Por Raúl Romero
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
23 de julio de 2026

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Muy buenas tardes a todos y todas, todoas. Muchas gracias por la invitación a los compañeros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a sus bases de apoyo, a quienes nos siguen en las transmisiones por YouTube, que están en los puys, y también a quienes nos acompañan desde el internet de otros países. Muchas gracias, Capitán, Subcomandante, es un honor para mí estar acá. Estoy muy emocionado, la verdad es que también estoy muy nervioso, después de todo lo que se ha dicho acá, en la mañana pensé decir que estaba de acuerdo con casi todo y ya nada más cerrar mi participación, pero vamos a compartir algunas cosas.

Pertenezco a una generación que vio a México sumergirse en la barbarie y al mundo entrar en una profunda y grave crisis. No me confundan, no pienso que México…

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Sin embargo, fue también el año en que distintas geografías del país comenzaron a vivir la brutalidad de la guerra. La guerra que se venía viviendo en distintas formas e intensidades, en diferentes territorios de México, se expandió por todos los bosques, mares, desiertos, calles, escuelas, barrios y centros de trabajo del país. Desde 2011, he tenido la oportunidad de recorrer varios estados del país. En estos viajes he conversado con integrantes de organizaciones sociales, con familias buscadoras, con familias víctimas de feminicidio, con familias de personas asesinadas.

He conocido en esas conversaciones la muerte en su forma más atroz, en esa modalidad en que también la memoria es asesinada. Aquellas pláticas me hicieron entender que en México se puede morir varias veces, la muerte física, la muerte por olvido y la muerte de quien es revictimizado y culpado de su propio asesinato. La mayor parte de las personas con las que he platicado siempre denuncian la complicidad de policías y gobiernos locales y federales con el crimen organizado.

En algunos casos, señalaban que presidentes municipales, diputados e integrantes de partidos políticos tenían vínculos directos con grupos delictivos. Uno de los casos que pude conocer de cerca fue el de Melchor Flores Hernández, un joven de 26 años que trabajaba como estatua humana. El vaquero galáctico, personaje que representó a Melchor, fue detenido por…

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… las familias de las personas desaparecidas. Se ha documentado que algunas de las víctimas fueron víctimas de explotación, que fueron llevadas a los cultivos, al tráfico, a la seguridad, a la explotación sexual. Incluso se ha llegado a evidenciar la desaparición selectiva de personas con determinadas profesiones. Albañiles que fueron levantados, secuestrados, para construir residencias y casas de seguridad de los cárteles. Especialistas en comunicación para construir sistemas de comunicación no rastreables.

Las historias vividas y escuchadas desde aquellos años y hasta el día de hoy, así como la necesidad de entender qué está pasando en México, provocaron una serie de reflexiones que hoy quiero compartir con ustedes y que buscan explicar desde una perspectiva crítica el papel del crimen organizado y el contexto mundial en el que se desarrolla. Al final, también quiero compartir con ustedes lo que hemos denominado las luchas por la vida, comunidades políticas que, frente al capitalismo devastador y generador de muerte, han decidido rebelarse y resistir poniendo al centro la vida. Porque ya lo dijeron los zapatistas, a quienes tanto debo, a quienes tanto debemos: muera la muerte que el capitalismo impone, viva la vida que la resistencia crea.

El capitalismo es inhumano, cruel y criminal, nos dijo el Sup Moisés hace unos días. Lo que dio origen al capitalismo es un crimen y el crimen ha sido también su constante: conquista, colonización, sometimiento, despojo, exterminio, ecocidio. El exterminio y la esclavización de las poblaciones de América y de África para facilitar el proceso de acumulación de capital son prueba de ello.

Ya se dijo también en esta mesa: el sistema nace chorreando sangre, lodo y mierda. Pero también ese sistema va perfeccionando sus métodos y es ahí donde hay que indagar.

Decía yo que el 2006 marca un punto clave para muchos de nosotros. Ese año en que Felipe Calderón, bajo el pretexto de combatir al narcotráfico, después de haberse impuesto mediante un fraude y con un país completamente movilizado —recordemos que había desde 2005, 2006 y de años atrás una gran movilización social—, decidió lanzar esta guerra contra el crimen organizado.

El próximo diciembre estamos a punto de cumplir 20 años del inicio de esa guerra. Y por eso me emociona también que sea diciembre de 2026, la fecha en que los compañeros y compañeras zapatistas hayan elegido para ir a la Ciudad de México. No sé si sea coincidencia, pero desde ya les digo, compañeros y compañeras, que su visita en la ciudad nos va a refrescar, nos va a dar aire para seguir resistiendo, nos va a seguir animando a seguir luchando.

Pero ni Calderón ni sus asesores mediáticos inventaron al narcotráfico, ya fuera para legitimarse o para sofocar la movilización popular. El narcotráfico era y es un problema real en México, una actividad económica que fue ganando presencia en el territorio nacional hasta convertirse en una importante fuente de ingresos. Pero el narcotráfico es tan solo una actividad de un problema más general y de alcance global: lo que hemos venido llamando capitalismo criminal. Hoy, después de casi 20 años de la guerra contra el narcotráfico, la sociedad mexicana se encuentra sumergida en la barbarie absoluta.

Más de 135 mil personas desaparecidas, más de 500 mil personas asesinadas y más de 380 mil personas desplazadas de manera forzada de sus hogares y lugares de origen, según los datos más conservadores. No son cifras, son historias cercenadas, son familias violentadas, son sueños truncados.

Peor aún, las fuerzas del narcotráfico no solo no han disminuido, sino que se han fortalecido y extendido por todo el país y también por otros países, al tiempo que han incursionado y generado otros negocios.

Decía el Subcomandante Insurgente Marcos —que Diosito lo tenga en su santa gloria y rodeado de helado de nuez— que la Cuarta Guerra Mundial es una guerra contra la humanidad y por la universalización del mercado. Se destruyen los territorios y se despueblan. A la hora que se hace la guerra, se tiene que destruir el territorio, convertirlo en desierto, no por afán destructivo, sino para reconstruir y reordenar. Decía el difunto que, en la Cuarta Guerra Mundial,

se desarrolla más el concepto de “guerra total”: no es solo una guerra en todos los frentes, es una guerra que puede estar en cualquier lado, una guerra totalizadora en donde el mundo entero está en juego. “Guerra total” quiere decir ahora: en cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia.

Y decía también que en esta guerra, en esta Cuarta Guerra Mundial, el papel de los ejércitos nacionales es el de ser policías locales. Cuánta precisión del difunto, como la precisión del Capitán que atinó al quinto partido del mundial. Bueno, yo difiero con Mateo, la verdad es que no creo que haya sido la salida de Quiñones el problema, fue haber sacado a Morita y no haber metido a la Hormiga, y ahí tocaba apostar por los jóvenes. Y eso que le voy a los Pumas y entró el Memote.

El narcotráfico no es más que un eslabón de un proceso mucho más complejo: la existencia de un capitalismo criminal, el cual ha venido a dinamizar la economía mediante la guerra, facilitando procesos de despojo y acumulación, eliminando resistencias y mano de obra desechable, al mismo tiempo que mediante el miedo y el terror genera estrategias de control de la sociedad. Sostenemos además que este capitalismo criminal no es una forma nueva, sino la evolución de las formas propias del sistema que se impone con violencia, y que en la fase actual de recolonización del capital podemos observar con toda su crudeza.

No quiero profundizar sobre el tema de la militarización, esa estrategia que se adoptó desde antes de Calderón, Zedillo, más o menos, y que sigue adoptando hoy la Cuarta Transformación. Permítanme solamente compartir una reflexión. La presencia del ejército mexicano en tareas antinarcóticas no ha significado la reducción del negocio. Por el contrario, el narcotráfico se convirtió en una empresa floreciente de alcance transnacional y encontró otras ramas comerciales. Peor aún, en los lugares ahí donde el ejército ha sido enviado a salvaguardar la seguridad, ha crecido más el crimen organizado. Podemos ver Guerrero, podemos ver Michoacán, podemos ver Chiapas, podemos ver Sinaloa y podemos ver todo el país. La militarización de la seguridad pública es de esas falsas salidas, que en realidad no solucionan nada, sino que es el complemento de una estrategia.

Como suele suceder muchas veces frente a problemas sociales emergentes, no fue la academia la primera en acercarse a entender el creciente papel del crimen organizado en México. Trabajo que sí se hizo desde el periodismo local, desde las organizaciones políticas de base y también desde los artistas locales, que con sus novelas, cuentos, poemas, teatro, canciones, comenzaban a narrar los cambios en las dinámicas económicas, sociales y culturales de las poblaciones afectadas, para después comenzar a narrar los horrores que se fueron imponiendo en sus geografías. Hay que voltear a ver lo que nos alertaban desde Ciudad Juárez en los años 1990 y sus caminatas contra la muerte y los problemas que encontraban en el desierto con sus feminicidios.

Es este mismo fenómeno —el que periodistas locales, organizaciones políticas y también artistas comenzaran a denunciar la violencia—, el que ha generado precisamente mayor violencia contra periodistas locales, defensores de derechos humanos, defensores del territorio, militantes de base, que hayan sido objeto de la violencia del crimen organizado, pero también del Estado.

El crimen organizado es transnacional. Es un negocio que involucra a banqueros, políticos, fabricantes de armas, industrias culturales, agentes aduaneros, policías federales, estatales, ejércitos y grupos criminales. Por ello, ver al narcotráfico como una actividad aislada, desligada de otras actividades y de su función en la economía regional y global, es un error inducido que no deja ver el todo y sus partes.

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, el crimen organizado transnacional se caracteriza por actuar en más de un Estado e incluye virtualmente todas las actividades criminales serias con fines de lucro y que tienen implicaciones internacionales. El crimen organizado es transnacional y contempla más de 20 delitos, entre los que destacan lavado de dinero, secuestro, tráfico de armas, tráfico de personas indocumentadas, trata de personas y narcotráfico, robo de petróleo y un largo etcétera.

El crimen organizado transnacional se ha venido consolidando como una exitosa industria capitalista en el último medio siglo, maximizando ganancias y generando procesos de acumulación de capital. Podemos ubicar su crecimiento luego de la Segunda Guerra Mundial, pero su expansión se da justo con el proceso de globalización del capital hacia la década de los ochentas, donde el boom de la cocaína será un punto detonante. No es que antes no existieran economías ilícitas o criminales o que el propio mercado de las drogas no tenga una historia antiquísima.

Lo que señalamos aquí es el crecimiento global y la sofisticación del capitalismo criminal y su diversificación en distintas ramas productivas. Con los procesos de innovación tecnológica y de disputas geopolíticas, el capitalismo criminal ha terminado de consolidarse como un pilar del sistema. Según datos de la misma oficina de la ONU, para 2009, el crimen organizado transnacional generó ganancias por 870 mil millones de dólares en todo el mundo, equivalente al 1.5% del Producto Interno Bruto Mundial.

Para explicarnos mejor, esto equivale a más de 100 veces el presupuesto de egreso en Chiapas a 2026 o a 253 veces el presupuesto de la UNAM para este año. Entre los negocios más redituables para 2009, estuvieron la venta de cocaína y heroína, el tráfico ilícito de armas, el tráfico ilícito de recursos naturales. Para 2012, pasó de 1.5% en 2009 a 3.6% del Producto Interno Bruto Mundial.

Sin embargo, el problema ha cambiado mucho en muy poco tiempo. De acuerdo con el Índice Global del Crimen Organizado 2025, los criminales son cada vez más móviles y entre ellos existe una cooperación transnacional más estrecha. Los actores del sector privado también desempeñan un papel significativo en las economías ilícitas, sobre todo al facilitar la actividad criminal, por ejemplo, la logística, las finanzas y la tecnología.

Hoy, los delitos financieros y cibernéticos ocupan el primer lugar del crimen organizado. Esos mensajes que les llegan, donde les dicen que sacaron la lotería y uno cae y termina entregando las claves del banco, o ese correo que les llega diciendo que son heredados de una abuelita en Hong Kong, son parte de esos crímenes que se están dando ahora. Los delitos financieros de este tipo, la extorsión, son también hoy el punto más alto del crimen organizado.

Hay que tener cuidado también con los datos maquillados que nos presentan todas las mañanas, pero sobre todo entender que la reducción de la violencia que no se está dando, tampoco significa la reducción del capitalismo criminal. Ahora se habla de las formas invisibles del crimen organizado, los fraudes tecnológicos, la manipulación, la extorsión sin necesidad de coacción física, el robo de identidad. Ofertas de trabajo fraudulentas, que son formas de reclutamiento forzado para luego ser víctimas de esclavitud, ya sea como sicarios, mediante explotación sexual u otros horrores, como ya nos platicó acá Alejandra Guillén.

Sobre las violencias, también vale decir que en el capitalismo criminal existen formas de distribución desigual de las violencias. Mientras unos países ponen las balas, otros ponemos los muertos. Mientras unas regiones se quedan con los bancos que lavan dinero, otros vivimos el drama de las miles de personas desaparecidas. Mientras algunos países viven una crisis por abuso de consumo de sustancias, otros vivimos las fosas clandestinas y los centros de reclutamiento.

En 2011, el escritor Eduardo Galeano señaló que México estaba siendo víctima de la hipocresía del narcosistema universal, donde unos ponen la nariz y otros ponen los muertos, unos declaran la guerra y otros reciben los tiros. La lógica de metrópolis y colonias también es perceptible en el capitalismo criminal. En el narcotráfico, la violencia y todo el crimen organizado son los países del sur, los “subdesarrollados”, los que estamos viviendo la mayor afectación.

Mucho dinero se obtiene en los negocios del crimen organizado. Y ese dinero, para regresar a su forma limpia, es lavado en algunos de los paraísos fiscales. La información que ha salido a la luz en los Panama Papers o en el Pandora Papers es apenas un esbozo del problema que protagonizan las élites políticas, empresarios y figuras del espectáculo. Mucho de este dinero también se utiliza en la inversión de la industria inmobiliaria, en las apuestas, en las subastas de arte. El lavado de dinero ha encontrado también ahora con la inteligencia artificial y las criptomonedas una nueva forma de seguirse “limpiando”.

Pero el problema es mayor. Según un estudio del Congreso Mexicano —o sea, con datos muy conservadores— de 2017, la economía criminal representa para México el 10% del Producto Interno Bruto, distribuido de la siguiente forma: 40 o 45% proviene del tráfico de drogas. Entre 30 y 32% proviene del tráfico de personas. Casi 20% de la piratería. Y el resto de secuestros, extorsiones, etc. Esto significa que el negocio de los estupefacientes movía para ese año entre 60 mil y 70 mil millones de dólares.

Pero el problema más grave es que el crimen organizado estaba empleando para esas fechas entre 450 mil y 500 mil personas. Esto es más de tres veces el personal contratado de Petróleos Mexicanos. O casi dos veces y media las personas que trabajan para Walmart.

Insistimos, el crimen organizado no es una anomalía, sino un producto del sistema capitalista. Le es completamente funcional. De hecho, pienso, es su expresión más acabada.

Y para que el capitalismo criminal funcione, ha generado empresas criminales, o lo que aquí llamamos corporaciones criminales. Los ejércitos conquistadores de América y de África, pero también de otros pueblos que conquistaron Europa, fueron sometidos a la esclavitud, al robo y al asesinato. Se trató de verdaderos genocidios que se cometieron y se siguen cometiendo en el proceso de acumulación de capital.

Violencia, sometimiento, despojo, expropiación de tierras, acompañan ese proceso de nacimiento del capitalismo. Ese proceso que después se legalizó en el Estado de Derecho, y que el viejo topo nombró como legislación sanguinaria contra los expropiados. Si quisiéramos encontrar las raíces de las corporaciones criminales, tendríamos que ir precisamente a esos ejércitos conquistadores y colonizadores que mediante crimen acumularon capital.

Sin embargo, la forma más reciente o más moderna, antecedente de las corporaciones criminales, son las mafias. Su forma de organización era bastante artesanal, semejante a pequeños burgos que potenciaron el desarrollo del capitalismo. Eran grupos organizados de forma gremial, compuestos principalmente por familias y redes de familias que compartían una misma identidad, con territorialidades limitadas y con nula división del trabajo.

Con los procesos de industrialización e internalización del capital, las mafias fueron encontrando nuevos nichos de trabajo. Conforme las mafias fueron creciendo económica y territorialmente, se vieron en la necesidad de establecer alianzas con otras mafias, con el objetivo de enfrentar a otros grupos criminales, de incrementar su zona de influencia o de acceder a otras redes que le proporcionaban impunidad y seguridad. Así surgió, por ejemplo, en Estados Unidos, el Sindicato Nacional del Crimen, del que Al Capone era su figura emblemática. Una especie de confederación que articulaba a diferentes mafias en todo Estados Unidos.

Las articulaciones nacionales e internacionales de mafias fueron evolucionando, siempre de acuerdo a las exigencias del mercado, hasta convertirse en las corporaciones criminales que hoy conocemos. Estas corporaciones se vieron beneficiadas del proceso de globalización y lograron tejer una compleja red de alcance global, capaz de penetrar diferentes estados nacionales.

Como las corporaciones más sofisticadas, las corporaciones criminales se organizan en red, lo que les garantiza fluidez y flexibilidad. Si bien dentro de cada nodo la organización suele ser extremadamente jerárquica, la comunicación entre distintos nodos suele ser más horizontal, respondiendo siempre a los intereses de la red criminal. Por eso de nada sirve cuando se detiene al capo de la droga, o cuando se juzga al político coludido con el crimen organizado, mucho menos cuando se multa al banquero por blanqueo de dinero. La red seguirá intacta porque atacarla de raíz implicaría atacar al propio capitalismo.

En el capitalismo criminal también se forma una élite criminal. Que interactúa con el resto de las burguesías transnacionales, y a la que bien podríamos llamar burguesía criminal. Como toda burguesía, la burguesía criminal busca acrecentar su poder y su riqueza, conservar sus privilegios y garantizar su impunidad mediante el aparato de Estado. De hecho, también le interesa tener el control de cierta infraestructura para continuar llevando a cabo actividades criminales. Es así que se va configurando una forma de estatalidad criminal. Si las corporaciones criminales son la expresión más concreta del capitalismo criminal en lo económico-financiero, en lo político-jurídico, la estatalidad criminal es la que materializa esta forma de capitalismo.

Y las corporaciones criminales tienen también brazos armados. La cara más visible de estas corporaciones son precisamente esos brazos armados. Verdaderos ejércitos compuestos casi siempre de hombres pobres, aunque también hay mujeres, incluso infancias. El enemigo se presenta así, o nos lo presentan así, como un joven pobre, violento, armado y peligroso, al que hay que eliminar para restaurar el orden. Los grandes operativos contra el crimen organizado, en realidad, son apenas operativos contra los brazos armados del crimen organizado, a los que presentan, con grandes producciones televisivas, con armas, con dinero, con drogas, y los representan como la encarnación del mal.

Cuando la estrategia televisiva, la estrategia mediática, la narrativa que tanto se ha hablado acá, nos presenta solo a ellos, nos oculta a los verdaderos ricos que se enriquecen, valga la redundancia, con el crimen organizado. No vamos a ver a esos ladrones de cuello blanco, no vamos a ver a esos grandes empresarios, y si alguna vez llega a caer uno de ellos, será juzgado por un delito distinto al de crimen organizado. Como en 2015, con la FIFA y el FIFAgate, donde fueron acusados de “desvío de recursos”, cuando en realidad lo que ocurrió fue lavado de dinero. Ese que también fortalece a las corporaciones criminales.

Las corporaciones criminales compiten entre ellas por mercados, por ramas de su industria, por territorios, por vías y por medios de comunicación, para expandir su influencia a otros negocios, como el “huachicol del bienestar”, la minería, el paramilitarismo.

En esta competencia por el control de mercados y territorios, las corporaciones criminales no solo se enfrentan entre ellas con sus ejércitos privados. En ocasiones, también forman alianzas con otras corporaciones nacionales o transnacionales. Esas instituciones del Estado que les dejan hacer.

Y en ocasiones, esas corporaciones criminales también se rentan como “policías subrogadas”. Como las Zetas, que en 2006 fueron utilizados por el gobierno de Ulises Ruiz para combatir a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca.

La estatalidad criminal.

El Estado mexicano no está fallando ni abdicando en su tarea de seguridad. Lo que sucede es que se ha venido adaptando a las exigencias de este capitalismo criminal. Y así como antes estuvo Genaro García Luna, hoy está Adán Augusto López, que en Tabasco estuvo vinculado a La barredora.

Tráfico de órganos, mano de obra, recursos naturales, son formas de esas que el Estado mexicano permite hacer. Pero sobre todo, impunidad. Para que el sistema siga generando el mayor número de ganancias al menor costo.

En México hay dos ramas del capitalismo que han venido refuncionalizando al Estado. El capitalismo criminal y el capitalismo extractivista: ese de los megaproyectos y ese que sigue instalando el desarrollo por todo el país.

Las corporaciones criminales entran también a la disputa por la materialización del Estado. Es decir, por instituciones y por gobiernos. No solo financian campañas o utilizan a sus aliados en la clase política. Ellos mismos se vuelven parte de dichas instituciones. Y hoy vemos a diputados, presidentes municipales, secretarios de gobierno, que tienen vínculo directo con estas corporaciones criminales.

La estatalidad criminal, que es como definimos a esta reconfiguración del Estado mexicano al servicio del capitalismo criminal, tiene como rasgo el que también coadyuva a borrar las fronteras entre lo legal y lo ilegal. Entre lo institucional y lo criminal. Peor aún, lo ilegal se va convirtiendo legal para seguir reproduciéndose.

En el capitalismo criminal y en la estatalidad criminal, los antiguos campos de concentración de los fascismos y las dictaduras militares se refuncionalizan y son utilizados como centros de trabajo esclavo. Los testimonios de migrantes, hombres y mujeres que fueron detenidas o secuestrados para ser sometidos a la explotación laboral o sexual dan cuenta de esto. En la mayoría de estos testimonios también figura la participación de policías, gobernantes o integrantes de diferentes partidos políticos. Para las corporaciones criminales, como ya hemos dicho, no sólo los territorios son explotables, también los cuerpos. Los gobiernos y los estados de las naciones donde más se ha desarrollado el capitalismo criminal llegan a convertirse en verdaderos aparatos de guerra contra sus sociedades.

Y las corporaciones criminales también, lamentablemente, tienen una base social. Muy recientemente, hemos visto cómo muchos jóvenes en distintas partes del país encuentran al crimen organizado como un instrumento de movilidad social, como un instrumento de deseo para la obtención de un cierto estilo de vida. En algunos casos nos dicen: vivir poco tiempo, pero ganar bien.

Emplearse en el crimen organizado se ha convertido en una forma de obtener ingresos, aunque muchas veces esa forma de emplearse es bajo presión, bajo amenaza y en algunas ocasiones por voluntad propia. Para que una corporación criminal funcione requiere de contadores, abogados, médicos, comunicadores, banqueros, políticos, transportistas, policías, militares, paramilitares, diplomáticos, agentes aduaneros, químicos, fabricantes de armas, trabajadores de la construcción, fabricantes de autos blindados, veterinarios para sus exóticas mascotas, conductores de drones y un sinfín de empleos que están utilizando. Personas que ya sea de manera forzada, por ambición o por única opción, trabajan en esas corporaciones.

Si a eso sumamos la degradación del tejido social, la destrucción de la comunidad en pro del capital y del individuo, la convivencia cotidiana con el terror, con fosas clandestinas y con todos otros horrores, ha generado una normalización de la violencia.

No quiero hablar sobre el despojo porque ya sobre eso se ha dicho mucho y más bien lo que quiero compartir es que el despojo es otra cara complementaria del crimen organizado de las corporaciones criminales. Ahí donde estamos viendo cómo se implementan proyectos como el Corredor Interoceánico, a los primeros que vemos llegar son a estas corporaciones criminales. Ahí donde vemos proyectos como el Tren Maya, son lo que vemos directamente llegar primero; digamos que son la antesala del desarrollo: destruir para luego reordenar, eliminar a la resistencia para luego instaurar los proyectos del capital sin ninguna resistencia.

Pero frente a todo eso, se resiste. Frente a ese proceso de recolonización del capital, emprendido desde el capitalismo criminal y el capitalismo extractivista, la lucha de los pueblos, comunidades y colectivos que reivindican la vida ha cobrado enorme importancia.

En el pasado, grupos conservadores usaron la expresión de “en defensa de la vida” para oponerse a la legalización del aborto o a las relaciones entre personas del mismo sexo. Un uso moralino, patriarcal y heteronormativo se escondía tras ese argumento. Por el contrario, las luchas por la vida hoy reivindican esta forma de lucha como una forma de denuncia y oposición frente a la muerte que el capitalismo impone, al tiempo que reivindican no sólo la vida de la humanidad, sino de otras especies, de la naturaleza, de los territorios.

Es quizá el primer encuentro internacional por la humanidad y contra el neoliberalismo, convocado por el EZLN en 1996, que marcó un momento en la lucha por la vida y tomó una connotación subversiva y anticapitalista. En el discurso de bienvenida, el Comandante David, a nombre del Comité Clandestino Revolucionario Indígena, señaló que el capitalismo es un sistema de muerte y no de vida, porque es de opresión y explotación, y añadió que el neoliberalismo es un proyecto de destrucción y muerte para los pobres del mundo, porque en este proyecto tratarán de acabar de destruir y saquear la riqueza de los nuestros.

Desde entonces y hasta la fecha, la lucha por la vida se ha vuelto una bandera de distintas organizaciones, redes, colectivos, personas, pero también en otros lugares del planeta ha llegado esta reivindicación. Son muchas y de muy distinto tipo, se organizan de diversas formas, pero entre sus resistencias hay dos que quiero destacar. Uno, los movimientos en defensa de la tierra y el territorio, y dos, los movimientos de buscadoras, de madres con hijos e hijas asesinadas, de personas que están enfrentando el asesinato y la desaparición de algún familiar o ser querido.

Una de las características más emblemáticas de las luchas por la vida es que reivindican la vida de la humanidad entera y del planeta, de los seres humanos y de su entorno, de los seres no humanos, reclama la vida en el sentido más amplio del término, no sólo como organismos vivientes, sino como culturas vivas: un mundo donde quepan muchos mundos.

Los movimientos en defensa del territorio son la respuesta de los pueblos y comunidades al despojo de tierras y territorios que luego serán concesionados a las corporaciones legales y criminales para explotarlos con minas, construir complejos habitacionales o turísticos, o comercializar maderas preciosas, entre otros muchos recursos naturales. Generalmente los movimientos en defensa de la tierra y el territorio están conformados por pueblos, tribus o naciones indígenas que han resistido más de 500 años de explotación y dominación. Entre sus filas también hay comunidades y pueblos campesinos. En todos los casos la fuerte tradición comunitaria prioriza el nosotros.

Pero no solamente, también en las ciudades, en las universidades, hay organizaciones y personas que luchan por la vida. Colectividades de personas, académicas, periodistas, organizaciones no gubernamentales que han tomado conciencia de las causas y consecuencias de la destrucción de la naturaleza. Aunque el problema implica a la humanidad toda, los pueblos originarios han puesto ahí el acento y desde ahí muchos otros hemos seguido también esa lucha que ha comenzado a diseminarse por todo el planeta.

Ahora bien, la guerra que se vive actualmente en México, como ya lo hemos platicado, busca entre otras cosas generar lo que Jorge Weinstein llamaba “sociedades en disolución”: poblaciones en una suerte de indefensión absoluta convertidas en no sociedades, para así poder saquear sus recursos naturales.

De esta forma los movimientos en defensa del territorio están apostando por resocializar, por recomunalizar ahí donde se apuesta ese proyecto de no sociedades o sociedades en disolución.

Es por ese motivo que, mediante los brazos armados del crimen organizado, son esas poblaciones que están defendiendo los territorios de base los que están viviendo una violencia más encarnada. Son pueblos y organizaciones de base, comunitarias, indígenas y campesinas los que están viviendo esa guerra del crimen organizado.

Por el otro lado, los movimientos de “víctimas” como se le ha llamado, pero que no caben en esa palabra, en México, comenzaron a florecer en el contexto de la guerra sucia o terrorismo de Estado. Recordemos en esa etapa al Comité Eureka y, mucho más tarde, aunque reivindicando también a las víctimas de esa época, a Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio.

En la década de los noventas, la Organización Civil Las Abejas también nos colocó en entender cómo el Estado estaba asesinando a sus poblaciones como una forma de represión política. Desde luego, las madres de Ciudad Juárez y también organizaciones como Nuestras Hijas de Regreso a Casa, pusieron un énfasis especial en estas formas de violencia. Durante la primera década del siglo XXI, el movimiento de víctimas en México cobró nuevas fuerzas.

Y hay que tener ahí también cuidado. Bajo el discurso de la inseguridad —y por eso tenemos que tener cuidado con cómo diagnosticamos el problema del crimen organizado: no es un problema de inseguridad, no es un problema de narcotráfico, es un problema que le es consustancial al capitalismo—, distintos sectores empresariales, apoyados por medios como Televisa y TV Azteca, convocaron a movilizaciones como “Alto al secuestro”, para demandar seguridad al Estado mexicano. Desde sus orígenes, este tipo de movimientos tuvieron tintes profundamente elitistas. No solo estaban encabezados por empresarios, víctimas de la inseguridad, sino que además demandaban al Estado “mano dura” contra el crimen organizado. Como era de esperarse, el Estado adoptó provechosamente ese discurso para desplegar a los policías y a los militares por todo el país. Lamentablemente, ese tipo de movimientos sirvieron para acompañar la estrategia de Estado de militarización, bajo el discurso de la guerra contra el narcotráfico y la inseguridad.

Fue en 2011 cuando un poderoso movimiento recorrió todo el país para cambiar un giro narrativo. El problema ya no era solamente la inseguridad, sino la forma en cómo el Estado estaba intentando atacarla. Bajo la consigna de justicia para las víctimas y un alto a la guerra, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad logró romper el cerco mediático y contrarrestar el discurso oficialista, al mismo tiempo que contribuía a explicar la lógica sistémica y regional del conflicto.

En ese mismo año de 2011, la tristeza y desesperación estaban matando a María Herrera. Sus hijos, Raúl y Salvador, fueron desaparecidos en Guerrero en 2008. Después, en 2010, otros dos de sus hijos…

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La lucha contra la desaparición de personas ha sido una causa principalmente de las familias afectadas, como en defensa del territorio ha sido una lucha principalmente de los pueblos originarios. En algunas ocasiones, las madres buscadoras, las familias buscadoras, cuentan con el apoyo de organizaciones de derechos humanos o de organizaciones políticas. Recientemente, son las redes de los movimientos de mujeres las que han acompañado también a las madres y familias buscadoras. Los impactos psicosociales y problemas económicos que tiene tener a un familiar desaparecido son graves, pero las familias resisten, se organizan, buscan juntas, van a pegar fichas, se abrazan.

Los terribles sucesos del 26 y 27 de septiembre de 2014 en la ciudad de Iguala, Guerrero, con los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa y la consecuente lucha que emprendieron sus familias y que siguen hoy luchando por encontrarlos, a pesar de que el Estado y su Comisión Nacional de Derechos Humanos les contrarreste o los afecte directamente, es una fase donde la lucha de los movimientos y organizaciones de buscadoras y de víctimas pasó a otra etapa.

“Fue el Estado” fue la consigna que volvieron a colocar, y para ese entonces el adversario ya no se presentaba difuso, ya no era el narcotráfico, ya no era el crimen organizado, sino era esa estatalidad criminal sirviendo nuevamente a las corporaciones criminales. El adversario ya no era difuso, se llama capitalismo criminal y utiliza al Estado para reproducirse y ampliarse.

Junto a los pueblos originarios y toda una red de defensores y defensoras del territorio, frente a las madres y familias buscadoras, también hay que identificar a las caravanas migrantes de las que nos habló Bruno por la mañana. Porque organizarse es parte de hacer comunidad política. Quizá no tengamos comunidades con territorio, pero estamos construyendo otro tipo de organizaciones, otro tipo de comunidad, otro tipo de colectividad que se empeña en construir algo distinto, que se empeña en frenar la barbarie.

Junto a todos ellos, las caravanas migrantes, las madres y familias buscadoras, los pueblos originarios, están los jóvenes y niñeces, trabajadores sexuales que salen a la Ciudad de México también a demandar su territorio, el magisterio rebelde, cooperativas de café, librerías y editoriales independientes, organizaciones no gubernamentales honestas, Cuba, siempre Cuba, Open Arms, Venezuela que resiste, Palestina que resiste. Somos una inmensa red de ecosistemas que estamos defendiendo el territorio, que estamos resistiendo y revelándonos contra ese sistema y poniendo la vida al centro.

Yo por mi parte, soy parte de una organización que se llama la Red Universitaria Anticapitalista (RUA), una pequeña organización chiquita, principalmente compuesta de mujeres, muchas de ellas jóvenes, compañeras que han decidido organizarse para acompañar y entenderse como sujetos que acompañan, desde el arte, desde la lucha, a pueblos y madres y familias buscadoras.

Con la Red Universitaria Anticapitalista, hemos organizado conciertos, festivales, semilleros, hemos acompañado movilizaciones, hemos estado presente también en las “cascaritas por la memoria”, y hemos apostado también al baile y a la alegría. Es un pequeñito esfuerzo, estamos ahí organizándonos, no es suficiente. Compas de la RUA, todo mi cariño para ustedes.

Y así como los compañeros y compañeras de la RUA, hay una inmensidad de colectivos que se están organizando, que llevan años organizándose. Y que así como ese río, del que de alguna vez nos contó el viejo Antonio, está comenzando a juntarse, pronto bajará y esto va a parar.

Muchas gracias.