Proyecto Olivo
Por Micaela Gramajo
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
22 de julio de 2026
Buenas tardes. Es un honor y una alegría estar aquí hoy. Antes de pasar plenamente a mi texto, conversamos con Iván que valía la pena hacer un breve, muy difícil ser breves, pero un breve paseo por la terrible historia de Palestina para poner el contexto y, a partir de ahí, poder conversar.
Antes de 1917, antes de la creación del Estado de Israel, Palestina era plenamente el país de las y los y les palestines, su territorio.
Aunque en el mundo todavía no nombrábamos a los países como países, aunque estaba bajo el dominio otomano y después pasó al británico, tenía ciudades, agricultura, puertos, bancos, periódicos, moneda, instituciones y una sociedad diversa. Palestina estaba plenamente habitada y tenía una vida social, política y cultural propia.
En Palestina había una población mayoritariamente musulmana, una pequeña población cristiana y una pequeñísima minoría judía.
En 1917, el Reino Unido emite la Declaración Balfour, prometiendo un “hogar nacional judío” en Palestina, sin consultar a la población palestina, inaugurando así el proyecto colonial, respaldado por una potencia imperial.
Entre 1920 y 1947, crece la inmigración sionista, impulsada tanto por la persecución antisemita en Europa como por un proyecto nacional de colonización. Se populariza el famoso lema: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, que invisibiliza deliberadamente a la sociedad palestina que ya vivía allí.
Aquí es importante decir que el proyecto sionista de migración judía europea a Palestina es la prueba fáctica del antisemitismo europeo: que se vayan todos para allá. Una solución disfrazada de protección es, de hecho, el no hacerse cargo ni de su antisemitismo ni de las consecuencias del mismo. Si Europa en general y Alemania en particular se hubiesen hecho cargo de su exterminio, reparando, creando un lugar de vida seguro para su propia población judía, no estaríamos quizás en el horror en el que estamos hoy.
En 1947 y 1948, tras el plan de partición de la ONU y la creación del Estado de Israel, las fuerzas sionistas expulsan a casi un millón de personas palestinas, destruyendo más de 400 pueblos y aldeas, y se les niega el derecho al retorno. Este proceso es el principio de la limpieza étnica que Israel lleva a cabo en Palestina y se nombra como Nakba, que en árabe quiere decir catástrofe.
La creación del Estado de Israel significó la asignación a Israel de más del 50 por ciento del territorio palestino.
En 1967, Israel ocupa Cisjordania, Jerusalén del Este y Gaza. Desde entonces, consolida un sistema de ocupación, colonización de asentamientos y fragmentación territorial de la población palestina.
En las décadas siguientes, en los territorios ocupados se consolida un régimen con dos sistemas legales: derecho civil para los colonos israelíes y derecho militar para la población palestina, además de restricciones diferenciadas de movimiento, acceso a la tierra, recursos. Un sistema de apartheid.
En 2007, Israel impone un bloqueo sobre Gaza que convierte el territorio en un enclave sometido a severas restricciones sobre personas, alimentos, medicinas, combustible y reconstrucción. Un campo de concentración a cielo abierto.
Y desde octubre de 2023, el genocidio que cada día miramos en nuestras pantallas.
Quisiera hablar un poco sobre el sionismo porque hay por ahí, de pronto, navegando ideas de que existe un sionismo progresista.
Theodor Herzl propuso a finales del siglo XIX la creación de un Estado judío como respuesta al antisemitismo europeo. En sus textos sostuvo que los judíos necesitaban soberanía política porque la asimilación no acabaría con su persecución.
El sionismo político buscó materializar ese Estado mediante el establecimiento de una mayoría judía en Palestina, aunque al principio también se consideraron otros territorios. Con el tiempo, Palestina se convirtió en el objetivo central, aludiendo a razones históricas, a una enorme manipulación religiosa, pero sobre todo por razones geopolíticas y económicas.
Desde sus primeros escritos y debates internos se instaló en el sionismo la gran mentira de la que les hablaba: “una tierra sin gente para una gente sin tierra”, negando la existencia de las y los palestinos, algo que continúa como centro en la narrativa sionista al día de hoy, en que las personas israelíes se refieren a las y los palestinos como árabes.
Esto dio lugar a un proyecto de violenta colonización de asentamiento, compra de tierras primero y robo y despojo después, inmigración organizada, creación de instituciones paralelas, exclusión progresiva y construcción de estructuras estatales exclusivas para judíos, incluso antes de la creación del Estado de Israel.
A partir de la década de 1930 y hasta ahora, los sionistas discuten e instrumentan abiertamente lo que llaman “la transferencia”, que es expulsión y desplazamiento forzado de la población palestina como solución a este problema demográfico de lograr tener una mayoría.
Y quiero compartirles dos ejemplos de dos frases que escribió Herzl, una en una carta que escribió a Cecil Rhodes, el gran imperialista británico responsable de la colonización de África, en la que Herzl le escribe:
Se le invita a ayudar a hacer historia. No se trata de África sino de una parte de Asia Menor, no de ingleses esta vez, sino de judíos. ¿Por qué acudo a usted? Porque se trata de un proyecto colonial.
En su diario, el 12 de junio de 1895, Herzl escribió: “Intentaremos trasladar discretamente a la población pobre al otro lado de la frontera, negándole empleo en nuestro propio país”.
El sionismo, no hay ninguna duda, es una ideología política colonial, supremacista, racista y genocida.
El sionismo encontró en el judaísmo, y sigue encontrando a lo largo de la historia, algunos grupos de oposición.
El Bund fue uno de ellos, y era la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, fundado en 1897, y que fue un movimiento judío socialista, laico y antisionista. Su idea central era que la respuesta al antisemitismo no era emigrar para fundar un Estado judío, sino luchar donde se vivía por derechos laborales, igualdad política y autonomía cultural para los judíos, junto con otros pueblos. Defendía el principio del doikayt, que es una palabra que no tiene traducción al español, sería como aquí y edad, estar aquí. “Nuestro hogar es donde vivimos, la lucha es aquí donde estamos.”
El Bund promovía la cultura, el idioma yidish, y organizó sindicatos y tuvo una enorme influencia entre la clase trabajadora judía de Europa del Este, hasta que fue devastado por el holocausto y luego reprimido por el estalinismo.
Necesitamos hablar y seguir hablando de Palestina. Al mismo tiempo, como dice el profesor palestino Salaita, estamos casi ya inmovilizados al nivel del lenguaje.
Nos dice: “Cada vez que escucho a un analista o político occidental hablar de democracia, pienso: ya, por favor, nadie se cree esa mierda a estas alturas”.
Creo que quienes nos tomamos en serio Palestina y la descolonización en un sentido más amplio recibimos esa palabra con escepticismo, porque entendemos que ha sido parte del lenguaje con el que se ha justificado nuestro propio despojo. ¿Qué nos aporta el discurso de la democracia cuando se habla de Palestina? Una justificación prefabricada del genocidio sionista.
No necesitamos renunciar a la idea de la democracia, pero sí deberíamos reconocer los usos discursivos que se hacen de ella como pretexto para la barbarie y la represión. ¿O sí? ¿Renunciamos a la palabra democracia?
Aquí es donde, sin duda, para mí entran ustedes, su sabiduría, su experiencia y estas formas otras de autogobierno en resistencia.
Las palabras parecen agotadas cuando sentimos que ya sólo tenemos derecho a la rabia individual, y es aquí, en el paso a lo colectivo, que entra, para mí, entre muchas otras posibilidades, el teatro, que es de lo que hablaré.
Quiero contarles del proceso para montar la obra de teatro Proyecto Olivo, y para eso ponerles un poquito más en contexto, pues esta obra fue mi maestra para comprender mi papel como acompañante, como persona que acuerpa, que pone su existencia al servicio de algo.
Mi abuelo materno huyó de Polonia a Argentina un par de años antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. El resto de mi familia Schumacher murió exterminada en el holocausto nazi.
Mi madre y mi padre salieron conmigo en brazos, escapando de la dictadura militar en Argentina en 1976, y así llegamos a vivir a México.
Es parte fundamental de mi herencia familiar defender la vida, oponerme a cualquier forma de opresión y gritar siempre: nunca más, para nadie.
Soy “argenmex” y soy judía cultural, no practicante de ninguna religión. Nunca fui sionista ni fui educada en el sionismo, pero al mismo tiempo me tomó muchos años de mi vida mirar hacia Palestina. Tan duro es el adoctrinamiento que cuando escuchaba “Viva Palestina Libre”, pensaba que lo que querían era nuestra destrucción. Así de duro es el adoctrinamiento.
El antisionismo me permitió recolocar ese “nosotros” en otro lugar, en el verdadero, en el que está cerca de mi corazón y de mis ideas, y no ese “nosotros” construido por el sionismo y por Israel y que se usa para justificar una ocupación atroz y un genocidio.
Me volví activa y orgullosamente antisionista el 8 de octubre de 2023.
Me tomó un día de mirar el genocidio y toda mi vida llegar hasta aquí, y más allá de seguir pidiendo perdón por haber llegado tan tarde, porque sí, he llegado tarde a tantas ideas y a tantas luchas. La deconstrucción es un proceso largo. Quiero contarles un poco de la perspectiva del judaísmo antisionista de la Ciudad de México.
Participo de un grupo llamado Judíes por una Palestina Libre.
Somos una comunidad de personas judías antisionistas que vive en México, abogando tanto por la descolonización de Palestina como por el fin inmediato del genocidio y la limpieza étnica del pueblo palestino.
JPL exige el fin inmediato del genocidio que está cometiendo Israel junto a sus aliados en Gaza y en toda la Palestina ocupada. Además, exige reparaciones completas, el derecho al retorno para los palestinos a las tierras y hogares de los cuales han sido expulsados violentamente durante más de 100 años. Estamos a favor de la autonomía nacional palestina, nos adherimos al derecho internacional según el cual Palestina tiene derecho a resistir la ocupación por cualquier medio necesario.
JPL es explícitamente antisionista. Rechazamos tanto la propuesta nacionalista original del siglo XIX como las reclamaciones de legitimidad del Estado etnocrático colonizador que el sionismo originó.
Rechazamos la equivalencia entre antisionismo y antisemitismo. Nos oponemos al uso de acusaciones de antisemitismo para justificar la violencia, sofocar el disenso o silenciar a los críticos de Israel, ya sea en México o en cualquier otra parte del mundo.
Judíes por una Palestina Libre trabaja por la liberación colectiva. Aunque nuestro enfoque principal en este momento es Palestina, reconocemos la interconexión de las luchas. Las naciones y las corporaciones que coluden en esta atrocidad específica también están involucradas en otras atrocidades en todo el mundo.
Reconocemos la interconexión de las luchas locales y globales y apoyamos, colaboramos, estamos en solidaridad con todos los pueblos que luchan por la justicia y la dignidad.
Además de distintas acciones políticas y sociales, como marchar, intentar dialogar, por ejemplo, con el Museo de Memoria y Tolerancia, cosa que ya imaginarán cómo nos fue; apoyar, difundir iniciativas tanto nacionales como internacionales para romper relaciones con Israel; colaborar con otros grupos judíos antisionistas de otros países perteneciendo a la red internacional Global Youth for Palestine; acompañar a personas refugiadas de Palestina en México; alianzas con grupos palestinos que trabajan en la Ciudad de México, etcétera, hoy quiero contarles un poco de un par de iniciativas artísticas, específicamente escénicas y performáticas, para poner la perspectiva antisionista sobre la mesa. Les traigo acá, pues, también mi trabajo que, como todo trabajo artístico, surge del diálogo y del encuentro con otros.
Está, por ejemplo, el trabajo performático del artista mexicano Héctor Bialostozky, que publicó un ensayo que se llama El performance como instrumento de protesta. Él hace un trabajo permanente con estas camisetas.
O el performance textil que armó Amanda Schmelz, que es una actriz mexicana, en la que juntó a muchas mujeres a bordar con la técnica palestina del tatreez, que es un punto de cruz. Pueden ver, ahí colgamos una parte de un mural que es más grande. Se borda la imagen de una mujer palestina con kufiya, que mira, que atestigua el horror para conformar un gran mural, del cual, pues, vino sólo este pequeño pedazo, y que se comparte junto con un performance con teatro y música, para contar la historia de la resistencia de las mujeres palestinas a través del bordado.
O de Un jardín, una pieza que hicimos con un pequeño grupo de colaboradores para dar cuenta de la violencia de la ocupación israelí en Palestina desde la perspectiva de las plantas. Contamos historias de las fresas de Gaza, de las naranjas de Jaffa, de los dátiles, que, pues, son un fruto fundamental en Palestina, no sólo porque era un sustento económico importante. Palestina siempre fue uno de los principales exportadores de dátiles. Israel roba la producción de dátiles y los vende ahora a las personas palestinas sin semilla, para que no la puedan sembrar.
O un performance de un grupo que se llama Doikayt, este “estar aquí”, en el que algunas personas judías cuentan su tránsito de adoctrinamiento familiar sionista al antisionismo, del cual se desprende esta frase que quiero compartir con ustedes:
“¿Y qué dijo el rabino cuando le mataron a diez hijos en el holocausto nazi?”
Dijo: “Podría haber sido peor, podríamos haber sido nosotros los asesinos”.
Pausa.
Con distintas estrategias y de distintas maneras, los distintos grupos judíos antisionistas entramos a la escena pública para decir: “el sionismo no es judaísmo, de hecho, el sionismo lucra e instrumentaliza el judaísmo y al holocausto para justificar sus horrores”, para recordarle al mundo entero que criticar las atroces acciones del Estado de Israel no es antisemita, que la comunidad judía mundial es diversa y que la gran mayoría no se siente representada y mucho menos protegida, de hecho todo lo contrario, por un etnoestado genocida. Y que reivindicamos la lucha por la vida en el lugar en el que estamos, no en un Estado de diáspora, como se quiere hacer creer, sino en un estado de “aquiedad”, sobre todo para escuchar a las personas palestinas y acompañar su lucha.
Me dedico al teatro y desde el teatro busco un diálogo permanente con la atrocidad del mundo actual. Me acompaño de las preguntas que nos propuso en un taller Ahmed Tobasi del Teatro de la Libertad en Palestina.
Si tengo una voz, ¿para qué la uso?
¿El teatro sirve para algo?
¿Qué papel juega el arte, el teatro, la cultura en la vida?
¿Qué incomodidades pone sobre la mesa?
¿En qué momento de tu vida entendiste que podías usar el arte o el teatro para intentar hacer un cambio?
¿Cuál crees que sea tu responsabilidad como artista y como persona frente a las atrocidades que ocurren en el mundo?
Y las acompaño de algunas otras mías:
¿Debe el arte en general y el teatro en particular responder a las atrocidades del mundo?
¿Qué debe poner el arte como oposición a un genocidio?
¿El teatro sirve para algo? ¿Es esa la palabra?
Me gusta pensar que el teatro ayuda a una redistribución de lo sensible y que en el teatro podemos ensayar mundos futuros posibles, otros mundos.
El taller de Ahmed Tobasi terminó con una frase que dice así:
“Cuando Palestina sea libre, el Teatro de la Libertad se mudará a otro lugar donde sea necesario. Nosotros no somos sólo artistas, somos luchadores por la libertad”.
Todavía hay mucho camino que recorrer.
En noviembre de 2023, el teatro palestino Ashtar, un teatro en Jerusalén, lanzó una convocatoria para que el mundo entero hiciera lecturas públicas de los Monólogos de Gaza. Cito:
Los Monólogos de Gaza son testimonios escritos por jóvenes convocados por el teatro Ashtar en 2010 después de la primera guerra en la Franja de Gaza. Trágicamente, estos monólogos siguen siendo vigentes hoy en día. Nos hablan de los horrores, las esperanzas, la resiliencia de las y los valientes palestinos en Gaza. Treinta y tres jóvenes de Gaza creyeron en 2010 que podían usar su voz no para gritar de miedo o de frustración, sino para hacerla llegar más allá del zumbido de los drones de guerra y los aviones que los bombardeaban día y noche. Una voz que grita ¡basta, merecemos un mundo mejor que éste, un mundo sin miedo, sin asedio ni ocupación!
Los Monólogos de Gaza los pueden buscar en la página de este teatro y son testimonios que se siguen ampliando al día de hoy.
En la compañía Proyecto Perla, que es una de mis compañías de teatro y en la que trabajamos para niñes y jóvenes, decidimos escuchar ese llamado invitando a niñes y jóvenes de la Ciudad de México a leer lo que sus pares de ese lado del mundo habían escrito y habían vivido. Esa lectura implicó reunirnos con algunas de las niñas que leerían para ofrecerles contexto histórico y así poder hablar sobre lo que estaba ocurriendo en ese momento en Gaza.
Esa reunión encendió una necesidad brutal en dos de esas niñas de entonces 12 años de saber más, de investigar y de conectarse con lo que estaba ocurriendo en Palestina. Tuve un par de reuniones más con ellas en las que seguimos conversando sobre el tema, sobre la historia. Ellas se dedicaron por su parte a estudiar, leer, escribir, dibujar y aprender sobre Palestina. Leímos algunos libros ilustrados sobre la historia de Palestina, escritos por personas palestinas, específicamente pensados para un lector niño.
Decidimos entonces co-crear una pieza teatral juntas. En Proyecto Perla llevamos años trabajando por y para niñas y jóvenes, pero nunca habíamos creado una pieza junto a ellas.
Llevamos a cabo un breve laboratorio de escritura con ellas, en el que, a partir de distintas provocaciones, ellas iban desarrollando tanto materiales textuales como imágenes y acciones escénicas.
A la par de este proceso conocí, en el mercado de chácharas de Portales en la Ciudad de México, a Omar, un joven palestino que vive en México hace algunos años. Pasé largas mañanas en el mercado aprendiendo un poco de árabe mientras que fuimos haciendo largas entrevistas en las que él decidió compartir su propia historia y la de su familia con nosotras.
A partir de ese momento, el trabajo se volvió una construcción de un biodrama documental, estructurado desde la perspectiva y las preguntas de dos niñas. En la obsesión que ellas tenían por comprender y acercarse a lo que sucede en Palestina, y yo junto a ellas, conocer a una persona palestina nos implicó volvernos una fuente infinita de preguntas que Omar, con mucha paciencia, respondió.
Pudimos además entrevistar a su madre, Amira, que vive refugiada en Amán, Jordania, y a su tío Maher, que vive en Kafr Yamal, que es una pequeña ciudad cerca de Tulkarem, al norte de Palestina. Sus historias forman parte de esa pieza.
Maher es agricultor y nos contó de la cosecha del olivo y de cómo la sociedad palestina se organiza a partir de los tiempos de la siembra y la cosecha. La obra además pone en el centro al árbol de olivo que da cuenta de la vida palestina y también de su lucha por la permanencia en ese territorio.
Hicimos un taller de teatro y performance para crear y descubrir herramientas técnicas para que las niñas pudieran habitar el escenario con libertad.
Fuimos escribiendo la pieza que, al contar la historia de su familia y la historia de Omar, nos da cuenta de la historia de Palestina desde 1948 hasta la fecha, pasando por la Nakba, la Naksa y el genocidio actual.
En esta puesta en escena, la historia la cuentan ellas, y entonces ellas importan porque son ellas específicamente quienes cuentan esta historia, es su perspectiva.
Entonces, una de las primeras cuestiones actorales, técnicas, con las que trabajamos fue con la presentación y no con la representación. La presentación de ellas mismas, de la realidad del encuentro entre ellas y Omar y ese personaje-persona del cual hablarían toda la obra, que es Omar.
Sobre la marcha del trabajo ellas descubrieron de manera muy veloz que no querían ser otra en el juego teatral, no les interesaba la representación, cosa que la verdad celebré, pues por el tipo de contenidos yo veía muy difícil la posibilidad de plantear representaciones o un trabajo actoral fincado en la ficción. La presentación como un acercamiento artístico y ético nos permitió que ellas estén siempre presentes en la escena, contando desde sus propias personas.
Nos importa Palestina hablar de Palestina, pero en este caso también nos importa que estamos hablando de Palestina desde el filtro de dos niñas o jóvenes de 12 años que necesitan comprender, en la distancia geográfica, qué sucede en Palestina y desde dónde o cómo eso las implica, lo que les pasa a ellas con este tema, lo que las mueve.
Al principio del proceso de montaje Omar había externado su deseo de estar en escena, pero cuando se enteró de lo que implica hacer una obra de teatro y de las horas y horas de ensayo, la idea entró en crisis. Fuimos descubriendo su estar en esta pieza poco a poco, y al final él se involucró muy profunda e intensamente, pero sin estar como actor en la escena, pero sí estando presente de distintas maneras y desde distintos soportes: audios, videos, fotos, objetos, y siendo el hilo central de la narración.
Además, al hacer la pieza se desarrolló, obviamente, una amistad. Omar compartió con las niñas y con todas nosotras recetas de su familia, nos enseñó a cocinar platillos palestinos, llevó a las niñas al mercado para que conocieran su día a día en el trabajo y, a la fecha, esa relación se sostiene.
Otro asunto actoral interesante para mí en esta puesta en escena fue el dejar que las identidades de las niñas vivieran dentro de la obra sin forzarlas al cambio. El teatro suele empujar a las identidades introvertidas para que no lo sean en el nombre de la proyección, la presencia, la contundencia del cuerpo en el espacio, y para este proyecto fue necesario dejar que sus personalidades e identidades actorales existieran como son, sin empujarlas al cambio, porque en esta pieza las personas y sus personalidades importan. Me pareció significativo salir de ese lugar homogeneizante del teatro que busca igualar los cuerpos y sus energías en vez de nutrirse de las hermosas diferencias. Fue muy valioso en este proceso de trabajo descubrir cómo las niñeces se relacionan con el documento y con el testimonio para generar una pieza de teatro que nos habla de la atroz realidad.
De esta experiencia, más allá de la obra en sí misma, de contarles que todas las ganancias —palabra absurda cuando hablamos de teatro— se destinaron por decisión de las propias niñas a las familias que han venido refugiadas de Gaza a México, me interesa rescatar una idea que vinculo con algo que se ha tocado en varias de las mesas de este semillero: Cómo cambiamos las narrativas, desde dónde seguimos narrándonos ahora que frente al horror se nos paraliza el lenguaje.
Y una de mis apuestas tiene que ver con el trabajo con las niñeces, con comprender que seguimos accionando y pensando el mundo desde una perspectiva adultista y adultocentrista.
Y acá me permito hacer un pequeño paréntesis sociológico de la mano de varias personas que piensan y repiensan nuestra relación y mirada con y hacia la niñez.
Cuando hablamos de adultocentrismo, no sólo nos referimos a una relación social basada en la centralidad de lo adulto; en parte es eso, pero también es mucho más que eso. Se trata de asumir el carácter conflictivo de las relaciones entre las generaciones en tanto vínculo asimétrico que contiene y reproduce autoritarismo y desigualdad. Nombrar esta relación desigual de poder como adultocentrismo y dar cuenta de los vínculos conflictivos inter e intrageneracionales que genera, es un hecho político y ético más o menos reciente y muy necesario.
El concepto adultocentrismo significa relaciones de dominio entre clases de edad que se han venido gestando a través de la historia, con raíces, mutaciones y actualizaciones económicas, culturales y políticas, y que se han instalado en los imaginarios sociales, incidiendo en su reproducción material y simbólica.
Esas tensiones y conflictos han sido resueltos desde el mundo adulto hegemónico por medio del empleo de fuerza física, cuerpos legales, normativas, políticas públicas, dispositivos educativos domesticadores y discursos autorreferidos como científicos, en un proceso acumulativo de mecanismos que profundizan, acentúan y garantizan las condiciones de desigualdad y dominación. Y acá cito a Iskra Pávez Soto, una socióloga chilena, que nos dice:
Al igual que ocurre con el género, la clase social o la pertenencia étnica, la edad es una categoría social en nuestra sociedad que implica una determinada categorización etaria, con derechos y deberes que van más allá de las leyes vigentes, porque forman parte de las representaciones sociales de la edad y la generación.
Es decir, las representaciones sociales sobre las características de “lo adulto” y “lo niño” se imponen socialmente como normativas que co-construyen las trayectorias de los individuos. En este sentido, del mismo modo que los estudios feministas ofrecen una reflexión sobre los estereotipos de género, al deconstruir las exigencias y los mandatos que recaen normativamente sobre las mujeres y los hombres por su condición de género, debemos estudiar para analizar los estereotipos generacionales atribuidos normativa y arbitrariamente a las personas en función de su edad.
El adultocentrismo expresa la cristalización de esos preconceptos que construyen modos de ser y estar de las personas según la edad y que se entrelazan con las otras categorías como clase, género y etnia. Y aquí diría que el adultismo pone a les niñes y a les jóvenes en un lugar de tránsito mientras crecen para llegar por fin a ese estado deseado, aparentemente ideal, que es ser adulto. Se trata entonces de una estructura sociopolítica y económica donde el control lo toman y lo ejercen los adultos, mientras que la niñez y la juventud son sometidas a un lugar subordinado y de opresión.
Quizás, si estamos soñando y luchando por otros mundos posibles, hay posibilidades que no alcanzamos a imaginar, pero las niñeces sí, y sólo tenemos que escuchar.
Dejo entonces, para terminar, un reguero de preguntas. No me regañes, Capitán, no vine a responderlas, nomás vine a sembrarlas.
¿Cómo podemos intentar desplazar nuestra mirada adultocéntrica?
¿Podemos disponer y habilitar espacios para la escucha y la toma de decisiones de las niñeces en relación a su entorno?
¿Cómo podemos dejar de monopolizar las acciones y pensamientos “por el bien de las niñeces”?
¿Cómo imaginamos a una niña como actuante social? ¿Qué cosas haría? ¿A qué espacios accedería? ¿Dónde tendría voz y voto?
¿Cómo desarmamos la verticalidad de la relación adulto-niña?
Postular el protagonismo de la niñez no significa, desde esta perspectiva, que les niñes se comporten como adultos; que se subjetiven como niñes, que piensen como niñes, que proyecten como niñes, que se organicen como niñes, que asuman responsabilidades como niñes, que se enojen como niñes y que estos aspectos vinculados a su ser y hacer en el mundo sean considerados como propios de personas humanas, no como aquello que viene de quien todavía no conoce la verdadera vida.
En ese sentido, la expresión propia, la opinión tomada en cuenta, la libre asociación, la participación protagónica, la actoría social, son los principales elementos que nos encaminan hacia nuevas formas de ser niñe en la vida humana. En otras palabras, significa considerar a les niñes y adolescentes —jóvenes, mejor— como sujetos sociales y políticos con capacidad para decidir, optar, cuestionar, soñar en tanto personas al igual que los adultos, pero de diferente modo, y que estas acciones afecten a la sociedad en su conjunto.
El ejercicio del protagonismo de las nuevas generaciones no podría volverse realidad sin adultos que lo promuevan y estén dispuestos a ceder espacios de poder, porque, como ya se viene señalando, lejos está esa perspectiva de bregar por una niñocracia. No se trata de que les niñes comiencen a decidir como los adultos, sino con los adultos. Es por eso que valoramos la noción de coprotagonismo.
Y cierro ahora sí con esta idea.
Ahora está muy de moda decir “infancias”, quizás porque sentimos que nos ahorra ese problemita del género en la lengua: niño, niña, niñe, y sentimos que además ya con la S final abarcamos la diversidad. Pero la palabra infancia proviene del latín infantia, que se deriva de infants, y a su vez este término se compone del prefijo in, negación, y del verbo fari: hablar. Literalmente infancia significa el que no habla o el que es incapaz de hablar.
El adultismo entonces es una forma de discriminación por edad que practicamos todos. Está muy normalizada y muy invisibilizada. No propongo necesariamente, aunque sí, dejar de usar la palabra infancia, que sin duda refleja nuestra relación adultista con las niñas y jóvenes. Propongo entonces pensar cómo cambiamos nuestra relación y nuestra mirada.
Miles de niñes han sido asesinadas en Gaza. Miles heridas y miles amputadas. Miles sin educación ni alimentación ni servicios de salud. Según el Ministerio de Salud en Palestina, Israel asesina a un niño y hiere a dos cada diez minutos.
Hoy y siempre, desde el río hasta el mar, viva Palestina libre.


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