Racismo y violencia contra los pueblos
Por Alicia Castellanos
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
23 de julio de 2026
Gracias. Buenas tardes a todas y a todos.
Antes de iniciar esta exposición, quiero expresar también mi afecto y reconocimiento por su compromiso y esfuerzo, que hoy, una vez más, y a lo largo de su existencia como zapatistas, convocan a estos memorables encuentros de reflexión, a este semillero sobre la guerra contra la humanidad.
Agradezco esta invitación para compartir ideas sobre racismo y violencias contra los pueblos. Debo decir que, indudablemente, es una experiencia perturbadora para todos constatar que vivimos como humanidad en un tiempo de extrema violencia, que sabemos es indisociable de un capitalismo que, en esta fase de crisis sistémica, avanza violando, más que nunca, los derechos de los pueblos; inseparable también de un terrorismo de Estado que actúa con una sofisticada tecnología que se expande con inmensa capacidad destructiva por todos los rincones del planeta.
Esta estrategia de los poderes dominantes se torna en una política que opera impunemente, con la guerra y el exterminio como sus expresiones recurrentes, causas de que la vida de los seres humanos y la naturaleza, y todo lo construido en siglos por pueblos y culturas, patrimonio de la humanidad, enfrentan riesgos que atentan contra su existencia y continuidad, y el disfrute y derecho a la vida.
En este contexto, formulo estas interrogantes básicas:
¿Cómo pensar el racismo y la violencia y su relación con esta guerra contra la humanidad?
¿A través de qué mecanismos se construye el otro como enemigo a controlar, a pacificar, a combatir y/o a destruir?
¿Por qué la guerra es contra la humanidad?
¿Cómo desafiar este racismo de Estado que se generaliza?
No significa que estas violencias tuvieran existencia previa a este siglo XXI, sino que hoy se difunden y normalizan en nuestras sociedades. Se vuelven más crueles y masivas, insisto, con una cada vez más sofisticada tecnología, causando no sólo un intenso sufrimiento para los pueblos que luchan y resisten, sino un permanente debate en los propios movimientos sociales y en la academia crítica.
Haciendo un poco de memoria, no se olvide que las raíces del racismo como concepto se encuentran en el siglo XVIII y precisamente en Europa. Es entonces que el término raza, de connotar o implicar nación y ancestro común, pasa a ser calificada y se introduce al diccionario de la época con un significado supremacista, con atribuciones denigrantes para las razas supuestamente inferiores y con cualidades óptimas para las consideradas superiores.
Este racismo biológico, que pretende encontrar sustento en la ciencia, se constituye en una ideología legitimadora del colonialismo y de procesos de formación nacional durante el siglo XIX, periodo en que se originan los nacionalismos, entendidos como ideologías que configuran una nueva forma de organización política basada en el Estado-nación y las burguesías que las promueven y construyen sus identidades excluyentes, blancas y criollo-mestizas, que remiten a un pasado glorioso o inventan orígenes y destinos a partir de un imaginario y primigenio derecho sobre territorios codiciados y a veces míticos.
¿Cómo se han construido estas identidades excluyentes y violencias?
Desde una mirada antropológica se piensa que la intolerancia y la violencia se hunden en los albores de la historia y que subyacen motivos profundos, que se relacionan con la defensa comunitaria y la identidad, que bajo sus formas más evidentes, como son la exclusión y el aniquilamiento de grupos enteros. La intolerancia es la expresión profunda de una voluntad por asegurar la cohesión de lo que es considerado relevante de lo propio y lo idéntico o semejante, al grado de culminar destruyendo todo lo que se opone a esta preeminencia absoluta.
A partir de otras experiencias y análisis, para un escritor libanés, se construyen identidades que él denomina asesinas cuando derivan de una concepción que reduce la identidad a una sola cosa, lo que conduce a las personas a tener una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominadora, a veces suicida, y las transforma a menudo en gentes que matan o en partidarios de los que lo hacen, argumentando que actúan por la supervivencia de los suyos, de que lo hacen en legítima defensa. Lo que ciertamente resulta ser un discurso común a todos los que han cometido crímenes de lesa humanidad en los últimos tiempos, señala, incluyendo los casos del genocidio en Guatemala y el genocidio en curso en Palestina, además de otros procesos genocidas que ocurren en diversas latitudes, como es el caso de la Cuba solidaria en el Gran Caribe.
Indudablemente, más allá de sus orígenes antiguos y de esos motivos profundos de las intolerancias, la guerra contra los pueblos es indisociable del ejercicio del poder del Estado desde que el capitalismo se expande hace siglos.
Hoy vivimos en un contexto de crisis civilizatoria y colapso medioambiental, de violencia capitalista que se manifiesta en diversas dimensiones, que ejercen sujetos en distintos espacios geográficos y sociales, a través de ideologías y sistemas o regímenes políticos.
Es, por lo tanto, un fenómeno histórico-social que se relaciona con el poder de los dominantes y del Estado, desde donde se construyen y promueven esas identidades encapsuladas y aniquilantes, y la amenaza del otro, deshumanizándolo para legitimar la acción represiva o su destrucción a través del racismo, un instrumento de poder del Estado, el que puede ejercer el derecho a matar, como diría Foucault.
El racismo y la violencia en sus expresiones contemporáneas y extremas nos llevan a Palestina, donde llegarán en forma sucesiva migraciones judías fundamentalmente de Europa desde fines del siglo XIX hasta este siglo XXI, ocupando sus tierras a través de despojo y otras formas de violencia.
Todas estas migraciones, apoyadas por la entonces Sociedad de Naciones, prometen a los sionistas un hogar judío. El mandato británico sobre Palestina en 1922 es una ocupación colonial inglesa que apertura la ocupación sionista, igualmente colonial.
Así, entre 1932 y 1939 migran ya 247 mil judíos de esta Europa. No se deja esperar una gran revuelta árabe que se opone a la ocupación de sus tierras y culmina con una masacre, el fusilamiento de civiles y desaparición de pueblos árabes.
En 1946 se producen ataques terroristas por grupos paramilitares judíos —diríamos, sionistas, entonces ya— como el Haganá, que surge desde 1920, y el Irgún por 1930, entrenados por los ingleses.
El sionismo deviene en una ideología expansionista, colonial y racista. Su razón es colonizar el territorio ocupado por el pueblo palestino desde hace siglos y fundar el Estado de Israel a partir de un supuesto retorno colectivo de los judíos a la tierra prometida.
En los discursos de las élites sionistas del siglo XIX la raza está ausente. Exaltan ser un pueblo elegido, designación etnonacionalista con un proyecto supremacista que aspira a establecerse en un territorio mítico, Jerusalén, al igual que la nación americana que pretende haber sido escogida por la providencia para velar por el bienestar continental y del mundo, misiones que siguen defendiendo en este siglo XXI. Autoidentificaciones que proclaman ser pueblos únicos, elegidos y superiores, con derechos excepcionales.
Si bien el sionismo responde a la violencia del antisemitismo de la Europa del siglo XIX, convertido en una ideología política pronto construye una identidad excluyente que no tolerará un lugar para el pueblo palestino en territorio palestino. Opera desde entonces una concepción que conlleva la limpieza étnica.
En esta fase temprana de la colonización sionista busca la conquista de tierra y la construcción de colonias nacionales puras, escribe Shlomo Sand, un profesor de la Universidad de Tel Aviv.
Esa es la partición de Palestina y el reconocimiento del Estado de Israel por la ONU en 1948 que despliega una política de destrucción y discriminación masiva. Un despojo violento, expulsión de los palestinos de sus casas y sus campos agrícolas y la ocupación de sus tierras por colonos judíos, denominada la Nakba, como recordarán todos ustedes, la catástrofe, que representó el desplazamiento de más de 700 mil palestinos y la consecuente desaparición de pueblos.
Le seguirá un éxodo masivo luego de la guerra y derrota de los países árabes entre 1949 y 1950. Para entonces, el 78% de la Palestina histórica es ocupada por Israel, con un 60% de la población palestina convertida en refugiados.
Recordemos a la Alemania nazi, con su poderosa maquinaria bélica y también una ideología supremacista que se basó en un racismo biológico respaldado por una ciencia al servicio del poder fascista, que se expande por toda Europa para eliminar a millones de seres humanos.
El régimen nazi, una variante del fascismo, había sido responsable de un genocidio ejercido con una crueldad que supuso la negación de la humanidad de los otros: asesinato de seis millones de judíos, pero también de gitanos, minorías y comunistas.
Para la URSS y hoy Rusia fue la Gran Guerra Patria, la muerte de al menos 25 millones de ciudadanos, el costo de la derrota del nazifascismo, que no suele reconocerse en la historia oficial que Occidente cuenta.
Terminada esta Segunda Guerra Mundial y estos fascismos clásicos en Europa, con excepción de España, que vivirá una larga dictadura con extrema violencia, se pensaba que estos horrores no volverían a suceder.
El curso de la historia sería otro. Siguieron los tiempos de la Guerra Fría, pero también las luchas anticoloniales y de liberación nacional en África y las derrotas de Francia en Indochina y Argelia, de Estados Unidos en Vietnam.
En la región latinoamericana y caribeña, la violencia imperialista se impone a través de los golpes de Estado a gobiernos democráticos y a sus pueblos: Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y en 1973 al gobierno democrático de Salvador Allende en Chile.
El apoyo a las dictaduras militares de corte fascista y el bloqueo a Cuba por más de 60 años, hoy sometido a un proceso de genocidio por la vía —y cito, sí, a la Convención— “de actos perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso —en este caso podemos pensar a un sistema de gobierno socialista— y lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo . Sometimiento —son tres factores que cumplen el genocidio en este caso— intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”.
En la década de los noventa del siglo XX y lo que va del XXI, recuerden, vuelven los horrores de los genocidios en la ex Yugoslavia, con el surgimiento de los nacionalismos étnicos y la intervención de Europa, nuevamente en el corazón de ese continente.
Y en Ruanda. En Guatemala, el genocidio que perpetra el gobierno de Ríos Montt contra los pueblos mayas en la década de los ochenta del siglo pasado.
También la inmigración contemporánea es emblemática del racismo y la violencia hacia los pueblos. En los inicios de los años noventa del siglo pasado, otro estudioso, Rodolfo Stavenhagen, constata cómo la reestructuración económica neoliberal provoca privaciones excesivas y acentúa la división de los mercados de trabajo, el desplazamiento de empresas en busca de salarios más bajos en el mundo, una lucha sindical que busca sólo preservar mínimos servicios. La concentración de tecnología y capital origina privilegios en los trabajadores altamente calificados y desecha a los trabajadores no competitivos, haciendo crecer la economía informal en condiciones precarias y sin derechos laborales. Además, reconoce que la diferenciación socioeconómica es racial y cultural, prepara el terreno para la racialización de las relaciones sociales y económicas y la formación de identidades colectivas que se enfrentarán y competirán en las esferas económica y política.
En estos años, señala que la ideología nacional modernizada construye los chivos expiatorios. Los inmigrantes en Francia, antes trabajadores huéspedes, claves en los tiempos de la expansión de sus economías en esos años noventa, son convertidos en negros, en árabes, en extranjeros, en indeseables, en terroristas, a quienes atribuyen la crisis económica y política, la inseguridad y la violencia. La diferencia es concebida como distancia y amenaza por la supuesta invasión de inmigrantes. Así se va construyendo un discurso de odio que se profundiza a partir de los atentados terroristas que suceden en Francia, en París, en esos años.
Esos son algunos de los mecanismos que van construyendo al otro como enemigo a excluir, perseguir, controlar, a pacificar, a combatir y/o a destruir.
No se olvide que la raza es una construcción del racismo, cada vez más ausente en el discurso dominante, lo que no niega su existencia. Cambian los modos de racializar al otro a partir de contextos históricos y situaciones específicas y de las diferencias reales o imaginarias: fenotípicas, culturales y religiosas, sociales, nacionales, políticas e ideológicas de determinados individuos y colectividades, pueblos y naciones sin Estado, que tienden a reducir o negar cualidades de los sujetos racializados, a convertir estereotipos y estigmas en propiedades; o sea, naturalizan o biologizan, negando, en sus expresiones extremas, su calidad humana.
También estos sujetos racializados pueden ser clasificados y tratados como atrasados e ignorantes, que se oponen al desarrollo y al progreso; violentos, delincuentes, subversivos o terroristas, violadores, narcotraficantes, que supuestamente atentan contra el orden social, la identidad, la unidad y la seguridad nacional que es necesario defender.
Son estereotipos cuyas características deforman y simplifican al otro y, por tanto, impiden su conocimiento; y estigmas que marcan a las personas y pueden funcionar para ejercer el control y justificar la explotación del trabajo y sometimiento al poder, preservar privilegios y exclusividades, prevenir supuestas amenazas y desechar trabajadores que ya no son funcionales al sistema.
Las políticas de inmigración que han impuesto los países de destino migratorio han estimulado el odio al extranjero, al de afuera. Es el chivo expiatorio, el causante del desempleo de los nacionales, lo que justifica su expulsión del territorio con violencia extrema.
En tiempos de crisis económica y política, estas medidas antiinmigrantes han contribuido a lograr un apoyo popular para la derecha radical que las promueve y promete en Europa: en Alemania, Francia, España y Europa del Este.
Con el regreso de Donald Trump en Estados Unidos, esta derecha en América Latina encuentra su apoyo con recursos y corrupciones que han incidido en el triunfo electoral de Bolsonaro en Brasil, de Bukele en El Salvador, de Milei en Argentina, de Boric en Chile, otros en Ecuador, en Honduras y en Perú.
Sus discursos y prácticas antiinmigrantes y de seguridad y lucha contra el narcotráfico movilizan a diversos sectores de la población con discursos del poder nacionalistas, racistas, xenófobos y autoritarios.
Surge la pregunta entre estudiosos acerca de qué mueve al sujeto a someterse a esta autoridad, a la que se ha contestado que, en tiempos de crisis y tendencia a la concentración de capital, este sujeto se construye de un desclasamiento y pauperización, incluso de sectores medios y altos que, al perder sus privilegios y sus supuestas pertenencias a los grupos privilegiados, se perciben en abandono y desamparo y buscan una autoridad para sentirse protegidos. Un líder capaz de ofrecer seguridad que reclamará su obediencia y sometimiento; también la esperanza de un cambio.
Los discursos xenófobos y racistas de Trump, en realidad el discurso de odio que se difunde desde el poder del Estado institucional, arraiga inexorablemente en la sociedad y puede incitar a la acción agresora.
Opera también el discurso negacionista con otra lógica: los hechos violentos que pueden invisibilizar y reducir, dejarlos impunes.
La violencia que se ejerce desde el lenguaje no sólo, dicen estudiosas, provoca dolor físico; puede exacerbar el racismo y la xenofobia y derivar en la justificación de acciones extremadamente agresivas que violan derechos individuales y colectivos.
De allí la importancia de aproximarse a este discurso de odio que alienta y justifica, que puede alentar y justificar la guerra, las persecuciones a través de redadas y deportaciones que difunden los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos y Netanyahu en Israel.
Los estereotipos y estigmas que homogenizan y marcan de manera negativa a los inmigrantes y a las naciones de su origen provocan indignación entre los sujetos racializados, aversión y miedo al otro entre ciudadanos que legitiman la autoridad de quienes presiden sus naciones.
El racismo que Trump manifiesta, constituido históricamente en la sociedad estadounidense hacia los mexicanos, no se reduce sólo a los migrantes en sus alocuciones. No ha disimulado sus pretensiones expansionistas en Medio Oriente, con el cuento de llevar desarrollo económico y muchos empleos. En realidad, lo que sus palabras anuncian es la continuidad de esa limpieza del territorio histórico de los palestinos. Es el gobierno de Estados Unidos el que más armamento ha otorgado para apoyar el genocidio del pueblo palestino.
La violencia y el racismo expresos en sus políticas antiinmigrantes, a través de las deportaciones masivas y periódicas en la historia de Estados Unidos, que paradójicamente surgió como nación de la inmigración y del despojo a los pueblos indios de Norteamérica y más de la mitad del territorio de la nación mexicana, se legalizan y son ejercidas con crueldad. Las redadas de militares y agentes migratorios de cuerpos policíacos del ICE han originado enormes injusticias, sufrimiento y miedo, daños al patrimonio de nuestros compatriotas y hermanos latinoamericanos y de otras latitudes, a costa de largos tiempos laborales, desesperanza por las pérdidas y daño emocional, despojo de sus trabajos, de sus modos de vida, separación de sus familias, trabajadores convertidos en invasores, con un ejército facultado para deportar y detener migrantes, acelerar la expulsión y amenazas al cierre de fronteras, negación al derecho a la ciudadanía y suspensión de asistencia humanitaria. Todas estas políticas y palabras, esto es, discursos racistas y actos xenófobos y violentos, tienden a fusionarse, produciendo entonces la expulsión a partir de una ideología racista y de una violencia extrema.
La guerra emprendida por Israel contra el pueblo palestino, desde el 7 de octubre del 2023, intensifica el proceso genocida que ha venido fraguándose desde principios del siglo XX, desde hace tiempo ha desafiado el derecho internacional, negándose a negociar y a respetar lo pactado. En parte, la estrategia sionista de Netanyahu y su gobierno responde al concierto de intereses petroleros en la región del Medio Oriente y por la que goza de la anuencia y complicidad del gobierno de Estados Unidos y muchos en Europa.
Testigos y actores activos y pasivos dan cuenta, a través de relatos, testimonios y denuncias, de las barbaridades que comete el ejército israelí. Todas las formas de racismo y violencia que derivan en la destrucción del otro, infanticidio, escolasticidio, que se ejercen en tierras palestinas no caben en una definición, las superan.
Así es el horror del exterminio animado por un racismo que se expresa en —es una cita inevitable— todo tipo de restricciones físicas y psíquicas que ejerce, como son el terror y el desplazamiento, la desgracia y el sufrimiento y muerte, la desposesión del pueblo palestino, en este caso; el daño y la destrucción de viviendas, hospitales, escuelas, mezquitas, el mundo de la vida cotidiana y religiosa, de una cultura, de un pueblo. Una concepción que es comprensiva y que envuelve diversas formas y grados de violencia que se relacionan y son una herramienta para delimitar su naturaleza y alcance.
No voy a citar algunos fragmentos de funcionarios del gobierno de Netanyahu y del propio Netanyahu, que expresan abiertamente la idea de lanzar una bomba atómica a Gaza, en particular a Palestina, que alientan y exhortan a la venganza y la crueldad, invocan a una política de limpieza étnica y el desplazamiento de los palestinos de Gaza y Cisjordania a tierras lejanas de su territorio histórico, para que las ocupen los colonos. Y a la inequívoca obsesión de que en territorio palestino sólo hay lugar para la nación judía, a la animalización del pueblo palestino.
En fin, hay una serie de discursos desde antes y después del 7 de octubre de 2023, que son discursos de un odio muy profundo que enmascara un racismo genocida, que está muy interiorizado en las identidades, no solamente de sus gobernantes, pero también de buena parte de la sociedad.
Porque, a través de los procesos de socialización temprana, de la escuela en concreto, uno puede leer análisis semióticos de los textos, de textos básicos de educación, y bueno, ahí se construye toda una, digamos, ideología y una identidad que va a justificar ese derecho a matar. Hay estudios muy, digamos, sistemáticos y profundos de estos textos, y es realmente impresionante ver esos análisis de cómo les enseñan la historia, tanto propia como la historia palestina.
Aquí llegamos al punto de algo que también me parece que es importante simplemente mencionar muy rápidamente, que ha señalado Robinson muy recientemente: que lo que acontece en Gaza, en Congo y otros infiernos similares, los denomina, son señales de alarma. Por eso la importancia de recordar ese texto. Son señales de alarma en tiempo real de que el genocidio puede convertirse en una poderosa herramienta en las próximas décadas para resolver la intratable contradicción inherente al capitalismo entre el excedente de capital y el excedente de humanidad. Entonces, por eso piensa que también la resistencia debe transnacionalizarse.
Aquí, en esta última parte, si me da tiempo, voy a exponer lo que es, digamos, el racismo y la violencia contra los pueblos originarios y la naturaleza en lo que va del siglo.
Se expresan de diverso modo, decimos, no siempre de manera abierta, cuando se trata de megaproyectos a implantar en sus tierras y territorios. Aquí opera la exclusión, la mentira y el ocultamiento. Y, de hecho, una suerte de infantilización y/o minorización, un trato discriminatorio, como si las comunidades y los pueblos que han sobrevivido por siglos no tuvieran la capacidad de tomar decisiones trascendentales que conciernen a sus vidas y a su futuro.
A partir del viejo discurso institucional para llevar desarrollo y progreso a regiones de atraso económico, se anunció y dio inicio, en plena pandemia, la gran obra que es el megaproyecto denominado Tren Maya, atravesando 1,500 kilómetros, como ustedes saben, del biodiverso sureste multiétnico y multicultural.
Con frecuencia, las consultas a las comunidades no cumplen con las condiciones que establece el Convenio 169. Estas no son siempre informadas de manera previa, libre y culturalmente adecuadas, y con participación representativa y efectiva. Además de que se realizan en asambleas no exentas de corrupción y complicidad.
Con el objetivo de conocer sus impactos y afectaciones en las poblaciones y ecosistemas a lo largo de los tramos 5, 6 y 7, que recorren los estados de Quintana Roo y Campeche, es que en abril del 2025 alrededor de 17 personas —y de eso les voy a comentar un poquito— pertenecientes a diversas organizaciones mayas y no mayas —ahí estuvo participando también nuestro compañero Ángel Sulub—, se integró una misión civil de observación con firme convicción y sentido ético del quehacer comunitario y académico, de dar cuenta de lo observado y, a partir de los testimonios sobre lo que ha venido significando la implantación de esta megaobra.
Expuestos en reuniones sostenidas con una diversidad de personas y de actores sociales, de comunidades y organizaciones mayas y no mayas, de investigadores que habitan en estos territorios y, desde luego, como lo señala este informe, de variadas fuentes documentales y técnicas de recopilación. Fue una experiencia intensa para todos y todas quienes mostraron su valiosa experiencia y para la escucha de estas voces indignadas y preocupadas, que compartieron en largas horas sus vivencias y su sentir sobre el significado del tren en sus vidas y en su entorno. Por la devastación de la selva, despojo y afectación de tierras, el trato recibido por los militares y sus habitantes, que miran con tristeza, rabia, llanto y desesperanza, pero también con organización y exigencias de reparación de los daños ocasionados. Preocupación por la militarización de sus comunidades y entornos, el crimen organizado en su cotidianidad, privatización del territorio y afectaciones de sus modos de vida, cultura, identidad y derechos humanos y colectivos.
Entre las conclusiones del informe, se constata la amplia ocupación territorial y corporativa de las Fuerzas Armadas en esta península. Por ello, la misión alerta que esta ocupación se expande y atenta contra el Estado de derecho y los derechos humanos y colectivos de los pueblos que habitan el territorio.
Recuerden que la declaración por decreto del megaproyecto Tren Maya, que le otorgó el estatuto de Seguridad Nacional, y cuando se le transfiere también la construcción, administración y beneficios a la Sedena, se va a ir reconfigurando el territorio y originando un proceso de militarización y militarismo sin precedentes en la península. Y el informe señala que esto va a significar, efectivamente, un poder inconmensurable, transformando la vida de sus habitantes y el paisaje.
A veces tiene uno la impresión de que está en una zona ocupada. Hasta el año pasado había más de 6,583 efectivos del Ejército y se habían construido un sinnúmero de instalaciones militares a lo largo de la vía para proteger el tren, para proteger… escuchen bien esto.
Y luego también, digamos, se están construyendo unidades habitacionales para el personal. También la Sedena se ha adentrado en zonas arqueológicas, como ya decía Gilberto, para supuestamente también “proteger el patrimonio arqueológico maya”, desde siempre bajo custodia de los trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia, quienes temen por sus puestos de trabajo.
A poca distancia de las grandes ciudades mayas, como Chichén Itzá, Tulum, Uxmal, la Sedena incursiona en el ámbito del turismo también y ha edificado seis hoteles, que no es su función. En el caso de Uxmal, uno se adentra por un camino solitario que atraviesa siete kilómetros de la selva devastada. Pasa por un puesto de control para llegar al gran hotel que impactó 40 hectáreas, vacío de huéspedes, y que pone en riesgo el patrimonio arqueológico, social y ambiental por el uso, en el caso de que el turismo sea fluido, del uso acrecentado de agua, la generación de basura y contaminantes.
La Guardia Nacional también protege las enormes y medio vacías estaciones del tren. Distantes de las ciudades, al igual que protegen los caminos, las playas de la Riviera Maya, los aeropuertos. En fin, son fuerzas de seguridad armadas que se desplazan por doquier, intimidando a sus habitantes en su vida cotidiana.
Además de la casa de descanso que se ha estado construyendo a la orilla de la Laguna de Bacalar, la de los siete colores, violentando la voluntad de ciudadanos que se han opuesto y desoyendo las recomendaciones. Aquí también la obra “va porque va” —una frase célebre, recuerden, pronunciada una y otra vez por el expresidente ante los llamados de especialistas y de las organizaciones acerca de los riesgos que conllevaba en los términos en que se estaba haciendo la obra y los proyectos colaterales—. El tren sigue, el tren sigue con sus proyectos colaterales y el tren de carga, dace dos días creo que se inauguró la vía, ahí aparecen los militares junto con la presidenta. Y bueno, este tren de carga se prevé desde hace tiempo que va a ocasionar y provocar nuevos derrumbes, dada la calidad kárstica del suelo peninsular, al menos en los tramos en que la misión recorrió, que fueron el 5, 6 y 7.
Hay comunidades como Felipe Carrillo Puerto, en donde se instalaron tres campamentos de la Guardia Nacional: a la entrada del pueblo, a la salida del pueblo y en el centro de esta ciudad emblema, sede de la Cruz Parlante, que en el pasado llamara a la resistencia maya, así como en otras poblaciones. Personas jóvenes tienen miedo hasta de salir de su casa. Por primera vez hay desaparecidos, se introduce el consumo de drogas, la Guardia Nacional pulula por los sitios de recreación de los pobladores.
Toda esta ocupación del territorio ha significado despojo y expropiación de tierras, invasión de pobladores.
Creo que ya me… ¿Sí? Ustedes me pueden… Bueno, voy con esta última parte.
Como se puede observar con este reducido acercamiento, la ocupación territorial y corporativa de las Fuerzas Armadas es una realidad. Disponen impunemente del territorio.
La península de Yucatán está entonces sobreprotegida por los militares, donde, por cierto, las violencias criminales e institucionales se incrementan con su arribo y la construcción del Tren Maya. Paradójicamente, en destinos turísticos de moda, como Playa del Carmen y Tulum, la violencia invade el espacio público y privado, merodea la vida cotidiana de su población, como decimos, en el caso de otras poblaciones. La impunidad es la norma. La gente comunica que vive con miedo.
Los relatos de ciudadanos que la misión civil escuchó fueron impactantes. Sostienen que la presencia del Ejército y de la Guardia Nacional, que han establecido sus cuarteles en el entorno, y del crimen organizado, ha empeorado la inseguridad y la calidad de vida ha cambiado radicalmente con la llegada del tren.
La misión encuentra que el ecocidio en curso, provocado por la construcción del Tren Maya y la expansión de proyectos en todo el territorio peninsular, es irreversible y que la destrucción es de grandes dimensiones. Su extraordinaria diversidad sigue en riesgo. Ciento diecisiete especies de mamíferos y otras tantas especies de aves, reptiles y peces; cincuenta y seis especies de murciélagos, que cumplen ciclos biológicos vitales, habitan por millones en cuevas. Observaba uno, en un rojo atardecer, cuando salen a cumplir su misión de vida. La flora, con más de dos mil especies; manglares y humedales, lagunas y arrecifes. La gran reserva de agua en el sistema de ríos subterráneos, que según los expertos de la misión recorre aproximadamente seiscientos kilómetros. A causa de la deforestación, que además rompe e impide el paso de la fauna y de los vínculos intercomunitarios, de la instalación de áreas que requieren el mantenimiento del tren, bodegas, por ejemplo. Los bancos de materiales, que son unos inmensos socavones, que seguramente muchos de ustedes habrán visto ya, que configuran un paisaje lunar, yo digo.
Entre los graves daños irreversibles que encontró la misión fueron los ocasionados por la perforación para introducir quince mil pilotes para sostener el tren, ocasionando graves daños al sistema de cuevas y cenotes, contaminando las aguas, daños a la selva, a flujos de agua y siembras agrícolas. Incrementaron estas afectaciones por la apertura, además, de caminos para llevar el material de relleno, para terminar la obra en tiempo récord y para ese espectáculo de inauguración de las grandes obras de fin del sexenio.
Todos los proyectos colaterales que se derivan y vinculan al turismo de la Riviera Maya tienen alto impacto. Y, por ejemplo, los parques eólicos que se extienden en amplios espacios y exigen despojos y expropiaciones.
Otra esfera de lo que es la especulación en la región es la inmobiliaria. Es de alto impacto también. Ahí también hubo un acercamiento de la misión y se constata y considera que es previsible una urbanización acelerada que va a seguir afectando los ecosistemas selváticos y la integridad territorial, así como el proceso de reproducción de comunidades cuyo sustento está vinculado a esos ecosistemas.
Todas estas políticas profundizan un proceso etnocida de las formas de vida maya, a través del cual el pueblo, culturalmente distinto, va perdiendo su identidad debido a estas políticas que se van imponiendo en aras del progreso social, de la unidad nacional, del desarrollo económico y de la seguridad militar. Son diseñadas todas para minar su territorio y las bases de su reproducción.
Estas formas violentas de irrumpir en el territorio con este tren han significado, en verdad, por la gente que testimonió, una experiencia bastante dolorosa para quienes lo habitan y mantienen respeto a la Madre Tierra, los cenotes y las fuentes de vida y de continuidad. Espacio sagrado para los mayas que tienen conciencia histórica; para aquellos científicos que conocen y se dedican con inmenso compromiso a conservar cuevas y cenotes, el gran acuífero.
Eso fue muy impresionante. Cuando se estaba ahí, en el gran acuífero, la pasión con que estos espeleólogos contaban lo que estaba aconteciendo y enseñaban cómo están contaminando los pilotes estas aguas todavía cristalinas. Porque, además, muchos de ellos estuvieron participando en foros de difusión y análisis y advirtieron los riesgos medioambientales y socioculturales. Hicieron recomendaciones. Y, por supuesto, la misión civil también.
Y cualquier ser humano se ve impactado. Cualquier ser humano que defiende la vida y reconoce los derechos humanos y colectivos de los pueblos originarios, pero también de los ciudadanos y los derechos de la naturaleza.
Bueno, aquí lo que planteo es que, a partir de este pensamiento que concibe una indisociable relación entre naturaleza y lo humano, fue muy conmovedor durante todo el recorrido de la misión encontrar ese profundo amor a la tierra, al territorio, a la selva, a la fauna, a los cenotes, al gran acuífero, a sus comunidades, al patrimonio cultural y arqueológico de quienes testimoniaron todos estos impactos que estamos señalando y la incertidumbre que hay ahorita con lo que va a pasar con el tren de carga y con los proyectos colaterales.
Ese vínculo es histórico en el territorio peninsular y es un sustrato de la identidad que guardan habitantes de esta península. Sean mayas descendientes o no de los mayas rebeldes, reafirman ellos y resignifican su identidad.
Y algo muy interesante también, sacado de los testimonios muy sabios de la gente, que insiste en que la denominación maya es una marca que identifica el territorio, que ha sido apropiada por instituciones gubernamentales, por empresarios, comerciantes, agencias turísticas, guías de turistas, para convertir esta identificación de lo maya en mercancía para el consumo del turismo.
Dicen ellos: “El tren no es maya; fue bautizado maya.” Nombre que ha venido cuestionándose en narrativas de comunidades y organizaciones. Dicen: “Tren malla”, con doble ele. Porque el tren está cercado con impenetrables mallas, cercas, que impiden el paso de habitantes de las comunidades que fueron divididas, y de sus ganados y de la fauna de la selva, que ha sido reducida en su entorno. “Tren de la muerte”, también le llaman. No es metáfora. La denominación deriva de los fallecimientos de trabajadores que ocurrieron durante la construcción del tren y en conflictos acaecidos entre trabajadores; de la fauna selvática atropellada; de la tala de miles de árboles; de la represión y asesinato de opositores al Tren Maya. Le denominan también “tren militar”, por otorgarse las obras a la Sedena en los tramos 5, 6 y 7, declarar el tren obra de seguridad nacional, lo que origina un proceso de militarización del territorio peninsular que altera el orden civil. Y preguntan: “¿A qué vinieron? ¿Y cuándo se van?”.
La gente cree que se van a ir, pero llegaron, como dicen, para quedarse, por lo menos un buen tiempo. Los habitantes no acaban de entender por qué llegaron. Ya llevan unos años y no se han ido. Entonces preguntan: “Bueno, ¿y cuándo se van a ir? Porque esta no es su casa.” Aunque ya hay militares que han comprado terrenos en los pueblos para hacer sus casas a futuro.
El tren no es maya, afirman diversas voces que testimonian, porque no participan las comunidades y sus organizaciones en su planeación y realización, ni las consultas fueron hechas según establece el Convenio 169, como ya señalamos.
Desde el punto de vista arqueológico, un colega nuestro, Fernando Cortés de Brasdefer, muy consternado, muy triste, dio cuenta de las afectaciones al patrimonio arqueológico, justamente donde él hace investigación, y en particular en el tramo 7. Entonces, él considera que todavía es posible rescatar y restaurar, cubrir monumentos arqueológicos que se dejaron al descubierto, y como no hay recursos para su exploración, pues hay que colocar reproducciones y hay que protegerlos, porque él alerta y considera que el saqueo es indetenible y que se avecina su aumento cuando el turismo masivo empiece a formar parte del paisaje urbano-rural, que ya ha iniciado. Eso lo acabo de leer, el grado en que está ya penetrando por una tesis doctoral que estábamos examinando cerca.
Bien, pues creo que ya, ¿no? Ya tiempo. Entonces yo nada más… Ya termino. De todas maneras, me pongo nerviosa porque no me gusta extenderme tanto, ¿verdad?
Pero es que esto que está aconteciendo en esta región es verdaderamente muy importante. La misión encontró que el Estado no está desempeñando, por supuesto, tampoco su papel de garante de los derechos humanos, al no actuar cuando se incumplen leyes y se trata de proteger los derechos de personas y de pueblos. Advierte los obstáculos para acceder a la justicia y que se respete el marco jurídico vigente. Hay muchas denuncias, muchas demandas de amparo, pero están ahí, ¿no?, en las oficinas. Entonces, en ese sentido, los colegas que trabajaron esta parte, en particular que son abogados muy jóvenes, muy dedicados, dieron cuenta también de cuál es la situación lamentable. Por ahí, de pronto, sí hay algunas que toman curso, pero la mayoría no.
Finalmente, la misión reconoce la existencia y fortaleza también de procesos de organización comunitaria, de académicos y científicos, a pesar de las presiones que ejercen la fuerza militar y las instituciones. Esto lo constatamos con las propias organizaciones con las que nos reunimos a lo largo del recorrido de campo y los participantes también en la misión civil de observación.
No obstante, digo, no se les puede dejar solos. Entonces, también ahí hay que pensar en articulaciones, ¿no?
Ya con esto termino, simplemente haciendo dos o tres observaciones más, a manera como de síntesis de lo que se puede observar en esta reflexión sobre racismo y violencia contra los pueblos.
Es que la guerra contra pueblos y naciones se impone desde el Estado, gobiernos y poblaciones, con esas identidades asesinas que nuestro colega libanés denomina, que han cometido esos crímenes de lesa humanidad en diferentes latitudes y que justifican ciertamente con argumentos similares. Así uno revisa documentos en “defensa de su unidad y de su integridad”, de su “seguridad y soberanía nacional”. En defensa, las fuerzas israelíes son fuerzas de defensa, ¿no?, ante un supuesto enemigo que ha sido construido en los distintos contextos, ya sea en la antigua Yugoslavia, en Ruanda, en Guatemala, en Sudán, en Palestina, en Cuba, ¿no? Esta percepción de amenaza que representa, en el caso cubano, esa sociedad socialista.
La otra es que sí, el racismo y la violencia tienden a exacerbarse y alcanzar sus expresiones máximas en tiempos de crisis. Hoy, de una crisis multidimensional, de confrontación con el Estado ante el avance de un nuevo desarrollo altamente depredador y ante el avance también de las fuerzas, digamos, de las fuerzas democráticas.
Otro rasgo que se puede observar, distintivo de la violencia y el racismo en este siglo XXI, es el alto nivel de crueldad y destructividad que ya mencionamos. No sólo por el desarrollo de la tecnología de guerra, sino también por la forma en que está expandiéndose el capital, que atentan contra la vida humana, y por la impunidad. Hay algunos estudiosos que dan mucho peso al hecho de que esa crueldad está íntimamente ligada con situaciones de alta impunidad y que ésta se extiende, no parece encontrar límites. Y, desde luego, a través de ideologías como el racismo, la islamofobia, el sionismo y esas identidades encapsuladas que derivan de manera recurrente en violencias y se difunden desde el poder y se enseñan, y se enseñan. Eso me parece que es muy importante tenerlo muy presente. El racismo se aprende.
Hay, sabemos, pues, un llamado de las fuerzas democráticas y antifascistas, antiautoritarias, anticapitalistas, ¿no?, que proceden de muchas voces y latitudes y dejan vislumbrar otros horizontes posibles. Es una gran verdad que la agenda contra el exterminio que el capital perpetra se está tejiendo, pero también hay un proceso organizativo muy importante.
Y finalmente, yo diría: contra las identidades potencialmente asesinas, se opone ese nosotros, que parte de un nosotros encapsulado y aniquilante. Se opone por todas partes, por estos lares, el común, el valor de la no propiedad, estructuras cada vez más horizontales, sin pirámides, en oposición a las estructuras jerarquizadas dominantes. Constrúyese un nosotros que vienen configurando los zapatistas y el CNI. Es la gran tarea, la gran esperanza que los compañeros nos dan.
Muchas gracias.


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