La palabra esperanza ante la Guerra contra la Naturaleza
Por Pablo Montaño
Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio)
21 de julio de 2026
Buenas tardes. Es un gusto estar aquí con ustedes y, antes que nada, quisiera agradecer la posibilidad de compartir con ustedes y hablar de un tema del cual ustedes son maestras, maestros, maestroas: conjurar esperanza en medio de la guerra, o frente a la guerra.
Gracias también a las y los compas, que han alimentado mucho de lo que voy a contar, porque la esperanza es un tema colectivo; nunca es individual, siempre es en común. También gracias a Sofía, mi compañera, que me ha acompañado en mucho de lo que voy a compartir en este momento.
Mi exposición tiene la siguiente estructura.
Primero hablaré de algunas postales de esta guerra contra la naturaleza, para tener algunas visiones de cómo se está visualizando en los territorios y después hacer un recuento de qué tan grave es.
Como segunda parte hablaré de la batalla por las narrativas. Ilán ya nos daba un adelanto esta mañana, de manera muy brillante, sobre esa batalla por contar la historia.
La tercera parte son frutos de esta resistencia y una alianza con los que llamo —y pueden o no adscribirse— huérfanos de la Tierra, y unas reflexiones finales.
Parte uno
Quisiera empezar aquí con un pequeño relato que me parece ilustra esta guerra contra la naturaleza de manera muy puntual, que ya hemos venido discutiendo en las primeras sesiones.
Se trata de dos escuelas, una primaria y un preescolar en Paraíso, Tabasco, a las que les cambiaron un manglar lleno de vida, de animales, de frescor, de cantos de aves, por el progreso, por el desarrollo o, también podríamos decir, por la refinería más grande del país, que ahí la pueden ver en esa imagen. Las dos que están ahí abajo son las escuelas y están barda con barda con la refinería de Dos Bocas, mal llamada, en este robo de nombres, refinería Olmeca, pero nunca me escucharán decirlo sin todo este preámbulo.
Le cambiaron el azul de los cangrejos que le dan identidad a Paraíso por un naranja intenso, con un mechero que quema día y noche y que ruge como la turbina de un avión que siempre está a punto de despegar. Este es el mechero que se ve ahí, la principal torre de Dos Bocas.
Los pupitres de estas escuelas tiemblan cuando el mechero libera gas de forma abundante para evitar alguna explosión. Estuve tan sólo dos horas adentro de un salón y me bastaron para sentir dolor de cabeza, un poco de mareo, y es con lo que viven las niñas y los niños de lunes a viernes en ese preescolar y en esa escuela primaria.
En Paraíso, Tabasco, la escritora Daniela Rea recuperó las palabras de las niñas y los niños sobre cómo describen su comunidad y dan forma a lo que piensan de ella.
Voy a leer un fragmento de un poema inédito que Daniela me autorizó compartir. Empieza así:
En Paraíso los niños aún nombran el mundo. Dicen mango, ciruela, zapote. Dicen mangle, lluvia, laguna Mecoacán. Dicen pozole, una jícara labrada. Es algo que ni te imaginas saborear. Y las palabras aún brillan como peces recién salidos del agua. Una niña escribe: “El calor nos mata y el ventilador gira como un insecto cansado en medio de la refinería”. La madre no quiere cocinar, pero cocina. Afuera, sobre el lenguaje, hay un derrame de petróleo, ácido sulfhídrico, dióxido de azufre, benceno, tolueno, xileno, etilbenceno. Huele a gas. Huele mal. Una mujer dice: “Yo sentí que todo cambió cuando dejé de ver iguanas y cangrejos”. Otra recuerda ranas, muchas ranas, y alguien suelta un presagio: “Tú sabes que un lugar está bien cuando hay ranas”. Había samanes, ceibas, lluvias de oro; con sus ramas al cielo atrapaban nubes y las exprimían en lluvia fresca. Ahora las nubes pasan corriendo. Una mujer dice: “Ya no hay quien las atrape”. Ahora la lluvia arde en la cara y arde el fuego del mechero en los ojos. 330 mil barriles diarios. Paraíso sigue llamándose Paraíso. Eso también es una herida. A veces el fantasma del manglar se asoma en forma de brisa y algo dice, indescifrable. Los niños responden. Dicen cangrejo azul, pejelagarto, garrobo. Dicen jugar, chapotear, descansar. Dicen fuego, mechón, gas. Los niños hablan de Paraíso y lo salvan en el eco de su voz, como si salvarlo también fuera nombrarlo antes de que alguien les queme su rostro.
La guerra contra la naturaleza es un concepto muy preciso. Las manifestaciones de esta violencia no son un efecto lejano que llega al cabo de unos años, sino que, mientras hablamos en este momento, hay un pozo en el sur de Veracruz que tiene a comunidades respirando gases tóxicos. Es un pozo de Pemex que explotó a principios de mayo y que, después de 130 días, sigue quemando y envenenando a la población, matando a sus animales, a sus milpas y a sus árboles frutales.
Así se ve la comunidad hoy en día. Es una postal cruda de cómo este modelo capitalista puede considerar desechables a las poblaciones que impacta con su lógica voraz de extracción.
Ahora que se ha vuelto noticia, Pemex ya cambió de decir que el pozo se iba a apagar en cuatro meses más. Cuando las comunidades pedían que apagaran el fuego, Pemex, con la mano en la cintura, decía que por ahí de octubre se iba a acabar el gas del pozo y quizá lo podrían controlar para entonces. Ahora que sienten presión, están hablando de que en los próximos días encontrarán alguna respuesta. Vamos a ver.
Ahí está el reconocimiento a las y los compas de Veracruz que han acompañado y alzado la voz con estas comunidades contra este sacrificio y contra otras amenazas que se asoman en esta región en forma de gasoductos y fracking.
Hoy quiero hablar de esperanza en el contexto de guerra y este asedio contra la naturaleza. Lo haré desde las narrativas y la comunicación, que es el espacio que llevamos en Conexiones Climáticas, que es la organización de la que formo parte.
Primero me gustaría hacer un repaso sobre el cambio climático, el calentamiento global, que es, a mi parecer, la forma más elevada de asedio, de la investida final de esta maquinaria de muerte que es el capitalismo. Digamos que sirve para dimensionar el tamaño del problema que tenemos.
Esta gráfica que están viendo aquí muestra los cambios de temperatura en México. Se hizo un promedio en una universidad del Reino Unido. Sacaron la temperatura entre el año 1970 y el 2000, hicieron un promedio, y cada franja representa un año. Si es más frío, se ve azul; si es más caliente, se ve rojo. Abajo tenemos los años que estamos viendo, que estamos transcurriendo.
Esta es la gráfica para México, y lo que nos muestra de forma muy clara es que nos estamos quedando con puros años calientes. Los años azules, los años “fríos” —pongo entre comillas “fríos” porque en realidad eran los años normales— han quedado en el pasado.
Para repasar cuál es nuestro problema, qué fue lo que pasó, en esta gráfica tenemos la temperatura también de la Tierra, pero tomando en cuenta mil años y cómo se veía una temperatura relativamente estable hasta que, de pronto, empezamos a quemar combustibles fósiles.
Afortunadamente, para explicar cómo funciona esto, tenemos una atmósfera en nuestro planeta formada por gases de efecto invernadero. Si no la tuviéramos, nuestro planeta sería una pelota de hielo flotando en el espacio. Funciona la atmósfera como una especie de cobija.
En los últimos 150 años, más o menos, el modelo capitalista y el modelo de la extracción y demás han sido muy eficientes en engrosar esa cobija, emitiendo sobre todo dióxido de carbono.
Entonces vemos cómo ya hemos ido cambiando el clima de nuestro planeta. El clima que conocieron nuestras bisabuelas y bisabuelos ya cambió, ya no es el mismo. De hecho, la gráfica debería verse así, con esa adhesión que le puse al final. En realidad ya cambiamos la temperatura en 1.5 grados. Ese es el cambio de temperatura que ya pasó. Ese cambio es el que ya estamos viviendo el día de hoy.
Podríamos pensar que 1.5 grados no es mucho. No sé cuánto estemos ahorita; estamos a 20 grados. Si alguien dijera: “No, en realidad estamos a 21.5”, da lo mismo. Nadie cambia la forma en la que se viste o las actividades que hace un día por 1.5 grados de diferencia entre uno y otro.
Pero es más importante que lo veamos como temperatura corporal. No sé si alguien haya tenido aquí fiebre recientemente, de 38.5 grados. ¿Cómo se sentían? ¿Tenían ganas de salir a la calle, de trabajar? ¿Podían leer? ¿Podían moverse? Seguramente sentían escalofríos, dolor de cuerpo.
Todos esos síntomas podríamos decir que son los que está atravesando nuestro planeta, este sistema vivo, pensando en nuestro planeta como un organismo que habitamos, que tiene fiebre. Y esos malestares se manifiestan en forma de huracanes, lluvias torrenciales, sequías, incendios forestales. El síntoma del calentamiento global no es solamente el calor.
Y bueno, el 11 de mayo de 2019 rebasamos las 400 partes por millón de dióxido de carbono, de CO₂, en la atmósfera. Es un dato científico de esos que nos pidieron que no incluyéramos en estas charlas, pero esa es la forma en la que se mide qué tan gruesa está nuestra cobija atmosférica.
Lo importante no es el número en sí, sino que la última vez que tuvimos esa concentración de dióxido de carbono en la atmósfera fue hace tres millones de años. Hace tanto tiempo que tuvimos esa concentración que era un tiempo en el que no había seres humanos.
Nosotros, como especie, así como nos vemos más o menos, tenemos 150 mil años existiendo. Es decir, hemos creado una versión del mundo que no conocemos como seres humanos. Nunca habían coincidido seres humanos y esa cantidad de CO₂ en la atmósfera al mismo tiempo.
En ese entonces los océanos tenían 25 metros más de altura, y lo que están viendo aquí en la pantalla es una proyección de cómo se vería ese mundo en nuestra geografía actual. Un saludo a las compas y los compas de Yucatán, que no la cuentan muy bien en esta proyección, porque tendríamos un mapa muy distinto.
Y esto ya lo vemos ocurrir. Esta es una imagen de El Bosque, Tabasco. Es una comunidad que, de unos tres o cuatro años para acá, ha ido perdiendo su costa y vemos cómo se ha comido el mar esa línea de casas. La secuencia de cómo se veía esta misma comunidad en el año 2005 ahí está. Tiene de un lado el río Grijalva y del otro el Golfo de México. Era una especie de península.
Las personas tenían que caminar un kilómetro, más o menos, para llegar al mar en 2005. Para 2010 se había acercado; esa caminata se había acortado considerablemente. Fíjense dónde está el trazado de la calle que marca ahí el satélite. Para 2015 ya no hay pastos, sólo quedan arenas. Para 2020 se estaba perdiendo la primera casa. En enero de 2022 ya tenían que haber evacuado la primera cuadra y, en mayo de 2022, nuestra calle está adentro del mar.
La guerra contra la naturaleza pega con un rostro oculto, es un verdugo que se esconde también en ocasiones y que va primero contra quienes no tienen ninguna parte ni culpa en esta guerra, como en este caso un pueblo de pescadores.
En nuestro planeta ha habido cinco extinciones masivas. Es decir, ayer hablaba un poco Carlos de esto, donde se ha reseteado la vida por completo, prácticamente. Cuatro de estas extinciones masivas ocurrieron por cambios de dióxido de carbono en la atmósfera, es decir, por más o menos CO₂. La quinta fue un meteorito que borró a los dinosaurios y, de nuevo, saludos a los compas de Yucatán, porque ahí cayó el meteorito.
En otras palabras, estamos provocando la sexta extinción masiva del planeta, y se está logrando esto a un ritmo mucho más rápido de lo que lo hicieron los supervolcanes en otras extinciones. Nuestro ritmo de emisiones, es decir, la velocidad con la que el capitalismo está sumando CO₂, dióxido de carbono, a la atmósfera, es 200 veces más rápido que el de las extinciones previas. Vamos, para que nos demos una idea: esas extinciones masivas de las que hablo ocurrieron en márgenes de miles de años; aquí están ocurriendo en cinco o seis generaciones.
En la foto vemos la refinería ecológica de Dos Bocas, por supuesto.
Parte dos.
Si el tema es tan grave, si el problema es tan crítico como lo estoy poniendo, la pregunta es: ¿por qué no nos podemos poner de acuerdo? ¿Qué pasa? ¿No está la información? ¿Quién falta que lo entienda? ¿Qué está ocurriendo?
Aquí, evidentemente, hay grandes capitales y gobiernos serviles a estos capitales que están detrás de la respuesta de la pregunta que planteo. Pero, además de la violencia que hemos visto que ejercen a través de sus ejércitos, a través de la violencia contra los pueblos, está la creación de otros datos, la manipulación de la verdad que sirve a estos propósitos.
En el caso del calentamiento global, han llevado su manipulación al grado de convencernos de la necesidad de participar de este suicidio planetario para que multimillonarios puedan jugar al astronauta.
Sabemos que todo lo que expuse ahorita se sabe desde hace más de 150 años y, en tema de crisis, tratado como un asunto crítico, se sabe desde los 1970 por lo menos, donde ya había gente en el poder con esta información, volteándola a ver, teniendo reuniones importantes y demás. Esto, obviamente, es parte de lo que ya decía Ilana hace un momento, de esta batalla por las narrativas.
Voy a leer un documento que justamente es de 1970:
“No hay duda de que el incremento en el uso de los combustibles fósiles está agravando el potencial del incremento de CO₂ en la atmósfera.”
¿Quién dijo esta frase o de dónde saqué este extracto? Es de una investigación privada de la petrolera Exxon. Es decir, la petrolera estadounidense Exxon hizo una investigación interna para conocer y entender qué estaba provocando su principal producto —petróleo, gasolinas— en la atmósfera, y contrataron científicos climáticos para conocer qué estaban provocando. Y esto fue lo que les devolvieron.
Cuando conocieron la responsabilidad que tenían con respecto al cambio climático y el riesgo al que estaban arrojando al planeta entero, obviamente no decidieron actuar e irse a la quiebra o cambiar su modelo de negocio, sino que escondieron la información y montaron una campaña para desacreditar a cualquiera que llegara a la misma conclusión científica que ellos tenían ya por certeza.
Y esto no solo lo hizo Exxon; lo hizo Shell, lo hizo British Petroleum, lo hicieron todas las petroleras. Tenían sus investigaciones internas desde los 1970, desde los 1980, algunas más tardías, pero sabían perfectamente qué estaba ocurriendo.
Entraron en pánico y recurrieron a otros maestros de la mentira y que ya habían hecho un trabajo similar. No sé si conozcan este tipo de imágenes de tabacaleras. Aclaro que esta parte es relevante del contexto de la desinformación y no representa ningún tipo de queja al tabaco; nada más es lo que es, cero y van dos, dirán por acá.
Pero es que usaron las mismas estrategias y hasta contrataron a las mismas agencias de marketing que trabajaron para la industria del tabaco, que logró retrasar las acciones contra el tabaco cuarenta, cincuenta años. El objetivo de las tabacaleras en su momento, y después de las petroleras, era crear un gran debate donde había consenso.
Estas imágenes de doctores que vemos ahí recomendando alguna marca de cigarros, de mujeres embarazadas afirmando que está padrísimo fumar Camels o cualquier cajetilla al día, venían acompañadas de artículos académicos que disputaban la idea del daño a la salud por el tabaco y lo hacían con preguntas legítimas.
Oye, ¿y la calidad del aire de las ciudades no tiene nada que ver? ¿O por qué en Inglaterra se enferman más que en Estados Unidos? ¿Qué es lo que no podemos saber?
Y, a partir de generar —no negar la información, sino simplemente poner un montón de preguntas bien intencionadas, al parecer— abrían la conversación.
Y lo mismo hicieron las petroleras, que se vieron confrontadas con el tema del clima. Y recorrieron esa misma estrategia: había que sembrar dudas sobre las certezas.
Y aquí las preguntas seguramente las han escuchado en algún momento, se las han preguntado a ustedes mismos: ¿No será el Sol el que está provocando el cambio climático, variaciones en actividad solar? Oye, el planeta siempre se ha calentado, ¿no será que se está calentando nuevamente y es otro ciclo nada más? Las más nuevas es: a ver, sí somos los seres humanos, pero nos podemos adaptar y la adaptación a estas técnicas que nos quieren enseñar. Las menos ingeniosas, pero efectivas: sí existe el calentamiento global, pero no hay nada que podamos hacer. Y, por supuesto, los que ya platicaba Carlos Tornel anteriormente: sí existe el calentamiento global, pero podemos hacer negocio con este proceso de destrucción que estamos provocando y hay un gran capital que se puede explorar.
Ahora nos vienen a proponer otros supuestos debates que Mauricio ya nos estaba adelantando aquí. Hay una posibilidad y están haciendo la misma receta: un comité con este tipo de características técnico-científico. La industria del tabaco hizo su propia academia de investigación sobre enfermedades respiratorias relacionadas al tabaco y, con esas credenciales, nos vienen a decir que puede haber fracking sustentable, sembrando dudas donde hay un consenso.
Ya lo platicaba Mauricio: hay una investigación muy profunda de todos los impactos del fracking. No porque nos vengan a sembrar las preguntas de que: oye, si se hace con agua salada, ¿qué onda? Oye, ¿y si es con espumas, qué tal? Son preguntas que, de nuevo, vienen con la intención de confundirnos.
Una parte importante de la guerra contra la naturaleza está en esta lucha por las narrativas. Es un concepto que ya hemos escuchado mucho. Se habla de la necesidad de cambiar las narrativas en algún tema o conflicto y, a veces, se abusa de la idea y se acaba entendiendo como un tema de vender ideas. Pero la realidad es que nuestras posibilidades de futuro no son compatibles con la conversación y los conceptos que nos han impuesto.
Voy a hablar un poquito nada más de qué son las narrativas, cómo se construye una narrativa.
Está compuesta de historias donde hay quienes ganan y quienes pierden, donde a algunos les prometieron tierras hace tres mil años, por ejemplo; hay una historia que se cuenta y se repite, y hay otros pueblos que merecen ser destruidos.
Hay mensajes que se envían para ordenar y hablar de derecho internacional, porque hay derecho de estar ahí, o de conceptos como desarrollo y progreso que seguramente han llegado a nuestras comunidades.
Hay un marco, es decir, un contexto en el que se está hablando esto. No es lo mismo mandar un mensaje nacionalista en un tiempo de paz que mandar un mensaje nacionalista en un tiempo de guerra. Eso influye mucho cuándo estás dando ese mensaje, un mensaje en guerra donde has creado un enemigo poderoso y común.
Y, finalmente, tiene sus receptores, es decir, quienes estamos recibiendo y absorbiendo esa narrativa.
Voy a poner la traducción de la imagen que puse ahí, porque las narrativas son pegajosas, se quedan, perduran en el tiempo.
Esta imagen que les pongo es un anuncio de gas en un periódico de 1910 y ahí fue cuando a la industria petrolera se le ocurrió llamar gas natural al gas. De natural tiene lo mismo que el carbón y el petróleo, por cierto. No se vayan a dar nunca un visazo de gas porque no va a salir bien.
Aunque la imagen nos explica: “Calor rápido, calor limpio, calor saludable con gas”.
Esto porque digo que es pegajoso. 1910. Esta imagen es de hace algunos meses, anuncio de Fenosa. Esta compañera parece que está oliendo el aroma de flores mientras va a salir a correr y nos están vendiendo gas, que es metano y que, en las imágenes que veíamos del pozo de Krem, ese es el mismo gas, el que está matando a los animales, el que está envenenando a la gente. Mismo gas.
Las narrativas, si no las cuestionamos, nos destinan al fracaso.
¿Qué pasa si quienes estamos oponiéndonos al gas repetimos “gas natural”? Ya vas uno-cero porque estás usando su concepto, estás usando sus palabras.
Pero la buena noticia es que hay posibilidades de disputar estas narrativas, crear nuevas. Ustedes, compas, han sido una fuente esencial de nuevas narrativas que además son accionadas, no se quedan nada más en el discurso, y que a muchos nos han inspirado a imaginar y poner en práctica otras posibilidades, además de la derrota y el desastre. Narrativas que nos han dado razones para saber que se puede sembrar esperanza.
Esa lagartija que pongo aquí en la imagen es de un cerro en Chihuahua que había sido incendiado dos semanas antes. Acudimos ahí a documentar y encontramos que había vida. Las inmobiliarias, que es el cáncer que tiene la tierra de la que soy, ya pregonaban una clásica idea que es que no queda nada y que deben dar paso al desarrollo y al concreto. Y hay que tener eso guardado: cuando una empresa o un gobierno nos dice que no hay nada en un lugar, es porque vienen por todo.
Es difícil hablar de esperanza con todo el contexto que les acabo de describir. Suena ilógico hablar de esperanza entre guerras que matan a niñas y niños por acuerdos lejanos entre pederastas y sanguinarios. El ruido de un genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo palestino vuelve muy difícil llevar esa conversación.
Pensar en un mundo poscapitalista, pospetróleo, se siente lejano con una industria de gas y petróleo que se expande a aguas ultraprofundas, a áreas naturales protegidas, a nuevas tecnologías como el fracking y a nuevas rutas de exportación.
La pregunta se siente imprudente: ¿dónde habita la esperanza en un mundo como este que describimos?
Primero debemos reconocer que la historia y las mentiras que nos contaron desde la bestia que nos trajo a este momento de crisis, es decir, el capitalismo, no nos van a llevar a encontrar esperanza; nos van a distraer, a extraviar y a dividir. Los avances que nos prometieron desde las instituciones de los Estados y desde las organizaciones internacionales han quedado al descubierto en su fragilidad y su falsedad.
Por ejemplo, en la respuesta por proteger a la naturaleza ha quedado en evidencia el fracaso de la acción climática. Todos los años, por ejemplo, se juntan representantes de todos los países del mundo a encontrar soluciones y a generar acuerdos frente al cambio climático. Se han juntado ya treinta veces. Si tienes un problema en tu edificio o departamentos porque se está fugando agua del tinaco y llevas treinta reuniones y nadie ha dicho “hay que tapar el hoyo del tinaco”, algo va muy mal. No está funcionando esa reunión.
En dos de los años recientes, por citar un ejemplo de este fracaso, las reuniones han sido dirigidas por directores de empresas de gas y petróleo; es decir, quien organiza la reunión han sido directores de empresas petroleras: en Azerbaiyán en 2025 y en Arabia Saudita en 2023. En la de 2023, el director era el de la empresa Aramco. Él fue el presidente de la cumbre climática. Aramco, para quienes no la conozcan, además de aparecer en muchísimos anuncios del Mundial, es la empresa que más ha contribuido en todo el mundo a provocar el cambio climático. Es la número uno, la que más ha emitido. Ese presidente de esa empresa dirigió la cumbre climática global. No es solamente el bar en manos de cualquier borracho; es el bar en manos del más borracho.
En medio de esta simulación, las petroleras pueden respirar tranquilas, porque ya pueden quitar sus máscaras mal puestas y, una tras otra, han borrado o retrasado sus metas climáticas, que de por sí ya eran ridículas. La mayoría de ellas prometía invertir en paneles solares y turbinas eólicas. Ahora pueden dejar de mentir y revivir, o más bien sacar de la penumbra, los planes de extracción de gas y petróleo en la Amazonía, en aguas ultraprofundas en el Golfo de México, aquí en la selva o de hacer fracking con la poca agua que tiene el norte de México.
En temas de derechos humanos también estamos viendo cómo se caen esas máscaras. Vimos que las promesas del “nunca más”, del genocidio, tenían términos y condiciones en realidad.
Las empresas de tecnología que nos prometieron democratizar los espacios de las redes sociales, como Facebook, Twitter, ahora X; las de inteligencia artificial, que nos iban a liberar del tedio, del trabajo, de hecho, y que nos vendieron a sus genios, de sus creadores, como esta estirpe de grandes maestros genios que salieron de lo convencional y que iban a ser antisistémicos, ahora cierran filas con estrategias represivas de Estados Unidos e Israel, porque al parecer ser fascista salió muy bueno para el negocio.
Ya no importa compartir la desinformación y contratar a personas que verifiquen los datos que se dicen en sus redes. De hecho, la desinformación ahora es el producto más rentable; da muchos más likes vender mentiras a la gente.
En la presidencia de Trump han sido dos años de evidencia definitiva para entender, de una buena vez, que las respuestas a la crisis climática, a las desigualdades, a la guerra contra la vida, no van a llegar de parte de gobiernos y mucho menos desde la clase multimillonaria.
Obviamente aquí ya llevan mucho tiempo que lo entienden, pero mi punto es que nuestra supervivencia depende de que mucha más gente entienda el riesgo que supone confiar en ellos y el riesgo que existe en querer salvar aspectos de este modelo.
A pesar de todo lo descrito, la esperanza sigue siendo una trinchera que no podemos abandonar. Es la posibilidad de resistir, de organizarnos y enfrentarnos a este colapso.
En 2023 coedité con Carlos Tornel —de ahí la semejanza de los ataques al tabaco— el libro Navegar el colapso, un libro que recopila textos sobre distintas personas y formas en las que se manifiesta el cambio climático y las posibles respuestas frente a él.
El título fue motivo de disputa entre nosotros. A mí me disgustaba profundamente; no me gustaba para nada la connotación negativa. El libro te da una tremenda mala noticia desde la estantería en la librería; tú ahí ni lo abres y ya te derrotó anímicamente. Pero perdí la discusión. Afortunadamente ese fue el título que prevaleció, pues resulta necesario que la conversación tenga como punto de partida el colapso de nuestro sistema económico y de muchas ideas de las que lo han formado, a nuestra civilización. Sin esa asimilación perdemos el tiempo tratando de mantener unido un sistema que está hecho añicos. La esperanza necesita un terreno libre de escombro sistémico para poder nacer.
En la medida que nos aferramos a la pedacería de un modelo que nos enraizó ideas como el crecimiento económico infinito, el desarrollo como deseo, la acumulación de dinero como medida de éxito y la violencia como una fortaleza o muestra de poder, impermeabilizamos el suelo del que pretendemos que nazcan esos otros mundos posibles.
Las certidumbres y las expectativas de la democracia han colapsado. Yaznaya nos habla de la necesidad de compostar el capitalismo, de hacerlo desintegrarse, de permitir que el tiempo haga que sus partes sean irreconocibles. Sin ese compostaje no hay posibilidades de algo nuevo.
Da miedo ese aparente salto al abismo, pero ¿qué si ya estamos en el abismo y lo que sigue es salirnos de él y empezar a hacer camino al andar, como dicen los compas, y movernos al pluriverso de posibilidades, a un terreno fértil para la imaginación, para desandar nuestro camino suicida y anular la idea de un apocalipsis autoinfligido?
Los que nos han conducido a este colapso, a esta espiral de violencia, a estas vidas enfermas de ansiedad, a esta falta de agua, a esta incertidumbre climática, nos quieren convencer de que abandonar el camino que nos han trazado es peligroso. Pero el desfiladero está a la vista y, en la trayectoria que hoy llevamos, abandonar el rumbo y el ritmo nunca habían sido tan urgentes.
Aquí surge una pregunta boba desde la comodidad de los que abrazan la derrota y nos dicen: “Si no es con petróleo, ¿qué alternativa hay? Si no es con capitalismo, ¿qué podemos hacer?”
Piensan que nos acorralan con esa pregunta, que evidencian ingenuidad. Pero la alternativa es una tarea de imaginación, de creación común, de trabajo colectivo para cambiar acuerdos sociales que hemos establecido. No es tarea de una sola persona ni respuesta de una sola frase.
Y ahí es donde, como ya decía Mauricio, fracasan quienes, por ejemplo, hablan de transición energética, esa idea de cambiar el origen de la energía, apagar las termoeléctricas de gas y poner un montón de paneles solares para seguir haciendo lo mismo, pero ahora con la luz del sol. Un despojo cero emisiones, una destrucción zero waste o cero residuos de ríos y lagos, devastación orgánica gluten free.
El problema no es la fuente de la energía, sino el modelo entero, el que es el desastre. Eso también implica que la respuesta también es divertida. La esperanza necesita imaginación porque las herramientas que tenemos están agotadas ante la tarea que nos espera. “Las herramientas que construyeron la casa del amo no servirán para destruir la casa del amo”, nos dice la poeta Audre Lorde.
Entramos así a la parte tres, compas: los frutos de la resistencia y las lecciones para quienes me llamo, y hay algunos cuantos que hemos coincidido, los huérfanos de tierra.
Para enfrentarnos a esta inercia de muerte hace falta creer que las historias de resistencia son donde ha perdido este modelo. Porque, como ustedes bien saben, y aquí creo que tenemos un espacio, un auditorio lleno de quienes pueden hablar de victorias, que la minera puede no existir, la industria puede expulsarse del pueblo, el río puede seguir corriendo limpio y el bosque puede permanecer de pie.
Desde nuestro trabajo buscamos tejer esas historias de esperanza y acompañar la resistencia organizándonos para amplificar la lucha y la palabra.
Los otros mundos posibles, como dice Arundhati Roy, no hay que crearlos, hay que voltearlos a ver.
Soy consciente de que hasta aquí la palabra esperanza en el título de mi presentación suena a publicidad engañosa. Les pido una disculpa, pero ya llegamos a esa parte, ya llegamos a lo bueno.
Esta última parte busca compartir los frutos de las narrativas de esperanza que se han sembrado desde muchos lugares y, por supuesto, de las que aquí, desde estas montañas, han sido parte como semillas de manglar que han corrido río abajo y han estado creciendo, estas posibilidades.
No busca ser una respuesta absoluta a lo que voy a platicar ahora, sino el señalamiento de una de las muchas grietas que podemos aprovechar frente a este sistema que se derrumba con violencia. Una propuesta abierta al rediseño, a la exploración, a crecerla y volverla a cambiar.
La propuesta es crecer una relación entre quienes defienden el territorio y quienes buscan poner su corazón y sus habilidades para enfrentarse a esta maquinaria de muerte, pero que nos encontramos huérfanos de territorio, como nos pasa a muchos que estamos en las ciudades.
Sé que algunas personas rechazarán ese título y son muy bienvenidas, pero, en lo personal, me ha servido para hacer las paces con lo que debo caminar, con la tarea pendiente que muchos urbanitas tenemos por reterritorializarnos.
Porque cuando volteamos a ver dónde estamos ganando, dónde pierden los megaproyectos, dónde se frenan las minas a cielo abierto, dónde las petroleras fracasan en sus nuevos pozos, la respuesta es: en las comunidades. Como lo decía hoy en la mañana Alejandra y ayer el compa Gilberto, donde están organizadas, donde sus principios se imponen a la violencia del Estado y al crimen organizado…
Quienes defienden la tierra son quienes logran frenar el despojo y quienes no estamos muchas veces en el territorio podemos amplificar y no ser nada más inútiles espectadores de este desastre, sino luchar por quienes están frenando la continuación de esta pesadilla.
Esa solidaridad radical, a falta de una mejor palabra, un mejor concepto, presenta una oportunidad para crecer los márgenes de la resistencia y de sembrar esperanza en nuevas parcelas.
Compartiré ahora un par de ejemplos recientes que he tenido la oportunidad de ver de cerca sobre esta solidaridad o esta potencia radical que podemos generar.
Esta es la bahía de Ohuira, cerca de la ciudad de Topolobampo. Ahí están las comunidades mayo y yoreme que tienen más de diez años luchando contra una planta de amoniaco de la empresa suizo-alemana GPO y contra otros proyectos de gas que quieren convertir su bahía en un centro industrial, este lugar convertido en un centro de varias industrias.
Su movimiento, de nombre Aquí No, busca que estas plantas se salgan, que no lleguen a estos territorios, y pareciera que su lucha era interés exclusivo de quienes habitaban la zona.
Hago aquí un breve paréntesis para mostrar algunas imágenes de la belleza de este lugar porque, en mi mente, la bahía de Ohuira, esta región, es como se veía el mundo antes de la devastación capitalista: donde las montañas verdes dominan el horizonte, donde tenemos este tipo de postales, donde hay conciertos de vida, de peces saltando, huyendo de peces más grandes que los están acechando por abajo, y por arriba llegan las aves de distintos tipos, con este compa que que no lo estaba pasando tan bien, y casualmente por atrás hay delfines. Y todo esto ocurre todos los días en la bahía de Ohuira mientras pescadores llevan el sustento y la comida a sus hogares de la forma más pacífica y tranquila, en una armonía, tan cercana como podemos imaginar una armonía, pescando camarón, jaibas, pescados de todo tipo. Se antoja casi a un sueño cursi o exagerado.
En ese lugar es donde quieren construir, están construyendo esta infame planta que ven ahí. Una planta que produciría amoniaco, un gas inflamable y altamente tóxico que, dicho en los propios documentos de la manifestación de impacto ambiental de la empresa, una fuga de tan solo cinco minutos significaría un riesgo mortal para todo ser vivo en un radio de 40 kilómetros. Las comunidades que describí están viviendo a tan solo cinco, entonces, bueno, entendemos que cuando llegó este tipo de maquinaria, que en el argot allá de los compas se le llama “el misil”, el colectivo aquí se revivió y estos diez años de lucha encontraron un nuevo aire y han logrado que su comunidad reaccione de buena vez ante este tipo de maquinaria.
Los colectivos y organizaciones urbanas amplificaron la resistencia que estaba ocurriendo en esos territorios. Se convocaron a marchas en las ciudades, cerraron campañas para que no llegara el mensaje hasta Alemania, y ahora la protesta no solo ocurre en Topolobampo, sino también en Alemania, en el país de donde se está financiando. KfW IPEX es el banco alemán que está financiando el proyecto, y digo el nombre completo porque cuando veníamos para acá nos dijeron que había gente de Alemania y no está de más que nos echen una mano por allá y que lo tomen nota, porque además los colectivos están organizando movilizaciones. La resistencia ahora cerró el acceso a la planta y lleva más de cincuenta días detenida la construcción. Y ojo, esto se puede hacer porque los ojos de muchas personas, de muchos colectivos están ahí, de lo contrario el riesgo sería demasiado alto, y ahí está esa posibilidad.
La lección que vemos aquí —voy a poner esta imagen de un águila de fondo para armonizar lo que voy a decir; águila pescadora, para quien se lo preguntaba—, la lección que vemos aquí es que para los colectivos urbanos y organizaciones la comunicación directa con la comunidad, con los pueblos en resistencia, nos puede mover a una acción de manera precisa para que dejemos de ser activistas de clics y de frustración en nuestras redes sociales y pasar a las calles, pasar a entender cuáles son las estrategias que están llevando a cabo las y los compas, qué necesitan, y así las formas de resistencia llegan desde muchos abajos y de muchas formas diversas.
Esta forma de estrategia nos lleva a ser más precisos con quienes tenemos que presionar. Quizás el gobierno mexicano está muy contento de tener esta inversión extranjera sin importar el daño que va a provocar, pero estamos viendo que al banco (KfW IPEX) sí le importa su reputación y las consecuencias que puede tener su inversión de un proyecto que viola derechos humanos y que amenaza la vida de las personas y los ecosistemas. El discurso de la empresa y del gobierno ha sido que el proyecto es inevitable, que no hay marcha atrás, pero así siempre les gusta decir. Son gente sin imaginación y no son capaces de pensar más allá de sus propias mentiras. La comunidad ha demostrado que hay otra historia que se puede contar. Ya han cambiado la narrativa. La planta de gas licuado que también se quería instalar allí ya se canceló, esa ya no existe, y así van ganando. Tenemos muchos ejemplos de la mano de esos cambios de narrativa en lo nacional y también en lo local.
Va un relato acá donde algunas y algunos de los que están ahí en las imágenes participaron. Las y los compas de La Paz y Cozumel pelearon contra dos puertos de megaproyectos en sus costas y, como a los medios no les importaba lo que estaba ocurriendo, pues decidieron hacer una campaña para sobornar a la Semarnat para que hicieran su trabajo. “Haber, si de eso se trata, vamos a ver de a cuánto el moche, Semarnat, y le entramos a la puja contra la empresa”. Y botearon, salieron a pedir dinero en los malecones y en las calles de La Paz y de Cozumel. Curiosamente les dieron dinero; eso sí no estaba en el plan, pero contra todo pronóstico juntaron como veinte mil pesos. Y ya que tenían el dinero: “Pues vamos a ir a entregárselos a la Semarnat”. Ahí está una compañera vestida de buza, Mina, que por aquí anda, y fuimos a las oficinas de la Semarnat para entregarles el primer soborno ciudadano, transparente, colectivo, del pueblo. Cuando preguntábamos: “Oigan, es la primera vez que damos un soborno, ¿a quién se le da?, ¿hay una dirección específica de sobornos?, nos da mucha pena”. Y el sujeto que salió de Participación Ciudadana, muy chistosito, nos dijo: “No, eso se hace con previa cita”. Para pronto la compañera agarra el megáfono y dice: “Ah, venimos a entregar el soborno, pero nos piden previa cita”. Al día siguiente Excélsior cabecea: “Van a entregar soborno; les piden previa cita”, y rompimos el cerco mediático. Veintidós medios nacionales cubrieron la nota y se canceló el puerto de La Paz y, años después, el de Cozumel también.
Desde Monterrey, otra lección. En Monterrey, el llamado corazón industrial del país, de nuevo narrativas que condenan a los territorios. Colectivos ciudadanos, como Un Río en el Río, están defendiendo el río Santa Catarina, un río que atraviesa la ciudad de un lado a otro. En su gran mayoría la gente de Monterrey pensaba nada o poco de esa franja verde, que además la revivió un huracán, precisamente la naturaleza reclamando su cauce, por ahí hace unos doce, quince años. Y los colectivos lo que hicieron fue empezar a enseñarle a las y los compas, de nuevo, huérfanos de territorio, desterritorializados, el lugar que habitan, e invitaron a la gente a conocer su propio territorio, a reconocer las especies que hay ahí, a identificarlas en esa franja angosta que hay. Y encontraron aves, plantas de la región, tortugas de concha blanda, castores, incluso peces que se creían que ya no estaban en estas regiones; los pudieron encontrar ahí, en pequeñas pozas, en medio, en el corazón de la ciudad.
Hicieron esa guía ilustrada de manera muy bonita para que la gente pudiera entender el territorio que por lo general tenían delante y que no podían ver. Esta nueva narrativa es el dolor de cabeza para gobiernos y gobernantes frívolos que piden la llegada de centros de datos y que entregan su dignidad, el agua y la tierra a magnates imbéciles como Elon Musk. Han estado ganando una tras otra batalla que quiere intervenir sobre ese río.
Y, resonando con lo que decía Ilan en la mañana de la sensibilidad que existe para con los animales, está la campaña Ballenas o Gas contra la instalación de terminales de gas licuado en el Golfo de California, que ha movilizado a cientos de miles de personas contra esas plantas que quieren construir ahí. Y a veces interpretamos desde los colectivos y las organizaciones como la frivolidad de la protección de los animalitos cuando hay comunidades, y hay verdad; obviamente las comunidades, hay que hablar de ellas y de los pueblos, pero no rechacemos la posibilidad de comunicar desde esas narrativas porque ese movimiento que siente la gente en realidad son remanentes de las conexiones que tienen todavía por la naturaleza, resquicios de esa posibilidad de maravillarse por un mundo vivo.
Tengo un amigo, no sé si estará viendo esto, pero el Turi, en Chihuahua, que me comentó una vez: “Oye, siempre veo tus publicaciones de protestas y por lo general me vale madre (literales las palabras) pero cuando vi lo de las ballenas, no, no manches; no, con las ballenas no”. El señor vive a mil cien kilómetros de la ballena más cercana, en Chihuahua capital, y le conmueven las ballenas. No sé por qué, pero hay que usar la narrativa, porque con esa narrativa se está movilizando la población y están hablando de un problema que de lo contrario era técnico, difícil, inasible, imposible de entender y de accionar.
Como les decía, las historias que contamos nos dan fuerza en medio de esta guerra o, en su caso, también nos apagan cualquier brasa de resistencia. Necesitamos volvernos mejores para contar lo que estamos ganando, para reconocer lo que estamos resistiendo y, sobre todo, para entender que no solo estamos dejando de perder, sino que también somos capaces de empezar a ganar. Y es que la guerra no se gana con la eliminación de nuestro enemigo, aunque a veces dan ganas. La guerra se gana con la conexión entre los mundos posibles, el surgimiento de nuevos frentes de resistencia, con esos huertos que brotan de la escoria del carbón y con camarones que siguen saltando en una bahía. Nuestra victoria es la permanencia.
Cuando entendemos —y esta es la parte final—, cuando entendemos y encontramos cómo podemos luchar desde nuestra orfandad, quiero creer que dejamos de estorbar. Cuando leemos esta guerra contra la naturaleza más allá de lo que ayer llamaban la maldición del ambientalista… Una ahora muy querida amiga, Cristina Auerbach, defensora de derechos humanos de mineros y de sus familias en la región carbonífera, me dijo cuando la conocí que odiaba a los ambientalistas. Así, en mis primeras tres frases ya íbamos mal, muy mal; a ver cómo levantamos este tres a cero. “Porque los ambientalistas vienen, miden sus partículas, se van y les vale madre la vida de los mineros”. Refrendaba la necesidad de entender la lucha y la violencia que se vive en y desde los territorios, rechazando esta falsedad de lógicas abstractas planetarias.
La resistencia está derivando en luciérnagas que iluminan esta noche sin luna. Nos recuerdan que no es una sola luz la que nos guiará en medio de esta oscuridad; son muchas, son pequeñas, son desde abajo, son capaces de poblar el imaginario de futuros distintos al desastre y llevarnos a futuros que se antojan vivir.
En 2002, Arundhati Roy, escritora y activista de la India, dijo una potente frase que seguramente muchas, muchoas aquí han escuchado, que dice: “Otro mundo no solo es posible, sino que en días tranquilos, si presto atención, puedo escuchar su respiración”. Veinte años más tarde, en 2022, un periodista le preguntó si todavía podía escuchar la respiración de ese otro mundo posible. Arundhati le contestó que todavía la escucha, pero debe concentrarse para no confundir la respiración de ese otro mundo posible con la respiración del mundo que los asesinos quieren hacer nacer.
No somos los únicos que estamos buscando conjurar otros mundos, compas. Los capitalistas, los dueños de la guerra, los racistas, los machistas, los destructores de la madre naturaleza también sueñan con su versión del mundo. Es una versión gris, llena de dinero en pocas manos y mucho poder para que puedan defender lo que saquean. Sobra decir que nuestros territorios y comunidades no caben en sus versiones de futuro. No hay en ese mundo una interconexión, sino una simple sumisión hasta la última consecuencia. Es una versión de un mundo estéril, desechable. Ya ven el final de su misión y preparan su escape para encontrar otros planetas que destruir. Son los aliens que nos contaban en las películas estadounidenses, esos que van de planeta en planeta quemando y secando todo.
Pero nuestros mundos todavía respiran. A veces esa respiración es demasiado ligera y tenemos que escucharla con atención para encontrar la esperanza. Como cuando uno acaba de ser papá o mamá y espía la respiración de su recién nacido, que no vaya a ser que todavía esté vivo. Te quedas viendo fijamente, en un acto tan ocioso como esencial, buscando que no te arrebaten la dicha que te acaba de transformar la existencia.
Y volviendo a las niñas y niños de las escuelas vecinas a la refinería de Dos Bocas, desde esa contradicción de paraíso en llamas, sus madres —y digo madres de forma deliberada y clara, porque fueron sólo mujeres las que se atrevieron a alzar la voz y las que se volvieron conducto para la esperanza—, organizaron una rueda de prensa. Cinco mamás, sin experiencia frente a medios de comunicación, mucho menos en una rueda de prensa, hicieron una exposición frente a cámaras y salieron a denunciar esta guerra contra la vida de sus hijos. Su exigencia era clara y con argumentos de peso: “Queremos la reubicación de las escuelas de nuestros hijos porque no pueden respirar, se enferman, les sangra la nariz, se desmayan y porque, en caso de una explosión, son los primeros en ser afectados”.
La respuesta del gobierno fue sorprendentemente muy rápida. En dos horas llegaron representantes del gobierno a anunciar que tenían una solución: iban a cerrar las escuelas y distribuir a las niñas y niños en escuelas de la región; a las maestras las iban a despedir y así declaraban resuelto el problema, una forma de castigar la osadía de las madres por alzar la voz.
Y ahorita hablaba yo de las inclemencias del colapso del clima: hay huracanes, hay huracanes categoría cinco, tormentas que cimbran el suelo con sus truenos, hay volcanes, muchos desastres que podemos citar; pero después están las mamás tabasqueñas encabronadas.
La decisión se revirtió después de 45 minutos de intervenciones que, entre otras cosas, le recordaban a los funcionarios que las escuelas le pertenecían a la comunidad y no al gobierno. Había sido la comunidad la que había construido los muros de los salones y sería la comunidad la única que definiría el futuro.
Lo que siguió fue largo y cargado de momentos de desesperación y silencio gubernamental. Las escuelas decían que la reubicación era imposible, a pesar de que el propio presidente Andrés Manuel López Obrador había prometido reubicar las escuelas antes de que se inaugurara la refinería. Y la alianza, de nuevo con colectivos y organizaciones, hizo su labor. Compas desde redes sociales replicaban los mensajes de las mamás hasta convertirlas en activistas. Las mamás se activaron y dieron no solamente un mensaje hacia afuera, sino hacia otras madres; voltearon hacia adentro para convencer a otras madres de que que podían organizarse para luchar por la victoria que buscaban. No era que creyeran que el gobierno o esperaran pasivamente que fueran ellos quienes hicieran la labor. La resistencia iba a llamar a más resistencia. Rechazaron ver al Estado como final colectivo.
La presión se volvió imposible de ignorar. Cada incendio y explosión en la refinería se volvió un nuevo momento para empujar la narrativa de urgencia de reubicación. Se activaban las mamás y desde ahí las organizaciones y las y los compas en redes continuaban con presión.
Al final de la historia, las escuelas de Paraíso, a principios de junio, se firmó una donación de terreno y el acuerdo de construcción de las dos escuelas. Todo quedó en los términos de las mamás: con todas las niñas y todos los niños, la planta completa de maestras y maestros. Esto va a ocurrir en los próximos meses.
El mechero de la refinería sigue quemando, salvo cuando se descompone la refinería —eso pasa mucho—, entonces se queman otras partes que no deberían de quemarse. Pero un puñado de mamás demostraron que podían contra la petrolera del Estado, contra los medios locales que las tachaban de golpeadoras políticas, contra un gobierno que las señaló como enemigas de la soberanía energética. Contra todo eso, ellas pudieron contra lo inevitable, en un pequeño y potente respiro de esperanza.
No peleamos por el planeta en abstracto, sino por la bahía que nos da de comer, por los cerros donde aprendimos a ver las aves, por el arroyo en el que nadamos cuando éramos niños, por la selva y sus voces. Peleamos por los lugares, la vida que está trenzada con la nuestra y que da sentido a nuestra existencia.
Muchas gracias, compas.


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