay la tortilla, y en la fiesta hay tamales. ¿Por qué? Pues porque se cuidó y se trabajó. Así como la tierra, hay que cuidar y trabajar la lucha.” El silencio estridente de la montaña asiente.
En los informes de seguridad, las sombras convocadas por la palabra del Chompas dan detalles de movimientos detectados. Uno dice que lo miró a un grupo de gente, caminando de noche. Un mestizo entre ellos. “Se veía que el ciudadano ya iba a morir ya, de una vez, de cansado que se miraba. Le pregunté a dónde va. Con trabajos puede respirar, pero me dijo que no sabe. Le dije “creo vas a morir de una vez”. “Ah”, dijo, “entonces voy al infierno”. Muy otro ese hermano”. Chompas sabe quién es el ciudadano, pero nada dice. Siguen los informes. Terminan y se retiran. El woyo, con sus ojos saltones y su canto empecinado, les despide.
Meses después, de visita en un campamento guerrillero en la selva Lacandona, Chompas lo mira al ciudadano, pero ahora con uniforme y el arma terciada a la espalda, sentado en torno a la fogata. No cruzan saludo alguno. El compa le dice: “entonces te moriste, pero aquí estás”. El ciudadano le responde “sí, es mi modo que cada tanto me da por morirme para confundir al enemigo”. El Chompas sonríe y decide entonces cambiarse de nombre cada tanto “para destantear al enemigo”, aunque los únicos confundidos son los demás compas.
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En el cobertizo sigue el intercambio de argumentos. El Chompas: “Si no hay todo eso que dices, ¿qué vas a hacer? Olvídate de la tormenta y el día después, ahorita mismo: si no tienes paga para la gasolina o eso que dices, si no hay la refacción, si se descompone, si no hay aceite, o si el pinche tractor nomás no y no te dice por qué ya no, como las mulas. Sin agraviar, compa”.
“Mis tractores usan sólo pozol, y si me descompongo, en la clínica me dan medicina y anda vete. La tierra te da lo que le das. Si la respetas y la tratas bien, te da tu alimento. Si la tratas mal, pues ahí lo veas, porque vas a tener que comprar el maíz y todo para que te toque crudo el tamale. Y si no puedo trabajar, pues rápido digo y lo informo, no como las mulas. Sin agraviar, compa”.
“Pero la medicina la trajo un vehículo”, se defiende el Monarca.
“No, porque es planta medicinal. Mi novia sabe de eso porque le enseñó su abuela, y a su abuela le enseñó su abuela, y ahí ve haciendo la cuenta, porque es de siglos. Y mi novia le está enseñando a la nieta, y así por siempre jamás.”
Siguen y ya casi es la hora de la comida. Llega el SubMoy, escucha un rato en silencio, e interviene: “Las cosas se hacen con lo que hay, pero siempre con la cabeza, pensando nuevas ideas. Si hay tractor, con tractor. Si no hay, pues ni modos, sin tractor. Y si no tenemos ya cabeza pues…” el SubMoy duda y luego remata: “pues ahí lo vamos a pensar qué hacemos si no tenemos cabeza”.
En la comida, mientras lavan los platos, el Chompas: “Lo que pasa es que el Capitán tiene mala suerte con los tamales. Con mi novia hacemos unos tamales que, te comes uno y la panza te dura una semana. Por eso el tamale se hace sólo en las fiestas, porque si haces diario, olvídate que te vas a poder mover, quedas como con panza de 7 meses”. Su novia le da un zape de cariño y completa: “Yo creo que el tamale crudo es una muestra de desamor, es como decir “hasta aquí nomás y ojalá te dé diarrea, desgraciado”. Así le recomendé a una mi hija, que ahora es mamá soltera: “No necesitas discursos para despachar a ese ingrato, dale su tamale crudo y vas a ver que no vuelve ni aunque lo traigan amarrado”.
“Pero yo creo que lo del Capitán no es por desamor, sino es por nerviosidá. Porque a las compañeras que les tocaba hacer el tamale, la coordinadora les dijo: “tienen que quedar bien, porque si salen mal, el capitán las va a poner en un cuento y van a poner su foto y video en la página de zapatista y todo el mundo va a saber que hacen mal los tamales”. Imagínate la presión. Di tú que antes no los quemaron.”
Se va el Chompas a decirle al SubMoy que, si no pone horario, no se va a completar el trabajadero. “Si no hay horario pues lo pone su horario el haragán, que se hace pato, o pata, según, y ahí queda nomás, mirando el cielo y los pájaros. El otro día, lo encontré a mi compadre así, tirado de una vez, mirando a las nubes. Pensé que está privado y rápido corrí, y no, está así nomás botado, como viejito bolo en la seca. Le pregunté que qué hace y me dice: “aquí nomás, mirando esos pajaritos volar”. Me embravecí y le dije “qué pajaritos ni qué nada, son zopilotes que se lo van a almorzar, compadre”. Se levantó rápido y se fue corriendo a la reunión. Al llegar dijo que como no hay horario, no sabía a qué hora. Lo quedé mirando al SubMoy con cara de “te lo dije”. Pero ya hay horario y ya quedé tranquilo. Como quiera bien que los critiqué a todos porque, de plano, de una vez no se puede creer”.
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El Subcomandante Insurgente Moisés resume la plática de ese día: “Para entender el Común hay que practicarlo. Nuestro trabajadero es también nuestro luchadero. Cada quien, según su modo, su calendario y su geografía, es en su práctica diaria donde lo conoce al Mal y conoce sus mañas. Entonces llega el día en que entiende… y, en lugar de resignarse, de rendirse, pues se organiza”.
La Verónica está a su lado y le pide que le explique eso de pasado, presente y futuro. “Es como la lucha”, dice el SubMoy, “en el pasado tus papás lucharon para derrotar al Mal, en el presente, tú estás en la escuela autónoma -es hoy, por ejemplo-, y te enseñan a leer y escribir porque tal vez un día lo vas a necesitar para trabajar, o sea para luchar. Eso es el futuro”.
La Verónica queda pensando y dice: “Ah, es que con ejemplos sí entiendo. Pero en la escuela no me dan ejemplos, sólo me dicen que pasado, presente y futuro, y si no entiendes, anda vete, va en tu cuenta”.
Al día siguiente, la Verónica le dice al formador de educación que lo quite a la maestra y lo ponga al SubMoy. El formador la mira desconcertado. La Verónica completa: “es como lo del Común, si no pones ejemplo no te van a entender”.
(Continuará…)
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

El Capitán.
Todavía mayo del 2026.
Imágenes: Tercios Compas Zapatistas
Música: “Coincidir” de Raúl Rodríguez con letra de Alberto Escobar, interpreta Mexicanto; “Venideros” de Fernando Delgadillo, interpretan Fernando Delgadillo y Mexicanto; “Por algo estamos” de Alejandro Filio, interpreta el autor.













