Por Andrea Horcasitas Martínez
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
23 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Primero me gustaría empezar agradeciéndoles la invitación a los compañeros, a las compañeras, a loas compañeroas zapatistas, y decirles que es un honor compartir este espacio, ya que para mí, como muchas de las personas que estamos acá, y ya lo han dicho otras personas que han compartido acá la palabra, son un referente de resistencia y también un recordatorio vivo de que frente a la tormenta viene el día después. Que el mundo de hoy no tiene que ser el mundo de mañana, y que es posible construir nuevos días y nuevos mundos.

Además, y yo también por ahí no veo el payaso, no veo, pero igual me pasa lo mismo, me gustaría doblemente agradecer la invitación porque me obligó a sentarme a escribir reflexiones que no siempre logro aterrizar a palabras en papel, porque la verdad sí me da el mal de la computadora, el mal de la hoja en blanco.

Y además voy a pedir una disculpa porque esta reflexión va a ser no solo mía. Se pidió que no citemos otras personas, pero me es imposible no hacerlo, porque en algunos momentos sí va a ser una reflexión un poquito colectiva, más mucho que poquito, porque inconscientemente, conscientemente, y necesariamente, retoma lo que he aprendido y escuchado en este caminar, como coloquialmente, o a veces le decimos, a la búsqueda de las personas desaparecidas, con familias y personas que me han permitido acompañarlas de una u otra forma, y que en parte es gracias a ellas que he aprendido a mirar nuevamente el mundo. A todas ellas, a las familias, les doy mi profundo agradecimiento, como siempre, por abrirme su corazón, por permitirme conocer su pensar, su quehacer y su sentir. Y aprovecho además para mandar un saludo fraterno a quienes hoy están aquí, a ustedes, y quienes estén en el Zoom o en el YouTube, no sé dónde se esté transmitiendo. Un saludo respetuoso al corazón de las comunidades zapatistas y un saludo a quienes también han compartido otras reflexiones.

Mientras escribía estas palabras, me preguntaba cómo hablar de la desaparición en el marco de un semillero titulado Guerra contra la Humanidad. Cómo empezar a hablar de una de las formas de violencia más profundamente crueles y mantener en el centro de todo lo que voy a decir, o intentarlo por lo menos, la esperanza, que es al final, por lo que yo he aprendido de este caminar, lo que sostiene la búsqueda de cientos y miles de familias en México: la esperanza del reencuentro y la esperanza de la vida también.

Y al decidir qué decir y cómo decirlo, salió este escrito que voy a dividir en tres partes.

La primera parte, que voy a llamar, la verdad a falta de palabras, el diagnóstico, es decir, el estado de las cosas, las cifras terribles.

La segunda parte, en la que hablo sobre la guerra contra la cifra.

Y la tercera parte, lo que me trae hoy aquí: la esperanza del reencuentro, la vida y la resistencia que se vuelca en una búsqueda común.

Primero, ahora sí, la parte del diagnóstico.

Empezar por decir que la desaparición de personas no es una violencia nueva, ni tampoco es exclusiva para México. Ha sido una de las formas de crueldad perpetradas en distintas geografías por distintos verdugos contra los pueblos.

En este lado del mundo, en el que habitamos la mayoría de las personas que estamos hoy acá, la desaparición ha sido algo común en nuestra historia. Colombia, que tras más de 50 años de conflicto armado interno tiene hoy un registro de más de 130 mil personas desaparecidas. Guatemala, con más de 45 mil personas desaparecidas en un genocidio cometido contra las poblaciones mayas, a manos de gobiernos militares apoyados por el imperialismo. De eso también se ha hablado ya acá. En el Cono Sur, la desaparición de militantes de izquierda a manos de las dictaduras militares. Basta recordar con rabia aquella miserable frase que un dictador, a quien la verdad ni me interesa nombrar en este espacio, no veo por qué recordarlo, pronunció con cinismo sobre quienes estaban siendo torturados y asesinados por orden suya, señalando que los desaparecidos eran una incógnita y que no están ni muertos ni vivos, están desaparecidos.

No obstante, a pesar de que esta violencia no es única de nuestro país, en 20 años desde la declaración de la mal llamada guerra contra las drogas, que no ha sido, como ya lo decían los compañeros de la mesa anterior, no ha sido otra cosa más que una guerra en contra de los pueblos, hemos superado las cifras de la mayoría de los países en donde se han registrado desapariciones, por lo menos en Latinoamérica.

La magnitud de la violencia es incomprensible. Un piso mínimo, reconocido por las cifras oficiales, de esas que siempre hay que poner en duda, de más de 135 mil personas desaparecidas, aunque sabemos que ese número es mucho mayor. Más de 5 mil fosas clandestinas, que es una cifra que además hemos tenido que reconstruir entre registros mal armados, notas periodísticas de los medios libres, y a ellos un aplauso siempre por su solidaridad, y el recuento de las familias que buscan. Cifra además que compite con las fosas del franquismo, que registró 6 mil fosas en 36 años, durante los 36 años que duró la dictadura.

Y hoy en México además hay una cifra conservadora que oscila entre los 79 mil y 83 mil cuerpos y restos de personas que hoy están sin identificar en las distintas morgues del país. Personas que son buscadas por sus familias y que el Estado ha decidido volver a desaparecer, en lo que hoy llamamos una doble desaparición, que en realidad no es más que la desaparición administrativa a manos del gobierno.

Pero más allá de los números, que son profundamente crueles y dolorosos, la desaparición no puede entenderse como una violencia aislada, sino como parte de las distintas violencias cometidas en contra de los pueblos, violencias que se conectan entre sí y que ya han sido mencionadas en este espacio: el desplazamiento forzado, el reclutamiento forzado, el despojo de las tierras, el saqueo de agua, entre otras.

Además, la existencia de fosas clandestinas, que son una de las múltiples caras de la desaparición de personas, y para mí la más cruel por sus distintas implicaciones, han cambiado la forma en cómo habitamos el espacio de manera tajante, nuestro territorio.

Al sabernos rodeadas consciente e inconscientemente de estos sitios atroces, se ha transformado innegablemente nuestra relación con el territorio que habitamos. La convivencia casi permanente con estos hallazgos y con las personas que tristemente son encontradas en estos espacios tan crueles ha dejado rastros de violencia en la tierra, agujerando la superficie. Y en este sentido, la violencia se cuela en la cotidianidad, la corrompe, literalmente la agujera.

En los últimos 20 años, el país se ha llenado de fosas clandestinas. Hoy, los estados que concentran más hallazgos son Guerrero, Veracruz, Sonora, Guanajuato y Jalisco. En su conjunto, estos cinco estados concentran la mitad de los hallazgos que se han registrado en los últimos años. Si estamos hablando de 5 mil fosas, ustedes hagan la cuenta.

No es casualidad que encabecen la lista Guerrero, territorio azotado históricamente por la desaparición forzada a manos del Estado, ni Veracruz, que es un territorio al que se le ha rebautizado como el infierno, en donde se localizó uno de los sitios de exterminio más grandes de Latinoamérica.

En este sitio, llamado Colinas de Santa Fe, el colectivo Solecito encontró, y disculpen la descripción, pero no hay que invisibilizar la crueldad tampoco, más de 22 mil fragmentos óseos, 298 cráneos, cientos de huesos quemados y cuerpos enterrados sin cabeza. Se calcula que en este espacio atroz fue el último paradero de más de 300 personas durante ocho años, los sexenios que correspondieron al priista Javier Duarte de Ochoa, ese que todo mundo conoce porque le dio agua a niños con cáncer, y del panista-perredista Miguel Ángel Yunes Linares, hoy muy cercano al gobierno en turno.

Otros estados que también reportan un número importante de fosas clandestinas son Colima, Chihuahua, Sinaloa, Michoacán y Tamaulipas.

Y si bien se considera que las fosas clandestinas del periodo… bueno, las fosas clandestinas que han aparecido… bueno, no aparecen… que se han cometido en contra de las personas desde que empezó la guerra contra las drogas, comenzaron en el norte, es decir, en el estado de Coahuila, hoy se esparcen por todas las entidades del país. No hay un solo territorio que no tenga una fosa clandestina.

El hallazgo de estos sitios está íntimamente ligado al control territorial ejercido por el Estado en colusión con grupos del crimen organizado, sin importar el color del gobierno en turno.

Sonora, por ejemplo, gobernado hoy por un gobierno morenista, ha sido uno de los territorios en los que la desaparición y el hallazgo de fosas clandestinas ha incrementado de forma exponencial de 2018 a la fecha. Pasaron del hallazgo de tres fosas clandestinas antes de 2018, a más de 360 fosas entre 2019 y 2024. La violencia no ha disminuido, sino que se ha enraizado en el desierto del noroeste. En 2025, a unos cuantos kilómetros de Hermosillo, la capital del estado, se localizaron 60 personas enterradas en fosas clandestinas. Podría contarles los hallazgos de este mes. 2026 no ha sido nada diferente.

Las fosas han irrumpido con mayor frecuencia en los espacios de convivencia y organización social, no solo de los territorios alejados, o esos que se han llamado “territorios no desarrollados”, sino también de las ciudades. El imaginario de la fosa clandestina, ese que nos ha hecho creer que las fosas se encuentran alejadas de la cotidianidad, de la vida de las comunidades, en medio de la nada, ya no se sostiene. Las fosas ya se localizan en escuelas, como pasó en las canchas de fútbol de un plantel de educación media superior llamado CETIS 27, en Uruapan, Michoacán; en los parques donde juegan los niños, las niñas, las niñeces. Esto es muy común en Tlajomulco, Jalisco, y en Tijuana, Baja California, donde las familias reciben diariamente llamadas avisándoles dónde pueden encontrar restos humanos. Y también se han localizado fosas clandestinas en espacios de disfrute comunitario, como son los parques naturales, los salones de fiesta, las panaderías, y podría seguir el listado.

Las fosas clandestinas han contaminado ya nuestra vida cotidiana, impactándola de forma irreversible. Hoy las vidas arrebatadas, los cuerpos y los restos humanos están ocultos en los terrenos de cultivo que nos alimentan, los ríos que nos dan sustento, los montes que nos rodean y debajo del cemento de las ciudades.

Y, por ende, hoy existen muchas “zonas de sacrificio”, ese concepto del que ya se ha hablado un par de veces acá. Algunas de las grandes ciudades, esas que se usan de ejemplo para imponer el proyecto de acumulación bajo el lema del desarrollo, son en realidad bastiones de sacrificio y muerte.

Por ejemplo, la zona metropolitana de Guadalajara, el corredor industrial de Guanajuato, la zona metropolitana del Valle de México, en particular sus zonas limítrofes, hoy están plagadas de fosas clandestinas.

Cabe decir además que, en algunos casos, las fosas clandestinas pareciera que también tienen una intención de comunicar algo más, en la que el poder se impone como mensaje a través de la exhibición de la violencia, convirtiendo al cuerpo y a las comunidades contaminadas por el horror en un mensajero. El ocultamiento del cuerpo ya no es el único fin, sino que la crueldad ahora también se ha convertido en una forma de mensaje. Como diría, y aquí tengo que citar porque esta idea no es mía, Sayak Valencia, se busca establecer un diálogo macabro.

Decía Alicia, en la primera mesa, el primer día que estuvimos por acá, que la crueldad está íntimamente ligada a la impunidad. Y esto es cierto también para las desapariciones en el país. Para el delito de desaparición, la impunidad alcanza el 99 %. Ustedes hagan cuentas. Desde el poder se habla de que hay menos de 4 mil carpetas de investigación por el delito de desaparición, y estamos hablando de más de 135 mil personas desaparecidas. Queremos hablar de impunidad, empecemos de pronto por ahí.

Entonces, como mencionaba, las fosas clandestinas son una de las muchas caras que tiene la desaparición de personas en el país, aunque no es la única, y esto también hay que decirlo.

Para quien quiera leer, hace poco salió un reportaje de Marcela Turati sobre la desaparición de personas en Chihuahua, que habla justamente del reclutamiento forzado, porque eso también es otra forma en cómo el poder ha operado para hacernos creer que las personas desaparecidas no las vamos a encontrar, cuando en realidad están siendo víctimas de otros delitos, como el reclutamiento o la trata de personas.

La desaparición, en la actualidad, se ha conformado como una tecnología de guerra que permite el ejercicio de lo que se ha nombrado necropoder, esa palabra que también ya se mencionó mucho por acá, que para mí no es más que la ilegítima autoridad que se han otorgado unos cuantos, como el gobierno y los grupos criminales, para decidir quién vive y quién muere, administrando la violencia para sus propios fines y haciendo lucro con la muerte.

Las desapariciones forman parte de una pedagogía del horror que busca controlar territorios con el objetivo último del despojo y la acumulación para unos cuantos.

La desaparición también presenta una diversidad nunca antes vista en cuanto a las personas que son desaparecidas: personas de edades diversas, profesiones diversas, que vienen de distintos lugares. Se ha convertido en una guerra contra la juventud y el futuro, ya que más del 60 % de las personas desaparecidas, y aquí hablando de la mesa de las infancias, tienen menos de 39 años.

No solo es un tema de edad; es contra todo aquello que el sistema capitalista ha categorizado como desechable. Migrantes chiapanecos que desaparecen en el desierto de Sonora, personas que viven en la calle que se van directo a la fosa común porque el gobierno sabe la complexión física de una persona que lleva mucho tiempo en la calle y, cuando llegan al Semefo, ya ni se molestan en identificarla porque saben que es una persona que estuvo en calle y la mandan directo a la fosa común, como si no tuviera una familia que la quiere. De sangre o de vida.

No saben cuántas personas, y perdón que me detenga en esto porque sí tengo que insistir, han tenido que sacar otras compañeras de la fosa común, que es un viacrucis, solo porque era una persona en situación de calle, una población callejera que el gobierno pensó que es completamente desechable.

También son personas campesinas, pueblos enteros, como decía Alejandra el otro día; son niñas, niños y adolescentes enganchados por redes sociales, ya sea para el trabajo forzado o con fines de explotación sexual.

La desaparición no es ajena a la vorágine de la acumulación del necroceno; es alteración de la vida generada por la crisis de la acumulación de muerte y extinción que han perpetrado unos cuantos a costa de la mayoría. El necroceno, ese perverso Midas que convierte todo, incluso la vida misma, en capital. De un lado de la moneda está la muerte y del otro la violencia. La desaparición no es ajena a ese Midas, sino que se articula con las lógicas de acumulación y despojo.

En el fondo, la desaparición de personas es síntoma de la culminación de un largo proceso de industrialización de la muerte, en el que también operan la especulación de cuerpos como mercancía y la destrucción de ecosistemas completos.

Y aquí paso a la segunda parte, porque toda esta violencia no sucede en un vacío, no sucede porque sí. Frente a la desaparición, lo que el Estado ofrece y ha ofrecido es silencio, impunidad y falsas promesas.

Y esta segunda parte no es más que un recuento de la guerra contra la cifra, que es, en realidad, una guerra contra la verdad.

Hace unas semanas, que creo que ya son meses, pero es que se atravesó el Mundial. Así como para mí el Mundial fue el nuevo COVID, entonces ya no sé en qué día estamos.

Hace unas semanas, desde el poder se declaró una guerra de estadísticas, de números, como si rasurar la cifra de quienes han sido desaparecidos hiciera una diferencia ante lo que está ocurriendo. Esto no es nuevo, sino que ha sido una estrategia del poder desde que se declaró, hace casi 20 años, la mal llamada guerra contra las drogas.

A inicios del siglo se hablaba de “daños colaterales” en lugar de asesinatos; se hablaba de las personas en los márgenes, de una guerra declarada contra los pueblos.

Ya lo adelantaba también Alicia, y la voy a citar un par de veces acá: se deshumanizó la tragedia para minimizar el costo humano, es decir, la deshumanización del otro, lo decía Alicia, para justificar su destrucción.

Durante el inicio de la guerra contra las drogas se construían enemigos para justificar el despliegue de la violencia, y creo que los compañeros pueden hablar más de eso que yo. No solo fue contra los pueblos, también es importante decirlo, sino que tenemos ejemplos en las ciudades, como es el caso de Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo Verdugo, que fueron estudiantes de posgrado del Tecnológico de Monterrey, ejecutados por elementos del Ejército dentro del mismo campus. Después los militares alteraron la escena del crimen para hacerlos pasar falsamente por sicarios.

También es el caso de la masacre de Villas de Salvárcar, en Juárez, donde abrieron fuego contra 60 estudiantes y causaron la muerte de 16 de ellos. Desde el poder, el entonces expresidente Felipe Calderón —y a ese sí lo voy a nombrar por nombre— declaró que eran pandilleros y que, entonces, eso justificaba que les abrieran fuego.

O la desaparición de los 43 estudiantes, unos cuantos años después, en 2014.

En la actualidad, la estrategia en turno no es muy ajena a la estrategia de antes. Se ha basado en celebrar porcentajes de localización, que no son más que meras coincidencias administrativas, como un logro frente a la tragedia.

Se rasuran un par de ceros, presentando una cifra vergonzosa de más de 40 mil personas desaparecidas como la “verdadera” cifra de desapariciones en el país, y se presenta como un triunfo; un triunfo de la estadística que miente, esa que también celebra la reducción de homicidios mientras oculta la evolución y complejización de la violencia en los territorios, ignorando convenientemente el incremento en los niveles de violencia, la diversificación de los actores armados y la sofisticación de sus tácticas de guerra.

Esa estadística que también esconde el uso de explosivos, de drones y minas antipersona; la restricción deliberada de vías de comunicación, la restricción de vías de acceso a las comunidades y el ataque a medios de subsistencia.

La estrategia ya no es hablar de daños colaterales, sino inventar eufemismos como “personas con algún tipo de actividad”, sea lo que eso signifique; “personas con datos insuficientes” y “personas sin ningún tipo de actividad”.

Ante esto, a mí me surgen un par de dudas, un par de preguntas.

¿Acaso la desaparición de una sola persona no sería suficiente para que lancemos un grito al cielo y lo detengamos todo?

¿O es necesaria la acumulación de un número, ese que, por cierto, pasó de 133 mil personas a 135 mil tan solo durante los días que duró el Mundial? Dos mil personas en un mes, mientras se festejaba un evento internacional. ¿Es necesaria la acumulación de ese número para que algo cuente? ¿Para que indigne? ¿Para que duela?

¿Por qué celebrar la reducción de una cifra que es, en realidad, una tragedia y presentar como logro otra cifra igual de dolorosa?

Un número que, además, está muy por arriba de lo que anteriormente ya se ha condenado, de lo que hemos condenado ya como sociedad, como humanidad.

Una cifra que, en contextos que se han llamado terrorismo de Estado, como fue durante la dictadura de Argentina, en la que la cifra que definieron conjuntamente entre organizaciones, entre víctimas que habían sobrevivido a la tortura, a la dictadura, entre las familias de las personas que seguían desaparecidas, se pusieron de acuerdo con una cifra de 30 mil y ya la condenábamos.

¿Cómo es que hoy el gobierno, desde el poder, está presentando una cifra de 40 mil como un logro? Yo no me lo explico.

Y frente a esta celebración tan poco honrosa, que no es más que un reflejo de lo que está detrás de tanta parafernalia, es decir, la simulación de buscar, se despliega otra maquinaria igual de deshonrosa. La del falso discurso, la vergonzosa mentira histórica que dice que las personas que desaparecen “andaban en algo”, como si eso fuera justificación suficiente para desaparecer a una persona. Ese discurso, replicado por quienes hoy ostentan cargos en un gobierno que dijo no ser igual al anterior, pero criminaliza a quienes buscan a un ser querido. Un gobierno que amenaza con abrir carpetas de investigación, háganme el favor, abrir carpetas de investigación a familias que toman un camión de una ciudad a otra para acompañar a sus compañeras a una velada pacífica un día antes de la inauguración del Mundial.

Un gobierno que asegura que permitirá la libre manifestación de las familias, pero que acompaña esa promesa con el despliegue de cientos de policías, aislamientos, golpes y el arrebatamiento de mantas y lonas con los rostros de las personas desaparecidas.

Un gobierno que robó un antimonumento que nos recordaba a todas y todos que en este país hay más de 135 mil personas desaparecidas.

Esa guerra contra la cifra va acompañada, además, de la guerra narrativa. Ahora se ha hablado mucho de las narrativas; acá también la estamos viviendo.

Esa guerra narrativa que va acompañada de bots en redes sociales que replican palabras criminalizantes y de recomendaciones por órganos “autónomos”, esas comisiones de derechos humanos del bienestar que dicen defender al pueblo, pero que exoneran a quienes cometen crímenes a diestra y siniestra, a quienes participaron en la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Esa maquinaria que no busca más que ganar una guerra en la que todo mundo pierde; justificar y minimizar la desaparición de —según el último cálculo— por lo menos 40 personas diariamente. Un camión lleno de personas desaparece en este país al día.

Esa maquinaria que busca ganar la guerra contra la realidad, justificando las desapariciones de hace décadas, las desapariciones de hoy y también las desapariciones del mañana.

Esa maquinaria que ha perfeccionado su pedagogía de la crueldad. Primero, desapareciendo a miles de personas, afectando así no solo la vida de quienes desaparecen, quienes son desaparecidas, sino la de sus familias, sus amistades y sus comunidades. Segundeso, obligando a sus familias a tener que buscarlas, a tener que desenterrar de entre la tierra cuerpos humanos, restos y fragmentos de personas.

Esa maquinaria que, a la par que obliga a las familias a buscar, fragmenta carpetas, rompe cadenas de custodia, desarticula las pocas capacidades que existen para la identificación y, lo más cruel, siembra semillas de incertidumbre al no garantizar la restitución, es decir, regresar a quienes ya han sido localizados.

Esa semilla que se anida en el pecho, en el corazón de quienes sufren la ausencia de un ser querido. Frente a esto, frente a esa maquinaria que promete, que enreda, que divide, hay resistencia. Las familias resisten.

A pesar de las diferencias, de los dolores, de los enojos, de los susurros al oído de aquellos que prometen con falsedades regresar a quienes faltan, las familias vuelven a lo más fundamental. Y aquí voy a citar a un amigo muy querido que se llama César. Las familias vuelven al centro de todo, que es encontrar.

Y en ese verbo, el verbo encontrar, en realidad caben muchas cosas. Cabe la dignidad de una madre que se levanta día a día con el corazón hecho añicos para irle a exigir al verdugo que le regrese a su hijo.

Cabe la dignidad de Cecilia, Cecilia Delgado, una madre que aprendió a cavar con pico y pala en el desierto de Sonora a casi 50 grados para agujerar la tierra metro y medio con la intención de encontrar a su hijo. Ceci, que después de desenterrar a su hijo Jesús Ramón, ha seguido desenterrando a los hijos de más personas, regresando a más de 300 personas con sus familias desde que ella comenzó su búsqueda. A Ceci se suman otras madres en el desierto de Sonora, como Mónica, Alejandra, Paula, Luz. Podría continuar con la lista.

También cabe la dignidad de decenas de madres como Daniela, Inés, Vanessa, que recorren los bosques de la Ciudad de México en busca de sus hijos e hijas. Madres como Mancha, que busca a su hijo Axel, que recorren ejidos enteros en Tamaulipas. Madres como Verónica, que busca a su hijo Diego Maximiliano en los canales de aguas negras del Estado de México.

Madres que, como dice Rocío, que busca a su hija Karen, encuentran huesos en medio de la inmensidad, esa avasallante inmensidad. Buscan una aguja en un pajar, un molar, un diente, entre kilómetros de maleza, de roca y de tierra. “Y no solo buscamos huesos, buscamos vidas arrebatadas, buscamos corazones.”

Cabe también la lucha de Liz y Carmen, dos hijas que a la corta edad de 15 y 12 años les fue impuesto el dolor de que su padre, Gerzain, no haya regresado a casa después de ir a trabajar. Dos hijas que despidieron de este espacio terrenal a su madre, María Demetria, hace 10 años, quien hasta el día de su muerte no dejó de buscar a su esposo. Dos hijas que no solo se quedaron huérfanas, sino que heredaron una responsabilidad enorme: encontrar a su papá para cumplir una doble promesa, la promesa de su madre de encontrar a su padre y la promesa de su padre de regresarlo a casa.

Cabe también la incertidumbre de hermanas y hermanos como Olimpia, que busca a su hermano Marco Antonio, Gabriela, que busca a su hermana Mariela Vanessa, de Bielka y Gabi, que ya encontraron a sus hermanos Paul y Nimay, hermanos y hermanas que han tenido que aprender a picar la tierra con una varilla, a romper cemento con un martillo, a pensar si sus seres queridos, como dice Eduardo Gabriel, quien busca a su hermano Ángel Gerardo, pueden escuchar cuando andan por ahí rascando, cuando andan por ahí rascando la piedra, con una sensación de impotencia cuando termina el día y no encuentran nada, nada que les diga dónde están. Regresan con la ropa sucia, cansadas y cansados, con esa tristeza de que otro día pasó, y ellos, sus seres queridos, siguen ahí, en algún lugar. Cabe la fortaleza de un padre como Gerardo, que día a día, antes de que su hijo Ángel Gerardo fuera desaparecido, admiraba un cerro en frente de su trabajo, porque le gustaban mucho las lluvias y el clima, los rayos, lo verde que luego se veía. Y hoy, cada vez que voltea el cerro, lo ve distinto, porque es la zona donde a veces piensa que podría estar su hijo. Cabe también la búsqueda incansable de las familias, que es, y seguirá siendo, ese contrapeso ético y moral frente a la maquinaria de la desmemoria, esa que busca convencernos de que nada ocurre y que en este país vamos mejor que nunca. Esa brújula moral frente a ese Midas perverso, maquinaria del despojo y la acumulación, que destruye todo a su paso y devora la vida misma.

Y en el encontrar, he descubierto, no sólo cabe la resistencia de las familias, sino también la resistencia de la tierra, esa que se niega a ser cómplice de la barbarie, que se niega a callar ante las formas más crueles de violencia que nos arrebatan lo más fundamental: la identidad de quienes han sido desaparecidos, su lugar en este mundo. Los huesos brotan de entre la maleza, el desierto, el bosque, de la tierra escarbada por manos amorosas que buscan tesoros, para recordarnos que debajo de la superficie que caminamos se encuentran cientos de historias interrumpidas por la violencia y la indolencia. La tierra nos recuerda que frente a la crueldad innombrable de una fosa clandestina, se contrapone la esperanza del reencuentro y el amor inquebrantable de una familia que busca un ser querido, que se niega a normalizar lo que pasa, que se opone al olvido.

Y ya para ir cerrando esta reflexión, me permito pasar a la última parte. La esperanza. Sí hay esperanza.

Esa palabra que significa muchas cosas y de la que se ha hablado mucho acá, frente a la desaparición de una persona, es englobada en el acto de la búsqueda y la promesa del reencuentro. La desaparición de un ser querido conlleva la transformación radical de la vida, la cual muchas veces queda suspendida en la espera del regreso, por lo que muchas familias han encontrado en la búsqueda una forma de afrontar el dolor y convertirlo en resistencia, la forma de negarse a aceptar lo que ha ocurrido. La búsqueda que toma muchas formas, como la pega de boletines, la visita a hospitales y a centros penitenciarios, así como la búsqueda que más se conoce, que es la búsqueda en campo, es una forma de dotar de sentido esa vida que se ha puesto en pausa a raíz de la desaparición.

Además, ante la indolencia de un Estado que desaparece y no investiga, las redes de solidaridad, redes que se aglutinan a partir del dolor de la ausencia, han sido la forma de hacer frente al horror y sostener el acto de la búsqueda. Estas redes, que en el fondo son una puesta en común del dolor, no se traducen solamente en la suma de las ausencias individuales, sino que se convierten en ese común del que tanto hablan los compañeros zapatistas, donde la ausencia es motor de búsqueda, memoria y exigencia de justicia. Ese dolor común traslada al acto de buscar de un acto individual, es decir, el de buscar a un ser querido, al familiar, a un acto colectivo, el de buscar a todas las personas que hoy están desaparecidas.

Así, la promesa del reencuentro se vuelve la encarnación misma del común: que todas las personas regresen a casa. Y frente al riesgo que viven las familias buscadoras —al menos 43 personas han perdido la vida o han sido desaparecidas desde 2010— también se vuelve un compromiso.

Y aquí retomo las palabras de María Isabel, que busca a su hijo Yosimar: La promesa de todas las familias buscadoras, es, en la búsqueda de las que van cayendo, seguir buscando a sus hijos.

Este compromiso no es menor, ya que se contrapone con el proyecto de acumulación de muerte que dicta qué vidas son desechables y qué comunidades pueden ser convertidas en zona de sacrificio y exterminio. La búsqueda pone al centro la vida porque no distingue entre las personas que se encuentran en estos sitios tan atroces, no las categoriza. Las familias buscan porque han entendido que todas las personas tienen el derecho a ser buscadas, a ser lloradas y a ser regresadas a casa.

En este sentido, la búsqueda se convierte en un contrapeso frente a la tormenta de la que tanto hablan acá, a esa crueldad innombrable. La búsqueda, al ser un acto profundamente valiente, se convierte también en la defensa de la vida y del común. Si me permiten, también un acto de poesía, y voy a hacer esto, y al ratito voy a hacer algo que espero no caiga mal, pero me voy a permitir un momento de poesía como lo hacía el compañero Gilberto hace unos días.

Traigo a cuenta un fragmento del libro Antigona González de Sara Uribe que dice:

Nombrarlos a todos para decir: “Este cuerpo podría ser el mío, el cuerpo de uno de los míos”, para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos.

La esperanza del reencuentro, el caminar de las familias, entonces, es la resistencia, no desde los márgenes, sino desde el estómago de ese monstruo que va consumiendo todo a su paso y, por ende, reafirma a las familias como ese enemigo a destruir porque pone en riesgo el proyecto capitalista al plantear una alternativa frente a las mismas lógicas de explotación, racismo, patriarcado y desigualdad que vivimos. No creo pecar de ingenuidad si digo que la búsqueda, las familias y la solidaridad que inspiran en quienes acompañamos son un faro frente al embate de la tormenta y una guía para lo que debe venir en el día después.

Esto no quiere decir que en la búsqueda no existan tensiones ni contradicciones ni que no existan riesgos frente a la vorágine y sus múltiples máscaras. El dolor, la ausencia y el horror de la búsqueda son terreno fértil para que se erijan pirámides pero también han probado ser terreno fértil para el común, para la solidaridad y para el amor. No solo entre las familias, sino con personas que abren su corazón y se suman a la búsqueda de quienes hoy nos hacen falta.

La búsqueda, además, es terreno fértil para la creación permanente, la construcción de nuevas formas. El mundial lo puso de nueva cuenta en la forma de un ajolote que busca y baila entre las filas de los policías, y ya Raúl me adelantó que ahorita les va a enseñar una foto. En los partidos de fútbol que se llamaron cascaritas contra el olvido en Guadalajara, en Monterrey, en la Ciudad de México. En la entonación del Busca Cielito que no es sólo más que la reapropiación de las familias de Cielito Lindo, y la resistencia desde la alegría, la fiesta y el goce. La ausencia que no deja de doler pero que moviliza y ahí, si me preguntan, está la esperanza de un mundo nuevo.

Bueno, hasta aquí la reflexión. Gracias.

Pero… y espero que no se enoje el Capitán o el Sup, espero que no se molesten. Me gustaría, y por ahí han estado repartiendo unas hojitas que aquí como hay gente que apartó lugares y que, pues sí, ni modo, les va a tocar leer desde la pantalla, si quieren, a los compas de atrás si les va a tocar la impresión. A mí me gustaría invitar a quien guste a acompañar la entonación de Cielito Buscador como un gesto de cariño y solidaridad con las familias que hoy buscan y que pues al final del día este fue un himno que entonaron en su resistencia contra el Mundial del despojo. Entonces, quien quiera, quien no quiera, también aquí libre albedrío.

Por todos los rincones, cielito lindo, vamos buscando, cruzando mares y tierras cielito lindo, nunca parando. Familias siempre valientes, cielito lindo, siguen andando, con una foto en las manos cielito lindo, nunca soltando.

Ay, ay, ay, ay, grita y no calles, porque tu voz nos reclama, cielito lindo, en todas partes.

Por montes y veredas, cielito lindo, vamos buscando, con la esperanza encendida, cielito lindo, de pie avanzando. De toda la esperanza, cielito lindo, vamos buscando a quienes nos arrebatan, cielito lindo, sin darnos cuándo.

Ay, ay, ay, ay, grita y no calles, porque tu voz nos reclama, cielito lindo, en todas partes.

No son cifras ni expedientes, cielito lindo, son nuestras vidas. Son las hijas, los hijos, cielito lindo, que no se olvidan. Escuchen autoridades, cielito lindo, nuestro llamado, buscamos verdad y justicia, cielito lindo, de este lado.

Ay, ay, ay, ay, grita y no calles, porque tu voz nos reclama, cielito lindo, en todas partes.
Ay, ay, ay, ay, grita y no calles, porque tu voz nos reclama, cielito lindo, en todas partes.

Muchas gracias.

Para mí siempre es importante nombrar. Si bien la canción es para todas y todos, para mí es importante nombrar que la canción la empezó Nancy Mendoza, que busca a su hermano Josue Ricardo Mendoza Martínez en Ciudad de México. Le voy a hacer llegar el video y les agradezco mucho que se sumaran y su solidaridad.

Gracias, con esto termino mi palabra.