Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco
IV.- El Amor y el Desamor según el futbol.

(Nota: yo sé que el texto es extenso, pero al final viene el link para una aplicación de Inteligencia Artificial -IA en adelante- que, por una módica cuota, le hace un resumen.  Si da el “upgrade” a Premium, la IA es tan inteligente que el resumen parecerá que no fue hecho con IA, sino por un feisbuquero humano.  Bara, bara, todo legal, oiga).

  El finado SupMarcos solía contar que una vez metió un gol en el equipo del colegio, cuando cursaba la preparatoria.  Pero rápidamente cambiaba de tema, tal vez para no tener que detallar que se había resbalado en el área chica y que le pegó al balón sin proponérselo.  La caída fue tan aparatosa que el portero contrario se moría de la risa, y ya no pudo hacer nada cuando la pelota, con esa parsimonia con que se presentan las grandes desgracias y las epopeyas, rodó hasta el fondo de las redes.

  Antes de ese momento épico, el entrenador, al ver que se lesionaba el jugador estrella y constatar que no tenía a nadie más en la banca, se dirigió a un finado SupMarcos, que no era finado ni era SupMarcos todavía, y le dijo: “Entra pues.  Y no hagas pendejadas”, y luego agregó, resignado, “bueno, no hagas muchas”.  Fue así como un gallardo joven, no finado y no Sup, saltó a la cancha con un estilo coqueto, vivaracho y retozón que ya quisieran las estrellas actuales.  Pero, después del tanto logrado (que, además, no modificaba en nada el resultado porque iban perdiendo 7-0), el susodicho no corrió hacia las gradas para dedicarle la proeza a las caderas de su desvelo.  Porque resulta que, en la caída, se habían roto sus pantaloncillos deportivos y sus partes privadas no eran algo para presumir entonces.  Ok, ok, ok, tampoco ahora.  Oh, pues.  ¿No le digo?  De una vez, no se puede creer.

  Ahora, puesto que Inteligencia Artificial y el rodar de un balón, vamos al futbol, con esto del mundial y toda la parafernalia (impuesta por la FIFA en alianza con todo el comercio que gira en torno al balompié, dicho sea de paso); el desastre urbano que provoca para “agradar a los turistas” y que cobra víctimas entre la población urbana, sin importar su clase social; la gentrificación; la limpieza estética (y étnica) de remover o “esconder” vendedores de artesanías (como en Chichén Itzá) y recuerdos del Mundial, y de otros seres que dan mal aspecto a la “Patria” (como maestros, madres buscadoras, campesinos, estudiantes del Poli, transportistas); y los esfuerzos, inútiles, por maquillar la realidad.

  ¿Hay clases sociales en el rodar de una pelota (ojo: marca Adidas)?  ¿Es lo mismo el futbol de barrio, llanero, que el profesional en canchas sintéticas?  ¿Es el “opio de los pueblos”?

  Una de las pesadillas del anticomunismo es que, en ese horrible sistema, la población no tendría libre tránsito y sería requerida su identificación y controlados sus movimientos.  Bueno, los vecinos y trabajadores de las zonas cercanas a los estadios sede en México, deberán identificarse en los retenes… con un código QR.  Ya antes se ha implementado la CURP biométrica, cuya justificación principal es que, puesto que no pueden detener la violencia y las desapariciones, servirá para identificar cadáveres y restos humanos.

  Ah, pero la realidad no puede esconderse detrás del K-Pop, U2 y los próceres (los López, los Monreal, los Yunes, los del apellido en turno) envueltos en la bandera tricolor.

  Ahí están las madres buscadoras, allá el magisterio democrático, más acá las comunidades indígenas desplazadas por el crimen organizado, es decir, por los megaproyectos; en aquellas calles los estudiantes del Poli; y en todas partes, las víctimas en el campo del “bienestar”.

  Pero no se distraiga y cheque usted la siguiente nota periodística: “Arrestan a ocho vecinos de Naucalpan por defender cancha de fut” (Silvia Chávez González. Corresponsal. La Jornada. 29 de abril de 2026).  La nota describe la oposición de los vecinos a la destrucción de un campo de futbol llanero, la llegada de la policía y el argumento de “la mayoría” que los llevó a la cárcel.  Defender un espacio de juego, esparcimiento y convivencia es un delito penado con prisión.  Esto en un municipio, de un estado, de un país… gobernados por el progresismo.

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  Sí, el futbol puede tratar de ocultar crímenes, como en Argentina en 1978.  Pero también es donde, por ejemplo, el alemán Paul Breitner se niega a jugar como muestra de repudio a la Junta Militar de Videla.  Y, recientemente, el catalán Lamine Yamal, del equipo de Barcelona, celebró un triunfo ondeando la bandera de Palestina.  Antes, el Bofo Bautista se puso un pasamontaña al anotar un gol con chivas, en 2004, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.  Y, en marzo del 2006, el “frente rojinegro”, de la porra del Atlas, se presentó a una reunión como adherente a la Sexta Declaración con una manta que rezaba “Atacando desde la Izqkierda”.  Se dice que el artista plástico Banksy pintó un mural en una comunidad zapatista, con un futbolista con pasamontaña haciendo una “chilena”, sobre una estrella roja de cinco puntas, y la frase “A la libertad por el futbol”.  Obdulio Varela, capitán de la selección uruguaya de futbol en el mundial de 1950, dictó, en el estadio de Maracaná, una clase magistral de táctica y estrategia, de resistencia y rebeldía, y enseñó más que todos los manuales políticos.

  Y colectivos de Madres Buscadoras imponen ahora una realidad cruel a la impostura de un mundial de futbol patrocinado por refrescos de cola, botanas y bebidas alcohólicas, y por la trumpista FIFA -que pretende dar clases de moral y buenas costumbres-.  Sobre anuncios y fotos de jugadores, las buscadoras acusan con las fotos de sus ausentes, justo como la realidad se impone al mundo virtual de la bebida de cola que patrocina la mañanera.

  El colectivo de la Sexta, “La Afición Consciente, también está presente”, si logra colarse a las gradas (está difícil: los precios están más allá de cualquier presupuesto medio, ya no se diga del de quienes viven al día), desplegará una manta con una pregunta que es todo un diagnóstico social: “¿DÓNDE ESTÁN?”; que lo mismo sirve para preguntar por los desaparecidos, que para cuestionar a autoridades y medios de comunicación, además de cuestionar sobre el paradero de palabras antiguas como “vergüenza”, “dignidad”, “verdad”, “justicia”.

  El futbol, como casi todo, se debate entre el crimen y la resistencia, entre el autoritarismo y la rebeldía, entre el negocio y el juego, entre la barbarie y la nobleza.

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  Juan Villoro, que podría ser referido también como un bardo del balompié y un hereje de todas las religiones que no sean la del fútbol – y que tiene no pocas líneas con reflexiones sobre ese sistema de ideas, dudas y certezas-, señala, palabras más, palabras menos, que un partido de futbol siempre es varios partidos: el que transcurre en la cancha -en un calendario y geografía específicos-; el que narran los locutores y comentaristas; el que sufre el aficionado espectador; y el que contarán luego las crónicas, días, semanas, años y hasta décadas después.  En realidad, no sé si así lo dijo Juan, pero algo así sería.

  “El futbol es un misterio insondable, como la existencia de Dios, la vastedad del universo y la alquimia de los tamales crudos de guajolote”, parece decirnos Juan Villoro, cuyo defecto principal (irle al Necaxa, en lugar de irle a los Jaguares de Chiapas -que llevan ya 10 años sin perder ni un solo partido-), se le perdona porque entre familiares, así sean bajo protesta, se perdonan las faltas, manque sean flagrantes y dentro del área.

  Y aunque todas las partes sean hasta contradictorias entre sí, juntas forman el todo, el Aleph del balompié.  Es en ese multiverso que el jugador, pero sobre todo el aficionado, sufren y se desviven, y padecen así un tormento que ni la Santa Inquisición hispana imaginaría.

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  Antes, en algunos lugares era frecuente (no sé si todavía), que alguien llevara un pequeño radio de transistores al estadio y escuchara la transmisión del partido al mismo tiempo que veía el juego.  Si el equipo local iba perdiendo y de plano no daba una, no era de extrañar que los de alrededor le gritaran al portador del aparato: “¡Súbele el volumen al radio, ahí vamos ganando!”

  Y no sólo eso: si antes las discusiones, burlas, festejos y lamentos se circunscribían a amistades, vecinos y conocidos (y, si había paga, con los comensales en el antro, la cantina o el restaurante), en la era de las redes sociales y la IA ,debes pelear y defender los “colores de la camiseta” contra granjas de bots de todo tipo.  Es decir, contra “la mayoría”.

  Pero, si usted le pregunta a la IA qué es el futbol, leerá lo siguiente: “El fútbol es un deporte de equipo jugado entre dos conjuntos de 11 jugadores cada uno, cuyo objetivo es introducir un balón en la portería contraria para anotar un gol. El equipo que logre más goles al final del tiempo reglamentario gana el partido.”

  Así sea usted un villamelón, un panbolero irremediable o un especialista con datos y estadísticas, concluirá que la IA no tiene ni la más remota idea de lo que es el futbol.

  Y si checa cuál es la fuente de información de la IA, descubrirá que es… ¡el Comité Olímpico Dominicano!  Si quiere conocer más de ese deporte, la IA le recomienda acudir a la FIFA.

  Sí, la culera de la FIFA, que de seguro también prohibirá una de las manifestaciones más sonadas de repudio, por lo regular dedicada al árbitro, aunque también a jugadores propios o contrarios.

  No puedo repetir el vocablo puesto que estará prohibido, y podrían multar al equipo femenil zapatista de futbol (que tiene el buen gusto de llamarse “Las Perdedoras”, y que no juegan para ganar, sino porque, a veces, es mejor patear un balón que la cabeza del desgraciado que llegó a decir, con desamor, “hasta aquí nomás” y anda vete, olvídate de “mi amorcititillo”), pero no es homofóbico, sino que hace referencia a una actitud en el campo.  Y también es como, en el sureste mexicano, se le llama a los pañales de tela donde se cagan los bebés.  Pero la FIFA pretenderá que la afición grite “¡Pusilánime!”, y si no, multa.

  El gran Roberto Fontanarrosa dijo alguna vez que “hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física”.  Y, perdonen, pero “pusilánime” no tiene nada de eso, más bien suena a enfermedad de trasmisión sexual o a político progresista.  Entonces, sin pena alguna, decretemos que la FIFA es culera, y punto.  Y, como le dieron un premio al Trump, entonces 3 veces culera.

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  En un partido de futbol se marcan las brechas generacionales: las personas ya de juicio ven con escepticismo el juego y no pierden la oportunidad de señalar que, en sus tiempos, los jugadores no eran de cristal fino y se necesitaba un hacha para derribarlos; los adultos se piensan como directores técnicos y presienten que la ausencia o presencia de tal jugador da mala espina y, claro, es un error estratégico; los jóvenes declaran que mejor esperan a que el partido llegue a Netflix; los niños y niñas ya tienen el balón en las manos y esperan, con ansiedad, el silbatazo final para correr afuera y recrear, no el partido, sino la versión que su imaginación produce.

  Aunque sucedan cosas desconcertantes: el héroe de la Dení zapatista (ya de 9 años, -entonces de 5-) era ¡Memo Ochoa!, “porque se avienta bien bonito, parece que vola” (sí, “vola”, y no “vuela”, eso es otra cosa).  Siguiendo ese instinto reporteril, hoy algo olvidado en el gremio, entrevisté a la acusada para conocer su versión.  La Dení estaba atenta al clima de linchamiento que la rodeaba y aclaró: “No me acuerdo, en ese entonces yo era una niña” (en abril de este año cumplió 9 años).  Una compañera la quiso ayudar e intervino: “pero está guapo el Memo”.  El abucheo fue unánime.

  La brecha generacional se puede detectar, también, monitoreando la salida de una tienda de abarrotes o miscelánea (o “tienda de conveniencia”, creo se dice): los infantes salen con dulces y caramelos; los jóvenes con “smartdrinks”; los adultos con latas de cerveza; y las personas ya de edad (o “de juicio”) … con una rica variedad de antiácidos.

  Si a usted no le atrae el balompié (“de todo hay en la viña del Señor”, diría mi abuela), y prevé que le esperan unas semanas de estridente soledad, no se desanime.  Debe haber aplicaciones que le ahorren la vergüenza de no tener nada qué decir cuando todos opinan.  Mi recomendación es que, sin importar el partido, hable usted mal del arbitraje.  Eso no falla y convoca al consenso.

  No haga caso de quienes critican al fútbol.  Se critica a los árbitros (todos, sin distinción de género, “están vendidos” a la televisora rival), al director técnico (siempre necesitará la ayuda del aficionado espectador para decidir una estrategia), al jugador o jugadora (“¡¿quién dijo que ese tipo (o tipa, no olvidar la paridad de género) sabe jugar?!”).

  Pero nunca, lea bien, nunca, nunca se debe criticar ese misterio aterrador que provoca que una multitud de seres absurdos (a veces hasta son jugadores), corra detrás de una pelota durante 90 minutos, más el tiempo de compensación, más los tiempos extras, más el juicio final de los penales.

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  Y es aquí donde la IA llueve sobre mojado.  Junto con la FIFA y las federaciones “nacionales”, son el anti – futbol.  Y han provocado que se convierta en un espectáculo decadente que sólo sirve como pretexto para emborracharse, causar destrozos, y mentarle la madre al mundo entero, especialmente al árbitro central -comprado con 30 monedas-, al entrenador que presentó una alineación para llorar, a los jugadores que parecían ignorar que en sus pies estaba la supervivencia de la especie humana, y al pinche VAR que parece crear videos con IA y está tan ciego como el silbante, porque, todos lo sabemos, eso fue un “clavado”, una actuación (mala por cierto), y, además, estaba fuera del área chica.

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  El sistema ha convertido la definición de clase en el futbol, en algo mortal: si en los partidos “profesionales” la disputa es entre cadenas televisoras, marcas de botanas y de bebidas embriagantes; en el futbol llanero o de barrio, las canchas de grava y lodo se han convertido en el espacio de lucha entre cárteles del crimen organizado y desorganizado (es decir, entre gobiernos de distintos partidos políticos y sus policías).

  Del fútbol se privilegia lo frívolo y superficial: la belleza o no de las parejas de las estrellas, los autos que usan, dónde vacacionan, cuánto ganan.  Abajo y a la izquierda, la niñez soñará no con la riqueza monetaria de Messi, sino con su habilidad gambetera; no con la ropa fina de Ronaldo, sino con su precisión en los tiros libres.  Mientras, arriba a la derecha, tal vez se sueñe con ser de la FIFA -ese equipo nunca pierde-, y convertirse en el equivalente al capital financiero en el futbol, es decir, en ser el dueño del balón.

  Es de esperar que lo más importante de este mundial de futbol, ocurra fuera de los estadios, en las calles y en los campos, en las costas y en las montañas, donde se celebrará no el espectáculo, sino la memoria y la lucha, la resistencia y la rebeldía.

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  Pero si realmente quiere saber qué es el fútbol, deje la IA y lea el cuento “El Viejo con Árbol”, de Roberto Fontanarrosa, y descubra así lo que la IA siempre ignorará: la magia de las artes.  O ahorre un poco y consiga los libros de ese recogedor de gotas de lluvia que se llama Eduardo Galeano, y redescubra que los pequeños lo son hasta cuando son grandes.

  No sé qué será el amor en el futbol, pero sí sé que el desamor tiene que ver con un marcador adverso, con el alejarse, con amarga frustración, del mítico quinto partido en un Mundial, y con la marcación de esa falta, que hasta la idiota de la IA sabría que no era penal.  Pero, sobre todo, con constatar que allá arriba reinan el cinismo, la simulación y la maldad.

  Conclusión: la IA no es nada inteligente, no sólo le engañará, además le manipulará y le irá imponiendo códigos culturales “mayoritarios”.  También le ofrecerá un vestido de sabiduría y conocimiento, cuando, en realidad, lo único que le cubre sus partes privadas es un “smartphone” acorde con sus posibilidades económicas.

  Porque hay de calzones a calzones, raza.  Cada quien con su modo, moda y estilo. pero, oiga, como que esos calzones con estampado de piel de leopardo… mh… no sé… como que no van, oiga.  “Y uno se cree” que son sexys, pero son la expresión minimalista de los calzones mata-pasiones.

  Y, como sea, no evitará la pregunta existencial que no se hizo, pero debió hacerse, el Hamlet de Shakespeare:

“¿A cuál equipo le vas?”

(continuará…)

Desde las gradas del campo zapatista de futbol “Si te he visto, no me acuerdo”.

(Mirando a las milicianas dar patadas al aire, el balón sin enterarse, con la portera buscando la mínima franja de sombra del travesaño -hay 40 grados con sensación térmica de 45-, y redactando mentalmente, sin recurrir a la IA, su crónica “Las Perdedoras, la coherencia en la cancha” o “Nunca hemos perdido un partido, nos ha faltado tiempo para ganarlo”).

El Capitán.
(Guapo él, lo que sea de cada quien, con su camiseta de color naranja-chetos, pero con pantalón largo para no mostrar sus hermosas y bien torneadas piernas. ¡Arrrrroz!  Ojo: no sexualizar).
México, mayo del 2026.

P.D.- ¿Y el link para la aplicación con Inteligencia Artificial?  Está todavía en proceso de ajuste.  No desesperar, calculo que estará lista antes que lo estén las obras de “infraestructura turística” en la Ciudad de México.  O sea que va a tardar, oiga.

P.D. Audiovisual. –  Cheque usted el video que sigue: ahí aparecen las milicianas cuando se preparaban, hace 5 años, para la Gira por la Vida, y un fragmento de un partido con compañeras de la Europa insumisa.  El audio es de la barra o porra de un equipo de Marruecos, el Raja Casa Blanca, con un cántico en honor de Palestina, en la misma fecha en que La Montaña, ese delirio contreras -es decir, zapatista-, cruzaba el Atlántico para invadir Europa.  Varias de esas milicianas ya tienen un su marido.  Es probable que, al mirar esas imágenes, recuerden, volteen a mirar, con amor o con desamor, a sus respectivas parejas y murmuren: “¡Que Shakira ni que nada!  Las mujeres ya no lloran, luchan… y meten goles.”

Amén.

Imágenes: Tercios Compas Zapatistas 
Música: Rajawi Falastini – La Voce Della Magana/Afición del Raja Casablanca