Por Carlos Alberto Ríos Gordillo
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
22 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Lo importante es que hay que estar avizores de cualquier señal de peligro. No se trata entonces de advertir el peligro cuando ya está presente, sino de mirar los indicios, valorarlos, interpretarlos; en suma, pensarlos críticamente.

Subcomandante Insurgente Galeano,
La Tormenta, el Centinela y el Síndrome del Vigía,
mayo de 2015.

Buenas tardes a todas y todos los presentes. Me gustaría comenzar mi participación con un agradecimiento a los pueblos, comunidades y bases de apoyo zapatistas, y a la Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por haberme invitado a este semillero, creyendo que yo podía compartirles algo, cuando en realidad he sido un compañero, un alumno de la experiencia zapatista y durante años he intentado estar en la misma ruta.

Creo que es justo recordar aquí a mi querido votán de la Escuelita, a quien no he vuelto a ver desde entonces. Mateo, Caracol La Realidad, compañero, compañera, algún día vamos a echar plática otra vuelta. También recuerdo con agradecimiento a Sergio Rodríguez Lascano, donde quiera que esté.

De igual manera tengo presentes a Cédric, Olga Alejandra, Reina María, Luis Fabrizio, mi familia. Es entonces un gusto estar aquí otra vez, rodeado de personas a las que quiero, respeto y admiro; en particular a Moi y al Sup, o como le decía Cédric cuando era bebé, el Chup, cuando lo vio en la ENA durante la otra campaña y aquí mismo en el homenaje a Andrés Aubry hace casi 20 años.

Gracias comandantes, capitanes, compañeras y compañeros de allá, de aquí y también aquí atrás.

Hoy quiero decirles: está contento mi corazón. Tengo entendido de que me invitaron porque soy historiador y tengo una mirada peculiar sobre la historia. Quisiera decir que además soy historiador nacido en estas tierras y me he formado también en la historia de Chiapas, por lo cual los años que corren desde el día de hoy hasta el lejano 12 de octubre de 1992 son también, de alguna manera, los años de mi memoria.

Fue cuando mi padre me hizo notar la manera en la cual marchaban algunos destacamentos que desfilaban frente a nuestra casa, al lado del Puente Blanco, aquí en San Cristóbal, y que derribaron la estatua del conquistador y fundador de esta ciudad.

Mi padre tenía razón al identificar que esa era la señal de que algo se estaba organizando entre los campesinos de Chiapas, me dijo. Solo que no sabíamos que ese algo llevaba casi una década preparándose en silencio y un año después, el 1 de enero de 1994, se levantaría en armas.

Desde entonces esa es la historia que Chiapas le contó al mundo, pero para quienes también habitábamos aquí fue también nuestra historia. Gracias al EZLN fuimos parte de algo que ocurre pocas veces en la vida: un acontecimiento ruptura que definió nuestra existencia.

Así que contaré aquí aquello que he visto, aquello que he escuchado, lo que he leído y lo poco que he aprendido desde entonces.

Mi participación se llama “Huellar a la hidra cabezona: pistas para una contrahistoria rebelde”.

En realidad, como ustedes bien saben, todo esto parte del seminario El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista, celebrado aquí mismo hace más de una década, cuyo objetivo era encontrar el modo con el cual el capitalismo podía ser derrotado al echar mano del pensamiento crítico. Los zapatistas habían asemejado al capitalismo con la hidra de la mitología, de cuyo tronco cercenado surgen dos cabezas, justo ahí donde originalmente había una. Esa hidra que se hace más fuerte mientras más se le ataca, golpeándola en el mismo lugar, de la misma manera en la que se ha atacado a otros enemigos, como si la hidra siempre fuera la misma y no evolucionara.

Sin embargo, los zapatistas no creían que esa hidra fuera invencible. Al asemejar al capitalismo que resurge una y otra vez, que pretendía matarlo con esa hidra que de sus heridas mortales surge fortalecida, somete a poblaciones de todo el mundo y por doquier devasta la naturaleza, los zapatistas habían encontrado una debilidad en ese monstruo que la niña Defensa llamó “el capitalismo cabezón”. A ese cabezón los compas querían saber cómo darle caza. O sea, si era posible matar a la hidra usando el pensamiento crítico, o de una vez era mejor atropellarlo con el Chompiras, pero quizá no quisieron abollarle la placa.

Me gustaría volver aquí a la hidra cabezona, pero también a la lectura de huellas y la historia a contrapelo. Quisiera recordar aquí el saber del viejo Antonio, el de “Los arroyos cuando bajan, y la sagacidad de Elías Contreras, el detective de la Comisión Sexta, enamorado de la Magdalena, la otroa. A su manera, ambos eran lectores de huellas. Uno lo hacía como si fuera una experiencia de carácter estático, recordando con sabiduría los duros años de la vida dura campesina, a través de parábolas, cuentos y leyendas cortas. El otro escuchaba los silencios, observaba con paciencia en medio del bullicio de la capital mexicana; no leía el rastro por lo que había sido, sino como anticipación de hacia dónde podía ir.

Entre el cazador de la comunidad y el detective colectivo hay este hilo en común. Entre uno y otro, la operación no es contemplar el rastro, sino huellar el peligro en la montaña para agazaparse, anticiparse, prepararse para la embestida. Entre el mundo finquero y los peligros de la capital, la lectura de huellas es a la vez una operación de contrainteligencia.

Quisiera poner en el centro la manera en la cual los zapatistas han leído el mundo, han narrado la historia del mundo, cómo han revelado aquello que está en torno de la huella; no sólo el enemigo como tal, ahí mero enfrente, sino también su rastro, su historia y la manera en la cual el enemigo la ha narrado, a veces dominando con locura, en ocasiones escamoteando con astucia o neutralizando en la medida en que asimila, coopta, compra.

A partir de las huellas de la hidra, los zapatistas saben cómo es el enemigo, de dónde ha venido, cómo ha cambiado, hacia dónde va y cómo podemos darle caza. Cada huella es una revelación, un desencubrimiento. No son hechos solamente, no son datos únicamente; es el rastro de una catástrofe tras otra, de un desastre que solamente es superado por otro.

Y los zapatistas son lectores de huellas, los cazadores que además han corrido el riesgo de ser cazados, devorados, aniquilados, igual que aquí todas y todos nosotros, por aquello que llamamos progreso, modernidad, civilización, capitalismo, desarrollo, neoliberalismo o simplemente hidra cabezona.

Contar la historia del mundo desde la mirada zapatista es lo contrario a contarla desde el triunfo de los dueños del mundo. Cualquier historiador que desee escribir aquello que ha venido presenciando debe estar consciente de que la historia de caza también refleja las dificultades de la vida en resistencia y la valentía de los más pequeños, los más débiles, los más lentos, quienes al leer las huellas de una hidra cabezona encuentran las claves de su debilidad, organizan la batida, preparan la estrategia, planean la emboscada y así van contando la historia de la resistencia cotidiana y la de nuestro mundo, pero a contrapelo.

Esto es, pues, lo que me gustaría contarles hoy.

El desciframiento de rastros como herramienta de caza es una duda examinadora sobre el terreno, con base en un conocimiento extraordinario del entorno. Para entender cómo estos cazadores descifran el rastro de la catástrofe, es indispensable detenernos en la naturaleza misma del lenguaje que utilizan.

Esto que he venido presenciando y acompañando durante años es una poética de la insurgencia, aquella que a partir de 1994 maravilló a mi generación al introducir en la cultura política posterior a la caída del muro de Berlín y del bloque soviético una serie de términos que devinieron coloquiales para quienes leíamos los comunicados zapatistas en el periódico El Tiempo, creado con una imprenta más vieja que la de Gutenberg, como bromeaba mi padre con Amado Avendaño, el director del periódico.

Es la palabra del Subcomandante Insurgente Marcos, por supuesto, pero como él mismo decía, era a través de su voz por la cual hablaba el EZLN, y este a su vez ha sido el guardián de los pueblos y de las comunidades zapatistas.

Al reducir la escala de observación, a través de la palabra del Sup, quien durante muchos años fue el portavoz del EZLN, tuvimos acceso a un pequeño mundo, a un mundo de muchos mundos, desde donde asomaron palabras mágicas de mundos mágicos que ya existían desde antes de 1994.

Pero no se trata de la magia en el sentido de los cuentos de hadas, sino de un rito de transustanciación donde las palabras refieren a los personajes colectivos y, por tanto, dan cuenta de las acciones colectivas.

Las palabras se inventan y reinventan, crean y recrean, cobran vida y las otorgan. Permiten ver la creatividad social de los de abajo, aquello que se forjó en los años de la clandestinidad, mientras el EZLN se preparaba para la guerra y las comunidades para la resistencia prolongada, hasta lo que maduró entre la Primera y la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona, es decir, cuando surgieron las trece demandas zapatistas: tierra, techo, trabajo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia, paz, información y cultura.

Este parece ser un claro ejemplo de aquello que se ha llamado metateoría, pues las demandas son más bien áreas de trabajo. Al tener como escenario los territorios sociales y populares de los caracoles, esta experiencia revolucionaria constituye una forma de trabajar para cambiar el mundo.

Atestiguamos entonces la magia de la emergencia de otro mundo en el nuestro, una magia que surgió de la autonomía, la organización, la disciplina y el compañerismo, como me enseñó mi votán.

Estas trece exigencias, nuestras trece demandas, son palabras mágicas porque nos permiten ver la magia de un mundo para la vida, de sus personajes cotidianos, de sus errores, problemas y contradicciones.

No son sólo palabras cuya definición se encuentra en un diccionario, puesto que, como aprendimos en La historia de las palabras del viejo Antonio, estas últimas deben llevar corazón. Para escucharlas debemos escuchar con el corazón y reconocer la dignidad en la voz ajena. Sólo así podemos reconocer lo maravilloso en la existencia cotidiana, el hacer colectivo zapatista en el día a día, o sea, la experiencia anticapitalista cuyo resplandor asomó entre la niebla de enero de 1994 junto con la música de otras palabras: Ya basta, dignidad, democracia, libertad, justicia, un mundo donde quepan muchos mundos o mandar obedeciendo.

En estas palabras late el corazón y la dignidad del zapatismo. Son el lenguaje de la insubordinación y el contraataque de los desposeídos del sistema mundo, quienes al levantarse en armas lo hicieron también contra la tiranía del presente perpetuo, alterando así la continuidad de la historia de los vencedores.

En esta historia las palabras rompen con el crudo realismo capitalista, el derrotismo del “no hay alternativa”, e instauran la rebeldía del instante donde surge lo posible, lo inédito. Las posibilidades históricas alternativas ante la certeza del colapso global. Su magia está, sin embargo, en aquello que revelan pueblos y comunidades zapatistas que construyeron, quizás sin proponérselo de antemano, otro mundo edificado cotidianamente.

Un registro de ese maravilloso cotidiano es el testimonio de las bases de apoyo y los votanes en los cuadernos comunitarios de la Escuelita, donde surge la voz colectiva de las bases de apoyo, sistematizando su propio pensamiento y su acción en libertad. La palabra que habita en los libros de la Escuelita no busca convencer ni reclutar, sino dar cuenta de que el mundo es grande y alberga muchos mundos en su interior. Su descomunal fuerza para reencantar el planeta, un planeta que la hidra cabezona asedia y pretende dejarnos desértico, no radica en la belleza ornamental de sus metáforas, sino en su lugar de enunciación anticapitalista. Al plasmar textualmente su definición de libertad como el derecho a gobernarse según sus modos, calendarios y geografías, los libros zapatistas desmontan la narrativa del capital que declara que no hay alternativa. Aquí las áreas de trabajo, tierra, techo, salud, etcétera, se presentan como el hacer más sencillo, la experiencia más modesta, la forma de organización más simple.

La palabra sufre ese rito de transustanciación al devenir un rastro concreto de una práctica colectiva. Al leer los cuadernos escolares de las comunidades, lo maravilloso brota de aquello que es cotidiano: la transmutación de las trece demandas originarias en áreas concretas de trabajo o de cómo se cambia el mundo, pues.

Un lector indiciario no busca en estos libros la gran teoría del Estado o el programa ideológico del partido, sino el indicio de cómo los pueblos curan sin el sistema de salud oficial; cómo siembran la tierra recuperada; cómo se sostiene una escuela autónoma en medio del cerco militar; cómo gestionan su economía colectiva; cómo resuelven, con aciertos y errores, sin la tutela del Estado; cómo las Juntas de Buen Gobierno articulan la justicia local mediante el consenso y el error compartido. Estamos ante la demostración textual de una mirada alternativa que emergió del quehacer cotidiano de la resistencia.

Hay que leer a contracorriente para examinar los pormenores de la organización autónoma, los aciertos, las contradicciones y los errores de la resistencia. Aprender a descifrar el zapatismo es aprender a buscar los indicios de otro mundo en el tejido menudo y cotidiano, más allá o en vez de los libros especializados sobre el zapatismo.

Ese es el gesto que hace falta aquí: no explicar lo maravilloso cotidiano zapatista, sino descubrirlo en millares de pequeñas acciones, a escala reducida pero extendida en todo el tejido social, sin traducirlo de inmediato a categoría política o convertirlo en definición de enciclopedia.

La palabra zapatista ahí ya no sólo nombra la alternativa, sino que funciona como el registro material de lo que ya opera en la realidad. Al reducir la escala de observación y posar la mirada en el pequeño mundo zapatista, lo que encontramos no es el diseño arquitectónico de una utopía perfecta, sino los síntomas de una praxis revolucionaria o rebelde.

En esta pequeña escala se opera el descubrimiento de lo maravilloso cotidiano y lo mágico en el zapatismo, que brota de la experiencia cotidiana de los caracoles, de las asambleas comunitarias, de la resistencia tenaz de las bases de apoyo.

Cuando los zapatistas hablan y narran el mundo, no están haciendo ficción literaria, están nombrando la realidad desde un espacio geográfico, político, organizativo y simbólico que ya disputa, aquí y ahora, la lógica del valor de cambio, la propiedad privada y el despojo del capital, sobre todo lo que toca, incluso el pensamiento crítico.

Esta autonomía cotidiana es lo maravilloso hecho cuerpo. La demostración indiciaria de que la creatividad social de los de abajo ha sido capaz de fundar un territorio de muchos caracolitos donde gobernar es mandar obedeciendo, donde la práctica cotidiana está basada en la originalidad de lo nuevo, lo diferente y alternativo.

Sea la autonomía, sea la Ley Revolucionaria de las Mujeres, el mandar obedeciendo, la otra política, la otra educación, la otra cultura, la otra economía, el otro comercio, la otra salud, la otra justicia, la otra comunicación, el otro arte. Conceptos subversivos que nominan una praxis rebelde y se afirman como negación de la forma anterior.

Frente al paso de la hidra cabezona que implanta el pánico, la parálisis, la apatía y la falsa noción de que no hay alternativa, la palabra zapatista opera un desencubrimiento. No nos ofrece la utopía abstracta del mañana inalcanzable, de las viejas izquierdas doctrinales, sino una utopía fáctica concreta que ya se ensaya en el presente de las comunidades autónomas. Es la esperanza que ha surgido justo aquí donde parecía no haberla y no en el futuro, como el tiempo que la izquierda alguna vez reclamó como nuestro.

Al trastocar el orden semántico del poder, la poética de la insurgencia zapatista demuestra que el sistema actual no es necesario para reproducir la vida. Y es justamente porque habitan y defienden ese lugar de enunciación otro que sus rastreadores, el viejo Antonio o Elías Contreras, pueden agacharse a mirar las huellas del monstruo en el lodo, sin correr el peligro de ser devorados por la parálisis que el monstruo inocula.

En este sentido, los libros de la Escuelita demuestran que las armas para esta batida histórica son, en efecto, los libros, los cuadernos y los lápices de la autonomía colectiva, el pequeño mundo de muchos mundos.

Desde esta trinchera de la palabra encarnada se prepara entonces la contrahistoria. Cuando la historia se vincula a un saber de tipo venatorio, es decir, un saber vinculado a la cacería, huellar es también narrar, es contar una historia a partir de huellas minúsculas desperdigadas en el terreno, que demuestran que algo pasó por ahí. Leerlas una tras otra, vincularlas entre sí, es armar una historia a partir de huellas. Este es un método de conocimiento, un procedimiento intelectual que permite historiar la huella.

Pero no sólo eso. Desde el cazador del neolítico hasta Zadig, Guillermo de Baskerville o el viejo Antonio, pasando por el gaucho argentino, el rastreador apache, el soldado vietnamita o las milicias palestinas, huellar, rastrear, perseguir representan una táctica del débil frente al fuerte.

Esta es una operación cuidadosamente transmitida de generación en generación, puesta a prueba mil y una veces en el terreno. Esta operación ha configurado una estirpe de cazadoras y cazadores, el linaje de quienes, al huellar, pretenden saber a dónde ha ido la presa. Es también, a su manera, el método del navegante que en las estrellas del cielo nocturno descifra el camino sin distinguir todavía el puerto. Es el del adivinador que, a través de los minúsculos detalles del animal sacrificado, descifra aquello que depara el mundo.

Pero no es sólo un modo de saber, de leer el mundo, de comprender el mundo; es, sobre todo, una batalla.

Entre los zapatistas, por la huella se sabe cuál es, de entre todas las cabezas de la hidra, la que acaba de atacar: sea la de la explotación, el despojo, la represión o el desprecio. Sea la cabeza de la devastación contra la naturaleza, contra el interior del ser humano, contra todas las formas de vida. Sea la cabeza madre de la hidra que controla la esperanza del cambio social. La esperanza de que ahora sí, todo va a cambiar, todo va a estar bien.

En esta anticipación, el zapatismo ha descifrado que atrás de todo culpable individualizable, en una geografía o en otra, en uno u otro calendario, está la incesante acumulación de capital. Es decir, los zapatistas se han vuelto expertos en desconfiar de lo que se muestra a simple vista, en leer lo que se oculta tras la mentira que la hidra necesita para sobrevivir: que la responsabilidad de sus acciones esté en un personaje, un partido, una política pública o un gobierno.

El capitalismo debe mentir para engañar, ocultando su naturaleza verdadera para que se crea en él, se apueste por él. Es cuando el anticristo viene disfrazado de mesías.

Contar la historia desde la perspectiva rebelde implica desenmascarar al enemigo. Si un día el capitalismo decidiera mostrarse tal cual es, ese mismo día moriría por ser más feo que el croquetas Alvores. No puede mostrar su putrefacción, sino su retrato de la eterna juventud. Debe ocultarse, esconderse, engañarnos. Debe volverse civilización, progreso, modernidad.

Esa contrahistoria se basa en el desencubrimiento que encuentra al impostor detrás de la impostura, es decir, al formidable sujeto de la historia moderna que es la acumulación de capital. Una y otra vez, el peligro es verlo como si fuera natural, inevitable e incluso deseable. No debemos olvidar que el discurso dominante es, en realidad, el discurso del orden dominante, que al ser una construcción históricamente determinada es, por tanto, históricamente superable.

Así, huellar a la hidra capitalista es también una manera de hacer la historia a contrapelo. El indicio que el cazador lee en el suelo, el rastro, la huella, la frescura del paso, es la misma operación que el historiador emprende cuando lee un documento contra su voluntad, buscando aquello que el poder quiso ocultar o silenciar y no pudo del todo.

La hidra deja huellas porque le es inevitable: en Acteal, en Atenco, en las fosas comunes de México, Kosovo, Ruanda, en las tasas de desnutrición infantil, en los letreros de las desapariciones, en los contratos de los megaproyectos, en la temperatura del nuevo clima.

El huelleo no inventa estas marcas, las lee. Y al leerlas, organizarlas, interpretarlas, reconstruyendo desde ellas la arquitectura del monstruo que no se deja ver de frente, pero que se asoma por todos lados, esta contrahistoria rebelde descubre lo que el poder preferiría ocultar.

Al hilar las huellas que por aquí o por allá va dejando la hidra, al armar la serie a partir de los casos particulares o los ataques de las cabezas de la hidra, encontramos sentido al sinsentido del mundo y justificamos la función del huelleo: comprender por qué tenemos mundos devastados, pero también cómo ha sido posible esta devastación.

El viejo Antonio enseñó que el león mataba mirando, no hacía falta más que su mirada para matar de miedo, sin que el animalito mero enfrente del león supiera que ya estaba muerto. Por su parte, la hidra mata engañando y, sin darnos cuenta, corremos el riesgo de ser devorados por ella.

Señalaré solamente tres casos.

Primer engaño.

Al hacernos creer en su invencibilidad, el caos sistémico nos sitúa en una posición de víctimas. Esta identidad fabricada por el miedo cotidiano, por el terror instaurado en lo más hondo, donde todas y todos somos víctimas de un destino que no podemos cambiar, es un engaño que no sólo paraliza, sino que diluye.

Ahora más que nunca debemos proteger la presencia humana en nuestra historia. Frente a la disolución de nuestra capacidad de agencia ante la catástrofe, es necesario huir de la representación negativa donde todos los sujetos se diluyen.

Amarrados al mástil de una embarcación que oscila entre el hundimiento y la destrucción, aún nos queda la capacidad de actuar e invocar la palabra cantada.

Dignidad. Dignidad.

Segundo engaño.

Al seguir el rastro de masacres, genocidios, desapariciones, desplazamientos, crisis económicas o climáticas, extinción de especies, guerras climáticas, privatización del agua o el aire, la edificación de ciudades en el desierto o bajo el mar, la colonización de la Luna o de Marte, la modificación del ADN para fines de supremacía racial, la IA, la hidra nos seduce, nos subyuga.

La perfección con la que opera la maquinaria conlleva una inconfesable admiración que nos convierte en forenses de un mundo en agonía. Contemplamos cómo todo va muriendo, cómo el capitalismo transforma la extinción en dato, cifra, estadística, reporte, diagnóstico, revolución científica.

La hidra nos petrifica y sólo nos queda contemplar el fin del mundo.

Tercer engaño.

Rastrear a la hidra con sus propios mapas nos lleva a su propia geografía: la de los indicadores del FMI, el Banco Mundial, la numeralia macroeconómica, el lenguaje sociológico hiperracionalista, los conceptos jurídicos del Estado burgués. Esto traduce la catástrofe en términos de desarrollo sustentable, mitigación de daños, resiliencia ciudadana, política social de combate a la pobreza.

Pero aquí la traducción es traición. Si huellamos a la hidra con su propia gramática, terminamos hablando como ella. La hidra mata conceptualizando el mundo, descontando miserables porque ahora sólo son pobres, llamando conflicto en Gaza al genocidio palestino, crisis a cualquier cosa menos a un nuevo estado de excepción que es, en realidad, la regla.

Si el caos del mundo nos aplasta, quien rastrea a la hidra está en la primera línea del contagio. Leer sus huellas implica contagiarse del poder del monstruo que nos convierte en meras víctimas, testigos resignados, analistas subyugados.

El mejor de los ardides de la hidra está en convencernos de que no puede robarnos la rebeldía y, sin embargo, nos la apropia y se la apropia; en una palabra, privatiza nuestra rebeldía.

Si la hidra mata engañando, necesitaremos de los anticuerpos de la rebeldía para resistir a sus ardides. De lo contrario, aceptaremos que nos despoja porque nos quiere.

Necesitaremos la rebeldía para sobrevivir a un mundo caótico, pero no la encontraremos leyendo huellas ni en la catástrofe.

Los primeros historiadores que, a su vez, aprendieron de los cazadores nos enseñaron que para encontrarla tenemos que mirar a donde miran los pueblos que resisten: abajo y a la izquierda. Buscar en las pisadas de la hidra las grietas que van quedando para encontrar la esperanza justo ahí donde parece no haberla.

Durante décadas hemos celebrado que la dignidad del levantamiento armado y la utopía parecen haber curado los males del mundo capitalista. Desde muy al principio, la solidaridad de la sociedad civil llegó al extremo de crear el síndrome de la Cenicienta, una zapatilla que llegó a la selva Lacandona en una donación humanitaria.

En el seminario sobre la hidra capitalista, aquí mismo, la buena ondita de la izquierda antisistémica fue objeto de una dura reprimenda por parte del entonces Subcomandante Insurgente Galeano, más bravo todavía que el hoy Capitán Marcos.

Durante muchos años, los zapatistas han dicho que no quieren el pensamiento haragán. Y yo creo que las huellas dejadas por los zapatistas durante tantos años de rebeldía y resistencia han sido leídas en clave contrainsurgente.

No hay una lectora más fiel de su experiencia que la hidra capitalista. Ella lee las huellas de la genealogía rebelde, olfatea los rastros del “preguntando caminamos”, paladea los resultados de la metateoría, el mandar obedeciendo y las trece demandas, áreas de trabajo, avizora hacia dónde se dirige el zapatismo e intenta darle caza.

Lo que milicos, paras y narcos han aprendido del zapatismo ha sido el intento de darle la vuelta al mundo posible para volverlo otra vez mero realismo capitalista. Son los niños vigías o halcones que delatan, los milicos rastreando columnas en la montaña, los paras leyendo el terreno para encontrar al desaparecido antes que la familia. Esto es huellar, rastrear no para cazar a la hidra, sino cazar para la hidra. Y la hidra tiene hambre de mundos alternativos, mundos anticapitalistas; quiere desaparecer a su contrario, a lo otro, a su posibilidad histórica alternativa. La hidra capitalista es glotona y devora todo manjar o aquello que escasea, florece, retoña.

Huellar aquí no es entonces intrínsecamente una técnica del débil, no es sólo ni exclusivamente para la liberación. Lo que la vuelve emancipadora o dominadora no es el gesto de leer la huella, sino la dirección de la mirada o de cómo leemos a contrapelo. Si mira hacia arriba, hacia el que tiene el poder, o hacia abajo y a la izquierda, hacia el que tiene el contrapoder.

Mi maestro Carlo Ginzburg dijo alguna vez que la mirada del historiador era más importante que su objeto de estudio. Tenía razón. El rastreador-historiador debe saber a dónde mirar a la hora de huellar, narrar, para encubrir o para desencubrir.

El viejo Antonio y Elías Contreras huellan a la hidra, al capital, al Estado, al monstruo grande, lo hemos visto ya. Pero la hidra capitalista ha creado un modo de vida en torno del mundo zapatista.

Sea la versión del Estado de bienestar fronterizo, fuera de las comunidades y territorios autónomos, que intenta socavar las bases del pacto social zapatista. Construyen escuelas, hospitales, reparten materiales de construcción, instrumentos de trabajo, apoyos agrícolas, becas universales, trabajos en obras de infraestructura estatal, lo que sea.

Sea el paisaje social creado por la guerra y la contrainsurgencia, del cual Andrés Aubry y Angélica Inda daban testimonio pocos años después del levantamiento armado: la destrucción de un orden para fundar otro. Paramilitares que no sólo mataban, sino que sustituían autoridades ejidales, usos y costumbres por guardias blancas que cobraban impuestos de guerra. Y el modus vivendi que descubrieron daba cuenta de la tensión entre la sobrevivencia y la complicidad en una sociedad contaminada, desestabilizada, patológica, dijeron ellos.

Hace poco todavía, la presencia de los narcos representó la reorganización interna de comunidades, zonas y regiones ante el peligro. Esto es lo que hace el poder cuando también sabe leer las huellas. Intenta transformar la escuela de la insurgencia zapatista en una escuela de la contrainsurgencia antizapatista.

Si la hidra ya aprendió a leer las huellas zapatistas, entonces el huelleo sólo no basta. Ver el rastro del monstruo no lo detiene, sólo lo hace visible.

Lo que ha detenido a la hidra no ha sido la lectura de huellas; ha sido esta terquedad cotidiana de las mujeres, de la juventud, de la niñez, de la comunidad, del gobierno autónomo local, de los colectivos de gobiernos autónomos zapatistas, de las asambleas de colectivos de gobiernos autónomos que siguen construyendo muchos mundos en su pequeño mundo.

La organización es, pues, la clave, han dicho los compañeros y las compañeras. Por eso mi votán Mateo me dijo alguna vez: “Aquí, compa, lo imposible se hace fácil”.

El viejo Antonio nos enseñó hace muchos años que el rastro nunca miente, aunque el que lo lee sí puede equivocarse. En este camino aprendí que rastrear no es algo inocente, puede ser el arma del débil o el instrumento con el que se le da caza. La diferencia no está en la técnica, está en hacia dónde se mira cuando se lee la huella.

Al zapatismo le debo algo que ninguna academia me hubiera dado nunca, ninguna otra vida me hubiera dado jamás. Aprendí más mirando lo que ustedes hacen todos los días que en 20 o 30 años de oficio leyendo libros. Por eso creo que este seminario lleva un buen nombre: Semillero.

Cuando recibí la invitación se me pidió una reflexión sobre la historia y yo tomé en préstamo la que tengo cerquita de ustedes para sembrar una semillita. Si toda siembra exige que el que sembró se calle y deje que la tierra haga lo suyo, no voy a cerrar con una conclusión, porque las conclusiones son gestos de quien cree que ya terminó de entender y yo apenas voy a seguir entendiendo algo.

Sólo puedo decir que llegué buscando las huellas de la hidra y en el camino encontré el espejo de las mías. Devuelvo entonces la palabra a quienes de verdad las inventaron, las personas que en territorio zapatista hablan colores.

Por eso decía el viejo Antonio que ya era la hora de despertar.

He aquí la contrahistoria que hoy quise huellar con ustedes, no la historia de los vencedores escrita desde arriba y para los de arriba, sino desde abajo y a la izquierda. Contar así la historia es contar una guerra contra los pueblos y la naturaleza que se libra en varias batallas. Y hay que saber cómo leer las huellas de todas las batallas.

Y toda batalla contra ese monstruo cabezón tiene su táctica más vieja, la que don Durito de la Lacandona hubiera sabido resumir mejor que yo, mientras fuma su pipa con el tono de quien ya sabe cómo derrotar al enemigo, diciendo:

“Si la hidra es cabezona, entonces hay que coscorronearla”.

Muchas gracias, wokolawal, kolavalik.