Por Ilán Semo
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
21 de julio de 2026

(Descarga el audio aquí)

Debo decirles que es la primera vez que estoy en este auditorio y hacía mucho tenía la esperanza de poder venir. Gracias, realmente, más que por la invitación, por la posibilidad de estar con ustedes. Sobre todo en este día especial, por lo que escuchamos ayer. Una vez más, la caravana —no sé si estoy bautizando algo que no debo bautizar— marchará a la Ciudad de México el mes de diciembre. Es algo que hay que celebrar, hay que festejar.

Van a encontrar una ciudad muy distinta a la que conocieron la primera vez que estuvieron ahí. Es una ciudad, yo diría, triste, despolitizada. Esa fantástica Ciudad de México que, durante toda la segunda mitad del siglo XX y muchos años del siglo XXI, fue uno de los sitios de la experimentación política, de la resistencia, de los movimientos estudiantiles, de sindicatos, de barrios, de la imaginación para hacer frente a las catástrofes, como los terremotos; de la autoorganización para encontrar salidas a las inundaciones. Esa ciudad ya no la van a encontrar. Es una ciudad muy despolitizada.

Triste porque, en la Ciudad de México, el promedio de tiempo que un ciudadano pasa frente a una pantalla es de tres horas y media en adelante, están con celulares. Y los que trabajan pasan hasta ocho horas —que son muchísimos— para acabar totalmente cansados, sin haber hecho nada más que estar frente a las pantallas.

Es una ciudad dominada hoy por Su Majestad, el coche, el carro. Hay cálculos de que todo el gasto social que ha provisto el gobierno de Morena en becas, la mayor parte, se ha ido para adquirir carros. Si intentan cruzar… Yo creo que la Ciudad de México debería extender seguros de vida para cruzar los ejes viales, porque, si intentan cruzar un eje vial como el de Revolución, tienen que ser verdaderos héroes para salir avante. Ya Illich, Jean Robert y todos esos críticos de esta condición nos dijeron que el automóvil es el primer instrumento de guerra contra la naturaleza; no solo la naturaleza que nos rodea, sino nuestra propia naturaleza.

Pero la llegada de ustedes en diciembre estoy seguro de que va a dar un soplo para poder plantearnos, en la ciudad, la pregunta de cómo es que otra ciudad es posible: la otra ciudad.

Así es que ningún día mejor que el de hoy para estar con ustedes.

Voy a dar lectura a esto. Bueno, más que lectura, voy a explicar, porque se me amplió mucho la ponencia.

Para formular el tema que voy a tratar…

Ah, otra cosa de la ciudad, antes de que se me pase. Después de las ocho de la noche van a encontrar una Ciudad de México que vive bajo estado de sitio. No hay nadie en las calles, no hay transeúntes, no hay nada. Lo que hay es miedo. Miedo impuesto por lo que se llama, en el mundo mediático, el crimen organizado. Y lo que aquí voy a explicar es que se trata de una técnica de gobierno desde principios del siglo XXI y una técnica de disciplinamiento del conjunto de la sociedad mexicana que ha encontrado este capitalismo salvaje mexicano para hacer avanzar, a la manera de una conquista, la lógica de la valorización del capital.

Yo celebro mucho la ponencia de Ana, realmente, que nos explicó este traslapamiento.

Bueno, voy a explicar.

El tema comienza con una leyenda persa del siglo VI. Es una leyenda que se encuentra en un libro de un alemán —que tiene nombre de alemán—, Pufendorf. Es un filósofo, un teórico del siglo XVIII. Clausewitz le llama “el Hobbes conservador”. Entonces, si Hobbes es conservador, imagínense Pufendorf. Realmente, it’s scary, da un poquito de miedo entrar en esas páginas. Se le conoce en Alemania como el fundador del realismo político. Y, en su texto sobre política, hay un capítulo dedicado a la guerra donde retoma esta leyenda persa del siglo VI, de los pueblos ishas del sur de Persia, actualmente Irán.

Es un rey que tiene una hija, y la hija está ya en edad de casarse. Entonces la corte empieza a buscar un candidato que pueda desposar a la hija. En el Siglo VI en Persia estamos como en la época del turbopatriarcado. Pero vale la pena contar esta leyenda porque Pufendorf y Clausewitz hacen mucho con ella.

El rey dispone de tres cajas. Hay muchos candidatos, los hijos de los nobles, que quisieran desposar a la princesa. Una caja es de oro, la otra es de plata y la otra tiene un blasón de cobre.

El oro, pues es el oro. La plata es un mineral muy valioso. Y el blasón de cobre —eso lo explica el rey— tiene básicamente una sola virtud: quien lo lleva es considerado miembro de ese reino, miembro de esa comunidad. Eso es todo. Pero es de cobre.

Entonces llegan los candidatos y escogen la caja de oro. Entonces les preguntan:

—Bueno, explíquennos.

—Es que con toda esta cantidad de oro podría hacer que la princesa viva muy bien, adquirir todo lo que ella necesita, comprar tierras, hacer que la gente trabaje para nosotros, etcétera.

Hay otro que escoge la plata.

—¿Y tú por qué la plata?

—Bueno, el oro sí es muy atractivo, pero la plata es muy útil porque se hacen utensilios y se hacen armas de guerra con ella. La plata es muy abundante, tiene muchos usos.

Y llega un tercero, al que finalmente la princesa escoge. Y dice:

—Yo me quedo con el cobre, con el blasón.

Y todos se quedan así.

—Bueno, explícanos.

—Sí, porque si yo soy miembro de este reino y, como ustedes, puedo trabajar estas tierras y vivir aquí, la tierra es mucho más que el oro y que la plata. Porque la tierra nos da de vivir; en la tierra habita nuestro ganado; es lo que produce nuestra identidad; es lo que me da una pertenencia a una comunidad; es así como voy a encontrar a la princesa. Y, además, dentro de la tierra está el oro y la plata. Así es que me quedo con la tierra.

Esta leyenda, que viene de comunidades persas y que después Clastres estudió en un libro muy famoso sobre comunidades que sobrevivieron a lo largo de siglos precisamente porque no se dan la forma del Estado, entra en el texto de Pufendorf para analizar el problema de la guerra.

Por cierto, esta leyenda persa me hizo mucho pensar en un momento muy lúcido de los relatos del Tractor y el Perico Loco, donde la tierra es definida, más que como un lugar de trabajo, más que como un lugar que da la vida, como un territorio.

¿Y qué significa concebir la tierra como un territorio? Significa que ese es un lugar de arraigo. Ese es un lugar que justifica los sacrificios que hacemos para que esa comunidad sobreviva. Ese es el lugar donde se encuentra la protección.

Me parece inteligentísima la idea de definir así el territorio. El territorio es lo que da sentido a la comunidad porque, de esa manera, la gente que vive en esa comunidad encuentra que su vida cobra sentido: un pasado común y un futuro posible construido entre todos.

Entonces, entre esa leyenda persa y el Perico Loco, valdría la pena hacer algunas reflexiones sobre este concepto.

Pufendorf la cita para algo terrible: para definir qué es la guerra. La guerra, para Pufendorf, es cuando quien conquista, quien va en busca de colonizar un territorio, de hacerse de riquezas, etcétera, logra que el otro se canse de luchar. Ese es el fin de la guerra. El fin de la guerra sucede en el momento en que el otro se cansa de luchar.

Y dice Pufendorf: “¿Cuándo se cansa el otro de luchar?”. El otro se cansa de luchar cuando el sentido de la comunidad —eso que está en la leyenda persa— es quebrado, es roto, es fragmentado.

Toda conquista, toda guerra, tiene el propósito de hacerse de un territorio, pero no para ocupar simplemente las tierras, no para someter simplemente a los que están, sino para dejarlos sin sentido, para disolver sus comunidades. Y vaya que tenemos ejemplos de eso ahorita. Disculpen, voy a hacer abuso de los males de mi oficio. Soy historiador, entonces van a estar viendo cosas de historia todo el tiempo. No se desesperen, por favor. Ese es, para Pufendorf, el momento en que el otro deja de luchar: cuando su comunidad ha sido atomizada. No solo dividida; atomizada, fragmentada.

Clausewitz, que fue alumno de Pufendorf, dijo: Le falta algo a Pufendorf. Algo le falta, como la mitad. ¿Y cuál es esa mitad? Que, una vez que se ha quebrado el sentido de esa comunidad, una vez que esa comunidad ya no puede dar protección, justificar sus sacrificios, etcétera, se procede a construir un nuevo orden.

A Clausewitz debemos el concepto —no se olviden— de hegemonía, junto con Bismarck, que después Gramsci va a trabajar de manera tan genial y sutil. Pero son ellos dos quienes traen consigo el concepto.

Se construye una hegemonía sobre la destrucción, sobre las ruinas de donde sucedió esa guerra. Clausewitz dice: el sentido de la guerra también es este segundo momento, como que Pufendorf…

Y, bueno, estamos llenos de ejemplos históricos.

La conquista española trae consigo la catástrofe de decenas de pueblos de la antigüedad: su destrucción, su desaparición, millones de muertos. Una catástrofe civilizatoria para, como dice Pufendorf, y después, como dice Clausewitz, construir una hegemonía en el reino de la Nueva España.

Los historiadores se han ocupado demasiado poco —digo yo— de establecer una relación entre la caída y la Independencia. Yo creo que, si siguen la Independencia mexicana, es algo muy impresionante. En toda América Latina es la única revolución social. No se imaginan el nivel de respuesta popular desde 1807 hasta 1818. Una cosa increíble. Comunidades autoorganizadas. Tal vez se la cobraron. Tal vez hicieron justicia de lo que había pasado trescientos años antes. No hay historiadores… Hay uno solo que lo ha intentado. Bien, es un comienzo, etcétera. Pero esa historia de la graduación no se ha escrito. Tal vez es una reconquista de la Independencia. Tal vez.

Que terminó en una tragedia. Esa tragedia se llama el Estado mexicano del siglo XIX. Esa es la tragedia de esa Independencia.

Es el que cifra el concepto de indígena, que es el más fatal y racista de todos los conceptos que conoce nuestra cultura mexicana. Porque ahí están metidas ochenta naciones, culturas y lenguajes distintos. Ahí están metidos muchos mundos que cabrían en un solo mundo si no se les redujera a una metonimia, a una figurita.

Pero, como dice nuestra queridísima Yasnaya, no podemos liberarnos del concepto de indígena; tenemos que lidiar con él.

Bueno, en el caso de la historia mexicana, vean esta dialéctica de esas guerras.

Clausewitz vive en el siglo XIX. Es el mundo de la gran expansión colonial de Francia, de Inglaterra. Hay otros procesos donde pueden ver esta dialéctica. Estados Unidos. Ahí fue mucho peor que lo de la Nueva España. Entre ocho y doce millones de personas, pertenecientes a más de cien naciones y culturas —Siux, Cherokees, etc.—, fueron exterminadas, sistemáticamente exterminadas, por el mundo que vino de Europa.

Hay muchos historiadores estadounidenses que derivan esta idea del Estado americano como un Estado en guerra permanente —primero hacia su interior y después hacia su exterior— de este origen de exterminio, de exterminio completo. El capitalismo americano es, desde sus orígenes, un necrocapitalismo. Con todas las instituciones, todas las mentalidades, toda la legitimación de lo que es lo más cruel. Lo ponen, como decía aquí Tornell muy inteligentemente, con la fábula del progreso, del avance. Ni hablar del racismo que se construyó.

Fue la Primera Guerra Mundial la que empezó a terminar con esta dialéctica del sentido de cómo se destruye el sentido de una comunidad y cómo se construye la comunidad. ¿Por qué? Esa es una guerra, la Primera Guerra Mundial, que, en la época, Lenin, Rosa Luxemburgo, Benjamin y Hobson —un liberal— llamaron una guerra interimperialista, que es lo que está a punto de suceder, o es lo que está sucediendo con la predicción de la Cuarta Guerra Mundial. Es una guerra entre Francia, Alemania, Inglaterra y Rusia. Son países imperiales.

¿Y en qué acaba esa guerra? Acaba en Versalles, en el Tratado de Versalles. Y, como dice Keynes —que a los veintidós años estuvo en la negociación—, ese tratado lo único que persigue es la destrucción absoluta de Alemania.

Y aquí van a pasar dos cosas. Así como las comunidades del norte… Ustedes quieren desaparecer a Alemania. Quieren que les pague el 3.5 por ciento, durante cien años, de su producto bruto en reparaciones de guerra. Quieren que todos aprendan inglés y francés antes de aprender alemán. Bueno, son cien cláusulas de rendición.

Y escribió un libro diciendo: “Yo me retiro de Versalles porque aquí o desaparecen a Alemania o están preparando una nueva guerra.” Qué fue lo que pasó, porque vino el fascismo.

Entonces, ahí sí tenemos, en la Primera Guerra Mundial, una guerra de exterminio absoluto. Es decir, una guerra donde ya la idea de construir una hegemonía desaparece. Ese es el asombro de Keynes.

Entonces, ¿por qué no ocupan Alemania? ¿Por qué no hacen lo que siempre se ha hecho? Todos callan. En Estados Unidos, en Francia, quieren desaparecer a Alemania. Esa es la verdad. Desintegrarla en muchos feudos, como los que tenía. Y estuvo a punto de pasar.

Y la tragedia fue que quien quiso reunificar fue el fascismo. El fascismo fue distinto porque sí quiso, intentó poner clones de Hitler y de Mussolini en todos estos países. Los nazis adoraban a Mussolini, por más que cometía un error cada semana. Pero lo sostenían. Porque era el paradigma de lo que podía pasar en Hungría, de lo que pasó en España con Franco —ahí pasó, con el apoyo de los nazis—, de lo que pasó en Grecia, por supuesto, con una dictadura hasta los años sesenta.

Pero hay algo en la Segunda Guerra Mundial que no hay en la Primera, y es el exterminio como centro de la guerra misma. La construcción de un Lebensraum, un espacio de vida. Es más o menos lo que está haciendo el ejército israelí en Palestina. Es un espacio donde, según los teóricos militares de aquella época, solo hay razas superiores y los otros entran, básicamente, como esclavos.

Esta idea de un Lebensraum, de un espacio único de vida que se contiene a sí mismo y que da superioridad por encima de todos los demás espacios, es lo nuevo de la Segunda Guerra Mundial.

¿Por qué se mata a quien no se opone? Esa es la pregunta de Hannah Arendt. ¿Por qué están matando a los gays? No se están oponiendo al nazismo, más que algunos. ¿Por qué están matando a los judíos? No se están oponiendo al nazismo. Toda la historia de Occidente, desde Pufendorf, consiste en matar al que se opone. Pero estos no se están oponiendo. Y desde ahí comienzan a surgir palabras que hoy escuchamos en cada esquina: limpieza étnica, etcétera.

Ese es el capitalismo de la muerte del que habló Tornell, del que han hablado, del que habló el Subcomandante Moisés, y que coloca a la defensa de la vida por encima de todo. Por encima de todo. Como es el caso de Guadalajara, de Jalisco, que está —yo creo que, como contó Ana hoy— inscrita, de alguna manera, en esa lógica.

La guerra desde los años noventa ha cambiado totalmente. Ya lo dijo la compañera de ayer, no recuerdo su nombre. Libia, Yemen, Sudán, Siria… son guerras de absoluta destrucción. Son guerras destinadas a que esas comunidades pierdan el sentido de comunidad, que queden deshechas por la eternidad, peleándose entre ellas, fragmentadas en mil pedazos. Libia no se recupera. Estamos a veinte años del bombardeo. Siria, lo que es Siria, es indecible. Palestina va a seguir y seguir y seguir. Esa es la guerra de destrucción total.

¿Por qué? Porque el nuevo tipo de capitalismo, lo que busca, es la destrucción del sentimiento de comunidad y la individuación total de los miembros de una sociedad. Un nuevo proceso de individuación solo se logra si quiebran el espíritu de comunidad, si quiebran el sentimiento de identidad, de arraigo, de futuro común, de pasado compartido.

¿Cómo procede hoy en día el aparato político-militar para hacer este tipo de guerras? Cuatro aspectos.

Primero: la vieja dialéctica entre mar y tierra terminó. Sloterdijk escribió un texto muy importante sobre eso. Hasta el siglo XX, quien dominaba el mar dominaba la geopolítica. Hasta que surgieron los instrumentos que dominan el aire. Y la nueva dialéctica es aire-fuego. Todas las guerras actuales —Ucrania, Palestina— se hacen desde el aire.

La desproporción de muertos en Palestina —setenta mil versus seiscientos—, ¿de dónde viene? En las mirillas de los fusiles del IDF se localiza un lugar y automáticamente viene un dron; automáticamente viene un dron a deshacerlo. Ya ni siquiera tiene que disparar. O automáticamente, si el edificio es grande, viene un cazabombardero y, pum, bombardeo. Los que mueren son, por supuesto, los seres humanos, pero la operación es en el aire.

Lo mismo pasa hoy en día en Ucrania. La operación es en el aire.

Pero, sobre todo, lo más problemático es que la vigilancia es desde el aire, porque se necesitan todos estos sistemas de detección digital: GPS, internet, satélites.

Es interesante observar la guerra de Ucrania. Parece que regresamos a la Primera Guerra Mundial porque es una guerra de trincheras. ¿Por qué? Un tanque se detecta, le mandan un dron. Una pieza de artillería se detecta, le mandan un dron. Una columna se detecta, le mandan un dron. Están todos metidos en unos islotes con sistemas para que no los puedan detectar los satélites.

Tanques, artillería… eso es lo pasado. Ahora es el aire: drones, misiles. Primera característica de esta guerra.

Segunda característica de esta guerra: la guerra cognitiva. Eso es nuevo y solo es posible gracias a los celulares.

Los viejos pensadores de la guerra —desde el mundo egipcio, griego, Tucídides, en fin— conocían la guerra psicológica. ¿Qué era la guerra psicológica?

Entre los aqueos hay un general que, en su batalla contra las falanges egipcias, observa que los egipcios tienen por deidad a los cocodrilos. Entonces dice: “Tráiganme cincuenta cocodrilos, por favor, vivos”. Y antes de la batalla los hace avanzar en el campo de batalla. Los egipcios quedan paralizados. No pueden pelear.

Atila —todas las crónicas cuentan— hacía unas hogueras impresionantes que intimidaban a los otros ejércitos de tal manera que, al momento de llegar a la batalla, estaban casi derrotados.

Hay también ese ejército de gigantes de Salzburgo, en las guerras entre Alemania y Austria. Eran tipos que, en la época, medían dos metros cuando la gente medía uno sesenta.

En la Primera Guerra Mundial se crea una Secretaría de Comunicación, que se inventan los ingleses. Los mejores escritores ingleses —Lee, McKinley, los poetas, Keats, etc.— están inventando historias para que los pueblos de Eslovenia, etc., se les unan realmente y luchen contra los austríacos. Están inventando fake news, mentiras, conspiraciones.

La guerra cognitiva es muy distinta de la guerra psicológica. Muy, muy distinta. Es una batalla que sucede ya no en los valles, no en las montañas, no en los ríos ni en los mares, sino en los cerebros. El campo de batalla es el cerebro. Ese es el campo de batalla.

¿Y qué persigue?

La OTAN ofrece una beca de ciento cincuenta mil dólares al año a quien haga aportaciones a este tipo de guerras desde hace siete años. Aportaciones digitales.

Lo que persigue es que una población vea caer su concepto de verdad. Es casi una guerra kantiana. Es una guerra que obliga al ciudadano a autorreflexionar.

Por ejemplo, en el caso de la guerra entre Ucrania y Rusia, ¿qué hicieron los rusos? Llenaron todos los sistemas digitales ucranianos con mensajes como: “Zelenski representa una oligarquía corrupta”. Lo cual, además, es totalmente cierto. No es difícil demostrarlo. “Se están robando las armas. Te están robando tu dinero. No es cierto que vayan ganando.”

Es una guerra que trata de instalar un nuevo concepto de verdad. La duda en tu propia comunidad. La duda en los dirigentes de tu acción.

Esta es la guerra cognitiva. Capitalizar las diferencias, las confrontaciones religiosas, raciales, al interior del propio campo. Ya hay manuales de texto sobre esto.

Segunda parte. Esta es la más temible de todas dentro de la guerra cognitiva.

Hay dos teóricos sobre eso: Farrell y Lons, dos ingleses. Siempre los ingleses.

Si quieren saber por qué el mundo está tan mal, vean lo que hicieron los ingleses desde el siglo XVIII. No se van a equivocar. Bueno, no; es una exageración, pero realmente…

La clave, dicen ellos, es que el enemigo es la figura fundamental en la guerra. La guerra es una lucha entre amigo y enemigo. El enemigo está allí. Uno está acá. Están las trincheras. No sé quién eres, pero me vas a matar; te mato y punto. Esa es la guerra.

Dicen: la clave es que el enemigo desaparezca del campo visible y esté dentro del individuo. Que el individuo sea su propio enemigo. Esa es la clave.

En una sociedad donde lo único —y es lo que van a encontrar en la Ciudad de México— que vale es el rendimiento. Lo único. ¿Cuánto trabajaste? ¿Cuánto escribiste? ¿Cuánto ganaste? Rendimiento. Tenemos instalado en nuestras cabezas a alguien que constantemente nos está diciendo: “No rendiste”. Ese es el enemigo interno. El enemigo interno pasa de estar fuera a estar dentro de uno mismo.

Ese es el propósito central de la guerra cognitiva. Y tiene bastantes avances.

Claro, sostenido, por supuesto, por todo el sistema de la gnosis y la episteme digital, que va mucho más allá de esto.

Tercer aspecto. La batalla por la narrativa. Este es fundamental.

Ustedes ven los medios en las guerras contemporáneas. Están llenos de quién ganó, quién no ganó. Yo estoy seguro de que el deep state americano, la sociedad política estadounidense, si se la tiene contada a Irán, no es tanto por el petróleo. Es por el hecho de que Irán ha logrado algo increíble: voltear, por lo menos a la mitad del mundo islámico, en contra de Estados Unidos. Y estamos hablando de quinientos millones de personas, o más. Es algo que Estados Unidos no puede soportar.

Porque Estados Unidos se considera el que gana la batalla narrativa. Y ganar la batalla narrativa es ganar la batalla por la comunidad.

Por eso, acá salió un libro fantástico de Silvia Marcos que se llama La poética de la insurgencia zapatista. Yo creo que el zapatismo es tan poderoso por su increíble capacidad de crear una narrativa. Y es ahí donde ha logrado victorias impresionantes. Impresionantes.

Por último, y esto me lleva a México.

Cinco minutos más y ya voy a acabar. ¿Hay tiempo? Ah, bueno, hay tiempo. Un poco más, entonces, sobre Irán. Un poco más, si tenemos tiempo.

Otro de los elementos que sirven para empezar a tratar de darnos una explicación de por qué la guerra en contra del mundo subalterno, por supuesto. Pero no solo porque Ucrania no era parte del mundo subalterno. Ucrania es parte ya de Europa, ¿no? Y los europeos dicen a los rusos: «Ustedes trajeron por primera vez la guerra desde 1945». Porque es una guerra interimperial. Es decir, son veintiún países europeos luchando contra Rusia. Quienes mueren son los ucranianos. Pero para hacer cien mil drones diarios, esa es una industria. Para moverlos electrónicamente necesitas especialistas franceses y alemanes. Si hay la propiedad de una guerra mundial, se está cocinando otra vez en una guerra interimperial entre grandes imperios.

Pero hay algo en la guerra de Irán que sí tenemos que tomar en cuenta y que es muy difícil de entender. Es lo siguiente.

La acumulación del capital, el proceso de valorización, es hoy global.

¿Cómo se explican ustedes que Estados Unidos sea el mayor prestamista del mundo? Nosotros le debemos 52 mil millones, tal cual, ¿no?, en 1995.

Una historia muy interesante porque Clinton tuvo que despertar a Greenspan, el jefe de la Federal Reserve. Estaba de vacaciones. Le dijo: «Ayúdame, aquí abajo hay un hoyo de cincuenta mil millones de dólares».

Y cuando Greenspan ve el dossier, dice: «Me traen aquí al negociador mexicano». Dice: «¿Quién fue el idiota?». Greenspan, pues, es el creador, no del modelo, sino de la praxis. «¿Quién fue el idiota que vendió setecientas cincuenta empresas en dos años? ¿Quién fue el idiota? Who was the idiot? Porque ustedes no tienen con qué respaldar un préstamo de cincuenta y dos mil millones».

«Me firman el petróleo». «Me lo firman». «El petróleo mexicano está embargado, yo se los apuesto».

Porque no había con qué respaldar ese préstamo. Greenspan, pues sí. Vamos: cincuenta y dos mil millones, ¿dónde está el fiador?

La acumulación es global. ¿Qué significa eso?

Significa que nos puede pasar algo cuyo centro está a diez mil kilómetros de distancia.

La guerra de Irán, o mejor dicho, el avasallamiento brutal de las dos grandes potencias militares de hoy en día, Israel y Estados Unidos, contra la sociedad iraní, tiene el propósito de proteger la hegemonía del dólar. Y esto: Federal Reserve, Pentágono, dieciocho centros de seguridad, es suficiente para hacer una guerra de esa proporción.

Derivar al régimen iraní, eso es para la prensa. ¿Por qué?

El año de 2024, Saudi Arabia le dijo a Estados Unidos: «No más petrodólares».

¿Qué es petrodólar? Petrodólar es lo que permitía a Estados Unidos ser el país, el mayor prestamista, pero el mayor deudor. Nunca en la historia de las grandes potencias una potencia había combinado ambas características: ser la mayor prestamista y ser la mayor deudora.

¿Cómo se logró esto? Con los petrodólares. Obligando a todo el mundo a pagar su petróleo en dólares.

En el 2024 cae el acuerdo. Y los saudíes dicen, por una sencilla razón: porque en 1974, cuando hicimos el acuerdo, me comprabas siete millones de barriles; hoy me estás comprando un millón y medio. No aguanto yo. Necesito yuanes, necesito el circuito asiático para sobrevivir. Es lo que hizo Saudi Arabia.

¿Ah, sí? Vamos a ver. Dos veces estuvo Biden y dos veces estuvo Trump, casi para rogarles a los saudíes que no cancelaran el acuerdo de los petrodólares. Porque todo este oxímoron americano de ser el mayor prestamista y ser el mayor acreedor al mismo tiempo está sostenido sobre ese hecho. Por eso pueden producir la cantidad de dólares que quieran.

Ese es el propósito de la guerra de Irán. El control, no solo del mercado petrolero, sino destruir este sistema monetario que está surgiendo en el complejo asiático. Porque no es solo China, es mucho más complejo. China, la India, Singapur, Japón: el complejo asiático. Que funciona más como un complejo.

Bueno, dos últimas cosas.

Guerras de esta naturaleza, de destrucción interimperiales, son las mayores catástrofes por las que pasó la humanidad en el siglo XX. Ojalá…

Hoy la amenaza nuclear está en bocas presidenciales. Chiste, chiste: este loco de Trump acaba de amenazar a Irán con la destrucción de su civilización completa con un arma nuclear. Putin cada quince días dice: si el régimen ruso está en peligro, uso armas nucleares.

Antes era: uso armas nucleares si el otro usa arma nuclear. Pero esto ya baja el requerimiento, pues.

Tengo una amiga que es una colega alemana que nos visita aquí frecuentemente. Dice: «Voy a venir a México». ¿Por qué? Porque va a haber una guerra nuclear. Digo: «¿Cómo va a haber una guerra nuclear?». «Es lo que dicen». Sí, pero son presidentes. Del hecho, del dicho al hecho hay muy poquito. Si te lo dice un periodista, un senador todavía, pero un presidente…

Pero por lo menos la guerra cognitiva está funcionando, ¿no? Está funcionando. Algo así sobre lo que dijo Ana.

Me faltó decir cómo hacen estas guerras: la quinta forma, que es la mexicana. Que es la difusión de la frontera entre el amigo y el enemigo. Eso es algo muy, muy peligroso y eso se logra con el narcotráfico.

La guerra está dada porque el contrincante es un enemigo. Y como decía al principio, se acaba en el momento en que uno ya no logra seguir combatiendo.

Pero el crimen es muy distinto. Porque un criminal no es un enemigo. Un criminal es alguien que viola la ley para capitalizar los beneficios del sistema. El Chapo nunca quiso ir a tomar Palacio Nacional para hacer un nuevo gobierno. Él quería ser un empresario y punto. Este es un criminal, pues. No es un adversario.

Pero, dada la injerencia estadounidense en primer lugar… No hay que engañarnos. El que paga, manda. Y todos estos cárteles, cadenas de suministro, de tráfico, así lo llamo yo, viven del mercado americano. El mercado americano los controla. La DEA controla cada cártel milimétricamente. Por eso estaban tan angustiados cuando se cambió la Segunda Corte de Justicia. No sé cómo salió esa reforma, pero al menos ahí… Y están tratando de recuperar.

Junto a Estados Unidos, junto a la DEA, está el capital transnacional, que ya Ana decía.

Acaba de haber una demanda hace dos semanas de sindicatos en Monclova, diciendo: ¿quiénes nos amenazan?, ¿quiénes nos impiden reunirnos? Son los sicarios. Cuando yo tenía un poco menos de edad, la que tengo, era la policía la que nos impedía reunirnos, no los sicarios, pues. Y el gobierno no hace nada.

Junto al capital transnacional y el capital aparece entonces el orden público mexicano, que ha empleado desde Calderón hasta hoy en día al narcotráfico como una técnica de gobierno, una técnica de gobierno.

Hoy en la Ciudad de México, ¿qué puedes hacer? Despiertas, te vas a trabajar. Regresas, te vas a dormir. Despiertas, te vas a trabajar. No te vas con tus amigos a las ocho, porque tienes miedo de que te pase algo, de que a tus hijos les pase algo.

Y con esto acabo. Un minuto más.

Creo que no se ha hablado suficiente de una parte de la guerra contra la naturaleza que es muy importante. Ya el compañero que habló sobre el agua, felicidades, qué brillante cosa. Nos explicó, por ejemplo, ¿no? Allí en la laguna, Lala, Lala, la que compran allí en el Oxxo, que es 80% el agua, 5% leche y no sé qué más, eso es una, no, no, no, una malteada de la nada, pintada de blanco, ¿no?

Pues, aun así, Lala, para nutrir a sus vacas, desvió los dos ríos que habían hecho de la laguna el centro algodonero desde, yo creo, antes de la Conquista, una de las zonas agrícolas más maravillosas de este país, ¿no? La familia Madero es de ahí. No hay. Los desviaron los ríos, desaparecieron, son fantasmas. Otra vez esta guerra de destrucción.

Ya el problema no es luchar contra la resistencia de las comunidades, es desaparecer las comunidades, punto.

Pero, no, como dice Salvador Gallardo, el filósofo brillante mexicano, ya no es posible escindir entre el hombre y la naturaleza. Afectan un río, afectan a las comunidades. Afectan las ballenas, afectan los cardúmenes. Todo está aquí ligado, como se dice bien en esta narrativa del zapatismo.

Pero hay un sujeto. No se llaman los sujetos, sino una figura, en esa guerra contra la naturaleza, contra la cual se ejerce una peculiar violencia externa. Los animales. Y hemos escuchado poco sobre el animalismo.

Vivimos en una absurda sociedad en donde hay cuarenta mil millones de cabezas, porque somos siete mil millones de habitantes, esperando entrar a los rastros. Vacas, cerdos, aves, gallinas. El día que se paren por un rastro, nos vuelven a comer carne en su vida. Son niveles de tortura, es una cosa inconcebible, pues.

Pero la clave de esto, y por eso tiene repercusiones tan graves, no solo sobre la violencia contra los animales, sino que, por un lado, se exterminan cientos, millones de animales, y por otro lado se producen, porque se llama producción animal, pues es una industria.

Para lograr esto se necesita forraje, o se necesitan campos ganaderos. El 70% de la agricultura hoy en día está destinada al forraje. Ese es el negocio, no la agricultura dedicada a la alimentación humana. ¿Quién hace negocio en el campo? Forraje. Se los compra Japón, Inglaterra, quien quiera. Hay una bolsa en Chicago, nada más del forraje. Pero forraje es deforestación, porque hay que quitar los árboles.

Yo quise aquí incluso leer la tesis de que el principal origen de la deforestación es el delirio dietético de las ciudades. Basta con comer trescientos gramos de carne a la semana y lo tienen. No, son tres veces al día. El desayuno es con tocino, no sé qué, después un bistec y después los tacos. Es una cosa increíble, pues.

Pero, en fin, el daño que se está haciendo al mundo animal, por ahí sí el orden antropocéntrico. El ser humano se erigió en la especie que decide sobre la vida y la muerte de las demás especies. ¿Y quién te eligió a ti? ¿Quién dijo que tú podías hacer eso?

Hay que ser muy perceptibles porque hay una nueva sensibilidad en las urbes. La defensa de la no violencia contra los animales tiene una capacidad de movilización increíble. Los únicos que han logrado doblegar a nuestra jefa de gobierno han sido los perritos franciscanos. Con los millones de votos hay que estar muy atentos a esta nueva sensibilidad. Y esa es otra parte de la guerra contra la naturaleza.

Y agradezco su atención.