Por Capitán Insurgente Marcos
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
21 de julio de 2026

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De entre las sombras salió, o tal vez estuvo ahí desde antes. Es su modo de por sí: está, aunque parezca que no está. Silenciado de luz, sombra es entre las sombras. Es a quien los dioses maldijeron con la ausencia. Por maloras los dioses, o porque ante su reto debiera levantarse también el guerrero, el que lucha.

Fue él quien me llamó la atención sobre el pasaje del Popol Vuh donde se habla de la capacidad que tenían los primeros hombres y mujeres de ver el todo y las partes simultáneamente, de lo que di en llamar antes el Aleph maya.

—Esa parte —me decía— bien puede ser la palabra de un jefe guerrero maya. Es esa la ciencia del combate, de la lucha; el conocimiento que se perdió por los celos de los dioses más primeros, los que nacieron en el mundo, de quienes crearon y se arrepintieron de lo creado.

Pero no se olvidó del todo. Cada tanto, en nuestra sangre maya encontramos esas palabras, como encontramos las cenizas en lo que antes fue un fuego poderoso.

Ese pensamiento es el que nos permitió derrotar y arrinconar al tzul, al demonio blanco, cuando Chan Santa Cruz organizó nuestra desesperación y puso en nuestras manos y miradas la llama de la justicia.

Pasó, sin embargo, que hubo quienes confundieron la lucha por la justicia con la venganza, y el odio que sentimos contra el opresor, lo llevamos también en contra del diferente, del distinto, del otro, pero, sin embargo, nuestro semejante en el dolor y la pena.

Los tzules blancos no nos derrotaron; fuimos nosotros mismos quienes caímos ante la envidia, la competencia, el más tener, el ser más.

Olvidamos que esa idea no era fruto de nuestras tierras, de nuestras madres. Era, en cambio, la mala semilla que trajo el tzul blanco junto a sus impuestos y robos de tierras, cosechas y gente.

Esa mala semilla vino de la mano de quien oprime y despoja; de quien miente; de quien desprecia, golpea y asesina.

Olvidamos entonces, y ahora, que el pensamiento del tzul blanco también toma el color de nuestra misma piel, y es su pensamiento ciego, aunque oscura sea la piel que su pensar guarda.

El demonio, el mal y el malo, pues, tienen colores cambiantes, pero la misma intención perversa en su mirada.

Por eso hay el originario de esta y otras tierras que olvida que de la tierra somos y a ella vamos; que la tierra no es algo que se venda y se compre como mercancía; porque lo que vale no es lo que cuesta más, sino lo que no se puede poseer porque no tiene precio.

Muchos caminos, muchas mañas, muchos rostros tiene el ladrón; el que hace de la mentira su religión y salmo; el que despoja con fuerza o con engaño; el que nos arrebata nuestro corazón y nuestra historia y nos la cambia por la moneda falsa de la limosna.

Creer nos hace que somos inferiores; que nuestro lugar es el de la vergüenza y la humillación; que la ignorancia es la única propiedad que no nos será despojada. Al contrario: será, y es, alimentada para que crezca, para hacernos más dependientes, más débiles, más menores.

Nos hace creer que sólo seremos si dejamos de ser lo que somos: originarios de la madre primera, la que nos acompaña desde el nacimiento y nos arropa y recibe cuando dejamos de caminar el mundo.

Nos hace anhelar el olvido, renegar de nuestra piel, de nuestra lengua, de nuestra historia, de nuestro modo.

Nos planta en la cabeza y el corazón la semilla mala de la resignación. Y va en su cuenta de los más primeros dioses, porque ellos nos cortaron ese conocimiento del todo y las partes, y el recuerdo de su maravilla.

Pero haraganes fueron esos dioses y mal cortaron nuestra memoria con machete sin filo. Olvidaron la lima para rehacer su cara cortante y no del todo perdimos ese recuerdo. Pedaceado quedó, perdido a saber dónde, y mismo por maloras, los dioses malvados arrojaron los pedazos lejos, a otras geografías, a calendarios lejanos.

Por eso digo que el arma principal del guerrero es buscar; buscar los pedazos de la memoria, juntarlos, rehacerlos.

Un buen guerrero tiene memoria, pero nunca está cabal: siempre falta lo que falta. Esos pedazos que cayeron lejos: conocimientos cabales, pensamientos, historias olvidadas, luchas presentes y aún pendientes de nacer.

Por eso hay que buscar lo otro, lo diferente, y echar trato; intercambiar, no mercancías, sino saberes: saberes históricos, científicos, de memoria y de pensamiento.

Y preguntar, preguntar siempre. Empezar por cuestionar la imagen que nos devuelve el espejo y romperlo, al espejo. No mirarnos con complacencia o resignación; mirarnos en lo otro, en quien nos mira al mirarlo. No resignarnos.

El común es muy otro. No se trata, entonces, de cambiar el “es mío” por el “es nuestro”, cuando es claro que no es de nadie, porque no necesitó de nuestra autorización para existir y existe a pesar de lo que digamos.

Es el caso de la tierra, del agua, de los arroyos, ríos y lagunas; del mar que ni nuestra mirada alcanza; del sol y la luna; de la lluvia; de las nubes; de plantas y animales de quienes ignoramos todavía el nombre y su existencia.

Y, aunque lo olvidemos, es también el caso de la memoria.

Esas partes vivas del todo que es la naturaleza nos preceden en existencia y destino. Son, y lo son sin pedir permiso.

El guerrero no se desmaya por oscuro que esté el camino, por ingrata que sea la mañana, por la falta de miradas o por la ausencia de reconocimientos. El guerrero busca al otro, al diferente, al distinto, no para subordinarlo o someterse a él, sino para aprender de su conocimiento sin dejar de ser lo que somos; para aprender de su historia de derrotas y caídas, que serán las nuestras si no nos hacemos común; para tomar lo que se puede y conviene de su modo; para alegrarnos y festejar sus triunfos, por lejanos que parezcan.

No es la fuerza física la que hace de un hombre, de una mujer y de quien no es ni la una ni el otro un guerrero. Es el conocimiento, el estudio, la mirada atenta y la desconfianza ante lo extranjero, lo que nos descubre sus grandezas y sus debilidades, así como nuestras fortalezas y flaquezas.

Quien lucha encuentra motivo en la vida propia y en la de sus cercanos. Y sus cercanos no son los de su mismo color y modo, sino los que luchan.

El tzul no sólo roba y mata en tierras mayas, ni sólo a quien es del color que somos de la tierra. Otras geografías cercanas y lejanas, otros colores distintos, como los que pintan el maíz, otros modos y lenguas, son también pisoteadas, perseguidas, despojadas y aniquiladas por el tzul del dinero mal habido.

Por eso la virtud principal del guerrero no es la fuerza física o la cantidad de conocimientos. No. Su fuerza está en su capacidad de ver lo cercano y lo lejano; el cerca y el lejos en calendario y geografía; las partes y el todo al mismo tiempo.

Aprender debe a mirar los siete puntos cardinales: el frente y el atrás, el uno y otro lado, el arriba y el abajo, y el centro en el que se planta nuestra mirada. Con eso no se nace; es algo que se aprende. Y se aprende con lo que nuestros anteriores nos enseñaron en la lucha que nos nació, con los tropiezos que tenemos en la búsqueda de la vida y con nuestro acercarnos a los modos de geografías y calendarios lejanos.

Por eso el guerrero debe reconocer, antes que nada, que no es único ni es especial; que sus conocimientos y habilidades lo son si están al servicio de su comunidad; que sabe quién es el enemigo y estudia sus métodos, sus mañas, como se dice.

El guerrero no vive del pasado ni por el futuro. Es apenas el puente entre el tiempo de uno y otro lado. Es la memoria que hereda para, a su vez, heredar memoria.

La memoria no es recordar el pasado, o no sólo; es también, y sobre todo, memoria que apunta a construir otro mañana.

En libros antiguos se cuenta de un guerrero de sangre maya, aquel a quien llamaron Canek. Canek explicó que los más poderosos guerreros no son los mejor armados, los más fuertes o los más crueles. En cambio, dijo, los mejores guerreros son los que defienden la libertad y la vida; no para poseer tierras y seres, sino para que la Madre Tierra y los seres no sean mercancía en el mercado del tzul, del dinero.

Por eso decimos que el guerrero lucha por todos: por los cercanos y los lejanos; por los colores distintos; por las geografías de aquí y de allá; por los calendarios antiguos y por los que aún son sueño posible.

Para esto el guerrero necesita perspectiva, o sea, mirada corta y larga. Tiene que ser capaz de ver el camino que hace cada paso que da, pero también el camino que dejó su paso anterior y también el destino al que sus pasos llevan.

Cuando miras el mundo, miras lo que miras y miras lo que intuyes o imaginas. Ves el camino real al frente, apuntando esa loma que te dolerá fiera. Ves también de dónde saliste, de dónde vienes.

Y no los ves, pero sabes que existe un poblado detrás de esa loma. Aunque no miras el poblado, sabes que existe. Lo sabes porque ya has estado ahí antes, o porque te contaron que detrás de ese cerro hay un poblado, o porque en la escuela autónoma aprendiste, en la clase de geografía, que detrás de esa montaña hay un río y que ahí, cerca de su orilla, hay un poblado.

Tu mirada tiene ese conocimiento: un conocimiento producto de tu experiencia propia, de la historia de tus anteriores y del estudio de las ciencias.

Quien camina sabe todo eso, aunque no sea consciente de ese conocimiento. Y sin embargo, lo tiene.

Basta ver lo que les pasa a los ciudadanos cuando llegan a las comunidades y no saben ni de dónde vinieron ni a dónde van. Andan como viejitos bolos, tambaleándose. Entonces tienen que preguntarle a quien sabe. Y esa persona que sabe, si tiene bueno su corazón y no se quiere burlar de la dificultad ajena, le dice al ciudadano dónde mero está la letrina, no vaya a ser que se meta a la cocina comunitaria a hacer veinticinco o cincuenta.

Veinticinco es orinar; cincuenta es cagar.

Y si nosotros, como pueblos originarios que somos, vamos a la ciudad, pues también no caminamos cabal. No sabemos decir de dónde mero del horizonte vinimos y tampoco sabemos dónde está la champa que nos dará techo y alimento, del diferente que nos apoya.

Entonces, en cada caso, el otro es, como quien dice, una guía. No camina por nosotros, ni hace el trabajo por nosotros, ni hace veinticinco o cincuenta por nosotros. Pero nos orienta y aconseja, y no nos obliga, sino que somos libres de hacer o no caso. Y tenemos que hacernos responsables de esa libertad.

Si elegimos ir a hacer cincuenta en la cocina comunitaria, pues ahí lo verás: te van a malmirar y a criticar. Y ni modo, castigo.

Esto que te digo es un ejemplo de cómo necesitamos al otro y no dejamos de ser lo que somos. Porque eso, como quien dice, cualquiera. El problema es cuando sabes que no hay poblado detrás de esa montaña y, sin embargo, ahí estás, de necio, trincado en que vas al otro lado de la loma.

Y todos te preguntan por qué haces así, por qué vas a ese lugar si no hay poblado, si no hay nada. Y tú, como quiera, sigues; como que no oyes las burlas, como que no escuchas las críticas, como que no haces caso de quienes te dicen que no seas tarugo, que mejor te quedes donde estás, que ahí está la letrina y ahí están los otros, aunque ahora se burlan.

Pero tú sigues porque sabes que no hay ese poblado y que tendrás que crearlo, levantarlo entre acahuales repletos de espinas, avispas y bejucos fieros, a punta de machete, dolor y ampollas.

Sabes que se ocupará un lugar para la siembra, para los animalitos, para echar baile y jugar; para que las crías correteen, se caigan, se raspen las rodillas y rompan la ropa que costó paga, condenado chamaco del demonio.

Sabes, pues, que ese poblado no existe más que en tu imaginación, pero sabes que es posible. Y sabes que necesitas a los otros para encontrar el buen lugar y levantar champas, auditorios, sembradíos.

Y sabes que necesitas ese poblado para ahí nascer otra relación entre diferentes, porque los otros mundos no nacen de grandes proyectos ni en reuniones mundiales; nacen con y en lo pequeño.

Así es como podremos subvertir la lengua y decir «compañeroa, compañera y compañero», donde antes mirábamos amenazas.

Entonces eres un guerrero, o guerrera, o guerreroa, porque cada quien su modo, su gusto y su disgusto.

Lo eres porque no sólo eres capaz de mirar lo que está cerca o lejos en calendario y geografía; también, y sobre todo, porque eres capaz de mirar lo que no existe todavía.

Hay quien a eso le dice soñar.

Nosotros, los pueblos zapatistas, le decimos luchar.