Por Titze Malambé
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
24 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Buenas tardes. Sí se sienten unos nervios aquí, así bien raros, la verdad. Primero quería presentarles esa diapositiva, que es un… perdón por mis diapositivas feas, pero no es IA, es la Inteligencia Artesanal, así, a manita.

Buenas tardes, compañeros, compañeras, compañeroas, zapatistas, y compañeros, compañeras, compañeres de la Sexta Nacional e Internacional. Reciban un saludo afectuoso de mi parte y también el que les manda la Asamblea Interuniversitaria Popular por Palestina en la Ciudad de México, que me mandó a decirles este saludo.

La Asamblea es un espacio que nació hace más de dos años a partir de un plantón-campamento frente a Rectoría de Ciudad Universitaria. Por profesores, vendedores ambulantes, trabajadoras sexuales, artistas, periodistas, obreras, obreros, personas trans, mujeres, hombres, etcétera.

Menciono esto porque recibimos con mucha alegría la noticia de su visita a la Ciudad de México después de 20 años. Estaremos acompañándoles en sus tiempos y en sus formas, y también queremos dejarles una invitación abierta para que, si su reloj se los permite, puedan encontrarse en los espacios estudiantiles, con las organizaciones trans o con las organizaciones de trabajadoras sexuales que forman parte de la ciudad.

Antes de comenzar esta ponencia quisiera pedir un momento para nombrar a quienes ya no están: al compañero, amigo y artista comprometido Jorge Salinas. Que te sea leve la tierra, compa.

Y también quisiera dedicar esta ponencia a la activista trans, trabajadora sexual y compañera de varias luchas alegres y rebeldes, Alessa Flores. Seguimos caminando los senderos que abriste.

Van a estar viendo estas fotos. Son en parte mías; también son de Elis y de Axel, que son fotoperiodistas que pertenecen a la Asamblea Interuniversitaria Popular por Palestina. Son de los últimos meses de algunas luchas que hemos seguido acompañando, para que ahí las puedan ver.

Cuando las y los compañeros zapatistas me hicieron la invitación a este Semillero, el primer sentimiento fue, en definitiva, la alegría, la felicidad. Sin dudarlo dije que sí, que estaba dispuesta.

Posteriormente, cuando tuve que sentarme a escribir lo que tenía que decir en esta mesa, me encontré con un gran problema: no tenía ni idea de qué iba a decir o de qué manera podía evitar que lo que dijera fuera solamente una repetición insignificante y, por eso mismo, irrelevante, de todas las cosas que ya se han dicho mejor en otros espacios y en otros tiempos, o incluso aquí mismo, pero desde voces y experiencias que han sabido nombrar mejor el tamaño de la tormenta.

Después de múltiples cavilaciones profundas, metafísicas y ontológicas —así le digo yo a irme a caminar al tianguis—, decidí que quizá lo que podía ofrecer era hacer una radiografía del cuerpo en resistencia.

En esta radiografía pretendo, a la manera en que lo haría un técnico o una médica, visualizar el cuerpo como un espacio de resistencia. Y así, como en una radiografía clásica se observan tejidos blandos, tendones, articulaciones, fracturas y huesos, yo quisiera ahora observar heridas, resistencias, desobediencias y permanencias.

No porque crea tener las habilidades diagnósticas de una promotora de salud zapatista, ni porque quiera emular a una especie de Doctor House tercermundista, aunque quizá algo de eso haya, sino porque me interesa producir una imagen que nos permita ver cómo opera el poder sobre los cuerpos y qué ocurre dentro de esos cuerpos cuando se niegan a desaparecer.

La primera imagen de esta radiografía es la piel.

Si algo necesitó el capitalismo para ordenar el mundo fue la piel: la piel como frontera y como sentencia; la piel como superficie donde el poder escribió quién podía ser reconocido como humano y quién podía ser tratado como bestia, máquina, animal de carga, fuerza de trabajo.

El racismo es una condición de posibilidad para que exista el capitalismo. Es lo que organiza la división internacional del trabajo y decide quiénes nacieron para obedecer y quiénes para mandar. Las personas de piel no blanca fuimos colocadas en una zona inferior de la existencia, condenadas a la sinrazón y reducidas al mero estado de naturaleza.

Decía un viejo terrateniente chiapaneco que un pollo valía más que un indio. Esa frase engloba y sintetiza una manera de ver el mundo; es un horizonte de sentido que marcó la construcción del Estado mexicano.

El relato posterior a la gran revuelta de pueblos originarios de 1910, también conocida por el oficialismo como Revolución Mexicana, intentó disfrazar el racismo bajo un proyecto de eugenesia, es decir, de limpieza de sangre. Se prometió que con la idea del mestizo llegarían también la igualdad y la ciudadanía; que bastaba con convencer a la gran mayoría de la población mexicana de que todas, todos, todoas éramos iguales; que tanto el rico como el pobre se hermanaban en una historia común: la de descender de españoles y de pueblos originarios. No importaba que unos tuvieran el control de los medios de producción, el gobierno y el Estado, y otros, otras, otroas apenas contaran con lo suficiente —y a veces ni eso— para reproducir la vida.

La promesa del mestizaje fue una ilusión sobre la cual se inauguró la mexicanidad. Frases como “mejorar la raza”, tan comunes todavía en muchas familias mexicanas, reflejan la misma idea: deshacerse de cualquier rastro de indianidad y de impureza. Una promesa por alcanzar, incluso una blanquitud que muchas veces tiende, o tiene que ser, simulada en performances por demás patéticos.

Este relato no solamente aparece en esa, entre comillas, “sabiduría popular”. También atraviesa buena parte del cine y de las narrativas nacionales. Ahí está la historia que todas conocemos: la del joven indígena, moreno, prieto y pobre —o las cuatro—, cuyo camino heroico consiste en enamorarse de una mujer blanca y, mediante ese amor, superar las diferencias de raza y de clase.

Sin embargo, la piel sigue siendo uno de los principales marcadores en la distribución de la violencia. Basta ver qué color tiene la pobreza o ver cómo las cárceles se llenan de cuerpos con melanina.

Sé que me recomendaron no citar autores. Perdón, la desobediencia me es innata. Quisiera hacer una excepción para citar al filósofo puertorriqueño y antirracista Tego Calderón, quien escribió que “las caras de todos los que sufren se parecen”.

Quizá por eso cuerpos prietos, morenos, negros e indios continúan siendo el primer territorio donde el poder despliega con mayor intensidad su fuerza en esta guerra de exterminio.

Y seguida de la imagen de la piel viene la siguiente placa de la radiografía: la lengua.

Quiero permitirme una pequeña licencia. Como algunas saben, y quienes no, pues se van a enterar hoy, yo me formé en la cultura del hip hop. Ahí existe una práctica que se llama remix. Consiste en interpretar una obra, generalmente ajena, y reversionarla a una versión más propia.

Con ese espíritu quisiera hacer hoy un remix inspirado en el poema “Lección de gramática”, de Berta Piñán. Aviso esto para evitar la demanda millonaria de derechos de autor. Y ahora sí, como dijo el compañero Gilberto López y Rivas: alerta de poema.

Lección de gramática

¿Cómo se dice en ñätho la palabra mestizaje y en tseltal la palabra Estado?

¿Cómo nombran, en tének una lengua que tuvieron que esconder para que no la mataran?

Si quieren decir: mi abuelo se tragó su lengua para que sus hijas no heredaran el desprecio, ¿en qué tiempo conjugan ese verbo?

Para nombrarlo, ¿juntan los labios? ¿Duele?

¿Cómo se pronuncia en ayuujk la palabra reglazo?

Cuando dicen piel, ¿qué color aparece primero?

¿Qué adjetivos acompañan la palabra cuerpo?

¿Cuáles acompañan la palabra migrante?

Si señalan la tierra, ¿usan el posesivo?

¿Existe en su lengua la palabra olvido?

¿Cómo llaman en pajubá a la palabra refugio?

¿Y en tsotsil cómo se conjuga el nosotros?

¿Cómo se dice en su lengua la palabra futuro?

Fin de poema.

Seguimos con la lengua.

Después de inaugurar el Estado de Israel, a mediados del siglo XX, las autoridades coloniales decidieron que también era necesario construir una lengua nacional: recuperar el hebreo, una lengua prácticamente muerta, convertirla en lengua de Estado, modernizarla, hacer préstamos, inventar palabras, borrar acentos, convencer a los colonos europeos que hablaban yidis, ruso, alemán o polaco de que todos provenían del mismo lugar y de que, para pertenecer a la nueva nación, debían hablar una sola lengua. Al mismo tiempo, el árabe debía desaparecer del paisaje sonoro de la Palestina ocupada.

El fascismo siempre ha sido monolingüe.

En México, el Estado emprendió una campaña contra las más de sesenta lenguas originarias que habitan este territorio para imponer el español a través de la Secretaría de Educación Pública.

Y, sin embargo, las lenguas sobreviven. Se puede, como en estas tierras, resistir en tsotsil, en tseltal, en tojolabal, en chol. Pero también se resiste de otras maneras, incluso deformando la lengua del colonizador, ya sea con el otroas, con el nosotros, con el doble sentido, con el albur y el español no académico.

En Brasil, por ejemplo, las travestis inventaron el pajubá para reconocerse, protegerse y seguirse hablando.

Como decía el Subcomandante Moy sobre el conocimiento que debería ser común, pensaba yo que, si pensamos la lengua como la primera gran tecnología humana, esa que permitió a nuestros ancestros y ancestras organizarse y sobrevivir, es posible afirmar que la idea del común acompaña a la humanidad desde su nacimiento. Pues, a diferencia de todas las tecnologías modernas, la lengua —o, mejor dicho, las lenguas— siempre han sido comunes. No existe, por mucho que la RAE lo intente, un propietario de la lengua; es propiedad, si es que cabe el adjetivo, de quienes la hablan.

La tercera placa de esta radiografía son las manos.

No voy a hablar de las manos aplaudidoras del régimen en turno, ni de las manos de seis dedos fabricadas por inteligencias artificiales. Se salvaron de que pusiera ahí una foto de Netanyahu con seis manos; la verdad dije: pues mejor no.

Quiero hablar de otras manos: las manos de hombres trans, de mujeres trans y de personas trans no binarias que durante veintiún días sostuvieron el plantón frente a la Secretaría de Gobernación, en la Ciudad de México. Manos que lo mismo agarraban sartenes, anafres y ollas para cocinar el sustento colectivo que palos, tubos y piedras para defenderse de la represión de la Guardia Nacional, enviada por Claudia Sheinbaum, y de los llamados fifas, que fueron conducidos deliberadamente por Clara Brugada hacia el plantón, llegando a violentar verbal y físicamente a quienes ahí resistían.

Aprovecho este espacio para repetir las exigencias del Frente Común Lupilla Xiu, que fue quien sostuvo este plantón:

Alto a la criminalización de las compañeras, compañeres y compañeros.

Cierre de la carpeta de investigación contra Razzia Santillán y fin del hostigamiento contra la compañera Sally.

Una ley integral trans que garantice salud, vivienda, identidad y cupos laborales para las personas trans.

Y el cese de la transfobia institucional y de su maquinaria transfeminicida.

Pero hay otras manos que también aterrorizan a este régimen, a los anteriores y seguramente a los que vendrán. Manos con las uñas llenas de tierra, que cargan pico y pala. Manos que desentierran la verdad para mostrarnos que este país es una fosa común. Las manos de las madres buscadoras. Manos capaces de llegar hasta el centro de la tierra, si fuera posible, siguiendo el rastro de quienes les fueron arrebatados. Manos endurecidas por los callos de la pala y, al mismo tiempo, suaves para acariciar una fotografía. Manos cansadas del engrudo, del pegamento, de imprimir una y otra vez el mismo rostro. Cansadas de tocar las puertas de gobiernos e instituciones que llevan décadas respondiendo con silencio. Manos que esperan ser estrechadas por otras manos de solidaridad, porque es desde esas manos que se está construyendo otro mundo.

La siguiente placa de la radiografía son los pies.

Antes de sacar esta placa quisiera contar un pequeño secreto. Bueno, no sé si sea un secreto.

Antes de llamarme Titze Malambe y antes de todos los nombres que he tenido, en mi barrio hubo uno que me acompañó durante buena parte de la infancia: me decían Chanclitas. Podía parecer un apodo cualquiera, de esos que se inventan entre el juego, el bullying y la crueldad infantil, pero en realidad nombraba algo mucho más grande que yo: una injusticia histórica.

En mi casa casi no alcanzaba para zapatos; ya no digamos para unos tenis de esos con lucecitas que, para cualquier niño o niña de mi colonia, pues eran una fantasía. A veces ni siquiera alcanzaba para unos piratas del mercado de Tacubaya. Lo que había eran unas chanclas, o unos huaraches, o unos zapatos tan gastados que terminaron también convertidos en chanclas.

Mi apodo hablaba de mis pies, pero esta placa no quiere quedarse en mis pies.

Quisiera hablarles de otros: de los pies migrantes que cruzan el Usumacinta, el Suchiate o el Darién; que caminan por Chiapas, burlan las cacerías de la Guardia Nacional mandadas por el humanismo mexicano, subieron a La Bestia, atravesaron desiertos y hoy siguen huyendo de las redadas del ICE en Estados Unidos.

Pies que aprendieron la geografía del continente sin la guía de un mapa. Pies que conocen el asfalto, el monte, el lodo, las ampollas y las fronteras. Los mapas de los Estados se dibujan con tinta sobre los caminos que marcaron los pies migrantes.

Y ya que hablamos de pies, tampoco quisiera hablar de los que disputaron el torneo de la FIFA. Igual ya dijeron en esta mesa varias veces que el Mundial de fútbol es la continuación de la guerra por otros medios, o algo así entendí, seguramente mal. Mientras le regalan a Messi otro penal o a Trump otro Premio de la Paz… Además, el Vasco no aceptó la propuesta de la asesoría del Capitán. Falta un buen recogebalones, le hubiera dicho, pero pues no cualquiera.

Entonces mejor quisiera hablar de los pies que durante este último año jugaron cientos de retas antimundialistas. Los que convirtieron una calle en una cancha y luego en una asamblea. Los que entendieron que también se puede disputar el fútbol sin FIFA, sin patrocinadores y sin policías. Los que nos recordaron que otro fútbol también puede y debe imaginarse.

Aprovecho para mandar un saludo a las y los compas de la Asamblea Antimundialista y al pueblo originario de Santa Úrsula Coapa.

Yo, por cierto, anuncio oficialmente mi retiro. Paso a ser comentarista. Mi cuerpo ya no aguanta otra reta.

Pero si de pies resistentes hablamos, entonces hay que hablar de los que sostienen tacones de diez, quince o veinte centímetros. Los que hicieron barricadas en Tlalpan mientras el Gobierno de la Ciudad de México preparaba la limpieza social del Mundial. Los pies de las compañeras trabajadoras sexuales que siguen custodiando la noche y negándose a desaparecer para que la ciudad resulte una mercancía.

Antiguamente esos pies corrieron también de las llamadas razias que perseguían a trabajadoras sexuales, personas trans y travestis para luego ser torturadas en Tlaxcoaque, en la otra guerra sucia de la que tampoco se habla.

Los pies dicen muchas cosas. Dicen quién puede caminar tranquilo y quién tiene que correr. Quién cruza la frontera para ver un partido del Mundial y quién la cruza porque quedarse significa morirse.

La última placa de esta radiografía salió borrosa.

Pensamos que se trataba de un error de la máquina. Repetimos la toma una vez, dos veces, diez, veinte. El resultado fue el mismo. Queríamos obtener un rostro. En su lugar apareció un pasamontañas.

Volvimos a intentarlo. Después apareció una kufiya. Luego un paliacate. Luego una bolsa con maquillaje. Unos tacones. Una falda.

Ningún rostro quiso dejarse capturar. Entonces entendimos que la falla no estaba en la máquina. La falla estaba en la pregunta.

Habíamos supuesto que la resistencia tenía un rostro único, una identidad fija, un cuerpo perfectamente reconocible.

La radiografía respondió otra cosa.

Antes que un rostro aparecieron las tecnologías mediante las cuales los cuerpos desobedientes se reconocieron y se reinventaron.

Los zapatistas nos enseñaron que un pasamontañas podía mostrar ocultando. Al cubrir el rostro dejaron de ser un individuo para convertirse en muchos. Dejaron de responder a la lógica de la identificación y comenzaron a hablar desde un nosotros. La kufiya ha hecho algo semejante para el pueblo palestino.

Las epistemologías travestis también inventaron sus propias tecnologías. Una falda. Unos tacones. Un pantalón. Un nombre elegido. Nunca fueron simples objetos.

Quizá por eso la última placa nunca pudo mostrarnos un rostro desnudo.

El cuerpo de la resistencia no es un dato biológico esperando ser identificado por una cámara o por un algoritmo. Un cuerpo de la resistencia está atravesado por la memoria, por los símbolos, por la historia, por la imaginación política.

Tal vez por eso la máquina nunca consiguió fotografiar un solo rostro. Cada vez que lo intentaba aparecía un nosotros, nosotras, nosotroas.

Y bien, esta fue la radiografía del cuerpo de la resistencia.

Nuestras lenguas.
Nuestros pies.
Nuestra piel.
Nuestras manos.
Un cuerpo colectivo.

Aquí están los datos biométricos que tanto busca el Estado mexicano, el Estado de Israel y el ICE. Pueden seguir recopilando nuestros iris, nuestras huellas dactilares, nuestros rostros y nuestras voces. Pueden perfeccionar sus cámaras de vigilancia, sus algoritmos y sus archivos. Pueden seguir vigilándonos, clasificándonos, persiguiéndonos y reprimiéndonos.

Pero hay algo que ninguna tecnología biométrica ha conseguido registrar. No puede reconocer el momento exacto en que un cuerpo deja de obedecer y decide convertirse en resistencia.

Esa parte de nuestros cuerpos siempre sale borrosa. Y quizás ahí, justamente ahí, radique nuestra posibilidad de seguir existiendo.

Posdata 1.

Quisiera, para finalizar, leerles un último texto. También se trata de un análisis sobre una radiografía, una real, no metafórica, la cual dio origen, en parte, al concepto de este texto.

Es un texto sobre una radiografía mía, de una lesión que tuve en el tendón de Aquiles y mi obsesiva tendencia de historiadora a ver en una radiografía un archivo que espera ser interpretado para mostrarnos algo más que el mero dato fisiológico o patológico.

Decido compartir este texto inédito, que escribí desde antes de la invitación, para completar mi mirada del mundo que me fue solicitada.

El texto se llama Caminar como hombrecito.

Una no espera que el cuerpo se rompa. Espera que rinda, que funcione, que obedezca. Porque para eso está: para sostener la jornada completa, para aguantar.

Me lesioné el tendón de Aquiles. Primero fue un dolor leve. Luego cada paso se volvió una tortura. Después vino la fascitis plantar. Fascitis: el mismo nombre parece un castigo, como si el dolor impusiera un régimen totalitario sobre el cuerpo.

Y entonces comenzó la ruta médica: diagnóstico, ejercicios, rehabilitación. El cuerpo entrando en protocolo.

El fisioterapeuta me observa como quien inspecciona una máquina defectuosa. Me pide que camine. Yo camino. Él anota y anuncia:

—Hay una compensación en la pisada. Tu pelvis no rota como debería. El glúteo medio no activa. Estás pisando en valgo. Hay hiperpronación del retropié, que genera una cadena de estrés ascendente que afecta la fascia plantar.

En otras palabras, me dice:

—No sabes caminar.

Al parecer nunca lo supe. No caminé como debía y ahora mi cuerpo está pagando el precio. Mi tendón de Aquiles se inflamó porque mi cadera no hace lo que debería hacer.

Y entonces, ahí, en ese momento, se me abre el archivo. No el clínico, sino el archivo del cuerpo colonial.

Estoy en casa de mi tía. Tengo ocho, tal vez nueve años. Camino por el patio y ella me detiene con una sonrisa incómoda mientras me grita:

—Así no se camina. ¿Qué es eso de mover las caderas así? Eso es de mujercitas.

Se ríe. Me imita.

—Camina bien. Pareces maricón, me dice.

Yo no sabía que caminaba mal. Pero, a partir de ese día, aprendí a corregirme. Dejé de mover la cadera. Endurecí la pelvis. Aprendí a caminar como todo un hombrecito. Con las piernas separadas. Sin mecer el cuerpo. Sin girar el tronco. Aprendí a esconderme. A no delatarme. A ocultarme en el compás de una marcha seca, sin ritmo y sin ondulación.

Pero la memoria corporal es una ciencia exacta. No olvida nada. Cuando te dicen: “No se camina así”, “Los hombres no hacen eso”, no sólo disciplinan la identidad, sino que te recalibran la biomecánica.

Así que no sólo es el tendón. No sólo es el pie. Es la asimilación a un modelo de masculinidad que nos lastima.

El archivo está abierto.

Antes de ser una identidad, la masculinidad es una maquinaria. Una tecnología de control que se aplica sobre el cuerpo para producir sujetos funcionales. Y esa maquinaria opera en todos los lugares de distribución de poder y de disciplinamiento: desde la escuela, la calle, la iglesia y la familia.

La familia opera como una suerte de fisioterapeuta doméstica del género y te da instrucciones: Siéntate derecho. No hables así. Eso es de niñas. Los hombres no lloran.

Y una aprende. A tensar la mandíbula. A endurecer la voz. A dejar de bailar. A no parecer maricón.

Y, en ese esfuerzo por no parecer, por ser lo que se espera, el cuerpo se desvía. Pero no en el sentido de “volverse desviada”, porque desviada, a pesar de todo, compañeros, siempre he sido. Me refiero al sentido clínico. Se desbalancea.

Aunque leer el archivo no significa quedarse atrapado en él. Abrir un archivo reconfigura por completo el documento. Puede ser, a la vez, una línea de fuga. Y a veces basta incluso con sólo caminar con las caderas sueltas para poder empezar a desprogramar la máquina.

Es decir, desobedecer, aunque algo tenga que romperse.

Posdata 2.

En estos días de Semillero han traído a la conversación algunas veces a Elías Contreras. Y, como al susodicho, pues se me revuelve el pensamiento. Espero tener la capacidad de desenredarlo para poder darme a entender.

Cada vez que lo mencionan me pongo a recordar cuando yo estaba en la secundaria, en la adolescencia, y ustedes, zapatistas, decidieron iniciar La Otra Campaña y lanzar la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Fueron a la Ciudad de México y, entre todo ese revuelo, también cambiaron por completo mi vida. Su palabra me trastocó y me convirtió en la persona que soy.

Como yo no tenía computadora ni internet, ahí me veían pidiéndole a mi madre que no se le olvidara traerme mi periódico Machetearte, que le vendían en el Metro y desde donde me enteraba de lo que iba ocurriendo en La Otra Campaña y leía comunicados que, para entonces, ya eran viejos.

Todavía recuerdo explicándole a mi madre, a partir de una cita de Borges que usó el difunto Subcomandante Marcos, qué era un oxímoron y por qué me parecía tan poderosa la frase “un olvido memorable”.

Yo entendía poco de los análisis geopolíticos que hoy reconozco como extraordinariamente lúcidos y adelantados a su tiempo. Mi atención se iba sobre todo a las historias que aparecían, como en este texto, al pie de la página, al final de los comunicados.

Seguir la historia de Elías Contreras y de la Magdalena me conmovió profundamente. Descubrí que en ese mundo donde cabían muchos mundos también cabían otroas. Cabíamos otroas. Que también había un pedacito de futuro para quienes habíamos sentido que no había lugar para nosotroas.

Con los años entendí que ustedes me enseñaron que trabajar por transformar el mundo puede ser también un proyecto de vida digno. Me contagiaron esa alegre rebeldía que siempre ha desentonado con la solemnidad de buena parte de la izquierda.

Por eso quiero decirles gracias. Cambiaron mi manera de concebirme. Hicieron de mí esa persona un poco odiosa para sus amistades, que para todo quiere hacer una asamblea y que para todo insiste en la necesidad de organizarse.

Aprecio mucho este espacio. Gracias por la consideración. Reitero la invitación: cuando anden por la Ciudad de México, si el tiempo les ajusta, dense una vuelta por mi puestito de hamburguesas, aunque sea para, con lo de la cuenta, abonarle algo de los 500 euros que le debo todavía al Capitán.

Gracias.