El amor y el desamor según el Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Por Capitán Insurgente Marcos
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
22 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Siguiendo a Sombra, el guerrero, cuya segunda parte de su visión tal vez nunca se conozca, el EZLN tiene también su punto de vista sobre el amor y el desamor.

Para nosotras, nosotros y nosotroas que somos el EZLN, el amor es una semilla que no termina su destino y vocación en la siembra. Necesita el cuidado continuo, la vigilancia para detectar y anular enfermedades y plagas, el hacerle casita para que su luz no se apague, el orgullo compartido al detectar las primeras hojas dando cuerpo al tallo antes solo, la alegría del florecimiento y la celebración compartida del fruto.

No es fácil que una semilla reciba alojamiento, casa y cuidado en nuestro seno. Debe librar desconfianzas ancestrales, miradas cuestionadoras, las agudas espinas de nuestro trato, nuestras palabras no pocas veces hoscas, y debe tener la capacidad de perdurar, de resistir, de no rendirse en nuestro pecho.

Pero no dejar de ser lo que es cada quien, porque es esa distancia, esa diferencia la que se ama, la que se quiere, la que se procura. Los zapatistas no amamos al espejo, nos interesa, nos atrae, nos enamora la diferencia, pero en el camino común, con un mismo destino, aunque con pasos y velocidades diferentes.

Y aun con las fieras espinas que nos cubren, a veces encontramos palabras, pequeños obsequios absurdos e inútiles, miradas, sobre todo en miradas, la forma de transmitir un sentimiento para el que los abecedarios no tienen letras ni los diccionarios palabras.

Y una vez florecido, nuestro amor es incondicional, continuo y presente a pesar de geografías y calendarios. No condicionamos nuestro amor a edades, estaturas, colores de piel, modos, lenguas, culturas, historias, cuentas bancarias, y sólo entendemos que somos correspondidos si esa persona, grupo, colectivo, movimiento, organización o lo que sea, siente junto a nosotros la necesidad de ser siempre mejores. Mejores personas individuales o colectivas, mejor para lo otro, para lo diferente.

Porque es eso, la diferencia, lo que realmente sintetiza la maravilla humana y porque el amor más grande, más terrible y maravilloso, nace en las diferencias y no en las similitudes.

El desamor, por su parte, no es sino olvido, desapego, desinterés, oportunismo barato, cálculo comercial, compra y venta de instantes.

En el desamor están quienes se acercaron para algo obtener, quienes nos vieron como moda, quienes haciendo muecas de desprecio se mantuvieron siempre a distancia, quienes nos usaron o quisieron usarnos en beneficio propio, individual o de secta, quienes olvidaron que somos zapatistas y que como tales, no sólo no nos avergonzamos de ser lo que somos, sino que lo levantamos como se levanta la bandera de la vida.

Y que tenemos un corazón tan grande que en él caben todos los colores, todas las lenguas, todos los calendarios, todas las geografías. Y que en él, en nuestro corazón, estemos o no de moda, seamos famosos o desapercibidos, amamos con un fuego que tan fuerte es que arderá incluso el día después.

Entre nuestros amores están algunas de las seglares y algunos de los seglares creyentes católicos, las hermanas religiosas sin distinción alguna en todo México, el obispo que pudiendo elegir entre ser Onésimo Cepeda o Samuel Ruiz, escogió ser Don Samuel, el caminante que antes de morir pidió perdón por el daño que pudo causar con hechos y omisiones. Una grandeza moral que no tienen quienes bajo su manto quisieron y quieren lastimarnos y nos atacaron y atacan.

También algunas ciudadanas y ciudadanos que escogieron luchar acompañando con organizaciones no gubernamentales, especialmente de defensa de los derechos humanos, y se han enfrentado a ejércitos y sus generales, a jueces y carceleros, a gobernantes corruptos, a estructuras levantadas para discriminar, despreciar, encarcelar, desaparecer, asesinar, y, sobre todo, que han permanecido a nuestro lado en la resistencia contra el olvido sin dejar de ser lo que son.

También artistas, hombres, mujeres y otroas a quienes las artes maldijeron y que cada tanto, a pesar de modas y coyunturas, nos honran con la luz de sus miradas, sus palabras, sus músicas, sus actuaciones, sus labrados, sus colores, sus fotografías, en fin, sus emociones.

También las niñas y los niños que crecieron y ahora son jóvenes y adultos, quienes se asomaron a las montañas del sureste mexicano gracias a la mirada de padres, tíos, abuelos, maestras, profesores, artistas y, claro, las reflexiones del viejo Antonio, las agudas observaciones de Elías Contreras y las hazañas inverosímiles del padre de todos los superhéroes y superheroínas, el siempre grande Don Durito de la Lacandona, AC de CV de II. Y que crecieron en vida junto a las niñas y niños zapatistas que fueron cambiando de nombre en cuentos y relatos, pero que son los mismos en la esperanza de vida. Los jóvenes y jóvenas que, como en este semillero, nos acercan sus conocimientos y nos comparten sus conocimientos, sus esperanzas y sus desasosiegos, sus vidas en el mismo por diferente camino.

Las jóvenas y jóvenes que vieron pasar los calendarios junto a nosotros y que aún ahora, con el peso y achaques de décadas, siguen de nuestro lado.

Las personas de edad, las vivas y las ausentes, que tendieron la mano y el corazón a una causa que las trascendería y que la mera verdad nos hacen falta. Y a quienes nos empeñamos en saludar con nuestro empeño, diciéndoles con nuestra lucha que les seguimos queriendo.

Personas, grupos, organizaciones, colectivos, movimientos de México y del mundo que entendieron que nuestra lucha era también la suya, cuando sus calendarios y geografías combaten con sus propias resistencias y rebeldías.

Personas de edad, de juicio, decimos nosotros, que pusieron sus esperanzas en nuestros pasos y en nuestras manos y que cada tanto se asoman, aunque sólo sea para saber que aquí estamos, que seguimos.

La luz de resistencia y rebeldía de las madres buscadoras, a quienes, por mucho que las amemos, siempre les quedaremos a deber. Y que ahora nos impulsan a volver a caminar fuera de nuestras montañas, porque los brazos y los besos siempre es mejor darlos en persona y no por internet.

Y también, y de forma especial, a las luchas, resistencias y rebeldías que han sido asediadas por siglos. Y en especial una que soporta una agresión que viene desde el siglo pasado y ahora, en estos precisos momentos, soporta toda la maquinaria de guerra en su contra.

No recuerdo ahora alguna palabra que haya sintetizado tanto todas las contradicciones del capitalismo, todas las tragedias y crímenes, todas las alegrías, todo el empecinamiento de abajo, como esta que ahora pronunciamos: Palestina.