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Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después. Postfacio. Cuarta Parte: Entre la paga y la imaginación | ͶÀTIꟼAƆ ⅃Ǝ | Octubre de 2024
Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después.
Postfacio.
Cuarta Parte: Entre la paga y la imaginación.
d). – Usted es parte de un grupo de teatro. Bueno, era. Nada queda ya de las brillantes improvisaciones, los tediosos ensayos, las correcciones en postura, dicción y entonación, las broncas por el vestuario, los conflictos “intra- actorales” (“oyes Luis, este parlamento no me gusta, en mi papel de estatua debería ser más elocuente”), las fastuosas escenografías, las peleas por el presupuesto, los locales que hay que adaptar, los anuncios, los boletos. Tampoco están las expectativas de un papel en esa película, telenovela, serie, espectáculo.
Por otro lado, otro usted ya intuía el desenlace de la tormenta. Cuando estuvo en distintos rincones del mundo, tratando de arrancar sonrisas infantiles donde sólo había muecas de dolor y miradas vaciadas por la angustia. El árbol mutilado de la niñez palestina, la cínica indiferencia de una “civilización” ahíta del culto a la banalidad, las humildes champas de los originarios en el alargado olvido llamado Latinoamérica. Fue chofer también, con la colega chofera –“es lo mismo”, diría la niña zapatista que no se ocupa de géneros biológicos sino de la esencia de cada ser-, aquella vez cuando una pequeña montaña navegó a contrapelo de la historia, como si se tratara de eso, de llevar la contraria. Sus pasajeros reiterando la advertencia, avisando de la inminente fecha de caducidad de un sistema enloquecido. La culminación de la tragedia, el mundo como lo conoció desmoronándose en un quejido sordo porque no hubo red social que lo advirtiera. Casi puede decir que lo esperaba.
Ahora eso quedó atrás. Ya llevan varios días en esa comunidad y usted, que es medianamente inteligente, ha comprendido que esa gente reunida no quiere repetir la historia de “El pequeño Malcom en su lucha contra los Eunucos”.
Ahora está por llegar su turno. Quienes formaban parte del grupo se han sentado juntos, como se juntan los seres humanos en una desgracia. ¿Por qué no logra quitarse de la cabeza los diálogos de “La Honesta Persona de Sechuán”? Tal vez porque todo esto semeja lo mismo: el reto de ser mejor persona y ser buena, vivir mejor sin dejar la honestidad como valor humano. Ya sólo faltan dos personas para que les toque presentarse. Usted hace un cálculo rápido: están quienes pueden hacer los personajes: está Shen Te – Shui Ta, y usted confía en que recuerde los diálogos; están los dioses, están Wang, Sun y Shui Fa. Pero ¿y la escenografía? ¿Cómo? ¿Con qué? ¿Dónde? Ya les toca. Entonces su grupo y usted se dan cuenta de que enfrentan el reto mayor en su profesión: con sus actuaciones deben conseguir que el público se imagine la escenografía. “Ésta es la historia de una mujer que también era hombre que también era mujer y así”, inicia usted parándose en medio de la cancha de baloncesto.
Al final nadie aplaudió. No hubo entrevistas, flashes, solicitudes de autógrafos, reseñas críticas de la prensa especializada. Tampoco aplausos y risas a la solidaridad de una historia representada. Porque ahora intuye que esa solidaridad se le otorga a usted, como un murmullo entre la concurrencia en una lengua incompresible. Y ahora entiende: las víctimas sólo dejan de serlo cuando sobreviven a fuerza de resistencia y rebeldía. Sólo entonces pueden recomenzar.
¿Lo hicieron bien o mal? No lo saben, pero siguieron los turnos de presentación. Al otro día, en el comedor comunitario llamado “En Común Come Comida Común”, usted escucha que una mujer le comenta a otra: “El problema es que los teatreros le dieron paga a la chamaca. Viera que no, pues ya es otra cosa” “O caso, depende”, responde su compañera. “La Paga”, se queda usted pensando… “Claro”, se dice, “Bertoldo se estaba asomando a lo que sería la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, y señalaba así el dilema provocado por el dinero, la paga pues, como dicen en este lugar”. Va a sentarse con su grupo, que come en silencio porque tampoco sabe si les fue bien o mal, y se sienta. Coloca su plato, mira a los demás y suelta: “el problema es la paga”. Todos le quedan viendo. “Hay que imaginar otro mundo”, sigue. Terminando de comer, mientras hace la fila para lavar el plato, murmura: “Hay que imaginar el día después”.
Al otro día, en el pase de lista de la asamblea, escuchan “teatreros” y, simultáneamente, como después de cientos de ensayos, responden “presentes”. Se sientan mirándose entre sí satisfechos. Su mirada cambia cuando escuchan: “les toca acarrear la tabla para el auditorio”.
Mientras cargan las tablas, todos piensan: “auditorio… escenario… escenografía… ¡teatro!”. Aunque ahora entienden que no necesitan un recinto. Para el arte siempre basta y sobra con un corazón colectivo. No lo dicen en voz alta, pero se dicen “el problema ya no es la paga, ya no tenemos que esperar a Godot”.
-*-
e). – Usted solía ser escritora, escritor o escritoroa. Ya saben: poesía, cuentos, alguna novela. No era fácil. ¿Las becas? ¡Bah!, ésas siempre eran para quien sabía relacionarse… y adular con constancia y certeza. “El problema es la paga”, escuchó decir a los teatreros en el comedor que se llama “Atásquense que hay lodo”. ¿O es “Ahora o Nunca”? Usted recuerda aquella conferencia que impartió en una universidad. “Quien escribe cuenta historias. No más, pero tampoco menos”, así iniciaba. Todo eso quedó atrás. Paradójicamente, el día antes usted escuchaba a Bob Dylan profetizando: “How does it feel / how does it feel? / To be on your own, / with no direction home / A complete unknown, / like a rolling stone”.
Ahora, con la punta del pie, hace rodar una piedrita. No más los ratos a solas, la penumbra, su biblioteca, la mesa o escritorio de trabajo, el ordenador, los fantasmas, las decenas de borradores, el disco duro lleno de palabras truncas, la búsqueda de una editorial: “Uy, no joven. La literatura ya pasó de moda. Lo de ahora son las historias interactivas, los relatos en un mínimo de caracteres. Lo ligero pues, que no requiera pensar mucho. Pero venga otro día. Usted sabe, el mundo es redondo y da vueltas”.
Pero el mundo ya no existe, al menos no SU mundo. Llega su turno. Usted aspira y se pone de pie. Inicia: “yo les voy a contar una historia”. Y sin darse apenas cuenta, va hilvanando una historia de historias que, al tiempo que mira el rostro de los presentes, va arrancando de su imaginación. Decenas de historias bordadas en una sola. Justo como en el bordado ése de “La Hidra”, que vio en un museo en los madrides, en la España “de espíritu burlón y alma quieta”, la “España de la rabia y de la idea”, cuando, después, acompañó a la banda de Open Arms que, en una tasca de Andalucía (entre tapas, palmas y taconeos flamencos, con el cante jondo y Federico, interpelaron a la tierra con un “¡Despierta!”), decidió usar la paga para una lancha en el rescate de migrantes náufragos.
Tal vez imaginaban entonces que llegaría el día en que todos serían náufragos, tratando de emigrar de un mundo roto, poblado de escombros y pesadillas, buscando quien abriera los brazos para acogerles y así intentar recomenzar…
El silencio gobierna y manda, y es sólo su voz lo que se escucha. Hasta los grillos, siempre maloras, se han quedado callados.
Al otro día, en el comedor “Corre porque te Alcanzo”, escucha que un anciano declara: “A mí sí me gusto la historia ésa porque ahí soy más joven”. Una mujer de edad: “Y a mí, porque ahí soy bonita”, y agrega con coquetería “Bueno, más bonita”. En otra mesa, dos jóvenes: “Lo que no entiendo es qué tenía que ver el chucho ése en la historia”; el otro “Acaso es chucho, claro lo miré que es gato”; “Cómo crees, si hasta ladró”; “No es que ladró, yo lo escuché clarito que hizo como gato”. Más tarde, en la asamblea dicen “Contador”, todos lo voltean a mirar y usted entiende, se pone de pie y declara “Presente”.
Para sus adentros, usted piensa “Bien lo decía mi abuela: mija, tú eres buena para la aritmética, de grande vas a ser contadora”. Su sonrisa desaparece cuando escucha “te toca apoyar a la Doña Juanita en la cocina”.
Se dirige a la cocina, cuando lo topa una niña (unos 5-6 años) que, sin más, le suelta: “oí Contador, cuéntame un cuento de que ya sé andar en la bicicleta. Porque ya me cae mal que siempre me caigo”. La niña le muestra la rodilla para que usted aprecie un raspón todavía con sangre y polvo. Usted pregunta amable: “¿Te duele mucho?”. Ella se pone en jarras y sentencia: “ni tanto, no creas, duelen más las burlas de los pinches hombres que nomás se presumen pero bien que se caen, los miré el otro día. El Pedrito bien que se cayó, pero llegó en el lodo su cabeza, así que sólo se lavó el muy maldito y me burla. Pero es que yo me caí en la grava. Porque andar en bicicleta en la grava, no cualquiera”.
En eso pasa un compa y le dice: “Oyes Contadora, si llega el capitán y te dice que prepares una comida que se llama “Marco´s Especial”, no lo hagas caso. El mundo entero te lo va a agradecer”.
Usted es medianamente inteligente, así que entiende dos cosas: que el platillo del capitán no es bienvenido en ninguna mesa, y que el mundo es ahora esa pequeña comunidad en busca de un destino propio. Un grupo de personas sobrevivientes a la tormenta que, como individuos y como colectivo, buscan seguir adelante, recomenzar pues, sin repetir los mismos errores… en el día después.
Continuará…
Desde la víspera.

El Capitán.
Octubre del 2024.
Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después. Postfacio. Segunda Parte. ¿Cambio con continuidad? ¿De nuevo lo mismo? | ͶÀTIꟼAƆ ⅃Ǝ | Octubre de 2024
Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después.
Postfacio.
Segunda Parte. ¿Cambio con continuidad? ¿De nuevo lo mismo?
La asamblea comunitaria sigue su curso en las presentaciones. Llega su turno para responder a la pregunta clave “¿Y tú qué?”
Sí, hay varias posibilidades. Usted es una persona medianamente inteligente y cree en sí misma y en su capacidad de convencimiento (para eso leyó no pocos manuales de cómo ganar seguidores, y hasta tomó el curso “1000 pasos para ser popular en la era digital”), así que, por ejemplo, puede tratar de convencer al resto de las personas presentes en esa hipotética asamblea de que lo mejor es crear una sociedad donde artistas y científicos tengan un lugar aparte. Y que para eso se necesita, claro, un Estado, porque es imposible imaginar siquiera una sociedad sin Estado (bueno, sí es posible, pero no es el tema). Y ese Estado necesita quien gobierne, o sea quien mande. A quien mandar, no faltará. Y que se hagan papeles para todo: para las propiedades de cada uno, y para intercambiar, o sea, para comprar y vender.
Si, antes de la aparición de ese Estado, el robo y el despojo se hicieron por la fuerza, la nueva civilización es eso, civilizada, entonces hay que regular y legislar sobre esos crímenes, hacerlos legales, que la legalidad supla la legitimidad. Así que no vendría mal crear un cuerpo de personas especializadas en eso de hacer leyes. Con ellas nacerán también las banderas, los himnos nacionales, las fronteras y las historias a modo.
Claro, lo que pasará es que, quienes fueron despojados -con o sin leyes-, no tendrán nada más que su capacidad, manual y de conocimientos para producir: y, por otro lado, quienes se beneficiaron de esos crímenes pueden “comprar” esa capacidad de producir. “Contratar”, puede ser el término, porque “explotar” suena mal. Entonces también habrá que legislar sobre esa relación. Contra toda evidencia, como ambos -contratante y contratado-, son miembros de esa comunidad naciente, se trata de un acuerdo entre iguales que libremente contratan y son contratados.
Para enaltecer esa “libertad”, se acuña un término que elimine la diferencia entre propietarios y no propietarios. “Ciudadanos”, puede ser una opción atractiva. Y de ahí deducir sus equivalentes asépticos: “mujeres”, “jóvenes”, “niñez”, “tercera edad”, “blancos”, “afroamericanos”, “asiáticos”, “cafés”, “indígenas”, “mestizos”, “criollos”, etcétera.
Todos estos términos permiten dejar de lado, u ocultar, las diferencias contrastantes entre poseedores y desposeídos, y deberá de haber leyes que garanticen ese ocultamiento.
Y para que se obedezcan esas leyes (ya sabe usted: suele suceder que hay personas así, que no obedecen), se necesita otro grupo de personas que se dediquen a “implantar el orden”. Una policía, pues. Y, para apropiarse de recursos que estén en otra comunidad, un ejército.
Y que asigne a un color de piel y a un género, el lugar en esa sociedad.
Por ejemplo, las personas de piel oscura soportan mejor las inclemencias del clima (o eso le enseñaron), y las de piel clara son más sensibles, más delicadas (o eso le enseñaron). Las de sexo femenino se desempeñan bien en el hogar. Los varones en los puestos ejecutivos. ¿Loas otroas?… ¡puaj!, es un fenómeno aberrante que hay que eliminar o ignorar su existencia. Para eso se ocuparán los closets, las redadas, las cárceles y los ataúdes.
Usted rescató de la catástrofe lo más importante, es decir, su esquema de valores. Así que es natural que las mujeres, puesto que son quienes pueden tener crías, se encarguen del hogar donde esas crías crecerán e irán tomando el lugar que les corresponde. Trajo consigo también su canon de belleza, así que instintivamente determinará qué mujer es más… más… más “apetecible” (iba a poner “está más buena”, pero la seriedad artística y científica de este texto lo desaconseja), de modo que se seleccionen las mejores “pies de cría” para ir “mejorando la raza”. El “buen gusto” será importante no sólo en la mesa y el vestir, también en la cacería humana.
Claro, las mujeres siempre darán problemas -está en su esencia-, así que deberá implementarse un feminismo moderado, siempre tutelado por el varón. A los “excesos”, los masculinos ofrecerán portarse bien y conceder, por ejemplo, tomar cursos de género. Y que las féminas accedan a espacios de poder. Claro, previa masculinización.
Por ejemplo, la llegada de una mujer a un puesto gerencial será presentada como un “logro” de las mujeres en general, aunque aquella niña-jovencita-adulta-anciana que va a la escuela o al trabajo o al mercado, como alumna o empleada o ama de casa, siga siendo un “blanco de oportunidad” en la mira del depredador oculto detrás de “las nuevas masculinidades”.
Con los oscuros sucederá lo mismo. Continuamente se rebelarán y se resistirán a tomar su lugar en el nuevo mundo. Así que son precisas al menos dos cosas: una es repartir limosnas (tampoco mucho, porque se mal acostumbran); la otra es adoptar a algunos de piel oscura para que se vea que hay inclusión y que siempre estará la opción de escalar en la sociedad. Si persisten en su necedad, bueno, para eso están las policías y los ejércitos.
Si es que, dios no lo quiera, loas otroas siguen el mal ejemplo, no hay problema. Bastará con aplicar el principio de “suplantación”. Esto es, que heteros se finjan otroas, se porten bien, asuman su lugar en los gobiernos y ya está. Ojo: no abandonar nunca la política de clóset-redada-cárcel-ataúd. Bueno, quienes alcancen ataúd. Porque la desaparición forzada será una opción.
La sociedad, digamos, de “piel oscura”, deberá aportar para que el Estado creado pueda apoyar las artes y las ciencias. Porque eso le enseñaron a usted en la escuela: los grandes dineros financiaron los grandes descubrimientos científicos y las maravillosas obras de arte que colman museos inaccesibles y modernos laboratorios y salas de pruebas.
Bueno, colmaban. Porque en este supositorio que le planteo, todo eso desapareció, fue destruido, saqueado, o permanece aislado entre escombros, sangre, huesos, lodo y mierda en alguna parte.
Pero, en su idea sobre el futuro de esa comunidad aislada, en poco tiempo (digamos que en unos siglos), el “progreso” descubrirá nuevos territorios y tecnologías para conquistarlos.
Al inicio con armas “blancas” y armaduras, luego con más armas, de fuego ahora, y tanques y aviones, la conquista avanzará y, con ella, la prosperidad y el desarrollo florecerán. Y, claro, el despojo, el sometimiento (“moderno”, eso sí), la destrucción y la muerte, pero eso no importa ahora.
Pronto, serán los bancos quienes comanden mineras, agroindustrias, corredores industriales, centros turísticos, modernos trenes y aeropuertos que se adentrarán en llanos y montañas, contaminarán ríos, lagunas y manantiales, usarán como empleados (ojo: evite usar la palabra “esclavizar”) a los locales de piel oscura, sacarán lo que puedan y se irán a otro lado, dejando tras de sí un páramo… como en una guerra. En todo momento encontrarán en el Estado el capataz dócil, servil y cruel que se necesitará para el nacimiento de esa nueva civilización.
Y así usted se da cuenta de que es posible tener un lugar seguro si, como quien dice, “sabe con quién relacionarse”. Para eso será necesario un sistema educativo que “enseñe” a las crías, desde pequeñas, cuál es su lugar. Así que sí, que haya escuelas para los oscuros y escuelas para los claros. Su ascenso como artista y científico irá detrás del avance arrollador del nuevo mundo.
Como la libertad de creación, de investigación y de contratación es lo más importante, habrá que evitar la llegada de quienes pugnan por un Estado Totalitario, aunque para eso sea necesario… otro Estado Totalitario.
No importa si este Estado es una democracia representativa, monárquica, parlamentaria, dictatorial, etcétera, sino que sea capaz de homogenizar la sociedad imponiendo la hegemonía de una idea: “progreso” quiere decir progreso de la persona individual, a costa de lo que sea y pasando por encima de quien sea. Ahí, el esfuerzo de los otros debe encaminarse a ser de los unos. Cambiar de bando, pues, sin importar el color, el género (o no género), el tamaño, la religión, la raza, la lengua, la cultura, el modo, la historia. En los unos reinará la felicidad, en los otros la infelicidad de tener que luchar por la felicidad. Los unos son los poseedores, los otros son los desposeídos anhelando ser poseedores.
En esta disyuntiva usted esperará convencer a las otras personas de esta gran idea. Es su turno. Ánimo, aplique lo aprendido.
Claro, es muy probable que alguien le interrumpa y recuerde que todos, incluso usted, están en esa situación precisamente por un sistema con esas características.
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Por supuesto, usted piensa ahora que esta hipótesis es demasiado extrema, que ninguna persona racional, culta, con altos estudios, hetero, masculina o masculinizada, civilizada y “moderna”, querría eso.
Pero no he hecho sino sintetizarle las bases de una sociedad capitalista: explotación, represión, robo y desprecio. Un sistema patriarcal, racista, explotador, guerrerista, criminal, inhumano, cruel y despiadado que, destruyendo, crece. Y creció hasta que destruyó al mundo como usted lo conocía. Una sociedad como en la que usted y nosotros “vivimos”.
Oh, no se enoje. Es sólo una situación como quien dice “hipotética”; un supositorio, pues. Los avances científicos y tecnológicos, así como el florecimiento de las artes “viejas” y “nuevas”, son m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-o-s. Lo del calentamiento global es una patraña inventada por ecologistas ociosos (¿ya dije que, además, son feos?) -meros hippies modernos con estudios-; el cambio climático es una moda, no hay huracanes, terremotos, sequías, inundaciones fuera de las habituales; ¿los feminicidios?, no existen, son castigos que el destino otorga a las mujeres que reniegan de su lugar… o que están en el sitio y el momento equivocados; no hay crimen organizado porque para eso el Estado no admite competencia (en lo de crimen, claro; en lo de organizado está superado con creces); y los diferendos entre países se resuelven por la vía del diálogo, así que no hay guerras, ni genocidios que usen la historia a conveniencia (“tenemos derecho a eliminar al otro porque antes nosotros éramos los otros y quisieron eliminarnos”). En fin, todo bien, ¿no es cierto?
Pero ésta, la de replicar el modelo de organización previo, es sólo una posibilidad, debe haber otras. Porque, en el hipotético “día después”, una opción es recomenzar reconstruyendo el sistema que provocó, azuzó y condujo a su destino la tormenta. Claro, “limando las aristas” de ese sistema.
Le planteo esta posibilidad porque es sabido que, a falta de imaginación y audacia, hay quien tiende a recomenzar a partir de lo conocido. Así como un movimiento que se organiza para enfrentar a un partido de Estado, se convierte en… un partido de Estado. Se nutre de él y se “apropia” de los usos y costumbres de quien fue su enemigo. Así, todo se vale, todo es permitido, para evitar dejar de ser… un partido de Estado.
Y, así como es evidente que “algo” está mal en el sistema, también suele introyectarse la evidencia de que no es posible otra cosa, de que no es posible “un mundo donde quepan muchos mundos”.
Continuará…
Desde etcétera.

El Capitán.
Octubre del 2024.









