Los nuevos rostros de la explotación en la guerra del capital contra la clase trabajadora
Por Mateo Crossa Niell
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
22 de julio de 2026
Buenas tardes a todos, a todas. Antes que nada quiero obviamente agradecer a los compas zapatistas por permitirme estar en este espacio. Es sin duda un privilegio poder compartir en este auditorio algunas de mis ideas, en especial con las compañeras, con los compañeros, compañeros zapatistas.
Esta presentación tiene el objetivo de exponer algunas ideas que sirvan para mostrar cómo opera hoy la hidra en la rueda de la explotación. Para ello voy a dividir mi palabra en dos partes. La primera analizará la transformación del mundo del capital, es decir, de los capitalistas, qué está pasando en el mundo de arriba de los capitalistas. Y la segunda tratará de analizar cómo estos cambios están generando nuevos e inéditos mecanismos de explotación.
Vale decir que lo que aquí expongo es fruto de la reflexión y el intercambio colectivo con colegas y compañeros, con el diálogo cotidiano con mi compañera Ana, cuyas huellas sin duda atraviesan este trabajo y estas palabras y esta presentación.
Parte 1. La concentración desbocada del capital financiero y su mancuerna con el capital tecnológico.
En los pocos años que han pasado después de la pandemia del COVID-19, resulta verdaderamente vertiginosa la velocidad con la que la riqueza y el poder económico se han concentrado en cada vez menos manos. La acumulación de capital que antes requería décadas para consolidarse, hoy ocurre en cuestión de años, de meses, de semanas.
La riqueza acumulada por un puñado de los más grandes multimillonarios del mundo alcanzó un máximo histórico de 18.3 billones de dólares al cierre del 2025, una suma que equivale a más de 10 veces el Producto Interno Bruto de México o tres veces el Producto Interno Bruto de América Latina y el Caribe en su conjunto.
Tan sólo en el 2025 la riqueza de estos multimillonarios, ahora billonarios, trillonarios como se diría en inglés, aumentó a un ritmo tres veces superior al crecimiento promedio anual de la riqueza que acumularon estos mismos capitales entre 2020 y 2024.
Es decir, sólo en 2025 aumentaron su riqueza en tres billones de dólares, una cifra equivalente a casi dos veces el Producto Interno Bruto de este país. La velocidad de esta concentración entonces se produce a un ritmo históricamente inédito.
Y es cierto que algunos nombres sobresalen en esta lista. Hay figuras como Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, que aparecen como los rostros más visibles de la acumulación desbocada. Sin embargo, centrar el análisis únicamente en las fortunas individuales de estas personas no nos permite comprender cabalmente la estructura de poder económico del capitalismo hoy. Lo fundamental es vislumbrar que esta riqueza súper concentrada de un puñado de personas se inserta en una telaraña de relaciones de dominación, en cuyo centro neurálgico está el capital financiero.
¿Y qué es el capital financiero hoy? Bueno, a principios del siglo XX, el capital financiero se definía por la fusión del capital bancario y el capital industrial. En aquellos años los grandes bancos comerciales dejaban de ser simples intermediarios y pasaban a controlar directamente empresas productivas mediante créditos o presencia en los consejos administradores empresariales.
Pero hoy el capital financiero, particularmente después de la gran depresión del 2008, ya no es lo mismo.
Ya no son los grandes bancos comerciales tradicionales, son los gigantescos gestores de activos, o sea, corporaciones que administran el ahorro de millones de personas, instituciones y empresas mismas, y lo invierten en mercados financieros, especialmente en la compra de acciones, en infraestructura, o en lo que se conoce como mercados del futuro, donde se fijan precios de mercancías para fechas futuras.
Entre los nombres más destacados de estas grandes corporaciones financieras están BlackRock, Vanguard o State Street. Esos tres, entre otros poquitos más.
Este es el capital financiero que opera, digo yo, como eje articulador de la economía mundial, como un nodo de conducción y coordinación del capital global, cuyos niveles de concentración no tienen precedentes en la historia del capitalismo.
Este reducido grupo de administradores financieros pasó a tener influencia decisiva sobre miles de corporaciones transnacionales de prácticamente todos los sectores económicos. Incluso los grandes bancos quedaron crecientemente subsumidos a las estrategias y decisiones de estos nuevos centros de poder financiero.
Este capital financiero es lo que el difunto Subcomandante Galeano llamó en 2015: “el más feroz, inhumano y cruel que el mundo en toda su historia ha conocido”.
En aquel año nos decía:
La organización del mundo financiero escapa a la imaginación más retorcida. Sí, el capital financiero tumba o asciende gobiernos, aparece o desaparece países. Lo mismo está detrás de un desalojo habitacional que de una invasión de maquinaria constructora.
A 11 años de haberse dicho estas palabras, a 11 años de haberse dicho estas palabras son impecables para demostrar la realidad, especialmente la de un genocidio de un pueblo, el palestino, cuyo negocio para la industria militar, o sea para el capital financiero, es insaciable.
Reveladora es la velocidad de expansión reciente de estos gigantes financieros. Entre 2020 y la actualidad, los activos, o sea, los recursos en físico o dinero bajo la gestión sólo de BlackRock y de Vanguard, sólo de estas dos, pasaron de aproximadamente 14 billones de dólares a más de 27 billones actualmente, en 2026.
Esta última cifra equivale a alrededor de 14 veces el Producto Interno Bruto de México y cuatro veces el Producto Bruto de toda América Latina, sólo estas dos gestoras financieras.
Estos megagigantes financieros se han convertido en nodos centrales del capitalismo contemporáneo, con participaciones accionarias en miles de empresas estratégicas de los sectores tecnológico, automotriz, energético, farmacéutico, agroalimentario, minero, militar, entre otras.
Por ejemplo, la industria petrolera y gasífera resulta particularmente ilustrativa para comprender esta transformación, a propósito de las presentaciones de ayer.
A principios del siglo XX, la familia Rockefeller aparecía como el símbolo más visible del control corporativo sobre el petróleo a través de la empresa Standard Oil. En la actualidad, sin embargo, el centro de gravedad del poder ha cambiado de manera sustancial en este sector. Ya no son las grandes dinastías petroleras las que ocupan el lugar predominante, sino los gigantes del capital financiero. Las tres corporaciones financieras, BlackRock, Vanguard y State Street, que de ahora en adelante les llamaré la tríada satánica, no porque crean en Satanás, sino porque retomo la idea del economista Polanyi, quien en los años 40 del siglo XX definió al capitalismo como un molino satánico.
Estas tres figuran simultáneamente entre las principales accionistas de ExxonMobil, Chevron, Shell y BP, que ya no se llama British Petroleum, se llama BP.
Por eso no debe sorprendernos la estrecha relación de amistad de las dos presidencias de la Cuarta Transformación con ni más ni menos que Larry Fink, director de BlackRock, en un contexto en el que México se ha convertido en el principal importador de gas natural proveniente del fracking estadounidense, como ya se mencionó ayer.
O peor aún, como se mencionó ayer, justo ahora que la política energética presentada por la presidenta como soberana comienza a incorporar la expansión de proyectos de extracción mediante fractura hidráulica, cuyo tutelaje financiero está dictado por estos grandes financieros.
De hecho, compañeros y compañeras, BlackRock es la principal empresa accionista dueña de una empresa que se llama Macquarie Group Limited, la empresa que hoy es dueña del gasoducto Morelos, contra el que luchó y por el que fue asesinado nuestro compañero Samir Flores.
Pero la industria energética es sólo un pequeño ejemplo para mostrar la nueva arquitectura de dominación del capital financiero.
Estas tres corporaciones de la tríada satánica son también los principales accionistas de las grandes corporaciones militares, como Lockheed Martin o la empresa aeroespacial Boeing, entre otras, que miran como un campo cargado de jugosas ganancias a la guerra, al genocidio del pueblo palestino, a la mal llamada guerra contra el narcotráfico y conversión de México en una enorme fosa clandestina.
Y dicho sea de paso, vale la pena mencionar que estas empresas de equipo militar y armas tienen varias plantas maquiladoras en México, particularmente en la frontera norte y en Querétaro.
Y la lista sigue. La industria automotriz, que antes representaba la joya del capitalismo modernizante y que hoy es defendida capa y espada con orgullo por Marcelo Ebrard en las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio, ha pasado a ser parte de esta estructura de tutelaje de esta tríada satánica financiera.
Y así podemos seguir: las grandes mineras que supuestamente son canadienses operan enteramente bajo la estructura de esta dominación financiera.
Y por qué no hablar de la producción global de semillas y agroquímicos, cuyos principales accionistas son la misma tríada satánica financiera. Y aquí vale la pena otra vez también mencionar que estos capitales dueños de semillas y agroquímicos se verán enormemente beneficiados con la importación del maíz blanco transgénico estadounidense al mercado mexicano, que tuvo total beneplácito por parte de la Cuarta Transformación.
De hecho, si escarbamos un poco más, encontraremos que estos súper concentrados capitales financieros son la mano invisible que administra una parte importante de las pensiones de los trabajadores del mundo, incluyendo las Afores de los trabajadores de México. Si el gobierno de Sheinbaum no ha mostrado ni un ápice de interés en abrir las puertas a la verdadera negociación con el magisterio disidente, no sólo es porque su política responde al poder económico visible de las empresas dueñas de las Afores, sino porque detrás de estas jineteadoras de pensiones también está la mano que mece la cuna de las grandes gestoras financieras. Por ejemplo, los dueños legales de la Afore más grande de México, que se llama Afore 21 Banorte, son Banorte y el Seguro Social, pero es otra vez BlackRock la principal gestora de los recursos de esa Afore. Esto significa que una parte importante de los ahorros pensionarios de los trabajadores mexicanos está hoy bajo la administración de uno de los mayores gigantes financieros del mundo, integrándose a las redes globales de inversión y acumulación de capital.
Y además de la industria petrolera, automotriz, militar, minera, bancos, estas corporaciones financieras también son una parte fundamental del crecimiento de las grandes corporaciones de la tecnología.
La creciente alianza consolidada, especialmente tras la pandemia, entre el capital financiero y las grandes corporaciones tecnológicas es quizás uno de los elementos más novedosos de la transformación del dominio del capitalismo hoy, pues la convergencia entre las corporaciones financieras y las tecnológicas ocurre en medio de una profunda reestructuración tecnológica que algunos incluso han llamado una nueva revolución industrial, impulsada por la expansión de la inteligencia artificial, los algoritmos y el control masivo de datos, infraestructura y flujos globales de información.
Los capitales financieros, la tríada satánica, son otra vez los principales accionistas de Microsoft, Apple, Nvidia, Alphabet, Amazon, Meta. Empresas, estas seis, que en su conjunto valen 15 billones de dólares; es decir, sólo estas seis empresas valen nueve veces el Producto Interno Bruto de México.
Mientras el control de una infraestructura planetaria de plataformas, centros de datos, redes digitales y sistemas algorítmicos, este reducido grupo de corporaciones del sector tecnológico concentra una capacidad sin precedentes para capturar, almacenar, procesar y movilizar datos, o sea, información digital, convirtiéndola en un componente estratégico de la nueva arquitectura de acumulación de capital.
Y me detengo aquí porque además de ser el sector que registra mayor capitalización, o sea, que vale más en términos del mercado monetario, son estas las corporaciones que están tutelando algunas de las transformaciones más agresivas que el capitalismo ha visto en su historia, particularmente en la esfera de la explotación, de la que hablaré en un momento.
Entonces probablemente estemos, sí, en un contexto que se pueda caracterizar como una revolución industrial por el papel protagónico de los algoritmos y la inteligencia artificial. Pero hay que tener claro que esta revolución industrial no sólo está siendo comandada por un reducido núcleo de grandes corporaciones tecnológicas estrechamente articuladas con los supercapitales financieros.
Más importante quizás es tener claro que, a diferencia de las revoluciones industriales del pasado, impulsadas por la máquina de vapor, el automóvil de combustión interna, que se desarrollaron durante la fase expansiva del capitalismo, la actual revolución industrial tecnológica ocurre en la etapa más destructiva del capitalismo por la crisis estructural y decadencia en la que se encuentra el sistema.
Lejos de representar un nuevo horizonte de progreso, aunque éste ocultara su cara de barbarie, como habría ocurrido a finales del siglo XIX con las otras revoluciones industriales, esta transformación está al servicio de un capitalismo cuya vena depredadora y destructiva está desbocada. Más que liberar las capacidades humanas, la inteligencia artificial y la digitalización están siendo utilizadas para intensificar el despojo, la explotación y reforzar el poder de los monopolios tecnológicos y financieros, acelerando la devastación social y ecológica del planeta.
Pero hoy asistimos a una nueva fase en la dinámica expansiva del capital, inédita en su forma, inimaginable hace pocos años.
Paradójicamente, después de cuatro décadas de mundialización del capital, deslocalización internacional productiva y de la proclamación ideológica de la globalización como horizonte insuperable, la reproducción ampliada del capital se resignifica a través de la recuperación de lo que los compañeros zapatistas han llamado “el holograma del Estado-nación”.
Desde el 2018, el difunto Subcomandante Galeano, que a su vez era el difunto Subcomandante Marcos, y quien ahora está sentado a mi lado, ya advertía de esta tendencia. Nos decía: parece que el sistema está ensayando un repliegue hacia adentro, como una antiglobalización, para poder defenderse de sí mismo, y está usando a la derecha política como garante de este repliegue.
Esta aparente contradicción del sistema es como un resorte que se retrae para luego expandirse. En realidad, el sistema se está preparando para una guerra, nos lo dijo en el 2018: “otra guerra, una guerra total, en todas partes, todo el tiempo y con todos los medios”.
En esta guerra total, el Estado-nación, totalmente hueco y vaciado en su posibilidad de ejercer soberanía, se reedita ahora como una figura ideologizada desde el pensamiento conservador o progresista, para responder a la necesidad que tiene el gran capital para controlar territorios y mercados en la disputa corporativa por el reparto del mundo.
Pero el retorno al nacionalismo o al patrioterismo no significa ni de cerca la reinstalación de un Estado de bienestar, ni un modelo de industrialización compacto-social, sino el reordenamiento coercitivo de las condiciones de competencia global en función de fracciones dominantes del capital, o sea, del capital financiero y tecnológico.
Los himnos nacionales, las banderas, el “volver a ser grande América” o el “Make America Great Again”, o la exaltación una y otra vez de la soberanía de la bandera verde y blanca y roja, a pesar de lo mal que nos fue nuevamente en el mundial y a pesar de que hayan cambiado a Quiñones en el minuto 81 contra Inglaterra, cuando era claro que se tenía que jugar a hacer juego terrestre y no aéreo… En fin, todas estas figuras patrioteras marcadas por un nacionalismo conservador dejan de operar como referente de una comunidad política para convertirse en consignas vacías, en hologramas ideológicos destinados a ocultar los intereses materiales del gran capital. Reaparecen revestidos de un discurso supremacista, colonial, racista, patriarcal.
Bajo el llamado a defender la patria se naturaliza la guerra, se legitima la ocupación de los territorios, se normaliza el genocidio en Palestina, se oculta el dolor de las madres buscadoras, se justifica la persecución y el asesinato de personas migrantes y se presenta la devastación causada por las bombas como una necesidad histórica, sea del bando que sea.
El patriotismo, lejos de expresar la autodeterminación de los pueblos, se convierte así en un poderoso dispositivo ideológico para disciplinar a las clases trabajadoras, alinearlas con las necesidades de valorización y expansión del capital.
Parte 2. La guerra redoblada contra el trabajo.
Hasta este punto he insistido en la tendencia creciente hacia la concentración del capital basada en la articulación dominante del capital financiero y tecnológico.
Lo central ahora es precisar que esta concentración no es abstracta, no es ganancia virtual, no es ganancia que se produce en las nubes, sino una forma concreta de acumulación de riqueza socialmente producida.
Esta riqueza de la que se apropian los grandes capitales no surge de la nada, es riqueza que se apropia el capital al convertir violentamente la naturaleza en mercancía y al apropiarse del trabajo humano. Con esto quiero decir que la aceleración desbocada de la acumulación capitalista mantiene una relación directamente proporcional con la intensificación y aceleración de las ruedas del capitalismo, del despojo y la explotación.
No hay manera de comprender la concentración creciente de riqueza en cada vez menos manos si no se entiende como resultado de la expansión de mecanismos cada vez más agresivos de apropiación del trabajo humano y de la mercantilización de la naturaleza.
Entonces, lo que me interesa ahora es prestar atención a las enormes transformaciones que están ocurriendo en la rueda de la explotación, es decir, en la guerra del capital contra la clase trabajadora.
Y hago esto porque considero que la esfera de la explotación está experimentando mutaciones de gran envergadura que hace pocos años resultaban difícilmente imaginables, y desde mi punto de vista es necesario analizarlas para comprender el funcionamiento del capitalismo y para entender quiénes son la clase trabajadora o las clases trabajadoras.
Lo primero que vale la pena señalar es que los nuevos mecanismos de explotación ocurren en un contexto, como ya dije, de profundas transformaciones tecnológicas cuyo desarrollo comenzó a acelerarse desde las décadas de los noventas con la expansión masiva de las computadoras personales, la digitalización de los procesos productivos y la consolidación de tecnologías de la información y comunicación. En la actualidad esta transformación adquiere una nueva dimensión con la incorporación de sistemas automatizados de procesamiento de datos basados en la inteligencia artificial.
La magnitud de estos cambios tecnológicos ha alimentado nuevamente discursos que anuncian la llegada de una revolución capaz de prescindir del trabajo humano en el capitalismo. Es decir, lo que dicen estas miradas es que las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial van a sustituir al trabajo del ser humano.
Estas interpretaciones parten de la idea equivocada de que los algoritmos y la inteligencia artificial sirven para sustituir al ser humano, cuando en realidad las máquinas de procesamiento de datos y algoritmos, cuando están controladas por manos privadas, responden a la lógica de acumulación. Sirven más bien para profundizar la explotación, para agredir con mayor violencia al trabajo, de manera que la retórica de la sustitución del ser humano por el algoritmo sirve, en todo caso, para ocultar y dejar de ver la enorme ampliación de la población que vende su fuerza de trabajo para sobrevivir, así como los nuevos mecanismos de explotación que se han puesto en marcha a partir del uso de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.
En primer lugar, lejos de desaparecer la clase trabajadora, la clase que vive de la venta de su fuerza de trabajo se ha ampliado en el sector industrial.
Es cierto que una parte importante del proletariado industrial fue desmantelado en los antiguos centros manufactureros de Estados Unidos y Europa, en Detroit, por ejemplo, pero ello no significó el fin del trabajo industrial. La clase trabajadora industrial se reconvirtió y apareció como una fuerza de trabajo superexplotada en las maquilas de México, Centroamérica, África y el sur y sureste asiático.
De manera que hoy, mientras nosotros estamos sentados aquí, mientras otros hablan de que está desapareciendo el trabajo humano, tan sólo en México hay una población de más de tres millones de obreras y obreros que están en las fábricas ahora mismo: fábricas maquiladoras de autopartes, de electrónica, de computadoras, de partes de equipo militar, etcétera, produciendo mercancías y generando enormes riquezas con su trabajo para exportar a Estados Unidos en el marco del Tratado de Libre Comercio, del T-MEC, que ahora defiende la Cuarta Transformación con tanta enjundia.
Hoy la vida de las trabajadoras, de los trabajadores de la maquila, no sólo está absorbida por las fábricas, sino también amenazada por la violencia del crimen organizado al salir de sus centros de trabajo. No es casualidad que en las zonas industriales más dinámicas de México, en Guanajuato, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey, Matamoros, Jalisco, donde operan las grandes corporaciones industriales del mundo, sean también los epicentros del despliegue más voraz del crimen.
Como ya se ha dicho aquí, el crimen organizado es el mecanismo de disciplinamiento cuyo objetivo es destruir el sentido de comunidad con la muerte y la desaparición. Así, junto con la gerencia despótica del trabajo, junto con los charros sindicales, hoy es también el crimen organizado el mayor garante de la paz laboral que tanto celebra el capital y tanto celebra la Cuarta Transformación en México.
Pero la clase trabajadora no sólo se amplía globalmente en el sector industrial.
La esfera que ha pasado por las transformaciones más profundas recientes es el sector servicios, ahí donde ha nacido recientemente lo que algunos llaman el proletariado de servicios. Proletariado de servicios porque es justamente en el sector servicios, ahí donde está ubicada más de la mitad de la población trabajadora del mundo, donde el capital ha implementado mecanismos radicales para profundizar los niveles de robo de trabajo humano.
Este proletariado de servicios, que el sociólogo brasileño Ricardo Antunes llamó infoproletarios, abarca desde trabajadores de centros de atención telefónica, supermercados, hotelería, trabajadores de la industria del software, centros de distribución y trabajo logístico, por ejemplo, en las bodegas de Amazon, cadenas de suministro rápido, trabajo de reparto de plataformas digitales, entre muchas otras. A esta lista se agrega recientemente el trabajo destinado a entrenar sistemas de inteligencia artificial, lo que se llaman etiquetadores.
Lejos de tratarse de empleos marginales o residuales, estos empleos que en algún momento, no hace mucho, se llamaron empleos atípicos, ahora son los empleos más típicos, mientras que los trabajos con derechos garantizados y contratos permanentes son ahora los trabajos atípicos.
El trabajo hoy se caracteriza por ritmos intensificados, vigilancia permanente y una flexibilidad externa de los salarios, jornadas de trabajo que desdibuja incluso los mínimos estándares que hace apenas dos décadas habrían sido considerados inaceptables o directamente ilegales.
Los avances en las tecnologías de la información y la inteligencia artificial han permitido extender la vigilancia y el control del capital sobre la vida entera de los trabajadores. A través de las plataformas digitales y algoritmos que asignan tareas, monitorean el desempeño y determinan los ingresos, la gerencia empresarial puede regular cada segundo del ritmo de trabajo al margen de la reglamentación laboral.
La consecuencia es una creciente y rápida desaparición de la frontera entre el tiempo de trabajo y el tiempo de descanso; cada vez dejan de ser distinguibles una de la otra.
Las condiciones de contratación que caracterizaron a la llamada época de oro del capitalismo, donde las relaciones laborales estaban atravesadas por el protagonismo de sindicatos, empleos permanentes, seguridad social, estabilidad, se encuentran hoy en una fase de deterioro o corrosión acelerada, mientras que observamos al mismo tiempo el nacimiento de nuevas e inusitadas formas de trabajo articuladas, muchas de ellas, por la gerencia de plataformas digitales y aplicaciones controladas por grandes corporaciones de la tecnología.
En la llamada era de la digitalización se ha instalado un régimen que se caracteriza por la desaparición de los contratos. Ya no hay contratos fijos, ni siquiera hay contratos temporales; lo que hoy predomina es la incertidumbre, el trabajo intermitente y lo que se conoce como contratos por hora cero.
Los contratos por hora cero son las modalidades de empleo en las que el capitalista no garantiza un número mínimo de horas de trabajo y, sin embargo, el trabajador debe estar disponible cuando se le requiera. Bajo este régimen flexible de contratos por hora cero, los trabajadores no tienen garantizado ni empleo efectivo ni ingreso regular, pero deben permanecer disponibles en todo momento para cuando la empresa decida utilizar su fuerza de trabajo.
Esta es la condición cotidiana de millones de repartidores y conductores de plataformas digitales: mientras trabajan generan ganancia; mientras esperan desaparecen estadísticamente como trabajadores, aun cuando continúan siendo sujetos a la exigencia del proceso laboral. De este modo las empresas trasladan a los trabajadores los riesgos del negocio empresarial, obligándolos a absorber los periodos sin venta ni actividad productiva.
Los regímenes de contratación por hora cero que fragmentan y parcelan la jornada laboral han erosionado profundamente los derechos laborales a escala mundial. Bajo este esquema, el trabajador debe permanecer disponible y atento a su dispositivo móvil, esperando a que llegue un pedido o una tarea. Sin embargo, este tiempo de disponibilidad y espera no es reconocido legalmente como tiempo de trabajo. El trabajo sólo comienza a existir jurídicamente cuando se acepta una orden y se inicia la prestación de servicio efectivo. Se trata de un trabajo intermitente que existe al margen de la ley, porque la ley laboral opera fundamentalmente para trabajadores formales que ahora son los menos y para quienes sí tienen contrato, pero no para los trabajadores de plataformas transnacionales que no tienen contrato y laboran plenamente bajo la informalidad laboral.
Las plataformas digitales representan una de las formas más avanzadas de flexibilización y desprotección laboral contemporánea. Los trabajadores de plataformas laboran en una zona gris jurídica que les permite a las grandes corporaciones evadir las obligaciones asociadas a una relación laboral formal.
En este México de la Cuarta Transformación, de cuarta, se aprobó recientemente una reforma para trabajadores de plataformas donde lo que realmente se logró fue legalizar esta flagrante violación que significa este esquema de trabajo intermitente y de contratos por hora cero. Bajo este esquema únicamente se reconoce como tiempo de trabajo, bajo esta nueva reforma, aquel que transcurre entre la aceptación de un servicio y su conclusión efectiva. Todo el tiempo previo de conexión, disponibilidad, espera y búsqueda de tareas queda excluido del cómputo laboral, a pesar de constituir una condición indispensable para la prestación del servicio. De esta manera, el capital consigue disponer de una fuerza de trabajo permanentemente aprovechable sin asumir los costos asociados a su reproducción.
Esto significa que la jornada de trabajo se amplía exponencialmente, aunque la ley y las cifras oficiales sólo reconozcan parte de la misma. El trabajador permanece subordinado a los algoritmos de asignación, evaluación y control de la plataforma digital, pero gran parte de este tiempo de subordinación no existe, no se contabiliza.
Se configura así una nueva modalidad de esclavitud o servidumbre digital, en la que la frontera entre el tiempo de trabajo, como dije, y el del descanso se diluye por completo, permitiendo al capital apropiarse de crecientes porciones de la existencia de los trabajadores, sin reconocerlas como trabajo efectivo.
Lo más revelador de este proceso es que el enorme ejército de millones de personas que sobreviven en la informalidad laboral, resultado de décadas de despojo, privatización y expulsión social, que han ensanchado de manera descomunal las periferias de las grandes metrópolis, especialmente en América Latina, se ha convertido en la principal reserva de mano de obra para las grandes corporaciones de plataformas digitales.
Gobiernos van y vienen, de derecha a izquierda, progresistas, conservadores, de ultra-ultra derecha, neofascistas o como cada quien le quieran llamar según su encanto, y las corporaciones de tecnología se expanden por medios digitales, precisamente sobre esta masa de trabajadores excluidos de la protección laboral, no para incorporarlos a la formalidad, a la seguridad laboral, sino para perpetuar su lugar en la informalidad, sin prestaciones ni seguridad, y explotar la condición de vulnerabilidad en la que viven.
Al transformarse en las principales instancias de contratación y control laboral, las plataformas permitieron al capital ejecutar una contrarreforma laboral global de facto, sin necesidad de derogar las legislaciones nacionales ni los convenios internacionales de protección al trabajo. Consiguieron destruir en la práctica muchas de las conquistas históricas obtenidas por las clases trabajadoras.
Bajo el discurso de la innovación y el emprendedorismo se reinstalaron formas de empleo caracterizadas por la inseguridad, disponibilidad permanente y transferencia sistemática de riesgos hacia los trabajadores, configurando una de las mayores regresiones laborales en la historia del capitalismo.
El resultado se ve en el surgimiento de una población trabajadora orillada de formas extremas a la explotación, sin seguridad, prestaciones, salarios garantizados, sin jornadas definidas, sin metas de trabajo establecidas, sin estabilidad alguna.
Repartidores, conductores, trabajadores de call centers, trabajadoras del cuidado, trabajadores del turismo y un número creciente de ocupaciones se rigen bajo el mando de las plataformas, alimentando por este medio la superacumulación de grandes corporaciones tecnológicas.
Y desde este territorio del no registro, del no reconocimiento, de la no existencia, desde esa zona de invisibilidad absoluta donde el trabajador desaparece como sujeto laboral, se despliegan jornadas que pueden alcanzar 18 horas diarias o más.
Y aquí hay que decir que la ausencia de reconocimiento jurídico y estadístico no es una falla del sistema, sino una condición que permite su funcionamiento.
Ahí proliferan formas extremas de explotación que incorporan a niños, niñas, adolescentes, personas mayores, personas con discapacidad, personas con trastornos crónicos de salud física y mental, migrantes, trabajadores expulsados de los mercados laborales convencionales y amplios sectores empobrecidos que se ven obligados a aceptar cualquier oportunidad de ingreso para garantizar un nivel de infrasubsistencia.
Es decir, el empleo por medio de plataformas no elimina la marginalidad, la reorganiza bajo una nueva arquitectura tecnológica, donde millones de trabajadores existen productivamente para el capital, pero permanecen invisibles como sujetos de derecho. Por eso decir que la inteligencia artificial sustituye al trabajador sólo contribuye a esconder las condiciones nuevas de extrema explotación.
Como parte de este ejército de invisibles, de trabajadores impalpables para las estadísticas, se suman los trabajadores que elaboran haciendo lo que se conoce como el home office o trabajo en casa.
Esta es una de las formas más acabadas de fragmentación y atomización de la clase trabajadora. Millones de personas laboran desde sus casas, desde sus cuartos, desde sus baños si es necesario, aislados frente a un dispositivo, a una pantalla, atendiendo cientos de llamadas por día, procesando datos o cumpliendo ritmos impuestos por los patrones a través de plataformas y algoritmos. Son trabajadores contratados por empresas, que a su vez son subcontratadas por otras empresas, que a su vez son subcontratadas, y así una cadena interminable de terciarización, donde el que manda termina siendo las grandes corporaciones tecnológicas.
Si hoy Charles Chaplin filmara Tiempos modernos, ya no encontraría al obrero atrapado frente a una máquina fabril; lo mostraría sobre una motocicleta repartiendo mercancías o encerrado durante 15 horas frente a una computadora o conectado a un call center respondiendo llamadas infinitas. Probablemente sería un migrante expulsado trabajando desde México para atender clientes en Estados Unidos, sometido a ritmos, métricas, objetivos de producción definidos por plataformas digitales en las pantallas.
La fábrica de Chaplin no desapareció, se convirtió en una fábrica de servicios dispersa en millones de hogares, habitaciones y dispositivos conectados. Esa es la nueva hechura de la clase trabajadora hoy.
Algo de esto lo muestra así el director inglés Ken Loach en sus magníficas películas.
Y como si esta nueva arquitectura de explotación no fuera suficiente, vale mencionar que la propia inteligencia artificial está ampliando un proletariado global que está totalmente oculto detrás de las actividades de lo que se conoce como el etiquetado o anotación de datos. Detrás del mito de máquinas de procesamiento de datos autónomas y capaces de aprender por sí mismas, existe en realidad un gigantesco ejército de humanos encargados de clasificar imágenes, textos, sonidos y millones de fragmentos de información, lo que también se conoce como microtrabajos, que hacen posible el funcionamiento de los sistemas de inteligencia artificial. La inteligencia artificial de las máquinas descansa sobre un trabajo humano totalmente invisibilizado.
Si algunas estimaciones muy conservadoras indican que hay alrededor de 450 millones de personas en el mundo que son explotadas por redes globales de subcontratación para entrenar a la inteligencia artificial de los gigantes tecnológicos, trabajando por salarios de 1 o 2 dólares por hora. Millones de trabajadores en todo el mundo realizan estas tareas desde sus propios hogares, con sus propias computadoras, pagando su electricidad, su conexión a internet y hasta el espacio físico donde laboran.
El capital tecnológico ha encontrado así una nueva forma de apropiación: externalizar los costos de la producción mientras concentra la ganancia de la innovación.
Incluso la vida cotidiana queda absorbida por la lógica del control algorítmico. Los tiempos de conexión, las pausas, los ritmos de producción y hasta los momentos de descanso, incluso los momentos para ir al baño en tu propia casa, son vigilados y regulados por plataformas que operan mucho más allá de las fronteras laborales tradicionales.
Este ejército global que labora para la inteligencia artificial, conocidos como ghost workers o trabajadores fantasmas, revela una de las mayores contradicciones de la era de la inteligencia artificial. Mientras se anuncia pomposamente el reemplazo del ser humano por máquinas inteligentes, millones de seres humanos son sometidos a nuevas formas de trabajo invisibles para hacer posible esa automatización. La máquina no elimina el trabajo, lo oculta.
La promesa de una tecnología que liberaría al ser humano del trabajo revela así su profunda contradicción. Detrás de la inteligencia artificial se multiplican nuevas formas de subcontratación, vigilancia y precariedad. No son máquinas sustituyendo simplemente al trabajador, son trabajadores invisibilizados sosteniendo el funcionamiento de las máquinas inteligentes.
Tiempos modernos, jornadas antiguas, vidas completamente subsumidas al ritmo del capital tecnológico. Esa es la nueva realidad social que acompaña a la inteligencia artificial. Esa es la nueva factura del trabajo en el capitalismo financiero de hoy. Esa es la guerra de hoy contra el trabajo.
Sin embargo, la clase trabajadora, a pesar de su ampliación, su diversidad y heterogeneidad, resiste y se rebela, y lo hace de múltiples maneras.
Aunque estas luchas rara vez ocupan los titulares de los grandes medios y son sistemáticamente ignoradas por la clase política dedicada enteramente a administrar la barbarie, la lucha de las y los trabajadores atraviesa hoy prácticamente todos los rincones del mundo. Mientras la expansión del capitalismo ha multiplicado a la clase trabajadora, es decir, al número de personas obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, también se han multiplicado las formas de resistencia.
La clase trabajadora de hoy ya no es la misma que hace 60, 40 años. Es la obrera de la maquila fronteriza que, contra el abuso, el acoso y los salarios de miseria, se organiza hasta parar la producción o hacer estallar la mayor huelga de la industria maquiladora, que fue la de Matamoros en 2019.
Son las y los obreros automotrices que enfrentan al charrismo sindical reciclado bajo el discurso de la Cuarta Transformación.
Son las y los obreros que también son campesinos en el Bajío, en Tlaxcala, en Puebla, que además de trabajar en la fábrica, también cultivan la tierra para sostener la vida colectiva frente a la insuficiencia, en algunos casos, de los salarios.
Son las y los repartidores de Brasil, España, Reino Unido, China y México, que en este último caso, en México, desde la Unión Nacional de Trabajadores por Aplicación o desde “Ni un repartidor menos”, desafían la tiranía corporativa de los algoritmos.
Son los jornaleros de San Quintín que resisten la maquinaria extractiva del agronegocio. Son los migrantes, las migrantes en Estados Unidos que tras jornadas extenuantes en restaurantes, hoteles, en jardines, se enfrentan a la violencia del ICE. Son los trabajadores de Amazon en California, Nueva York, Illinois, que demostraron a Jeff Bezos que su riqueza no cae del cielo sino del trabajo.
Es también el deportado confinado al call center en México, la trabajadora doméstica que con sus cuatro o más jornadas de trabajo al día hace que la máquina de explotación funcione, el migrante interno explotado en los enclaves turísticos y el magisterio disidente que desnuda la subordinación del Estado al gran capital financiero.
Son también los estibadores italianos que se niegan a cargar mercancías destinadas a alimentar el genocidio del pueblo palestino. Y la lista es interminable.
La cuestión entonces no es si la resistencia existe. Existe y se expande en todos los rincones del mundo. El verdadero desafío consiste en aprender a reconocerla ahí donde el capital procura volverla invisible, con la complicidad de la academia que proclama el fin del trabajo. Se trata, creo yo, de comprender que la clase trabajadora del siglo XXI es más amplia, mucho más diversa y más dispersa que nunca. Se trata de entender que somos trabajadores del campo y de la ciudad y el capitalismo no se mueve ni un milímetro sin nuestras mentes, sin nuestras manos, sin nosotros, sin nuestro trabajo.
El reto entonces es construir lazos y formar organización basados en el llamado zapatista: construir el común, que tiene la posibilidad de convertir esa enorme diversidad en una fuerza colectiva.
Muchas gracias.


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