TRANSMISIÓN EN VIVO Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
Wilfrido A. Gómez-Arias. “Nuestra agua, sus concesiones. La arquitectura legal del despojo y el acaparamiento del agua en México” Carlos Tornel. “Capitalismo, guerra total y la rebelión de lo vivo” Comisión Sexta Zapatista
Muchas gracias, compas, una vez más por esta invitación. Es un gusto y un placer estar aquí otra vez en el Cideci. Es un verdadero gusto y un honor poder compartir estas palabras, que espero abonen a la discusión sobre la guerra contra la naturaleza. Esta vez trataré de ir más lento. Ya no traje el celular; intentaré también no ofender a los anfitriones. Reitero que toda acusación contra el tabaco fue dirigida a sus oligarcas corporativos.
Espero que esta sea una ocasión para revisitar los puntos de la Cuarta Guerra Mundial y ojalá al final aparezca ese mítico pastel de moca que, como el quinto partido —ah, no, perdón, ahora el sexto partido—, no termina de llegar. En fin, no llega.
Traté de organizar esta intervención a partir de una provocación que el zapatismo formuló hace ya más de 20 años: la idea de que vivimos en una Cuarta Guerra Mundial. No voy a repasar aquel planteamiento con lujo de detalle. Me interesa recuperar solamente tres de las líneas que siento que siguen siendo fundamentales para comprender nuestro presente.
Antes de comenzar, me gustaría agradecer por esta invitación que me hicieron llegar para compartirles algo que hemos intentado ir entendiendo, aprendiendo junto con mi esposa Andrea, otros colegas, sobre un tema tan importante como es el acaparamiento de nuestras aguas.
Es para mí un honor estar aquí con ustedes, compartiendo esta experiencia junto a otros compañeros, compañeras, compañeroas y junto a ustedes, en este espacio en el que han pasado diversos personajes, pueblos, comunidades, a compartir su palabra, sus luchas, su pensamiento crítico y otras formas de construir otros mundos posibles.
He de confesar que siempre que me encuentro en una encrucijada hacia dónde navegar, recurro a ustedes, a su pensamiento, a su rebeldía, a lo que van construyendo desde el común.
No voy a negar que estoy nervioso, pero haré todo lo posible por lograr una exposición que nos permita comprender y reflexionar sobre cómo ha sido y sigue siendo la arquitectura legal del despojo y el acaparamiento del agua en México. Voy a terminar en una hora.
Antes de iniciar esta exposición, quiero expresar también mi afecto y reconocimiento por su compromiso y esfuerzo, que hoy, una vez más, y a lo largo de su existencia como zapatistas, convocan a estos memorables encuentros de reflexión, a este semillero sobre la guerra contra la humanidad.
Agradezco esta invitación para compartir ideas sobre racismo y violencias contra los pueblos. Debo decir que, indudablemente, es una experiencia perturbadora para todos constatar que vivimos como humanidad en un tiempo de extrema violencia, que sabemos es indisociable de un capitalismo que, en esta fase de crisis sistémica, avanza violando, más que nunca, los derechos de los pueblos; inseparable también de un terrorismo de Estado que actúa con una sofisticada tecnología que se expande con inmensa capacidad destructiva por todos los rincones del planeta.
Esta estrategia de los poderes dominantes se torna en una política que opera impunemente, con la guerra y el exterminio como sus expresiones recurrentes, causas de que la vida de los seres humanos y la naturaleza, y todo lo construido en siglos por pueblos y culturas, patrimonio de la humanidad, enfrentan riesgos que atentan contra su existencia y continuidad, y el disfrute y derecho a la vida.
Agradezco a las y los hermanos zapatistas por invitarme a este semillero, al que vengo como integrante del Colectivo de Apoyo al EZLN-CNI-CIG “Llegó la Hora de los Pueblos”, que tiene su origen precisamente en el esfuerzo por acompañar las acciones de los pueblos en defensa de la vida, la paz, la justicia y la dignidad. Recordando con especial cariño a uno de sus fundadores, don Pablo González Casanova, quien cumplió a cabalidad, hasta el final de su fructífera vida, las tareas de ese vigía que los mayas zapatistas describen como el centinela de la reflexión crítica, que sabe distinguir los cambios, mira los indicios, los valora y los interpreta; que no se cansa, mucho menos se rinde, y señala los peligros y las tormentas, sin consignas, autos de fe ni modas de la academia extractivista.
Ese merecido reconocimiento de los zapatistas al más notable científico social de nuestro país, realizado en este mismo auditorio, vino a colmar una vida plena de congruencia ética y compromiso social e intelectual. Fue precisamente por esa entrega a la causa de los pueblos que la Comandancia General del EZLN lo premió a la manera de los zapatistas, es decir, dándole más trabajo. En aquella noche memorable en que le impusieron el grado de Comandante Contreras y lo integraron al Comité Clandestino Revolucionario Indígena del EZLN, convirtiéndolo en un obligado referente con el que se pone a prueba una intelectualidad anquilosada y alejada de las resistencias anticapitalistas y de la lucha contra la recolonización y la guerra social que viven nuestros pueblos y naciones.
Ese es el tema que vamos a discutir en este semillero.
Esta edición es un programa sobre los 90 años de la revolución social en España, celebrando a los compañeros de la CNT y la FAI que lucharon y siguen luchando por ese nuevo mundo que llevamos dentro de nuestros corazones.
Se discute un poco la historia de la revolución social, dando antecedentes y sus actores. La hipótesis propuesta es que los anarcosindicalistas no destruyen las estructuras estatales pues existían dos problemas. El primero es que pensaron que éstas se disolverían ante la revolución; la segunda es que necesitaban las armas y las estructuras estatales eran las que podían conseguir el armamento necesario para combatir a los fascistas. Una hipótesis lanzada también aquí es que, a pesar de que los anarcosindicalistas tenían de las organizaciones mas grandes y mejor organizadas, éstas siempre fueron eclipsadas por el Partido Comunista Español que, aunque en 1936 era muy pequeño, Stalin sólo le da las armas y el control a los del Partido Comunista. Es así que el Frente Popular se vuelca al Partido Comunista.
Hoy día la historia la cuentan como si los anarquistas hayan sido insignificantes en la resistencia contra el fascismo, olvidando la Revolución Social que llevaron a cabo los compañeros de la CNT- FAI.
Nestes dias, que para alguns são de celebração e euforia nacional, aqueles que há décadas resistem, caminham e levantam a voz nos mostraram — como bem nos dizem Camila, Berenice e todxs aquellxs que têm marchado nestes dias — a verdade mais dura: se aqueles que buscam se cansam, este país fica sem memória, sem rumo e sem futuro. O México ainda é isto: dor, individualismo, consumismo e violência, mas também pessoas, coletivos e comunidades que, apesar de tudo, continuamos acreditando que outra vida é possível.
A Copa do Mundo da festa, mas também da dor e da dignidade
Camila Zárraga
O problema muitas vezes não é a falta de solidariedade. Muitas vezes é o medo. É a covardia com que muitas pessoas aprenderam a viver. E, sinceramente, me incomodam as mensagens que dizem que eu tenho um valor que os outros não têm. Não é porque eu não entenda; eu entendo o suficiente. Mas também estou cansada. Porque eu não sou uma super-heroína, não sou diferente do resto. Continuo sendo uma pessoa que marcha, fala, chora, erra e sente medo. A verdadeira coragem é outra coisa. A verdadeira coragem é levantar todos os dias sabendo que dois dos momentos mais importantes da sua vida foram o nascimento do seu filho e o desaparecimento dele. A verdadeira coragem é continuar ensinando porque você ama seu trabalho, mesmo sem receber o suficiente para fazê-lo com dignidade.
Perdi a conta das vezes em que tive que sair da aula para comprar um marcador para que a aula pudesse continuar, porque simplesmente não havia orçamento. E, ainda assim, pela primeira vez em dezoito anos, eu amei a educação. Eu amei as pessoas com quem estudo e com quem compartilho a vida. Eu prefiro mil vezes uma escola pública a uma privada. Não pela educação em si, porque muitas vezes a educação pública também tem problemas enormes. Eu a prefiro pelas pessoas. Porque se amanhã eu me tornar uma das dezenas de pessoas que desaparecem diariamente neste país, muitos dos meus antigos colegas diriam que eu procurei isso por ser revoltosa. Em contrapartida, a família que construí aqui, o carinho que encontrei em pessoas com quem jamais imaginei cruzar meu caminho, moveria céu e terra para me encontrar.
É triste ver pessoas que se acham ricas quando os verdadeiramente ricos nem sequer as consideram suas iguais. É triste vê-las brigando por uma Copa do Mundo enquanto neste país seguimos contando desaparecidos. É triste admirar pessoas por sua trajetória e depois vê-las celebrar enquanto, do outro lado, pessoas eram espancadas, detidas e humilhadas por exigir justiça. Também é triste ver como o trabalhador que deveria te proteger acaba protegendo os interesses de quem o explora.
No caminho até o estádio vi a polícia avançando. E foi triste vê-los porque também são trabalhadores. Mas são trabalhadores que podem espancar, torturar ou até matar. Me perdoem, mas por algo existe a frase: “polícia com consciência atira em si mesmo”. Às vezes me pergunto como conseguem dormir. Como conseguem abraçar suas mães depois de terem humilhado outras mães que apenas exigiam que fizessem seu trabalho. Um trabalho que eu e você pagamos com nossos impostos. Um trabalho que deveria evitar que existissem as mães buscadoras. Porque não é normal que elas existam. Não é normal admirá-las. Não é normal que haja mulheres atravessando desertos, valas comuns e estradas em busca de seus filhos. São pessoas de quem tiraram alguém que amavam: um filho, uma filha, um irmão, uma mãe, um pai. São a consequência de uma violência que permitimos que se tornasse normal.
E, ainda assim, isso também é o México.
O México é celebrar com nossos mortos e ao mesmo tempo chorá-los. É lembrá-los em um altar enquanto ainda os buscamos. É ver jovens que, apesar de todas as dificuldades, conseguem acessar a educação pública e se organizar para defender a vida, a memória e a dignidade.
Por isso foi tão significativo marchar e fechar a Avenida de Tlalpan junto com eles. É algo pelo qual sempre vou ser grata. A recepção que nos deram foi uma das coisas mais bonitas que já vivi. Ver seus rostos cheios de emoção, esperança e convicção foi inspirador. E essa emoção está começando a voltar à minha universidade. Aos poucos, companheiras e companheiros estão recuperando sonhos e esperanças que durante anos nos foram tirados. Aos poucos voltamos a acreditar que podemos construir algo melhor. E vamos continuar lutando para que um dia a Universidade Autônoma do Estado de Morelos esteja à altura das grandes universidades públicas do país, não pelo prestígio, mas pela organização, participação e comunidade. Se você precisa de ajuda para organizar uma marcha, uma denúncia ou uma greve, procure seus irmãos e irmãs do Politécnico. Certamente encontrará uma mão estendida. Se você precisa de apoio de quem está apenas começando a se organizar e defender sua universidade, procure a UAEM. Com prazer caminharemos com você. Porque esse caminho está cheio de repressão, violência, desigualdade, humilhações e promessas vazias. Mas também está cheio de algo mais importante: pessoas que, apesar de tudo, ainda acreditam que outro país é possível.
Registro visual: Mães buscadoras, 10/06/2026, imediações do Estádio Azteca.
Onde a justiça não entra, nós entramos
A. Berenice González Marín
Meu nome é Berenice. Às vezes penso que minha vida foi se construindo entre buscas: as que acompanho de fora e as que me atravessaram por dentro. Antes de me integrar à coletividade de acompanhamento a mães buscadoras e a famílias de vítimas de feminicídio, Existimos porque Resistimos, eu já havia percorrido esse território com minha própria mãe, entre 2017 e 2018, quando buscávamos minha irmã e meus sobrinhos. Desde então entendi que o desaparecimento não é um fato isolado: é uma forma de vida, uma maneira de se sustentar quando o mundo se rompe.
Meus estudos em humanidades nasceram do desejo de compreender as desigualdades e violências com as quais cresci, mas também da necessidade urgente de aprender a resisti-las conscientemente. A academia chegou depois, como ferramenta; mas a formação verdadeira, aquela que fica no corpo, veio das ruas. Nos últimos dez anos aprendi mais em acampamentos e protestos do que em seminários; mais nas promotorias do que nas bibliotecas; mais ouvindo uma mãe narrar a vida de sua filha enquanto esperamos que alguma instituição nos receba do que em qualquer aula sobre teoria do Estado.
Acompanhar significa estar quando se ocupam as ruas, quando se fecham avenidas, quando se erguem faixas diante de prédios que parecem surdos. Significa caminhar juntas até uma promotoria que promete nos receber “em um momento” e nos deixa esperando horas. Significa sustentar o olhar quando uma mãe abre o processo de investigação e encontra mais carimbos do que respostas. Significa ouvir, repetidas vezes, histórias que deveriam estremecer o país inteiro, mas que muitas vezes só comovem quem já está quebrado.
Nesse 11 de junho de 2026, enquanto o país olhava para o Estádio Azteca como se ali começasse algo novo, algumas de nós chegamos de outro lugar: de anos de buscas, de promotorias, de ruas ocupadas, de histórias que não cabem em nenhuma celebração. Onde a justiça não entra, nós entramos — e esse dia não foi exceção. A inauguração da Copa do Mundo prometia espetáculo, e ele existiu para alguns; para outras e outros mostrou, embora quase não tenha aparecido na mídia, a forma como o Estado encapsula a memória. Entre grades, bloqueios e filtros impossíveis para as mães buscadoras, uma mãe de vítima e eu conseguimos avançar pelas frestas do dispositivo de segurança, nos infiltrando com a teimosia de quem sabe que a ausência também merece um lugar no centro da festa, ainda que naquele momento não tivéssemos plena consciência disso. Porque, apesar da experiência nas ruas, ainda somos estranhas à lógica do Estado sobre quem pode entrar, como e de onde, especialmente em um evento como a Copa do Mundo.
Não é difícil chegar ao Estádio Azteca. Desde cedo, os arredores se enchem de vendedores que organizam camisas e apitos de plástico. O clima já cheira a festa antes mesmo de começar. Mas naquele dia eu não ia para a celebração: tinha marcado encontro na Paloma de la Paz com a mãe de uma vítima de feminicídio. Combinamos de nos encontrar às 6h30 da manhã para pegar um desses carros particulares que, por sessenta pesos, levam até a Cidade do México. Para mim parecia tarde para um dia que prometia caos, mas entendi seus tempos, suas responsabilidades e seu orçamento.
Ao entrar no carro, ela começou a conversar com outro passageiro e com os donos do veículo. Não era conversa casual: estava testando o terreno, tentando entender o panorama. Ao chegar à praça de pedágio, soubemos que havia bloqueios para identificar quem iria protestar. Senti inquietação, uma mistura de alerta e incerteza. O pior que poderia acontecer era ser detida por carregar uma faixa de desaparecidxs e ela seguir sozinha. Legalmente não podiam nos impedir de passar, mas podiam nos reter por horas “por segurança”, como costumam justificar.
Isso não aconteceu. Estavam apenas parando ônibus. Felizmente eu estava em um carro particular.
Os jovens com quem viajávamos no veículo, gentis, deram várias rotas possíveis para chegar ao estádio sem cair em manifestações ou bloqueios. Eu, mais dispersa, tentava entrar em contato com outras mães buscadoras, mas não conseguia falar com ninguém. Então decidimos seguir as recomendações.
Ainda assim, fizemos uma parada na Cidade Universitária, onde havia sido anunciado um ponto de encontro de mães buscadoras. Chegamos e não havia sinal delas. A segurança insistia que haveria uma concentração, mas não vimos ninguém. Sem pensar muito, pegamos transporte público rumo ao Estádio Azteca.
No trajeto vimos várias opções para chegar. Uma van oferecia o trajeto de CU ao estádio por 150 pesos, quando normalmente a passagem custa sete. Esse espaço estava cheio de estrangeiros. A mãe observou a cena, escolheu a pessoa em quem mais confiou e se aproximou. Explicou que precisava chegar ao estádio porque era mãe de uma vítima. Não foi a única vez que fez isso. Poucos se negaram a ajudar; a maioria deu orientações precisas: onde estavam encapsulando as mães, por quais acessos poderíamos avançar sem sermos barradas, qual transporte pegar, onde descer, como nos misturarmos na multidão para não chamar atenção.
Alguns até nos deram conselhos caso a autoridade se tornasse violenta e explicaram o que era ou não legalmente permitido impedir. Era uma mistura estranha: de um lado, o país do espetáculo; do outro, o país que sobrevive compartilhando rotas, alertas e estratégias para contornar a violência institucional.
Enquanto isso, ao nosso redor, famílias inteiras avançavam com passos leves, como se a emoção marcasse o ritmo. Havia risos, selfies, crianças com o rosto pintado. Tudo parecia feito para que a festa começasse antes mesmo dos portões. Nós, ao contrário, avançávamos com outra urgência: chegar sem ser detidas, sem ser encapsuladas, sem que a memória fosse expulsa do perímetro do estádio.
E chegamos. Só percebemos quando já estávamos a poucos metros da entrada. Passamos por cada filtro sem sermos barradas, recebemos a recepção sem entender, e de repente nos perguntamos: é aqui? Este é o último bloqueio? Onde estão as mães, onde estão os povos em luta? Por um momento pensamos que talvez só restasse voltar.
Abrimos a faixa dos desaparecidos e a foto da filha da minha companheira. Éramos duas diante de milhares que vinham celebrar a Copa e diante de um dispositivo de segurança que não esperava nos ver ali. Caminhamos alguns metros com a intenção de seguir em direção a Taxqueña para voltar. Íamos no sentido contrário ao desfile de inauguração. A cena era irreal: um México sem feminicídios nem desaparecimentos, sem dor, sem corpos nos Semefo nem em valas clandestinas. Um país que mostrava seu rosto mais bonito enquanto ignorava a violência.
Vimos vários meios de comunicação. Em um momento, a mãe me disse para erguer a faixa e ficar atrás dos repórteres. Hesitei no início. Até que deixou de ser sugestão e virou decisão. Abrimos a faixa e nos colocamos atrás de cada repórter que encontramos. Alguns pararam para nos entrevistar; outros se afastaram para não mostrar esse lado do país.
O que mais me surpreendeu foi o apoio dos torcedores. Eles nos acolhiam quando a segurança nos cercava ou nos seguia. Diziam: “companheiras, estamos com vocês”. Esse apoio inesperado nos acompanhou até sairmos do perímetro do Estádio Azteca, um espaço ao qual milhares de mães não puderam chegar naquele dia.
No caminho encontramos um grupo de resistência, jovens entre quinze e vinte anos, que nos convidaram a nos unir à marcha deles. Senti novamente esse apoio que nasce de baixo, de quem entende que o desaparecimento não é um tema distante. Embora fôssemos apenas nós duas em representação das mães buscadoras, as palavras de ordem se centravam na luta contra o desaparecimento.
Os meios de comunicação voltaram a nos abordar. Em certo momento, aproximou-se o secretário de Cultura. Disse que não poderíamos avançar além da primeira barreira, mas que, se quiséssemos fazê-lo como mães buscadoras, eles nos apoiariam. A proposta parecia irreal. Tínhamos acabado de sair do estádio sem dificuldade, com nossa faixa e a foto de uma vítima, e agora surgiam obstáculos e “apoio”. Não era que não fosse possível entrar: já tínhamos entrado. Era que não queriam que avançássemos visíveis como buscadoras.
Ainda assim, depois de tudo, o que fica não é o barulho do estádio nem a sombra das grades. O que fica é a força dessas mãos que seguram fotografias como se segurassem o mundo inteiro. O que fica é o tremor de uma mãe que não desiste. O que fica é esse passo firme, quase silencioso, que insiste em avançar mesmo quando tudo foi feito para deter.
Porque em um país que tenta se acostumar com a dor, elas continuam lembrando que a vida que falta não se esquece. Que cada nome é um batimento. Que cada ausência é um chamado. Que cada busca é uma forma de amor que não conhece fronteiras.
E talvez por isso doa tanto e, ao mesmo tempo, sustente: porque enquanto elas continuarem caminhando, este país ainda tem a chance de se olhar de frente. Enquanto continuarem nomeando, a verdade não poderá ser enterrada. Enquanto continuarem buscando, a esperança não será um luxo, mas uma tarefa.
Naquele dia, 11 de junho de 2026, entendi que a memória não é passado: é um pulso presente que obriga a não desistir. Em um país onde a violência vira paisagem e a impunidade se normaliza, a memória é a única coisa que não podemos soltar. É a respiração que persiste quando tudo parece feito para que esqueçamos.
No fim, o que fica é reconhecer algo que este país evita dizer: a vida pública funciona porque aquelas que mais sofreram continuam se movendo. Não é heroísmo; é necessidade. Não é épico; é sobrevivência. E enquanto o Estado administra a violência como rotina, são as famílias que carregam o trabalho que as instituições não fazem.
Esse dia deixou claro para mim que a memória não é gesto simbólico nem moral: é uma obrigação imposta pela realidade. Se ela não se sustenta, tudo desmorona mais rápido. E no México, a busca não continua porque haja justiça, mas porque não há outra opção. Porque se as mães param, ninguém mais fará.
Não somos poucas diante do desaparecimento e do feminicídio. Somos aquelas que veem o que outros preferem ignorar. Somos aquelas que não podem se dar ao luxo de esquecer. Somos aquelas que sustentam o que resta do país enquanto, no alto, se distribuem versões oficiais que não explicam nada. E essa é a verdade mais dura: se quem busca se cansa, este país fica sem memória, sem rumo e sem futuro.
Manifestação de mães buscadoras e coletivos solidários nas proximidades do Estádio Azteca, 11/06/2026
Pronunciamento mães buscadoras 10/06/2026
A luta do magistério
No mundo atual, tudo o que se move e tudo o que está parado transmite alguma mensagem comercial. Todo jogador de futebol deve ser um outdoor publicitário ambulante, incentivando o público a consumir produtos, mas a FIFA proíbe que os jogadores portem mensagens que incentivem a solidariedade social, o que é expressamente vetado… (E. Galeano, 2017)
A Memória, a Justiça e a Dignidade não compareceram à inauguração oficial da Copa do Mundo no Estádio Azteca. Sua entrada foi negada por serem consideradas “terroristas” e por questões de “segurança nacional”. Dentro do estádio, ninguém perguntou por elas, não as mencionaram; possivelmente poucas pessoas as conheciam. Mas elas estiveram presentes nas mobilizações das mães buscadoras e também nos diferentes percursos dos professores da CNTE, que há 15 dias chegaram à Cidade do México para se somar à protesto nacional e fazer ecoar sua voz e a de milhares de outros professores.
Professores da CNTE a caminho do Estádio Azteca. 11/06/2026
En estos para algunxs días de júbilo y euforia nacional, quienes desde hace décadas resisten, caminan y alzan la voz nos han mostrado -como bien nos dicen Camila, Berenice y todxs aquellxs que han marchado estos días- la verdad más dura: si quienes buscan se cansan, este país se queda sin memoria, sin rumbo y sin futuro. México aún sigue siendo esto: dolor, individualismo, consumismo y violencia, pero también personas, colectividades y comunidades que a pesar de todo seguimos creyendo que otra vida es posible.
El mundial de la fiesta, pero también del dolor y la dignidad
Camila Zárraga
El problema muchas veces no es la falta de solidaridad. Muchas veces es el miedo. Es la cobardía con la que muchas personas han aprendido a vivir. Y, sinceramente, me resultan incómodos los mensajes que dicen que tengo un valor que los demás no tienen. No es porque no entienda; entiendo lo suficiente. Pero también estoy cansada. Porque no soy una superheroína, no soy diferente al resto. Sigo siendo una persona que marcha, habla, llora, se equivoca y tiene miedo. La verdadera valentía es otra cosa. La verdadera valentía es levantarse todos los días sabiendo que dos de los momentos más importantes de tu vida fueron el nacimiento de tu hijo y la desaparición de éste. La verdadera valentía es seguir enseñando porque amas tu trabajo, aunque no recibas lo suficiente para continuar haciéndolo dignamente. Perdí la cuenta de las veces que tuve que salir de clase para comprar un plumón y que la clase pudiera continuar porque simplemente no había presupuesto. Y, sin embargo, por primera vez en dieciocho años amé la educación. Amé a la gente con la que estudio y comparto la vida. Prefiero mil veces una escuela pública a una privada. No por la educación, porque muchas veces la educación pública también tiene problemas enormes. La prefiero por la gente. Porque si mañana me convierto en una de las decenas de personas que desaparecen diariamente en este país, muchos de mis antiguos compañeros dirían que me lo busqué por revoltosa. En cambio, la familia que construí aquí, el cariño que encontré en personas con las que jamás imaginé cruzar mi camino, movería cielo, mar y tierra para encontrarme. Es triste ver a personas que se creen ricas cuando los verdaderamente ricos ni siquiera las consideran sus iguales. Es triste verlas peleándose por un Mundial mientras en este país seguimos contando desaparecidos. Es triste admirar a personas por su trayectoria y después verlas celebrar mientras del otro lado golpeaban, detenían y humillaban a quienes salían a exigir justicia. También es triste ver cómo el obrero que debería cuidarte termina cuidando los intereses de quienes lo explotan. En el camino hacia el estadio vi avanzar a los policías. Y fue triste verlos porque también son trabajadores. Pero son trabajadores que pueden golpear, torturar o incluso matar. Perdónenme, pero por algo existe la frase: “policía con conciencia se tira un tiro”. A veces me pregunto cómo logran dormir. Cómo logran abrazar a sus madres después de haber humillado a otras madres que únicamente exigían que hicieran su trabajo. Un trabajo que tú y yo pagamos con nuestros impuestos. Un trabajo que debería evitar que existieran las madres buscadoras. Porque no es normal que existan. No es normal admirarlas. No es normal que haya mujeres recorriendo desiertos, fosas y carreteras buscando a sus hijos. Son personas a las que les arrebataron a alguien que amaban: un hijo, una hija, un hermano, una madre, un padre. Son la consecuencia de una violencia que hemos permitido normalizar.
Y, aún así, eso también es México.
México es celebrar con nuestros muertos y llorarles al mismo tiempo. Es recordarlos en una ofrenda mientras seguimos buscándolos. Es ver a jóvenes que, pese a todas las dificultades, logran acceder a una educación pública y se organizan para defender la vida, la memoria y la dignidad.
Por eso fue tan significativo marchar y cerrar Tlalpan junto a ellos. Es algo que siempre voy a agradecer. El recibimiento que nos dieron fue de las cosas más bonitas que he vivido. Ver sus rostros llenos de emoción, de esperanza y de convicción fue inspirador. Y esa emoción también empieza a regresar a mi universidad. Poco a poco, compañeras y compañeros recuperan sueños y esperanzas que durante años nos fueron arrebatados. Poco a poco volvemos a creer que podemos construir algo mejor. Y vamos a seguir luchando para que algún día la Universidad Autónoma del Estado de Morelos esté a la altura de las grandes universidades públicas del país, no por prestigio, sino por organización, participación y comunidad. Si necesitas ayuda para organizar una marcha, una denuncia o un paro, acércate a tus hermanos y hermanas del Poli. Seguramente encontrarás una mano extendida. Si necesitas acompañamiento de quienes apenas comienzan a organizarse y a defender su universidad, acércate a la UAEM. Con gusto caminaremos contigo. Porque este camino está lleno de represión, violencia, desigualdad, humillaciones y atoles con el dedo. Pero también está lleno de algo más importante: personas que, a pesar de todo, siguen creyendo que otro país es posible.
Registro visual Madres buscadoras 10/06/2026 inmediación del estadio Azteca:
Donde no entra la justicia, entramos Nosotras
A.Berenice González Marín
Mi nombre es Berenice. A veces pienso que mi vida se ha ido armando entre búsquedas: las que acompaño desde afuera y las que me atravesaron desde adentro. Antes de integrarme a la colectividad de acompañamiento a madres buscadoras y a familias de víctimas de feminicidio, Existimos porque Resistimos, ya había recorrido ese territorio con mi propia madre, entre 2017 y 2018, cuando buscábamos a mi hermana y a mis sobrinos. Desde entonces entendí que la desaparición no es un hecho aislado: es un modo de respirar, una forma de sostenerse cuando el mundo se rompe.
Mis estudios en humanidades nacieron del deseo de comprender las desigualdades y violencias con las que crecí, pero también de la necesidad urgente de aprender a resistirlas conscientemente. La academia llegó después, como una herramienta; pero la formación verdadera, la que se queda en el cuerpo, vino de las calles. En los últimos diez años he aprendido más en los plantones que en los seminarios; más en las fiscalías que en las bibliotecas; más escuchando a una madre narrar la vida de su hija mientras esperamos que alguna institución nos reciba, que en cualquier clase sobre teoría del Estado.
Acompañar significa estar cuando se toman las calles, cuando se cierran avenidas, cuando se levantan mantas frente a edificios que parecen sordos. Significa caminar juntas hacia una fiscalía que promete recibirnos “en un momento” y nos deja esperando horas. Significa sostener la mirada cuando una madre abre la carpeta de investigación y encuentra más sellos que respuestas. Significa escuchar, una y otra vez, historias que deberían estremecer al país entero, pero que muchas veces solo conmueven a quienes ya están rotas.
Ese 11 de junio de 2026, mientras el país miraba hacia el Estadio Azteca como si ahí comenzara algo nuevo, algunas llegamos desde otro lugar: desde años de búsquedas, de fiscalías, de calles tomadas, de historias que no caben en ningún festejo. Donde no entra la justicia, entramos nosotras, y ese día no fue la excepción. La inauguración del Mundial prometía espectáculo, y lo hubo para unos cuantos, para otras y otros mostró, y que casi no apareció en los medios, la fuerza con la que el Estado encapsula la memoria. Entre vallas, cierres y filtros imposibles para las madres buscadoras, una madre de víctima y yo logramos avanzar por las grietas del dispositivo de seguridad, filtrándonos con la terquedad de quienes saben que la ausencia también merece un lugar en el centro de la fiesta, aunque en ese momento no lo entendiéramos del todo. Porque, a pesar de la experiencia en las calles, seguimos siendo ajenas a la lógica del Estado sobre quién puede entrar, cómo y desde dónde, especialmente en un evento como el Mundial.
No es difícil llegar al Estadio Azteca. Desde temprano, los alrededores se llenan de vendedores que acomodan camisetas y trompetas de plástico. El ambiente ya huele a fiesta antes de que empiece. Pero ese día, yo no iba hacia la celebración: me había quedado de ver en Paloma de la Paz con la mamá de una víctima de feminicidio. Acordamos encontrarnos a las 6:30 de la mañana para tomar uno de esos carros particulares que, por sesenta pesos, te llevan a la Ciudad de México. A mí me parecía tarde para un día que prometía caos, pero entendí sus tiempos, sus responsabilidades y su presupuesto.
Al subir al carro, ella comenzó a conversar con otro pasajero y con los dueños del vehículo. No era charla casual: estaba tanteando el terreno, tratando de entender el panorama. Al llegar a la caseta nos enteramos de que estaban haciendo retenes para identificar a quienes iban a protestar. Sentí un poco de inquietud, una mezcla de incertidumbre y alerta. Lo peor que podía pasar era que me detuvieran por llevar una manta de desaparecidos y que ella avanzara sola. Legalmente no podían impedirnos el paso, pero sí podían retenernos durante horas “por seguridad”, como suelen justificarlo.
Eso no ocurrió. Solo estaban deteniendo autobuses. Afortunadamente, yo iba en un carro particular.
Los jóvenes con los que íbanos en el vehículo, amables, le dieron varias rutas posibles para llegar al estadio sin quedar atrapadas en las manifestaciones o en los cierres. Yo, más dispersa, intentaba contactar a otras madres buscadoras, pero no lograba comunicarme con nadie. Así que decidimos seguir las recomendaciones que nos habían dado.
Aun así, hicimos una parada en Ciudad Universitaria, donde se había anunciado que habría un punto de reunión para madres buscadoras. Llegamos y no había señal de ellas. El personal de seguridad insistía en que estaban esperando una concentración, pero no vimos a nadie. Sin darle demasiadas vueltas, tomamos transporte público rumbo al Estadio Azteca.
En el trayecto vimos varias opciones para llegar. Una camioneta ofrecía llevarte de CU al estadio por 150 pesos, cuando normalmente el pasaje cuesta siete pesos. Ese espacio estaba lleno de extranjeros. La mamá observó la escena, eligió a la persona que le inspiró más confianza y se acercó. Le explicó que necesitaba llegar al estadio porque era madre de una víctima. No fue la única vez que lo hizo. Pocos se negaron a ayudarla; la mayoría le respondió con indicaciones precisas: dónde estaban encapsulando a las madres, por qué accesos podíamos avanzar sin que la seguridad nos detuviera, qué transporte tomar, en qué punto bajarnos, cómo mezclarnos entre la multitud para no llamar la atención.
Algunos incluso nos dieron consejos por si la autoridad se ponía violenta y hasta nos explicaron qué podían y qué no podían legalmente impedirnos. Era una mezcla extraña: por un lado, el país del espectáculo; por el otro, el país que sobrevive compartiendo rutas, advertencias y estrategias para sortear la violencia institucional.
Mientras tanto, alrededor nuestro, familias enteras avanzaban con paso ligero, como si la emoción les marcara el ritmo. Había risas, selfies, niños con la cara pintada. Todo parecía diseñado para que la fiesta empezara antes de cruzar los torniquetes. Nosotras, en cambio, avanzábamos con otra urgencia: llegar sin ser detenidas, sin ser encapsuladas, sin que la memoria fuera expulsada del perímetro del estadio.
Y llegamos. No nos dimos cuenta del todo hasta que estábamos a escasos metros de la entrada. Pasamos cada filtro sin que nadie nos detuviera, recibimos la bienvenida sin entenderla, y de pronto nos preguntamos: ¿es aquí? ¿Este es el último filtro? ¿Dónde están las madres, dónde están los pueblos que luchan? Por un momento pensamos que ya solo quedaba regresarnos.
Sacamos la lona de desaparecidos y la foto de la hija de mi compañera. Éramos dos frente a miles que venían a celebrar el Mundial y frente a un dispositivo de seguridad que no esperaba vernos ahí. Caminamos unos metros con la idea de dirigirnos hacia Taxqueña para volver a nuestro estado. Íbamos en sentido contrario al desfile de inauguración. La escena era irreal: un México sin feminicidios ni desapariciones, un México sin dolor, sin cuerpos descompuestos en SEMEFOS ni fosas. Un país que mostraba su rostro más bonito mientras ignoraba cómo duele el corazón por la violencia.
Vimos a varios medios de comunicación. Escuché dos veces que la mamá me decía que sacara la lona y me colocara detrás de los reporteros. La escuché, pero no me atreví al principio. Hasta que sus palabras dejaron de ser sugerencia y se volvieron decisión. Sacamos la manta y nos colocamos detrás de cada reportero que encontramos. Algunos se detuvieron a entrevistarnos; otros se alejaron para no mostrar ese lado del país.
Lo que más me sorprendió fue el apoyo de los aficionados. Nos acuerparon cuando la seguridad nos rodeó o nos siguió. Nos decían: “Compañeras, estamos con ustedes.” Ese respaldo inesperado nos acompañó hasta salir del perímetro del Estadio Azteca, un espacio al que miles de madres no pudieron llegar ese día.
En el camino nos encontramos con un grupo de resistencia, jóvenes de entre quince y veinte años, que nos invitaron a unirnos a su marcha y a regresar hacia el lugar del que nosotras veníamos. Sentí nuevamente ese apoyo que nace desde abajo, desde quienes entienden que la desaparición no es un tema ajeno. Aunque solo íbamos nosotras dos en representación de las madres buscadoras, las consignas y las exigencias se centraron en la lucha contra la desaparición.
Los medios volvieron a detenernos para entrevistas. En algún momento se acercó el secretario de Cultura. Nos dijo que no podíamos avanzar más allá de la primera valla, pero que, si queríamos hacerlo como madres buscadoras, ellos nos respaldaban. La oferta me pareció irreal. Acabábamos de salir del estadio sin mayor dificultad, con nuestra lona de desaparecidos y la foto de la hija asesinada de mi compañera, y ahora aparecían obstáculos… y ofrecimientos de apoyo. Ante un muro o vaya que antes no fue obstáculo. Era evidente: no era que no se pudiera acceder al estadio, porque ya habíamos estado ahí. Era que no querían que avanzáramos visibles como buscadoras, como resistencia.
Aun así, después de todo, lo que queda no es el ruido del estadio ni la sombra de las vallas. Lo que queda es la fuerza de esas manos que sostienen fotografías como si sostuvieran el mundo entero. Lo que queda es el temblor suave de una madre que no se rinde, aunque el país entero parezca cansado de escucharla. Lo que queda es ese paso firme, casi silencioso, que insiste en avanzar incluso cuando todo está hecho para detenerla.
Porque en un país que intenta acostumbrarse al dolor, ellas siguen recordándonos que la vida que falta no se olvida. Que cada nombre es un latido. Que cada ausencia es un llamado. Que cada búsqueda es una forma de amor que no conoce frontera.
Y quizá por eso duele tanto y al mismo tiempo sostiene: porque mientras ellas sigan caminando, este país todavía tiene una oportunidad de mirarse de frente. Mientras ellas sigan nombrando, la verdad no podrá ser enterrada. Mientras ellas sigan buscando, la esperanza no será un lujo, sino una tarea.
Ese día, el 11 de junio de 2026, entendí que la memoria no es un acto del pasado: es un pulso presente, vivo, que nos obliga a no rendirnos. En un país donde la violencia se vuelve paisaje y la impunidad se normaliza, la memoria es lo único a lo que no podemos, y no debemos, soltar. Es la respiración que persiste cuando todo alrededor parece diseñado para que olvidemos. Incluso esos uniformados que se olvidan a sí mismos, son parte del mismo pueblo, y que el gobierno los ha sido convertido en mercancía para sostener la violencia.
Al final, lo que queda es reconocer algo que este país evita decir: aquí no se trata de voluntad institucional ni de discursos de paz. Se trata de que la vida pública funciona porque quienes han sido más golpeadas siguen moviéndose, aunque nadie las respalde. No es heroísmo; es necesidad. No es épica; es supervivencia. Y mientras el Estado administra la violencia como rutina, son las familias, las mismas que deberían estar protegidas, quienes cargan con el trabajo que las instituciones no hacen.
Ese día me dejó claro que la memoria no es un gesto simbólico ni un acto moral. Es una obligación impuesta por la realidad. Si no se sostiene, todo se hunde más rápido. Y aunque duela admitirlo, en México la búsqueda no continúa porque haya justicia, sino porque no hay otra opción. Porque si las madres se detienen, nadie más va a hacerlo.
No somos pocas las marginales ante la desaparición y feminicidios. Somos quienes vemos lo que otros prefieren ignorar. Somos quienes no pueden darse el lujo de olvidar. Somos quienes sostienen lo que queda del país mientras arriba se reparten versiones oficiales que no alcanzan para explicar nada. Y esa es la verdad más dura: si las que buscan se cansan, este país se queda sin memoria, sin rumbo y sin futuro.
Manifestación de madres buscadoras y colectivos solidarios en las cercanías del estadio Azteca 11/06/2026
Pronunciamiento madres buscadoras 10/06/2026
La lucha del magisterio.
En el mundo actual, todo lo que se mueve y todo lo que está quieto transmite algún mensaje comercial. Cada jugador de fútbol debe ser una cartelera publicitaria en movimiento, aconsejando al público consumir productos, pero la FIFA prohíbe que los jugadores porten mensajes que aconsejen la solidaridad social, lo que está expresamente vetado… (E. Galeano, 2017)
La Memoria, la Justicia y Dignidad no acudieron a la inauguración oficial del mundial en el estadio azteca. Se les negó la entrada por ser considerados “terroristas” y por cuestiones de “seguridad nacional”. Al interior del estadio nadie preguntó por ellos, no les nombraron, posiblemente pocxs los conocían. Pero sí estuvieron presentes en las movilizaciones de las madres buscadoras y también en los distintos recorridos de los maestrxs de la CNTE, quienes desde hace 15 días arribaron a la CDMX para sumarse a la protesta nacional y hacer escuchar su voz y la de miles de maestrxs más.
Maestros de la CNTE rumbo al estadio Azteca. 11/06/2026
Ayer, 14 de mayo de 2026, la Global Sumud Flotilla partió de Marmaris, Turquía, donde permaneció varios días tras ser ilegalmente interceptada por el Estado de Israel en aguas internacionales, ejerciendo violencia sexual y física contra los tripulantes y secuestrando, encarcelando y torturando a Saif Abukeshek y Thiago Ávila.
La Flotilla es la mayor misión humanitaria marítima de la historia, con más de mil personas de casi 100 países a bordo de 80 barcos, que, a pesar de los peligros y amenazas por parte de un Estado genocida que no respeta ninguna ley internacional y ha demostrado ser capaz de inconcebible brutalidad, continúan firmes en la determinación de llevar ayuda humanitaria necesitada desesperadamente por la población gazatí y llamar la atención mundial al genocidio en curso.
La violenta represión ejercida por Israel hace dos semanas sólo logró reforzar la convicción de continuar luchando pacíficamente por justicia y por la liberación del pueblo palestino. La tripulante vietnamita Tieu Ngoc Ashley, nieta de un sobreviviente de la guerra de Estados Unidos contra Vietnam, describe lo que la motiva:
Cuando Estados Unidos intentó ocupar Vietnam, imaginaron una guerra rápida para someternos y partir. Pero duró más de 20 años. Y ganamos. Por eso, siento que tengo evidencias históricas, empíricas e incluso ancestrales de que Palestina será libre. Y eso me permite estar aquí y luchar con más fuerza.
Por otro lado, una de las tripulantes de la delegación sudafricana explica que la lucha contra el Apartheid es un faro para la lucha palestina.
Pienso en la lucha de mi propia familia durante el Apartheid, cómo miembros de mi propia familia fueroon presos políticos descritos como terroristas (…) Creo que es por eso que la representación sudafricana en esta misión es tan importante. El Apartheid terminó porque muchos países, organizaciones y fundaciones implementaron sanciones contra el gobierno (…) El poder del pueblo, el poder de todos unidos, es lo que rompe las ocupaciones. Es lo que rompe los sistemas de opresión.
Mientras tanto, el Estado de Israel desplega una campaña de desinformación, acusando a la Flotilla (una misión humanitaria internacional independiente) de ser violenta y afiliada a ciertos gobiernos y partidos políticos. Como denuncia el comunicado que reproducimos abajo, este mismo discurso fue utilizado para justificar el asesinato de 10 activistas a bordo del navío Mavi Marmara en mayo de 2010 por parte de las fuerzas armadas israelíes.
Ante las amenazas, la atención mundial. Ante la inacción de los Estados, la única posibilidad de frenar la brutalidad israelí y defender la Flotilla es la presión internacional de personas, colectivos y organizaciones alrededor del mundo.
El 14 de abril de 2026, integrantes de la Asamblea General Permanente del Pueblo de San Gregorio Atlapulco fueron agredidos por operadores políticos del partido Morena, en un contexto de resistencia contra un proyecto hídrico que la Alcaldía de Xochimilco, Segiagua y el gobierno de la Ciudad de México intentaron imponer ilegalmente en su territorio. A pesar de que la comunidad había ganado un amparo que invalidaba una consulta ilegal, la constructora comenzó los trabajos. Después de que miembros de la Asamblea y del pueblo informaran a los trabajadores de la empresa sobre la suspensión de la obra, miembros de Morena atacaron violentamente a varios miembros de la Asamblea, coordinados por Yadira Flores y Mario Camacho, reconocidos operadores políticos morenistas. Estos ataques son parte de un patrón sistemático de violencia contra movimientos apartidistas y en defensa de la autonomía de los pueblos originarios.
A continuación, la denuncia de la Asamblea General Permanente del Pueblo de San Gregorio Atlapulco.
AL EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL AL CONGRESO NACIONAL INDÍGENA-CONCEJO INDÍGENA DE GOBIERNO A LA SEXTA NACIONAL E INTERNACIONAL A LAS REDES DE RESISTENCIA Y REBELDÍA LA EUROPA INSUMISA A LOS ORGANISMOS DE DERECHOS HUMANOS NACIONALES E INTERNACIONALES LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN LIBRES E INDEPENDIENTES
Ciudad de México a 14 de Abril de 2026
Atlapulco es México
Nuestros compañeros de San Gregorio Atlapulco han demostrado su compromiso en la defensa del agua, fueron sede de la 3era Asamblea Nacional por el Agua, la Vida y el Territorio.
Las agresiones cometidos en contra de ellos es el mensaje y el riesgo que aumenta a todos quienes defendemos el agua como territorio desde la autonomía.
HECHOS
Denunciamos que el día de hoy 14 de Abril de 2026, las agresiones cometidos en contra de integrantes de la Asamblea General Permanente del Pueblo de San Gregorio Atlapulco por parte de operadores-golpeadores políticos morenistas, quienes persiguieron a nuestros compañeros, agredieron a otro y mantienen una situación de alto riesgo en la población.
Posterior a que el estado mexicano realizará una pseudo-consulta ( consulta ilegal) que no cumple con los requisitos de la ley, el gobierno de la Alcaldía Xochimilco, Segiagua, y la CDMX intentaron realizar una obra hídrica (de saqueo) en el pueblo originario de San Gregorio Atlapulco.
En respuesta, la Asamblea General Permanente y otros pobladores interpusieron y ganaron un amparo que invalidó la consulta por no seguir los requisitos de realizarse de manera libre, informada, y de acuerdo a los usos y costumbres del pueblo originario.
Sin embargo, la empresa constructora encargada de realizar esta obra hídrica comenzó los trabajos, a pesar de tenerlo prohibido por el amparo ganado por la comunidad. Miembros de la asamblea y el pueblo—con documentos en mano—acudieron a notificarle a los trabajadores de la constructora que la obra está suspendida. Después de informarles sobre esta suspensión, operadores políticos morenistas acudieron al lugar, persiguiendo y rompiendo el parabrisas del automóvil en el que viajaban Hortensia Telésforo y otrxs compañerxs de la Asamblea General Permanente de San Gregorio Atlapulco.
Asimismo, otro compañero que se había retirado de la escena más temprano fue alcanzado por los mismos operadores políticos, quienes intentaron golpearlo mientras se encontraba en un establecimiento del pueblo. Un trabajador terminó siendo físicamente agredido. Ambos ataques fueron coordinados y perpetrados por personajes ya reconocidos: Yadira Flores y Mario Camacho, quienes trabajan como operadores políticos del gobierno actual.
Esta no es la primera agresión registrada ni es aislada, es parte de un ataque sistemático a los movimientos apartidistas, en defensa de la autonomía y por los derechos colectivos de San Gregorio Atlapulco.
Exigimos que se detengan los atropellos causados por intereses partidistas que terminan no solo creando más violencia y fomentándola. También detienen la posibilidad de la participación comunitaria, causando terror colectivo mediante grupos de choque que han negado el diálogo.
Exigimos un alto a la violencia de estado desde sus operadores partidistas.
Llamamos a la unidad del pueblo de Atlapulco, al pueblo de México a seguir defendiendo el agua y la vida, a qué estén atentos, y estar en alerta ante el riesgo que implica el acoso y los crímenes de estado ejecutados de manera sistemática a los pueblos y comunidades originarias.
Responsabilizamos de estos hechos cobardes a los tres niveles del Estado mexicano.
ATENTAMENTE
¡Codo con codo, hombro con hombro, Atlapulco somos todos! ¡Si tocan a uno, respondemos todos! Agua, libertad y territorio Desde el río hasta el mar Palestina libertad Por la reconstitución integral de nuestros pueblos El agua es el común de los pueblos Hasta que la dignidad se haga costumbre
Asamblea General Permanente del Pueblo de San Gregorio Atlapulco Asamblea Nacional por el Agua, la Vida y el Territorio #AlertaAtlapulco