La guerra por otros medios: fracking en territorios insumisos
Por Mauricio González González
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
21 de julio de 2026
Es un gusto volver a estar acá. En 2018 tuve la oportunidad de acompañar a mis compañeras Jimena, Edith y Mariana Mora, presentando el reporte de impactos psicosociales del caso Ayotzinapa. En ese momento decíamos que había dolor en el aire y, tristemente, hoy que tengo esta oportunidad de estar nuevamente en esta mesa, en este espacio, tenemos la rabia de la recomendación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que no solamente revictimiza a las familias de los normalistas, de los sobrevivientes y, pues eso, de las víctimas que son parte de todo este dolor que existe en Ayotzinapa, sino también de la exoneración que este reporte hace del Ejército. No sólo hay dolor; nuevamente hay una rabia que, tristemente, nos vuelve a asistir en este momento.
Pero bueno, hoy vengo con otra cosa que, curiosamente, también tiene que ver con cosas del pasado. Yo soy de esa generación de la Escuela Nacional de Antropología e Historia que estudió Etnología muy inspirada por el movimiento zapatista. Hoy vengo, ahora sí, a dar la cara y a dar cuenta de los resultados de investigación que llevan ya un tiempo y que me han ocupado en el tipo de trabajo que hago en diferentes redes y comunidades.
Hoy vengo a hablar un poco más sobre el fracking. Mi comisión, digamos, es dar cuenta del fracking. Entonces, son más o menos tres apartados y espero no ser tan aburrido, pero sí tendré que dar algunos datos y leer algunas cosas.
Bueno, para empezar, me gustaría enmarcar la charla en algo que denominé “La guerra por otros medios: el fracking en territorios insumisos”.
Asistamos a los clásicos para saber qué es la guerra. Tenemos el Manual de contrainsurgencia del capitán Cuauhtémoc Cárdenas Ramírez. Y no es pitorreo: así se llama, Cuauhtémoc Cárdenas Ramírez, el capitán.
Él escribe un manual de contrainsurgencia que se llama Guerrilla. Aparece a finales de los años setenta, principios de los ochenta, y en su tercera parte, que se llama “Guerra de guerrillas, guerra subversiva”, en el apartado cuatro define qué es la guerra.
Dice:
La guerra es la lucha a muerte que se presenta mediante el choque violento de dos grupos de hombres (sic), con el objeto de destruirse para imponer su voluntad. Actualmente, la guerra es la lucha violenta con fines de conquista de los espacios vitales, entendiéndose también como luchas políticas, ideológicas o religiosas, patrióticas, etcétera, con la única finalidad de obtener el dominio de la humanidad.
Nunca más claro que los clásicos, vigentes.
Él definía cuatro tipos de guerra. Esas sí suenan medio raras porque hay que irlas pensando a la luz, justamente, de esta invitación a pensar la guerra contra la humanidad.
Hablaba de una guerra atómica; hablaba de una guerra convencional, esa que se hace con armas tradicionales —convencionales, quién sabe qué sea eso ahora—; guerras irregulares, en territorio sujeto al dominio enemigo, la resistencia; y guerras subversivas contra el ejército que ocupa el territorio nacional, con la que fue catalogado el levantamiento de 1994.
Bueno, vamos a ver qué es el fracking.
Lo pensaba y le puse el título “La guerra por otros medios”, pero ayer Tornel me ganó la cita. Supongo que es pura refriteada. Pero, pues eso, es un término que ocupa Michel Foucault, profesor francés, en un curso donde explica una inversión que hacía un político de la guerra, Clausewitz. Remítanse a Carlos Tornel, 2026.
Él decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios, y Foucault lo que intenta mostrar es que, más bien, esa es la inversión de algo que antecedía: considerar a la política como una guerra por otros medios.
Y cuando tenemos políticas energéticas como la que promueve actualmente la Presidencia en torno al fracking, la neta es que ya no se sabe muy bien si son dos caras de una misma moneda o si son momentos, fases, de una guerra contra la humanidad.
Voy a asumir mi encargo, que es uno que me ha llevado más o menos 15 años trabajando en torno al fracking.
¿Qué es el fracking? O el franking, como le dicen mis compas en la sierra.
Es una técnica que, en español, se llama fractura hidráulica y que se utiliza para extraer hidrocarburos, principalmente metano y petróleo, de formaciones geológicas de baja permeabilidad, como lutitas o esquistos.
A diferencia de los yacimientos convencionales, en los que los hidrocarburos fluyen naturalmente hacia el pozo, los yacimientos no convencionales, de geología compleja, requieren la estimulación de la roca para permitir la liberación del gas o del petróleo.
El proceso consiste en la perforación de pozos verticales y horizontales.
Aquí traigo una tecnología que ocupamos en las asambleas durante muchos años para explicar cómo era el fracking. Es muy avanzada. Se consigue esta tecnología en la calle de Motolinía, ahí en el Centro de la Ciudad de México. Ahora que los compas vayan en diciembre les puedo decir quién es mi marchante.
El pozo de fracking es vertical, como era convencionalmente, y lo que hacen es perforaciones horizontales, que pueden ser radiales, de uno hasta cinco kilómetros. Y son muy difíciles de identificar en superficie porque uno ve una o dos hectáreas con pozos, o grupos de cinco o seis pozos, pero a nivel de profundidad hay muchos kilómetros que están siendo impactados.
Regularmente se considera una técnica radical porque ocupa volúmenes de agua considerables. El 90% es agua inyectada a alta presión, con 9% de arenas de diferentes gradientes para mantener las fracturas abiertas; y lubricantes, que son fluidos que de alguna manera facilitan la liberación del gas o de los hidrocarburos.
Actualmente se tienen registros documentados de que uno de los pozos más productivos en Estados Unidos ocupa 150 mil metros cúbicos de agua, es decir, 150 millones de litros por pozo.
Esto depende del yacimiento, de la tecnología que se ocupe y de las etapas de fracturación. Es muy difícil de calcular, pero hay registros muy consistentes.
Uno de los documentos que siempre invitamos a consultar, para quien nos acusa de desinformar con este tipo de información, es un informe publicado por Médicos Responsables Socialmente y profesionales médicos del estado de Nueva York, que en 2023 publicaron su última compilación: Compendio de hallazgos científicos, médicos y de medios de comunicación sobre riesgos y daños en torno al fracking. Es un documento que reúne más de 2,300 publicaciones que dan cuenta de las afectaciones que tiene el fracking en Estados Unidos, que es uno de los lugares más impactados por la fractura hidráulica.
Pero, bueno, como no somos solamente refriteros de ese tipo de compilaciones —que, por cierto, está disponible en línea y compañeros solidarios han traducido al español—, la pueden descargar por internet.
Dentro de los trabajos que hemos hecho con el colectivo Corazón, del que tengo el honor de formar parte, ha sido mucho el acopio de testimonios y de muchos elementos que sirven no solamente para documentar los agravios, sino también para organizarnos y emprender acciones jurídicas en torno a ellos.
Los impactos son multidimensionales.
Entre los que tenemos en torno al agua, ya sea superficial, en profundidad o de suelo, hay un testimonio de un compañero en Papantla que dice:
“Ahorita tenemos un problema con Pemex porque hicieron una plataforma cerquita de la comunidad. Era un cerro y lo devastaron. La tierra la bajaron cerca del arroyo y, cada vez que llueve, baja un poco de tierra al arroyo. Se ensolvó el arroyo y ya no baja el agua.”
Papantla. Hay afectaciones en el aire, en la flora y en la fauna. Y dice otra compañera, también de Papantla:
“Antes esos arroyos tenían muchos pescados. Cuando yo tenía como siete años íbamos a pescar. Pasaba caminando cerca del pozo petrolero número quince para ir a la escuela. Veía cómo trabajaban. No sé qué tiraban porque, cuando yo regresaba de la escuela, veía el arroyo todo aceitado, con chapopote, y todos los pececitos estaban muertos. La gente no decía nada, no se defendía. Como no tenemos estudio, se aprovechan. Yo de niña vi cómo sufrían.”
Inducción de sismos.
Una de las cosas que más decían que no estaba comprobado. El compendio tiene varios testimonios, varios elementos, varios documentos. Pero, en Ciudad Juárez hay testimonios sobre la sismicidad. Por supuesto, son microsismos; no son sismos como los que han afectado a hermanos como Venezuela o los que hemos padecido aquí, en México, pero hay sismicidad.
También, entre los agravios documentados, están las afectaciones a las actividades agropecuarias.
Un compañero de Papantla —todo esto pertenece a una investigación que hicimos el año pasado— dice:
“Desde que fundamos nuestra comunidad, el aire era más limpio por lo mismo de que había más árboles. Y, por cierto, el arroyo no se nos había estado contaminando; era un arroyo limpio, el cual tenía camarón, tenía pescado. Podíamos ir a atrapar una mojarrita y, ahorita, desde que empezaron los derrames, nuestra fruta, nuestra producción de cítricos, nuestra milpa que sembramos, una vez que ya está casi en un setenta y cinco por ciento de dar el elote, pues se viene un detalle: se nos quema la hoja. Lo de nuestro aire, el sereno que cae, está bien contaminado. La naranja, ahorita, algunas frutas están manchadas, están quemadas, como si les hubiera caído Gramoxone o algo así, un matayerba.”
Salud humana.
Dice otra compañera:
“De la salud no toman en cuenta, ¿verdad? Pero sí, como le digo, cuando hay una peste de aquí, del gas… El agua, que le vuelvo a decir, olía a gas, sabía a gas. El agua sabe a gas.”
Tejido social.
Estas cosas que luego piden en algunos protocolos. Siguen las compañeras de Papantla:
“El problema es que la falta de información hacia la población en general ha hecho que, por ejemplo, nuestras autoridades, en el pasado, hayan firmado documentos con la empresa, con el ejido. Ese es el problema: vienen aquí a la comunidad, hacen reuniones con los ejidatarios y les hablan, les dicen que van a hacer estudios, que tienen concesiones, y la gente da esos permisos.”
Modos de existencia vernácula.
El burrito. Un camarón de río. Dicen nuevamente:
“Cuando te mueres o trasciendes a otro espacio, ellos son los que te dan el agua para tener energía y seguir el camino entre la vida y la muerte. La eliminación de este animal es parte de la pérdida de la identidad. El agua se la han acabado y contaminado. El agua tiene memoria, porque ahí íbamos…”
Ya no van.
Después de varias dimensiones —agua, tierra, aire, salud, tejido social, modos culturales— surge la pregunta: ¿Por qué utilizar fracking?
La explicación, como ayer nos invitaba Gilberto a pensar, tiene que ver con procesos sistémicos.
Cuando un yacimiento, un pozo o una región petrolera llega a su punto máximo de producción, lo inminente es el declive. Es lo que llaman el pico del petróleo, el pico de Hubbert.
En México, desde hace aproximadamente veintiún años, según Luca Ferrari, un compañero solidario, se alcanzó el pico del petróleo en términos de hidrocarburos convencionales y, hace alrededor de diecisiete años, el del gas. Entonces hay que rasparle la olla y sacar todo el energético que se pueda. Por eso se requiere más inversión y técnicas mucho más agresivas.
El asunto es algo que se ha teorizado mucho. Hay mucha gente que habla de la naturaleza barata que creó el capital. Ese petróleo barato que aparecía en las milpas de la Huasteca y del Totonacapan ya no existe. Entonces hay que perforar más, meter fluidos mucho más tóxicos y sacar metano.
Vámonos ahora a la parte más contemporánea, y más a nivel nacional.
El fracking en México empezó a experimentarse desde los años 1960, pero, al menos los testimonios que nosotros compartimos, corresponden a la región del Totonacapan, donde, según SEMDA y TerraVida —una organización que trabaja allá en el Golfo—, aparecen reportes desde 1996.
El trabajo que tenemos hecho —justo este que Pablo está ofreciendo muy barato, quinientos pesos; este sí no es en euros— comenzó a registrar información desde 2002 y sigue en curso.
En términos de hidrocarburos no convencionales, es muy difícil obtener información. Siempre está clasificada; siempre hay un hermetismo impresionante. Pero, por lo que hemos podido constatar diferentes compañeros que han trabajado muchos años en esto, dentro de la Alianza Mexicana contra el Fracking, se han identificado aproximadamente veinte pozos de no convencionales al sur de Nuevo León; cuatro en Tampico-Misantla, dos de los cuales registramos nosotros desde el colectivo Corazón; y dos experimentos de exploración realizados por el Instituto Mexicano del Petróleo durante el sexenio pasado.
Pero no sabemos, la verdad es que es información muy difícil de obtener.
Lo que sí sabemos es que hubo un proyecto llamado Aceite y Gas de Lutitas, durante el sexenio pasado, en el que la administración de Andrés Manuel López Obrador, que supuestamente iba a prohibir el fracking —e incluso en internet ponía que ya lo había prohibido—, dejó listos todos los estudios de exploración para que la actual Presidencia empiece a hablar de “fracking sustentable”.
Y bueno… pa qué se ríen, esto es serio.
En 2026 aparece oficialmente el “fracking sustentable”. Es una innovación del Gobierno de México.
El argumento es que existe una dependencia energética. El 73% del gas que se utiliza en México se importa de Estados Unidos y buena parte —si no es que todo— proviene de fracking. De ese 73%, el 67% se ocupa para la generación de electricidad. La Comisión Federal de Electricidad lo ocupa en plantas de ciclo combinado, que fueron diseñadas durante sexenios anteriores. El gas estadounidense era muy barato, y apostaron por ese modelo.
Entonces hay un dato fuerte que debemos poner a discusión:
La matriz energética nacional depende en aproximadamente un 88% de combustibles fósiles, y de ese, el 80% es de transporte e industria. Efectivamente existe una dependencia de la matriz fósil. Efectivamente existe una dependencia del gas estadounidense. Y efectivamente la generación eléctrica depende, en gran medida, del gas.
Ustedes saben que hay un grupo de expertos que iba a entregar su investigación y sus resultados hace unas semanas, en torno a la viabilidad de este tipo de fracking que, según se argumenta, requiere el país para sostener esta demanda energética, constituido principalmente por especialistas en energía afines a las industrias energéticas fósiles y uno que otro que medio le sabía a cuestiones ambientales, pero que despreció a especialistas en toxicología, especialistas en hidrología y, por supuesto, a especialistas de los pueblos que han padecido el fracking, como los testimonios que les acabo de compartir.
Pero bueno, ¿de qué va el “fracking del bienestar”?
Este tipo de fracking ya estaba previsto desde 2022. Uno de los documentos de la hoy extinta Comisión Nacional de Hidrocarburos señalaba a la cuenca Tampico-Misantla —que abarca el sur de Tamaulipas, el norte de Veracruz y se extiende hacia Hidalgo, el norte de Puebla y parte de San Luis Potosí— como la prioridad energética en materia de hidrocarburos no convencionales.
Pero por las declaraciones de la actual Presidencia, lo que deja ver es que la prioridad parece ser la cuenca Sabinas-Burro-Picachos, ubicada entre Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. También se habla de la cuenca de Burgos, entre Nuevo León y Tamaulipas.
Son tres cuencas petrolíferas que están supuestamente muy investigadas, que tienen potencial de hidrocarburos no convencionales y que hoy están abiertamente en riesgo.
Por fortuna, esta nueva etapa nos encontró con un poco más de experiencia y compañeras y compañeros de la Alianza Mexicana contra el Fracking han actualizado, como han podido, la investigación sobre estas cuencas.
Recientemente, CartoCrítica, hace menos de un mes, publicó un texto titulado “Fracking sin coordenadas públicas”. El mérito del trabajo —sinceramente— es que consiguen datos de quién sabe dónde, pero que permiten hacer cruces demográficos muy interesantes que dejan ver el tipo de consecuencias que podría haber en afectación de cuencas.
Los datos están disponibles en línea en la página de CartoCrítica. Pero lo que dejan ver Manuel Llano, Carla Flores y Rafael Flores es que seis millones de personas más o menos estarían potencialmente afectadas; una tercera parte en zonas rurales, de las cuales 4.4 millones habitan áreas directamente impactadas por la extracción de hidrocarburos no convencionales. Alrededor de 877 mil personas hablan alguna lengua originaria: masehual, tutunakú, tének, tepehua, otomí, pame y, en Coahuila, kikapú. De los 7.7 millones de hectáreas consideradas dentro de estas áreas de explotación potencial, 2.4 millones de hectáreas corresponden a ejidos y bienes comunales.
Hay un dato que es muy duro, en el que los compañeros de CartoCrítica se han especializado tiene que ver con los daños sobre la salud. Entre la población potencialmente afectada hay 591,534 niñas y niños menores decinco años y 1,537,539 mujeres en edad reproductiva, el 49.5%, mujeres que son particularmente afectadas por este tipo de explotación.
Y una cosa que se pone también seria es que los recursos que se podrían extraer, los recursos prospectivos, los que está comprobado que existen y que pueden tener cierta viabilidad comercial, son sólo el 10% de lo que se tiene registrado. Para ello se requerirían 25,638 pozos, que consumirían 1,923 millones de metros cúbicos de agua. A cambio, se recuperarían 3.9 mil millones de barriles de petróleo crudo equivalente y 12.1 billones de pies cúbicos de gas, útiles para 5.9 años de consumo nacional de petróleo y 3.7 años de gas.
Si se sacara el recurso prospectivo con viabilidad comercial, serviría para 5.9 años de consumo nacional de petróleo y 3.7 años de gas. Esto, ocupando territorios que ya tienen crisis hídricas serias o extremas, actualmente, sin el fracking.
¿Soberanía? Para la explotación del fracking en México, la empresa petrolera más endeudada del mundo requeriría justamente el capital de empresas estadounidenses, principalmente su experiencia y sus tecnologías. Entonces, esa soberanía está rara; también habría que repensar a qué se refieren con soberanía energética.
Pero hay instrumentos, por ejemplo financieros, que se están proponiendo y que ya han aparecido en algunos medios de comunicación, como los fideicomisos que supuestamente la administración anterior había cancelado. Los fideicomisos, ya saben, son instrumentos financieros en los que participan diferentes sectores, entre ellos el público y el privado. Por ejemplo, Fundar, en 2018, una organización, llamaba El arte de desaparecer dinero público. Una manera de meter derechos financieros y mercantiles para que nadie sepa bien qué está pasando y puedan tener toda la discrecionalidad que se requiere para, pues, corrupción en abierto.
Entonces, bueno, como dice un compa ahí de Corazón Empapante, Rodo: el fracking es fracking, independientemente de que se baje o se mitigue algún tipo de impacto. La Presidencia se ha agarrado con el agua; hay muchas evidencias de que existe experimentación sobre nuevas tecnologías. El fracking es fracking.
Y, bueno, lo que tenemos es, por supuesto, la extracción de metano o gas fósil que, de acuerdo con los reportes más conservadores, como los del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, debería ser cancelada. Pero, bueno, aquí la propuesta para la soberanía energética es extraer metano. Bueno, de este asunto va el fracking y algo que, pues eso, siempre hacemos énfasis, es que no nos dejamos.
Las cosas han estado difíciles. Ha sido muy raro, la verdad, investigar esto. La sensación es que uno está contra un monstruo de un tamaño y de una escala que no siempre es fácil de dimensionar. Pero la gente se organiza. Hoy en día, por ejemplo, el fin de semana pasado fue el sexto Foro Regional en la Huasteca, en donde se están organizando comunidades, organizaciones, investigadores, comunidades eclesiales de base, muchas compañeras, que están diciendo no al fracking.
La Asamblea Masewal, Tutunakú y Mestiza de la Sierra Norte de Puebla, los especialistas en parar minas, se ha declarado justamente en contra del fracking. La Asamblea del Trueno, en Papantla, constituida por varias organizaciones y comunidades, se ha amparado y tiene un recurso jurídico contra el fracking. Se tiene un registro, y sigue creciendo, de más de 200 actas de asambleas en donde los territorios se declaran libres de fracking.
Vero Muñer, Ramón García, Maribel, del Centro de Derechos Humanos, que andan por aquí, nos pueden contar la epopeya de cómo se hacen este tipo de actos frente al fracking.
Y algo que está pasando también, muy bonito, es que la Alianza Mexicana contra el Fracking, que luego tiene muchos integrantes —ya saben, bajan y ya quedamos tres gatos y luego otra vez vuelve a tener cierta relevancia—, hoy en día está muy activa en las redes y tenemos un montón de organizaciones y compañeros que se están rifando con la Alianza y están generando nuevas redes y nuevas formas de lucha.
Entonces, bueno, donde hay opresión hay resistencia. Y una que a mí me importa mucho, que es de otro tipo, que es justamente parte de esa otra guerra que también los pueblos hacen, tiene que ver con los modos en que los pueblos se muestran insumisos a esta matriz de poder que, pues eso, se declara en guerra.
Y voy a hacer algo que nos enseñó a hacer el profe Andrés Aubry en su Chiapas a contrapelo, al modo galáctico, en donde llevaba a dimensiones poco convencionales la forma de hacer historia. En este caso me gustaría pensar justamente con las formas en que los pueblos insumisos producen ecologías.
En el Totonacapan hay una cosa que es característica y que duele mucho, que tiene que ver con las ofensivas que ha tenido la vainilla. La vainilla, como ustedes saben, es una orquídea que ha sido co-creada gracias a manos totonacas, que la llevan justamente a los acahuales y que ocupa, en la rotación de parcelas, una forma muy virtuosa de generar vida, generar alimentos y pensar que la biodiversidad y la agrobiodiversidad no son un regalo solamente natural, como ayer nos mostraba Tornel, sino que están co-creadas por estos pueblos.
Algo que nunca nos quieren conceder es que estos territorios no son sin los pueblos. No es un regalo que estos territorios tengan lo que tienen. Estos territorios han sido co-creados y no pueden pensarse sin estos pueblos. Es algo que nosotros vamos a defender y que es clarísimo en los manejos milperos, donde se produce tierra a través de roza, tumba y quema; donde se producen cierto tipo de maderables y manejos que tienen que ver incluso con ciertos cítricos; donde la vainilla puede crecer ahí donde la tierra se está recuperando y está permitiendo que un montón de bichos vuelvan a habitarla; y donde se enriquece con un montón de productos agrodiversos que, de alguna forma, forman parte justamente de la mesa de cada totonaco y cada totonaca.
Entonces, bueno, frente al terricidio del que Moira Millán habla en su libro, sobre el tipo de agravio que está padeciéndose actualmente, defendemos una forma de terraformación tutunakú. Esa que, de alguna manera, aparecía en libros de ciencia ficción.
Es muy curioso porque es un término que hoy ocupan muchos geoingenieros de grandes empresas, riquillos de ultraderecha que, de alguna manera, quieren decir para dónde va la humanidad. Pero es un término que aparece en los años cuarenta en la ciencia ficción norteamericana, en un cuentito de Jack Williamson que se llama Órbita de colisión. Ese término de terraformación sí estaba medio mamilón porque era como: ya saben, vamos a conquistar Marte y entonces vamos a generar una Tierra ahora sí más chida, porque esta como que nos quedó medio gacha.
Pero hacia 2001 escribe otro texto que se llama Terraformar la Tierra, el Williamson, y ahí la cosa se empieza a parecer tristemente un poco más a lo que parece que algunos están apostando. Tiene que ver con que la Tierra se devastó, se perdieron las condiciones de vida y un grupo de humanos clonados habita la Luna. En diferentes generaciones lo que intentan es recuperar la Tierra, terraformarla.
Y es muy curioso porque siempre les sale mal. Pero algo que están interviniendo todo el tiempo, y que es de veras lo que acalambra cada vez que uno está en la milpa con totonacos y totonacas, es que cambia la atmósfera, a la manera de lo que sucede cuando tienes manejos forestales, donde dicen los compas que siempre hay nubes ahí donde hay árboles. Y apelo a todos los productores que están aquí presentes: cambia la temperatura justamente donde hay ciertos manejos; cambia el paisaje, la topografía; intentan cambiar la ecología justamente con agrobiodiversidad, sembrando con formas conviviales entre diferentes especies.
Y algo que es interesantísimo es que también intervienen la geología. Y curiosamente, cada vez que veo que una asamblea se declara en contra del fracking, se declara libre de fracking, me parece que ahí estamos interviniendo la geología. Estamos impidiendo que un cierto tipo de avasallamiento geológico, como es el del fracking, termine con la vida.
Entonces: no al fracking, ni aquí ni allá, ni hoy ni nunca, ha sido nuestra bandera de terraformación geológica, que justamente aprendemos del brazo de las asambleas, del brazo de los pueblos, del brazo de redes de compañeros y compañeras.
Y bueno, ya para dar paso a mis otros compañeros y no aburrir más, conclusión.
Un profesor, Andrés Malm —M-A-L-M, Malm, cuesta trabajo decirlo—, habla de una cosa que ya es reiterativa con lo que nos han enseñado los tutunakú, los masewal y los tének, que tiene que ver con que el capital no se puede pensar sin la energía fósil. Él lo llama capital fósil y lo define así:
“Una economía de crecimiento autosostenido basada en un consumo cada vez mayor de combustibles fósiles y que, por lo tanto, genera un crecimiento constante de las emisiones de dióxido de carbono.”
Ningún crecimiento puede alimentarse a sí mismo; siempre depende de la retirada y la disipación de recursos naturales. El capitalismo es fósil. Estar en contra de la extracción de hidrocarburos, en cualquiera de sus modalidades, pero por supuesto contra el fracking, es anticapitalista.
Y un otroa, Paul Preciado, pone cuatro jinetes del apocalipsis para definirlo. Él habla de un capitalismo petro-sexo-racial: capitalismo; petro, pensando en la extracción petrolera; sexo, más bien ex-patriarcal; racial, por supuesto, siempre privilegiando a la blanquitud. Y nosotros tendríamos que añadirle, gracias a los pueblos como los del Totonacapan y la Huasteca, antropocéntrico. Es un capitalismo petro-sexo-racial antropocéntrico.
Y algo que hemos aprendido justamente del brazo de nuestras compañeras y compañeros es una cosa muy interesante porque siempre hablamos de la espiritualidad de los pueblos, de la cosmovisión. En la antropología mexicana es algo que tiene mucha taquilla actualmente, pero que lleva la discusión a otra forma que no necesariamente es tan justa con esto que acabamos de platicar en torno a la producción de ecologías de los pueblos.
Pensamos que hay un realismo de esos pueblos que tiene al menos tres características. De veras hay un montón de buenos trabajos actualmente con el pueblo wixárika, con la Sierra Norte de Puebla, con los masewal, con los tutunakú, con los tének, en pueblos mayenses. Es fascinante.
Hay muchos resultados que hablan de pueblos que tienen una inclusividad socializante radical, que en su sociabilidad incluyen un montón de metahumanos, un montón de más-que-humanos, un montón de humanos y que siempre son inestables, que siempre crean nuevos conjuntos.
Recién sacamos un texto con Helena Maldonado, que está aquí presente, en el que veíamos cómo la religiosidad entre muchos pueblos puede incluir santos, la dueña del agua, un Pokémon; siempre se pueden desestabilizar esos conjuntos y, de alguna manera, crear nuevas sociedades.
Y, por último, es múltiple. No es exclusiva ni es el único estatuto de verdad ese tipo de colectividades que se crean, que se ven y se constatan en los territorios; que se ven en sociedades ampliadas, podríamos decir, en donde justamente no se puede pensar a los pueblos sin territorios ni a los territorios sin pueblos. Son parte del mismo conjunto.
Y hay algo que es fascinante porque ahí es donde, cuando el SubMoy nos invita a pensar el común, da la sensación de que hay algo que se parece a esto que hemos aprendido con los pueblos: inclusividad radical, inestabilidad, porque siempre está innovándose, es muy inquieta y es múltiple. No siempre se jerarquiza, no necesariamente, y puede de alguna manera seguir siendo innovada y seguir teniendo autocrítica y nuevas posibilidades.
Entonces, bueno, ¿qué nos toca? Pues sí, hay que exigir la diversificación energética, por supuesto; hay que exigir el ahorro, la eficiencia y la transparencia en el uso de energéticos. Pero nosotras, nosotros, nosotroas proponemos la transformación socioenergética, no la transición energética, que de alguna manera renuncia contundentemente a la matriz energética fósil bajo formas de relación no antropocéntricas que se tejen de modo popular, antipatriarcal y anticapitalista.
Nuestra lucha es por la vida. Nuestra guerra es también por otros medios y justamente es insumisa a la subjetivación de esa hegemonía que nos hace y nos quiere hacer pensar como ellos.
El día de hoy, a las dos de la tarde, en Radio Guayacocotla, tuvimos un programa en el espacio del colectivo Corazón, en donde recuperamos varias voces de las y los asistentes de este semillero. Era muy bonito porque, en pequeñas grabaciones, hicieron un compilado en donde varias y varios decían:
“Venimos a este semillero porque el zapatismo sigue siendo un faro, sigue siendo una forma de orientación, sigue siendo oxigenizante, sigue siendo una manera en la que muchas y muchos podemos aprender, continuar la lucha, seguir tejiendo e imaginando futuros posibles.”
Gracias.


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