Movimiento Agrario Indígena Zapatista anuncia jornada de movilización 17, 18 Y 19 de febrero
A los medios de comunicación
A la opinión pública nacional e internacional
A las organizaciones sociales y de derechos humanos
Al Congreso Nacional Indígena
A los pueblos indígenas de México y del mundo
El Movimiento Agrario Indígena Zapatista (MAIZ), con 27 años de historia organizativa y resistencia territorial, convoca a una Jornada de Movilización los días 17, 18 y 19 de febrero ante el avance del modelo extractivista y la profundización de mecanismos de control político sobre nuestros pueblos.
En distintas regiones del país, particularmente en la Mixteca poblana y oaxaqueña, se ha concesionando para litio, tierras raras y otros minerales estratégicos bajo el discurso de la llamada “transición energética”. Estas concesiones avanzan sin consulta libre, previa e informada, violentando el derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas y poniendo en riesgo el acceso comunitario al agua y a la tierra.
Al mismo tiempo, observamos con preocupación el uso político de los instrumentos presupuestales federales.
Advertimos que el manejo político y clientelar del Ramo 33, particularmente en su componente FAIS dirigido a pueblos indígenas, está siendo utilizado como mecanismo de control y fragmentación comunitaria, afectando los sistemas normativos internos y debilitando los procesos de autonomía indígena.
Lejos de fortalecer la vida comunitaria, estas prácticas generan división interna, disputas políticas y debilitamiento del tejido organizativo que los pueblos hemos construido durante décadas de lucha.
Denunciamos también el contexto de criminalización y permisividad frente a la violencia contra quienes defienden el territorio, como los compañeros de la UCIZONI, en particular el compañero Carlos Beas, en Oaxaca, amenazado por su labor. Mientras el capital transnacional avanza, los pueblos que resisten enfrentan amenazas, persecución y estigmatización, como las mujeres triquis desplazadas de Copala, después de 16 años sin retorno y sin atención integral.
Se pregona el discurso del “Bienestar”, pero nuestros pueblos siguen siendo sacrificados. No existe atención real a las demandas sociales más sentidas, mientras quienes empeñaron falsas palabras de cambio gobiernan desde sus escritorios, alejados de la realidad de la gente.
Nuestra movilización no es un acto aislado. Es una acción legítima de defensa colectiva frente a un modelo económico que prioriza el capital sobre la vida.
Exigimos:
• Cancelación definitiva de concesiones mineras otorgadas sin consulta libre.
• Cancelación de la concesión del proyecto Coyolapa-Atzalan.
• Nulidad de permisos ambientales simulados.
• Respeto pleno a la libre determinación y a nuestros sistemas normativos internos.
• Alto a la criminalización y a la violencia contra quienes defienden el territorio.
• Mesa inmediata de trabajo con la Secretaría de Gobernación, la Comisión Nacional del Agua, la SEMARNAT y las instancias que se requieran.
Reiteramos nuestra exigencia de:
• Justicia para Samir Flores Soberanes.
• Justicia para Bety Cariño y Jyri Jaakkola.
• Presentación con vida de Sergio Rivera Hernández y de todas las personas desaparecidas.
• Trato digno para las personas migrantes que cruzan nuestros territorios.
Esta jornada es la afirmación de nuestra autonomía, de nuestra organización comunitaria y del derecho colectivo a decidir sobre el agua, la tierra y el territorio.
No es solo una movilización.
Es la defensa de la vida frente al modelo de muerte.
A 30 años del incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés.
Movimiento Agrario Indígena Zapatista (MAIZ)
Febrero 2026
La vida narrada como competencia
Por Nysaí Moreno | Avispa Midia
En portada: El biólogo británico Julian Huxley dirigiéndose a la Sociedad Zoológica en 1942. Presidente y vicepresidente de la Sociedad Británica de Eugenesia, corriente de pensamiento que retoma el darwinismo para justificar la reproducción de personas consideradas aptas, al mismo tiempo que dificulta la procreación de quienes consideran inferiores. Fotografía: Felix Man.
La vida no conquistó el planeta mediante combates,
sino gracias a la cooperación.
Las formas de vida se asociaron unas con otras
para lograr un mayor nivel de complejidad y creatividad.
— Lynn Margulis
La biología moderna no surgió en el vacío. Se constituyó como ciencia en un momento histórico preciso: el siglo XIX industrial, atravesado por la expansión colonial, la consolidación del capitalismo y la fe en el progreso como horizonte inevitable. En ese contexto, las teorías científicas no sólo describían el mundo natural; también dialogaban –a veces de manera explícita, a veces de forma silenciosa— con los imaginarios sociales de su tiempo.
La publicación de El origen de las especies en 1859 de Charles Darwin marcó un punto de inflexión. La teoría de la selección natural ofrecía una explicación poderosa sobre la transformación de las especies a lo largo del tiempo, basada en la variación, la herencia y la adaptación a condiciones cambiantes. Sin embargo, muy pronto, esta propuesta fue leída a través de un lente particular: el de una época que concebía la historia como una carrera, el desarrollo como acumulación y la supervivencia como victoria.
No fue Darwin quien afirmó que la vida avanzaba por conquista ni quien propuso una jerarquía de valor moral entre los seres vivos. Fue, más bien, la recepción de su teoría la que la inscribió dentro de una narrativa más amplia, acorde con el imaginario industrial: una naturaleza entendida como escenario de competencia permanente, donde sólo los más aptos logran imponerse. La selección natural fue traducida así en una épica de vencedores y vencidos, y la complejidad de los vínculos biológicos quedó subordinada a la lógica de la lucha por la existencia.
A pesar de que El origen de las especies constituyó una obra fundamental, capaz de presentar a la comunidad científica y al público general pruebas abrumadoras a favor de la selección natural, Darwin no ofreció en ningún momento una explicación del surgimiento de nuevas especies en términos de generación de novedad hereditaria. De hecho, el propio Darwin evitó el uso del término “evolución”, y prefirió hablar de «descendencia con modificaciones», dejando abierto el problema de cómo emergen formas de vida cualitativamente nuevas. El mismo Darwin escribió: “Cualquiera a quien su disposición le conduzca a atribuir más peso a las dificultades no explicadas que a determinado número de hechos, rechazará sin duda mi teoría” (El origen de las especies, 1859).
Fue sólo décadas después, entre 1930 y 1960, cuando el neodarwinismo —conocido como la “síntesis moderna”— atribuyó el cambio evolutivo principalmente a la mutación aleatoria, fijando retrospectivamente una lectura que Darwin nunca formuló de ese modo. Con el tiempo, esta lectura competitiva dejó de ser una interpretación, entre otras posibles y comenzó a funcionar como relato dominante. La vida fue narrada como un proceso lineal orientado al progreso, y el conflicto se elevó a principio explicativo casi exclusivo. En ese desplazamiento, el marco darwiniano previo a su codificación neodarwinista, pasó de describir dinámicas biológicas a ofrecer una gramática para pensar el orden social, económico y político del mundo moderno.
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