Miradas críticas de las migraciones y las fronteras
Por Bruno Miranda
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
23 de julio de 2026
Muy buenas tardes a todas las personas presentes. Siento un mixto de emociones: alegría, honor y un profundo sentido de responsabilidad para hablar de un tema que puebla los titulares de periódicos a diario. Este es un texto que es fruto de discusiones colectivas a lo largo de los últimos años y de colaboraciones colectivas con personas migrantes en situación de movilidad, con defensoras en femenino y abogadas en femenino litigantes que hacen litigio estratégico para contornar todos los controles migratorios y de asilo. Y colegas críticas de las migraciones y las fronteras.
Yo he sido un aprendiz suyo, zapatistas desde hace mucho tiempo, de manera que este texto es una forma sencilla, pero honesta y sensata, quiero pensar, de retribución desde las trincheritas que ocupo para transmitir miradas críticas introductorias, pensando en que pueda haber otro espacio y momento para profundizar sobre el tema que me ocupa.
Yo voy a hacer una lectura a una velocidad para que puedan retener lo que voy a decir, al menos parte de lo que voy a decir.
En ocasiones se dice que la migración es tan antigua como la humanidad, que la migración nos hizo humanos y humanas, o incluso que los seres humanos siempre migraron. Estas afirmaciones no son necesariamente falsas. Sabemos que, desde tiempos remotos, distintos grupos humanos se desplazaron en busca de alimentos, explorando nuevos territorios. La movilidad forma parte de la historia de nuestra especie. Ese es un hecho.
Sin embargo, una perspectiva crítica invita a preguntarnos si esos desplazamientos pueden llamarse, sin más, migraciones. ¿Será correcto utilizar la misma palabra para referirnos a la expansión del Homo sapiens fuera de África hace decenas de miles de años y al cruce contemporáneo de una persona haitiana entre México y Estados Unidos, por ejemplo? ¿No estaremos utilizando la categoría moderna para describir realidades históricas profundamente distintas?
Me pregunto y les pregunto.
Desde esa perspectiva, conviene distinguir entre movilidad humana y migración.
La movilidad antecede por mucho al Estado y al Estado capitalista. En cambio, la migración, entendida como una condición política y jurídica específica, solo puede comprenderse plenamente con la consolidación de Estados nacionales, la delimitación de fronteras territoriales, la definición de ciudadanías nacionales y la capacidad estatal para distinguir entre quienes pertenecen y quienes no pertenecen a un determinado territorio.
Dicho de otro modo, las personas siempre se movieron, siempre nos movimos, pero solo se convirtieron en migrantes cuando aparecieron Estados capaces de clasificarlas como nacionales o extranjeras.
Hay muchas maneras de entender las migraciones. Es una propuesta, es un marco analítico que les quiero proponer en ese espacio.
Y esa mirada tiene consecuencias importantes. En lugar de asumir primero que existen las migraciones y luego los Estados construyen fronteras para controlarlas, podemos invertir la idea. Desde una perspectiva crítica, por lo tanto, hay migrantes porque existen fronteras estatales y no al revés. Son las fronteras las que producen la diferencia entre movilidad aceptada y no aceptada, entre movilidad deseada y no deseada, entre ciudadanos y extranjeros, entre quienes pueden circular libremente y quienes deben solicitar autorización para hacerlo.
En ese sentido, tanto las migraciones como las fronteras dejan de aparecer como fenómenos naturales. Ambas tienen una historia. Ambas son construcciones políticas. Ambas surgen en el marco del desarrollo del Estado capitalista.
Desnaturalizar las migraciones implica entonces darles contenido histórico. Y desnaturalizar las fronteras significa comprender que tampoco existieron siempre bajo la forma en que hoy las conocemos.
Desde esa perspectiva, la migración no constituye un fenómeno externo que amenaza o desafía al Estado, como quieren dar a entender los medios y los discursos hegemónicos. Por el contrario, migración, Estado y capitalismo nacen y se transforman conjuntamente.
El desarrollo de los Estados nacionales no puede entenderse sin las políticas de poblamiento, colonización y movilidad de poblaciones que acompañaron la expansión capitalista desde el siglo XIX, o XVIII, si queremos incorporar a los Estados europeos, a los Estados republicanos europeos. Las migraciones no fueron un efecto secundario de la formación estatal, fueron uno de sus principales instrumentos.
Si nos enfocamos en las Américas, vemos cómo los procesos de colonización agrícola impulsados por países como Argentina, Brasil y Uruguay son un buen ejemplo. Durante la segunda mitad del siglo XIX, estos Estados promovieron activamente la llegada de millones de inmigrantes europeos blancos, principalmente italianos, alemanes, españoles y portugueses, para ocupar territorios considerados supuestamente vacíos, expandir la agricultura de exportación y consolidar el control estatal sobre las regiones fronterizas.
Aquellos territorios, por supuesto, no estaban vacíos. Eran espacios habitados desde hacía siglos por pueblos indígenas o pueblos originarios, entre ellos diversas comunidades guaraníes, como muchos de ustedes sabrán, que fueron desplazadas, despojadas y exterminadas como parte del proceso de expansión territorial de los nuevos Estados nacionales.
Al mismo tiempo, esos contingentes migratorios abastecieron de mano de obra o de fuerza de trabajo a las ciudades que comenzaban a industrializarse. Italianos y españoles se incorporaron a los puertos, los ferrocarriles, las fábricas y los talleres de Buenos Aires, São Paulo, Montevideo, Rosario, convirtiéndose en la parte fundamental de las primeras clases trabajadoras urbanas.
Así que parte significativa de la historia del capitalismo latinoamericano, y conosureño en especial, es en buena parte también una historia de migraciones internacionales.
Por ello, una mirada crítica propone invertir la pregunta habitual. En lugar de preguntar únicamente cómo los Estados controlan las migraciones, conviene preguntarnos cómo las migraciones han participado históricamente en la formación de los Estados, en la expansión del capitalismo y en la producción de las propias fronteras que hoy regulan la movilidad.
Una segunda forma de comprender esa estrecha relación entre migración, Estado y capitalismo consiste en observar quiénes construyeron materialmente, con sus brazos y manos, las ciudades que hoy constituyen los principales centros urbanos de nuestro continente.
Con frecuencia imaginamos las migraciones como un fenómeno periférico, accesorio, asociado a las fronteras y a los recién llegados, o entonces a los migrantes de tránsito, los llamados migrantes de tránsito. Sin embargo, basta mirar la historia urbana de las Américas para advertir que la migración no ocupa un lugar marginal, ocupa un lugar fundacional. Las grandes metrópolis latinoamericanas son, en buena medida, el resultado de sucesivas movilidades de fuerza de trabajo. Buenos Aires no puede entenderse sin los cientos de miles de migrantes provenientes del noroeste argentino, de las provincias andinas y de los países limítrofes como Bolivia, principalmente, que durante décadas levantaron barrios, pavimentaron calles, construyeron viviendas, fábricas e infraestructura urbana.
Del mismo modo, São Paulo y Río de Janeiro fueron edificadas por enormes contingentes de trabajadores procedentes del noreste brasileño, de los estados de Bahía, Pernambuco, Paraíba y Ceará, cuya migración acompañó la industrialización y la expansión capitalista del siglo XX.
En México, si queremos agarrar los tres países más industrializados, ocurrió un proceso semejante. La expansión de la zona metropolitana del Valle de México sería incomprensible sin la llegada de trabajadores provenientes de Veracruz, Hidalgo, Morelos, Puebla, Guerrero, Oaxaca y muchas otras entidades federativas, cuya fuerza de trabajo hizo posible la construcción de viviendas, carreteras, fábricas, sistemas de transporte y servicios urbanos.
Si desplazamos nuestra mirada hacia el norte de América, la historia no es diferente.
La construcción de las ciudades estadounidenses estuvo profundamente vinculada a distintas poblaciones migrantes. Primero llegaron millones de europeos, entre ellos irlandeses, italianos, entre los más conocidos, que participaron en la construcción de ferrocarriles, puertos, minas e industrias.
Más tarde, trabajadores chinos desempeñaron un papel decisivo en la expansión ferroviaria hacia el oeste de Estados Unidos, mientras que desde el siglo XX hasta nuestros días, las personas migrantes mexicanas, latinoamericanas y caribeñas han sido fundamentales para la construcción, la agricultura, la industria alimentaria, los servicios y el mantenimiento cotidiano de las ciudades gringas.
Desde esa perspectiva, las migraciones dejan de aparecer únicamente como un movimiento de personas entre territorios. Eso es muy importante. A lo largo de la presentación les voy soltando tips, a ver si les convenzo. Constituyen, sobre todo, un mecanismo histórico de movilidad de fuerzas de trabajo, indispensable para la acumulación capitalista. El capitalismo no solo necesita capital, necesita también mover continuamente personas hacia los lugares donde requiere trabajo.
Por esto, una mirada crítica propone invertir nuevamente el sentido habitual del análisis. En lugar de considerar que las migraciones representan una consecuencia accidental del desarrollo económico, podemos afirmar que la producción misma del espacio capitalista depende históricamente de la movilidad del trabajo.
No existe industrialización, al menos no como la conocemos, sin migración. No existe urbanización, como la conocemos, sin migración. Migración interna e internacional. Y, en un sentido muy concreto, no existe ciudad capitalista sin trabajo migrante.
El capitalismo no solo produce mercancías, también produce espacio, y ese espacio se construye mediante trabajo, en gran medida trabajo migrante.
Si las migraciones tienen una historia, entonces la migración entre México y Estados Unidos también tiene la suya. Con frecuencia hablamos de ella como si se tratara de un fenómeno permanente, casi natural, como si esa frontera hubiera existido siempre bajo la forma que hoy la conocemos.
Sin embargo, basta mirar su historia para advertir que ni la frontera ni la migración entre México y Estados Unidos fueron siempre iguales.
La configuración contemporánea de esa frontera comienza con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, o es un parteaguas importante, ¿no? Un tratado firmado en 1848. Aquí voy a decir cosas que probablemente ya saben, pero nunca está de más insistir, ¿no? Firmado en 1848 al término de la guerra entre esos dos países, ¿no? Como resultado de la derrota militar mexicana, México perdió cerca de 2.4 millones de kilómetros cuadrados, que hoy corresponden a California, Nevada, Utah, la mayor parte de Arizona y Nuevo México, así como extensas porciones de Colorado y Wyoming. Además del reconocimiento de la anexión estadounidense de Texas, que tiene una historia aparte.
Desde esa perspectiva, la frontera norte de México no constituye una realidad ancestral. Es el resultado de un proceso histórico de guerra, expansión territorial y construcción estatal, que hoy tiene, contados, 178 años.
Este hecho obliga a replantear una idea muy extendida: la migración México–Estados Unidos no tiene miles de años de antigüedad, si queremos entender la migración, como un proceso moderno.
La migración México-Estados Unidos tiene la historia misma de esa frontera. Antes de que existiera una línea internacional que separara a ambos Estados nacionales, quienes habitaban esos territorios no podían ser considerados migrantes internacionales. La creación de la frontera produjo también una nueva condición política: la del migrante internacional.
Pero incluso antes de 1848, esa frontera ha funcionado de maneras muy distintas. No siempre estuvo marcada por muros de acero, bardas metálicas o una patrulla fronteriza fuertemente militarizada, como lo vemos hoy en día.
Hubo momentos en los que el propio Estado estadounidense promovió y permitió activamente la circulación de trabajadores mexicanos. Quizá el ejemplo más emblemático —que ustedes a lo mejor sabrán, o tendrán abuelos o tatarabuelos que participaron directamente en ese proceso— fue el Programa Bracero, vigente durante los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. Durante esos años se firmaron alrededor de 5 millones de contratos laborales para que campesinos mexicanos, en su gran mayoría hombres, trabajaran temporalmente en la agricultura y, en menor medida, en los ferrocarriles estadounidenses. Miles participaron en la cosecha o en la pizca de betabel, tomate, algodón, frutas y otros cultivos fundamentales para abastecer el plato de los ciudadanos gringos.
¿Por qué el Estado estadounidense facilitó entonces la entrada de trabajadores mexicanos? La respuesta no radica en un cambio humanitario de su política migratoria, sino en las necesidades del propio capitalismo gringo. La participación de estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial generó una importante escasez de fuerza de trabajo. Para mantener la producción de alimentos y garantizar el funcionamiento de la agroindustria, los gobiernos estadounidenses decidieron organizar y regular —esa palabrita es muy importante— la importación temporal de trabajadores mexicanos. En otras palabras, la frontera se volvió más porosa, más abierta, porque la economía requería movilidad laboral.
Este episodio resulta particularmente revelador para una mirada crítica, que es la que intentamos desarrollar. Nos muestra que las fronteras no son simplemente —y eso es muy importante, compañeros y compañeras— dispositivos para impedir el movimiento. También son mecanismos para administrarlo selectivamente. Las fronteras se abren cuando el capital necesita trabajadores y se cierran cuando esas mismas poblaciones dejan de ser consideradas funcionales o políticamente deseables.
El fin del Programa Bracero en 1964 no significó el fin de la migración, como sabemos. Las redes migratorias ahí cumplen un rol muy importante: construidas durante más de dos décadas por familias, comunidades de origen, paisanos, empleadores y circuitos laborales, permanecieron muy activas. Los trabajadores continuaron desplazándose hacia los mismos lugares donde existía demanda de empleo. Lo que cambió no fue la movilidad, sino la forma de regularla.
Es aquí donde aparece uno de los conceptos fundamentales de las perspectivas críticas que quisiera compartir con ustedes: La ilegalización.
Las mismas personas que pocos años antes habían sido reclutadas por el Estado gringo para trabajar legalmente, con el respaldo del Estado gringo, comenzaron a ser definidas como migrantes ilegales. La movilidad no desapareció; cambió la forma en que el Estado la clasificó y la gobernó. Las poblaciones migrantes también son gobernadas.
Esa transformación resulta decisiva porque muestra que la ilegalidad no constituye una característica esencial de determinadas personas ni una consecuencia automática de cruzar una frontera. La ilegalidad —es algo que insisto con mis estudiantes, por ahí hay un par de ellas, no me dejarán mentir— es una condición producida por el propio Estado mediante cambios legislativos, administrativos y políticos. La ilegalidad es una producción legal.
Dicho de otro modo, las personas no nacen ilegales; son ilegalizadas por políticas migratorias que funcionan más bien como políticas laborales.
Desde entonces, buena parte de la historia de la frontera México–Estados Unidos puede leerse como el tránsito desde una manera de administrar la circulación laboral hacia otra manera crecientemente centrada en la producción de ilegalidad y en la militarización fronteriza.
El mismo capitalismo que continúa requiriendo fuerza de trabajo migrante produce al mismo tiempo mecanismos cada vez más sofisticados para controlar —esos verbos son muy importantes— seleccionar y clasificar la movilidad.
La década de 1990 es un parteaguas en la historia contemporánea de las migraciones y las fronteras en América del Norte.
Con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio en 1994 —¿qué les digo?, ustedes, compañeros, son los especialistas—, Estados Unidos, México y Canadá profundizaron su integración económica regional. Sin embargo, esa integración reveló una de las grandes contradicciones del aspecto neoliberal. Mientras las fronteras se abrían para las mercancías, las inversiones y el capital financiero, tendían a cerrarse para una parte importante de las personas migrantes internacionales.
Un colega estadounidense ha llamado a esa contradicción la paradoja liberal: libre circulación para el capital frente a una circulación crecientemente restringida para el trabajo.
Las consecuencias fueron múltiples. La apertura comercial empobreció el campo mexicano, incrementó distintas formas de precarización, tanto en el medio rural como en las ciudades. Al mismo tiempo, la expansión de los medios de comunicación —y eso es importante—, de la televisión, la publicidad y posteriormente el internet, hizo que millones de personas estuvieran cada vez más expuestas a los imaginarios de consumo y prosperidad asociados a la globalización. El capitalismo global no solo desplazó mercancías; también movilizó aspiraciones, expectativas y proyectos de vida.
Y eso también tiene que ver, o hace eco, a lo que nos decía, nos comentaba Ilán Semo hace dos días sobre la guerra cognitiva. Lo importante, sin embargo —si lo entendí bien no sé si está por acá—, no es únicamente preguntarse si migraron más personas. También debemos preguntarnos por qué esas movilidades comenzaron a ser representadas de una manera completamente distinta.
Y aquí conviene hacer una pausa. Con frecuencia escuchamos sobre invasiones migratorias masivas, o que las migraciones han crecido de manera descontrolada. Sin embargo, buena parte de la investigación especializada muestra que lo que cambió de manera mucho más profunda fue la forma política de interpretar esas movilidades bajo la idea de crisis migratoria.
Esa idea de crisis migratoria lo que hace es justificar la adopción permanente de medidas extraordinarias de control y de seguridad.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 profundizaron decisivamente ese proceso. La figura del migrante pasó a ser crecientemente asociada con otras amenazas percibidas por el Estado estadounidense, como el terrorismo, el crimen organizado y el narcotráfico. El migrante fue colocado en la misma bolsa del narcotráfico, del terrorista, porque, al fin y al cabo, todos ingresan por la frontera. Aunque se tratara de fenómenos profundamente distintos —y lo son—, comenzaron a ser gestionados dentro de un mismo lenguaje de amenaza a la seguridad nacional.
Ese cambio no significó simplemente el endurecimiento del control fronterizo; supuso una transformación mucho más profunda en la manera de entender la migración. En este periodo observamos la expansión sin precedentes del aparato fronterizo estadounidense, el reforzamiento de la Patrulla Fronteriza, la construcción de nuevas barreras físicas, burocráticas y virtuales, la incorporación de sensores, cámaras térmicas, radares, drones, helicópteros, sistemas biométricos que leen las huellas dactilares y bases de datos cada vez más sofisticadas.
Eso es —me pidieron que no dijera palabrotas aquí, pero esto creo que es muy importante—, decimos que las fronteras, dentro de ese paradigma de seguridad nacional, han sido securitizadas. Hablamos de la securitización de las fronteras, haciendo alusión a todo ese aparato militar, tecnológico y de inteligencia que ha sido instaurado en las fronteras. Yo aquí me refiero a la frontera norte, principalmente, de México a Estados Unidos.
Pero quizá el cambio más importante fue político. Desde Estados Unidos, la migración empezó a gobernarse mediante un lenguaje de excepción. La detención migratoria se expandió de manera extraordinaria, aumentaron las deportaciones, crecieron las facultades de las agencias encargadas del control fronterizo y se intensificó la colaboración entre instituciones policiales, militares y migratorias.
Eso es lo que diversos autores han denominado la criminalización migratoria o la cri-migración. Es una palabra corta que condensa las dos anteriores. Y es un proceso que consiste precisamente en la creciente convergencia entre el sistema penal y el sistema migratorio.
Les voy a dar un ejemplo, espero que sea lo más didáctico. Imaginemos a una persona migrante que lleva 10 años viviendo en el Gabacho, sin documentos migratorios. Una noche decide conducir después de haber tomado sus copitas, o bien cruza un semáforo en rojo, excede el límite de velocidad o comete cualquier otra infracción de tránsito. En principio, ninguno de esos hechos tenía ninguna relación con la migración, ¿verdad? El policía local detiene el vehículo, solicita la licencia de conducir y su identificación y, dependiendo del estado y las circunstancias, puede arrestar a la persona.
Al ingresar a la cárcel, se toman huellas digitales y estas huellas —aquí está el meollo del asunto— pueden ser y son enviadas automáticamente a bases de datos federales que comparten información con el ICE. El ICE, compañeros y compañeras, es la policía migratoria que actúa encapuchada, sin identificación, al interior del territorio estadounidense. En cuestión de minutos, el sistema puede detectar que la persona carece de un estatus migratorio regular. ICE puede iniciar entonces un procedimiento para asumir la custodia y deportar a esa persona.
No es el semáforo en rojo lo que produce la deportación. La infracción funciona como una puerta de entrada al aparato de control migratorio. En cuestión de días, una vida construida durante años puede desarticularse.
Desde nuestro punto de vista crítico, este proceso puede entenderse como la progresiva transformación de las fronteras, entendidas en sentido más amplio, en zonas de guerra. No una guerra convencional entre ejércitos nacionales, sino una guerra dirigida contra determinadas formas de movilidad.
Las fronteras dejan de ser espacios destinados principalmente a regular el ingreso a un territorio, para convertirse en escenarios de tecnologías militares, dispositivos de inteligencia y estrategias de disuasión.
Esa palabrita también es muy importante. Gran parte del control migratorio de Estados Unidos se da por disuasión. La disuasión, compañeros y compañeras, es convencer a alguien de no hacer algo. Por lo tanto, la disuasión migratoria es convencer a alguien de no migrar, de quedarse donde está, aunque sea ese territorio México, que hoy es un país de espera. Ahorita vamos a ahondar en eso.
Bueno, se convirtieron entonces las fronteras en espacios de producción de muerte o de muerte en vida, que es lo que conocemos como espacios del ejercicio del necropoder. Aquí se ha hablado mucho de la necropolítica, de los necroterritorios, de esos espacios de ejercicio del necropoder. Así que esta presentación también se complementa con las anteriores.
Es una guerra profundamente desigual. De un lado encontramos algunos de los Estados más poderosos del planeta. ¿Sabrán cuáles son los países que más reciben inmigrantes internacionales, además de Estados Unidos? Bueno, no tengo el tiempo de abrir la palabra, pero Canadá, Inglaterra, Alemania, Australia y Francia: los Estados más poderosos del planeta.
Del otro lado encontramos familias, niñas, niños, trabajadores, solicitantes de asilo y personas desplazadas que, en la mayoría de los casos, solo disponen de su propio cuerpo, de sus redes familiares y de la información compartida por otros migrantes para continuar el camino.
No es casual, compañeros y compañeras, que los llamados migrantes de tránsito provengan en su enorme mayoría del Sur Global: México, Centroamérica, Caribe, África y Asia. Ciertas partes de Asia: el sureste asiático, Afganistán, Pakistán, Siria, etcétera, si es que podemos considerar a esos países como asiáticos.
Tampoco es casual que se trate predominantemente de poblaciones racializadas, no blancas, poblaciones con otros marcadores raciales. La guerra fronteriza contemporánea no se dirige contra cualquier movilidad, sino contra determinadas movilidades, determinados cuerpos, determinados orígenes y determinadas lenguas.
Mientras los pasaportes del Norte Global continúan garantizando altos niveles de circulación, millones de personas provenientes del Sur enfrentan un entramado cada vez más sofisticado de visas, controles, detenciones y deportaciones.
Por ello, cuando afirmamos que las fronteras se han convertido en zonas de guerra, no estamos utilizando únicamente una metáfora. Nos referimos a espacios donde la violencia deja de ser excepcional para convertirse en un principio cotidiano de gobierno; donde el lenguaje de la seguridad justifica la suspensión permanente de derechos. Y donde la protección del territorio nacional termina produciendo miles de muertes, desapariciones, separaciones familiares y desplazamientos forzados cada año.
La misma idea de crisis migratoria —cuidado con esa idea: crisis humanitaria, crisis migratoria, crisis fronteriza— lo que hace es justificar la implementación de mecanismos de seguridad que, dígase de paso, no pasan por la deliberación pública. Las agencias de seguridad no rinden cuentas, sino que solo fomentan lo que conocemos como la industria migratoria. Esa es otra palabrita clave: la industria migratoria.
Por ejemplo, los enormes centros de detención migratoria —yo creo que son un emblema bastante bueno de la industria migratoria— son centros coordinados, gestionados y administrados por empresas privadas, no como en México. En México, los centros de detención migratoria todavía son estatales. En Estados Unidos son gestionados —es un business, un gran business— por empresas privadas.
Una de ellas es The Geo Group. El Geo Group, si queremos traducirlo, Grupo Geo. En 2025, el Grupo Geo obtuvo un contrato de 15 años con ICE, con la policía migratoria gringa, para operar el centro de procesamiento migratorio que se llama Delaney Hall, que está en Nueva Jersey, en Estados Unidos. Es un centro con capacidad para mil camas e ingresos esperados de más de 60 millones de dólares anuales durante el primer año completo de operación. Ayer me puse a hacer cálculos, para que la presentación fuera lo más didáctica posible. Sesenta millones de dólares al año entre mil camas son 60 mil dólares por cama al año. Eso equivale aproximadamente a 164 dólares por persona detenida al día, suponiendo ocupación completa durante todo el año. Así funciona la industria de la migración en Estados Unidos.
En fin, aquello que se combate no es únicamente el cruce no autorizado de una frontera, sino la posibilidad misma de que determinadas vidas puedan ejercerse en igualdad de condiciones: el derecho de moverse, buscar protección o construir un futuro diferente. Las vidas de quienes nacieron en el lugar equivocado del orden geopolítico mundial.
De un lado, entonces, tenemos esa guerra profundamente desigual contra las personas migrantes sin papeles. Pero del otro ocurre algo que, a primera vista, parece una contradicción. Esas mismas personas indocumentadas son extremadamente funcionales al capitalismo estadounidense. Y, en realidad, al capitalismo contemporáneo en general.
¿Por qué? Bueno, porque una persona sin documentos difícilmente podrá reivindicar derechos laborales. Difícilmente podrá exigir mejores salarios o denunciar abusos patronales. Porque el miedo pesa más que cualquier otra cosa. Sabe que cualquier contacto con las autoridades puede terminar en una detención y, de la detención, a la deportación. Es una fuerza de trabajo, por lo tanto, extraordinariamente vulnerable.
El primer día de este encuentro, Alicia Castellanos, que aquí está, hablaba sobre las políticas migratorias vinculadas con políticas de exclusión. Yo quisiera complementar la idea, porque cuando pensamos en las personas indocumentadas que ya están dentro de Estados Unidos, la exclusión tiene otro significado. No es que estén fuera del territorio, ya cruzaron la frontera geográfica. Ya viven, trabajan, pagan renta, consumen, pagan impuestos de distintas maneras y participan todos los días en la economía gringa. Lo que ocurre es que permanecen fuera del alcance pleno de los derechos ciudadanos, porque no son reconocidas como ciudadanas.
Es como si primero fueran incluidas para luego ser excluidas. Incluidas para trabajar, producir riqueza, sostener sectores enteros de la economía. Excluidas cuando se trata de acceder a derechos, recursos, servicios, protección y ciudadanía.
Por eso muchos autores hablan de una —aquí otra palabrita clave, yo espero que puedan retenerla— inclusión diferencial. No están completamente fuera de la sociedad estadounidense, pero tampoco forman parte de ella en igualdad de condiciones. Y eso se refleja en la vida cotidiana.
Si pensamos bien, para muchas personas indocumentadas, la frontera ya no está únicamente entre México y Estados Unidos. La frontera viajó con ellas. La frontera se instaló dentro de sus vidas. Eso es lo que conocemos como la internalización de las fronteras. Las fronteras dejan de ser solamente la línea geográfica para convertirse en controles cotidianos, miedo, vigilancia e incertidumbre permanente. En otras palabras, las personas se mueven, pero también las fronteras se mueven con ellas. Y esta me parece una de las grandes enseñanzas de los estudios críticos sobre las migraciones y las fronteras.
De nuevo, compañeros y compañeras, si tienen esa idea: las fronteras no están diseñadas para impedir completamente la migración. Si ese fuera su objetivo, pues ya habrían fracasado hace mucho tiempo. Las fronteras están para seleccionar, para clasificar y, sobre todo, para producir ilegalidad, porque la gente sigue migrando. Lo que cambia son las condiciones en las que migra. Las personas ya no cruzan por los lugares más seguros, sino por los más peligrosos. Eso ya lo sabemos también bastante. Cruzan por el desierto de Sonora, atraviesan el río Bravo, caminan durante días por zonas cada vez más inhóspitas, pagan sumas bastante cuantiosas a los coyotes. ¿Cuánto creen que puede llegar hoy un cruce fronterizo? Diez, quince mil dólares. Diez mil dólares son 200 mil pesos, más o menos.
Y aquí aparece otra idea que quisiera dejar muy clara. Así como no hay fronteras porque existen migrantes, tampoco hay coyotes porque existen migrantes. Hay coyotes porque las fronteras están controladas.
No hay miles de muertes en el desierto de Sonora, en la selva del Darién —que también ha sido muy sonada—, una selva ubicada entre Colombia y Panamá, por la cual migrantes sin visa son obligados a cruzar a pie o en piraguas, en barcos. O entonces por el Mediterráneo, porque las personas deciden asumir riesgos irracionales. Hay miles de muertes porque las políticas fronterizas empujan deliberadamente a las personas hacia las rutas más peligrosas.
Una vez más: desnaturalicemos las migraciones, desnaturalicemos las fronteras, no nos dejemos engañar.
Bajo la segunda administración de Trump, las fronteras internas se proliferaron, se multiplicaron. Los vigilantes supremacistas contratados por ICE, que es como se conoce la policía migratoria de Estados Unidos, muchas veces sin identificación, allanan lugares de trabajo, colonias y barrios populares, aviones a punto de despegar o incluso lugares considerados como de refugio histórico, como las iglesias, en busca de personas supuestamente indocumentadas que son identificadas en primera instancia por su color de piel. A eso le decimos perfilamiento racial.
Los supremacistas encapuchados producen miedo; por eso muchos individuos o familias, en lugar de ser deportados o de esperar la deportación, deciden retornar voluntariamente a México.
En otros casos, las deportaciones son realizadas a países que no son los de origen de esas personas. Ha sido muy sonado en los últimos meses cómo Costa Rica, Panamá y El Salvador recibieron deportados africanos y asiáticos. El gobierno de Trump puso en práctica un convenio con Kinshasa. ¿Saben dónde está Kinshasa? Es la capital de la República Democrática del Congo, que va a pasar a recibir deportados de todos los orígenes africanos. A esos procesos les decimos deportaciones externalizadas.
Espero no abrumarles con tantas palabritas. No, ¿verdad? Vamos bien hasta ahorita.
Y más: la identificación, captura, detención y deportación no se limita —eso es muy importante— a migrantes sin papeles. Bajo la segunda administración del cabecita naranja, de Trump, también alcanza a solicitantes de asilo que deberían gozar de protección internacional. También alcanza a los que tienen la green card, que es la tarjeta, compañeros y compañeras zapatistas, equivalente a la tarjeta de residencia permanente en Estados Unidos. También alcanza a ciudadanos estadounidenses no blancos. También alcanza, y ha alcanzado, a por lo menos una ciudadana estadounidense blanca.
La guerra contra los migrantes se convirtió en una guerra generalizada contra la sociedad, diría el antropólogo iraní Sharam Khosravi. Yo lo entiendo más bien como una guerra generalizada contra las y los de abajo.
Pero la frontera, o las fronteras, no afectan únicamente a quienes ya lograron entrar en Estados Unidos; también afectan profundamente a quienes esperan, transitan y permanecen en México.
Y aquí aparece otra transformación muy importante en las últimas dos décadas, o tres décadas. El territorio mexicano ha dejado de ser visto precisamente como un país vecino de Estados Unidos para convertirse cada vez más en un país frontera, o en un territorio frontera. Es decir, un espacio donde se controla, se contiene y se desgasta física, emocional y financieramente a las personas migrantes antes de que lleguen a la frontera norte.
Me refiero a los traslados a pie que tienen que hacer para esquivar los retenes. Por ejemplo, los que están aquí por Chiapas, entre Tapachula y Arriaga, que es un corredor migratorio sumamente controlado. Me refiero a la angustia, al miedo, a la incertidumbre sobre si y cuándo llegarán a la frontera norte. Y me refiero al endeudamiento de migrantes en el camino, porque tanto sus trayectorias —piensen en trayectorias transcontinentales de personas que vienen de Pakistán, del Congo, etcétera— son financiadas por sus redes migratorias: familiares, paisanos, amigos, vecinos. Así como la liberación en caso de secuestros, la liberación de casas de seguridad o de ejidos rurales que están plagando el territorio mexicano, son también financiadas por sus redes migratorias. De manera que esos migrantes, cuando y si llegan al destino pensado, tendrán su futuro —cuando menos su futuro más inmediato— embargado.
En otros casos, basta con obligar a esas personas a esperar en México: esperar una cita, esperar un documento, esperar una resolución; esperar durante meses o incluso años. Es una forma de desgaste físico y emocional que termina desalentando muchos proyectos migratorios.
Precisamente porque las fronteras son construcciones históricas, las construcciones históricas de políticas también cambian de lugar. Las fronteras también se mueven: las fronteras se internalizan, las fronteras se externalizan. No solo las personas son móviles; las fronteras también cambian de forma y cambian de función.
Eso es parte de la desnaturalización de lo que he estado tratando de transmitirles, de convencerles para que desnaturalicemos las fronteras. No es una línea, o no es solamente una línea, y tampoco es estática.
Por eso, las miradas críticas nos invitan una vez más a dejar de pensar la frontera como una simple línea en un mapa y comenzar a verla como un conjunto de prácticas, un conjunto de instituciones y de violencias que hoy atraviesan buena parte del continente americano.
Hablemos de resistencias.
Hasta ahora hemos hablado mucho del control, las fronteras, de la criminalización, de la militarización, pero las miradas críticas sobre las migraciones no estudian únicamente el poder del Estado; también estudian la capacidad de las personas migrantes para responder, resistir y transformar el orden.
Desde los estudios críticos, la migración no es solamente una decisión individual. La migración puede entenderse como una forma de fuga, una forma de escape frente a distintos sistemas de opresión: llamémosle racismo, patriarcado, desempleo, pobreza, inseguridad urbana, inseguridad alimentaria, sequía prolongada, persecución política o religiosa.
Desde esa perspectiva, la migración forzada deja de entenderse únicamente como el resultado de una tragedia. Podemos verla también como una voluntad manifiesta de vida, como la decisión de buscar un lugar donde sea posible reconstruir la vida, proteger a la familia, criar a hijos e hijas o simplemente encontrar un sitio para llamar hogar. Y eso cambia profundamente nuestras miradas, porque emigrar también es una forma de liberación, es una expresión de libertad.
Y aquí podemos conectar con los estudios sobre el abolicionismo, la rebelión de los esclavizados en nuestro continente, si queremos darle un tono cimarrón a nuestro debate.
Migrar es, por lo tanto —o puede ser entendida, si queremos—, una afirmación de la vida frente a las condiciones que la hacen inviable.
Esa mirada nos ayuda a romper una imagen muy instalada en nuestras mentes y sociedades: la que reduce a las personas migrantes únicamente a la miseria, a la pobreza, al sufrimiento o a la condición de víctimas permanentes. Sin negar el sufrimiento que muchas veces atraviesan, también necesitamos reconocer su capacidad de actuar, decidir, crear estrategias y abrir caminos donde aparentemente no los hay.
Los haitianos y las haitianas —yo he estado documentando y monitoreando el paso y la instalación de personas haitianas en México— tienen una expresión que me gusta mucho: xax la vie, “buscarse la vida”. Y creo que es de las pocas expresiones que describen tan bien lo que estamos tratando de discutir. Buscarse la vida significa reconocer esa enorme energía vital que sigue impulsando a millones de personas a moverse, incluso cuando enfrente tienen muros militares y centros de detención. Esa energía también transforma las fronteras.
En los estudios sociales hablamos mucho sobre el orden social, es decir, sobre los actores, las instituciones y las relaciones que organizan la vida colectiva o la vida social. Pues bien, también podemos hablar de un orden migratorio o de un orden fronterizo: un orden compuesto por múltiples actores, agentes migratorios, policías, la Guardia Nacional y todas las instituciones responsables del control de la movilidad.
Pero no son los únicos. También participan los actores del capital criminal, organizaciones dedicadas al tráfico y la trata de personas, grupos de coyotaje y, en muchos casos, grupos que son o están subordinados a los cárteles del narcotráfico; es decir, coyotes que tienen que pagar derecho de piso para mover a personas.
Y finalmente aparecen también quienes muchas veces son tratados únicamente como los destinatarios de políticas públicas. Dentro de este orden, o componiendo este orden, están las propias personas migrantes. Migran individualmente, en familia o en grupos, pero también construyen comunidades móviles a lo largo del camino, comparten información, crean redes de apoyo, intercambian rutas y desarrollan estrategias para enfrentar todos esos obstáculos de los que venimos platicando.
Y aquí aparece otra de las grandes aportaciones de las miradas críticas. Las personas migrantes —fíjense— no son únicamente objeto del orden fronterizo; también lo disputan, lo tensionan, lo obligan a transformarse permanentemente.
Cada nueva política produce nuevas estrategias migratorias. Cada nuevo muro produce nuevas rutas. Cada nuevo control produce nuevas formas de organización.
Por eso las fronteras nunca son espacios completamente controlados: son espacios de conflicto. En otras palabras, la frontera también es un espacio de lucha. Las fronteras no solo revelan el enorme poder de los Estados; también muestran la extraordinaria capacidad de las personas para seguir moviéndose, seguir organizándose y buscando la vida.
En México, probablemente la forma más emblemática de lucha migrante —que es una idea acuñada por una colega muy valiosa llamada Amarela Varela— sean las caravanas migrantes, quizás. Desde la caravana madre de octubre de 2018, el territorio mexicano y particularmente Chiapas se convirtió en el escenario de estos grandes contingentes humanos que, en algunos momentos, llegaron a reunir a miles de personas buscándose la vida mientras intentaban alcanzar la frontera norte.
Las personas migrantes no inventan las caravanas; más bien reproducen la lógica de las madres caravaneras centroamericanas que desde hace más de una década recorren partes del territorio mexicano en busca de sus hijos e hijas desaparecidas. Ellas les llaman viacrucis migrantes y visitan albergues en Chiapas, Tabasco, Oaxaca y Veracruz como parte de un repertorio de movilización, denuncia y visibilidad política.
Las, los y les caravaneres migrantes son personas para quienes la pandemia de COVID-19 fue la gota que desbordó el vaso. Son madres solas con hijos e hijas; son adolescentes no acompañados; son personas trans y de otras disidencias sexuales; son jóvenes que escapan de las maras; son personas usuarias de silla de ruedas; son también migrantes negros del Caribe; mujeres y niñas fugadas del Talibán en Afganistán; jóvenes escapados de la violencia paramilitar en el este del Congo. Yo he encontrado en caravanas jóvenes que escapan de la violencia de género por ser gays, de Ghana. De manera que las caravanas migrantes, así como las migraciones en general, son en gran medida una vitrina para atestiguar ciertos procesos globales de violencia.
Por eso se organizan en asambleas, ya sea en San Pedro Sula, en Honduras, o en Tapachula, para decidir cuándo salir y con quién caravanear. El objetivo es cruzar México de una forma segura, de la forma más segura y de la forma más barata posible: en bola, antes de solicitar asilo u otra forma de protección internacional en Estados Unidos.
Muchas caravanas caminan al paso del más lento. Qué buena coincidencia, ¿no?, con el zapatismo. Forman cordones de seguridad para resguardar a las niñeces migrantes, a las personas ancianas y a las personas de la disidencia sexual. De esa manera buscan protegerse de los secuestros y de todas las violencias de las que hemos venido hablando, y de las que hablaba también Alejandra Guillén hace un par de días, incluida la del reclutamiento por parte de cárteles del narcotráfico en México.
En otras palabras, la caravana es una estrategia colectiva de cuidado, pero también una forma de resistencia. Es una manera de decir: si individualmente somos vulnerables, colectivamente tenemos más posibilidades de seguir avanzando. Es una forma de cruzar México sin visa y sin coyote.
Por eso las caravanas también desafían el orden fronterizo, porque es un orden pensado para administrar individuos: una persona, un expediente, un pasaporte, una detención. En cambio, una caravana de 2, 3, 5 o 7 mil personas sacude y desborda esa lógica. Obligan a los Estados a responder de otra manera.
Las caravanas transforman la frontera porque hacen visible algo que normalmente permanece disperso e invisible: las formas de emigrar en hormiga, en grupos chiquitos. Y eso tiene, digamos, una visibilidad y un enorme potencial político. Por eso las caravanas producen reacciones tan intensas.
¿Enseñan o no enseñan algo muy importante? Que las fronteras no son espacios donde un Estado simplemente ejerce su poder sobre personas indefensas. Son espacios donde distintos actores disputan permanentemente la manera en que debe organizarse la movilidad.
Por eso les decía hace un momento que la frontera también es un espacio de lucha. Y quizá las caravanas sean una de las expresiones más visibles en el México contemporáneo. Porque muestran, al mismo tiempo, la enorme capacidad de organización de las personas migrantes y los límites de un orden fronterizo que, a pesar de toda su tecnología, de toda su militarización y de toda su capacidad de vigilancia, sigue siendo incapaz de detener completamente el movimiento humano.
Las caravanas no son solamente personas caminando juntas; son personas buscándose la vida juntas.
Aquí lo dejo. Y espero que puedan retener, al menos parcialmente, lo que les compartí.
Muchas gracias por su atención.


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