por Ali Bektash y Magalí Rabasa*

Hace dos meses nació el movimiento “Occupy”, y ha capturado la imaginación de millones de personas del otro lado y alrededor del mundo. Llevábamos décadas sin ver un movimiento tan masivo y popular contra el régimen hegemónico global, planteado por el pueblo del mismo país que perpetúa ese sistema. Desde sus inicios en Nueva York, la estrategia de tomar las plazas urbanas se volvió algo contagioso, y en cientos de ciudades existen “ocupaciones” en protesta contra el sector bancario y la distribución desigual de la riqueza.

De todas las experiencias de ocupación en distintas ciudades,  la de “Occupy Oakland”, en California, se ha destacado desde su fundación. Desde el primer día del acampe en Oscar Grant Plaza el 10 de octubre—el día reconocido por las autoridades gringas como el día de Cristóbal Colón, y recuperado por movimientos indígenas como el Día de la Resistencia—”Occupy Oakland” también llevaba otro nombre: “Decolonize Oakland.” En el acto inaugural, Corrina Gould, referente del pueblo originario Chochenyo Ohlone y de la ocupación de Glen Cove, afirmó que “esta tierra no es de la Ciudad de Oakland, esta tierra ya no es solo tierra Ohlone, es la tierra de todos nosotros y tenemos el derecho de ocuparla”. Semanas después, el 28 de octubre, la Asamblea General de “Occupy Oakland” aprobó un “Memorándum en solidaridad con los pueblos indígenas”: “… como una señal al movimiento nacional ‘Occupy Wall Street’ y los pueblos indígenas aquí y allá que se sienten excluidos por el lenguaje colonialista de ocupación con el cual se ha nombrado este movimiento, se declara que ‘Occupy Oakland’ aspira a ‘Descolonizar Oakland’—a ‘Descolonizar Wall Street’—con la dirección y la participación de los pueblos indígenas…” Las conversaciones internas del movimiento, con un gran ejercicio de autocrítica, reflejan el proceso a través del cual la Comuna de Oakland se ha transformado en un espacio para pensar profundamente y luchar desde otra perspectiva, sin vanguardias ni líderes. La historia rebelde de esta zona nos ayuda a entender por qué.

La organización de las Panteras Negras nació en Oakland en octubre de 1966. A través de sus políticas de autodefensa armada, junto con servicios autónomos y autogestionados, como clínicas y comedores matinales para niños pobres, las Panteras Negras representan la última amenaza con tal nivel de organización que habíamos visto levantarse contra el estado capitalista estadounidense. Aunque fueron aplastadas por una campaña de infiltración y asesinatos perpetrados por el FBI, a través del programa COINTELPRO, la memoria y el espíritu de las Panteras siguen presentes en Oakland. El movimiento de libre expresión en la Universidad de California, Berkeley, fue fundado como parte de una campaña de apoyo a los negros en lucha en la ciudad vecina de Oakland, y llegaría a ser reconocido como uno de los movimientos estudiantiles más importantes en la historia del país. Sin duda, estas dos memorias, y trayectorias de resistencia, están presentes en las rebeliones recientes, que calentaron el terreno haciendo posible el crecimiento de “Occupy Oakland”.

La enemistad real entre la policía y los jóvenes negros en Oakland explotó en enero de 2009. Filmada por cámaras de celulares, la policía del transporte público disparó a un joven negro de 23 años, Oscar Grant, en la plataforma del metro el 1 de enero. En las semanas siguientes, estallaron enfrentamientos entre los jóvenes y la policía. Como resultado, el policía responsable por la muerte de Grant fue encarcelado, algo que no ocurre casi nunca en EE.UU. Nueve meses después, en la Universidad de California, Berkeley, los estudiantes iniciaron una serie de tomas, u “ocupaciones”, contra un aumento de la matrícula de más del 30%, y la progresiva privatización de la educación pública.

El día de hoy, se unen en “Occupy Oakland” estos dos momentos de la historia reciente—y sus raíces en los movimientos de los años sesenta— desarrollando una nueva praxis de resistencia. Del movimiento estudiantil se recupera la táctica de ocupar y la importancia de construir nuevas relaciones a través de las ocupaciones. Del movimiento contra la policía se recupera la hostilidad activa contra las fuerzas represivas (cada vez más militarizadas) y sus patrones en la alcaldía. Desde el primer día no se ha permitido que entren las fuerzas policiales al campamento, y la plaza se nombró en memoria de Oscar Grant. Aunque se habían hecho muchas marchas de solidaridad con Oakland desde la próspera ciudad vecina de Berkeley, el 15 de noviembre, “Occupy Oakland” realizó la primera marcha desde Oakland hacia Berkeley. Entrando al campus al grito de “¡Aquí viene Oakland!”, los manifestantes apoyaron a los estudiantes que estaban formando su propio campamento “Occupy”, brutalmente desalojado días después por la policía de la universidad. Contrario a toda lógica de pensamiento convencional sobre los movimientos sociales, allí vimos la extensión de la lucha desde el pueblo a los estudiantes.

La comunidad autogestiva y autónoma que creció en Oscar Grant Plaza fue desalojada por primera vez el 25 de octubre. Horas después, miles de personas marcharon en protesta, y la policía respondió con una brutal represión, utilizando “armas químicas” y bombas flash-bang contra los manifestantes, lo que refleja la creciente militarización de la policía urbana. El 26 de octubre, después de otra marcha (con la cual se reestableció el campamento), la Asamblea General de “Occupy Oakland”, formada por más de 2000 personas, aprobó una huelga general para el 2 de noviembre. La Huelga General de Oakland (la primera desde 1946) fue un enorme éxito: contó con la participación de más de 50.000 personas y logró bloquear el Puerto de Oakland, en solidaridad con los estibadores de Washington y su lucha contra la megaempresa de semillas, EGT. La policía desalojó el campamento por segunda vez el 15 de noviembre, y por tercera vez el 19 de noviembre; en cada ocasión, el pueblo respondió con manifestaciones masivas. Por estos días, “Occupy Oakland” está viviendo un proceso interno de estrategización y reflexión para establecer el campamento por cuarta vez. Sin embargo, estos obstáculos no han debilitado el ímpetu imparable del movimiento, y ahora los organizadores de “Occupy Oakland” están extendiendo la coordinación para bloquear todos los puertos de la costa oeste el 12 de diciembre.

Lo que estamos aprendiendo desde “Occupy Oakland” es que lo que está en juego en este nuevo movimiento masivo no es simplemente una “ocupación”, sino la recuperación del espacio y de la política en la construcción de una nueva sociabilidad. En Oakland, este movimiento se define explícitamente anticapitalista y anticolonial, luchando no solamente en contra del 1%, sino también a favor de la descolonización del 99%; reconocen así los efectos homogeneizantes de este discurso. La ex Pantera Negra y residente de Oakland, Angela Davis, llama al 99% “una comunidad de resistencia” que, a diferencia de otros movimientos, “se imagina desde el inicio como la comunidad de resistencia lo más amplia posible”. Aquí podemos sentir la resonancia que nace entre el movimiento “Occupy” y los procesos de transformación y emancipación que han puesto en marcha a nuestro continente. Nos reconocemos en las rebeliones impulsadas por estudiantes, maestros, pueblos indígenas, migrantes, desplazados, trabajadores desocupados, feministas, campesinos, los que viven en las calles y los jóvenes, y nos identificamos con ellas, porque somos “los de abajo”, lo que hoy se llama el 99%, y que pone en crisis la autoridad —tanto interna como externa—.

En “Occupy Oakland” podemos percibir la formación de una nueva subjetividad colectiva revolucionaria que se levanta para recuperar y reconstruir el mundo, transformando la sociedad (capitalista) para crear otros modos de vivir bien. Esta “apertura” o explosión de lo político es la condición necesaria para que florezcan y se articulen los movimientos que se encuentran hoy en día bajo un horizonte común explícitamente anticapitalista, en las plazas de las ciudades del mundo y en las ondas liberadas de los medios independientes, donde se construyen las historias rebeldes del nuevo ¡Ya Basta! global.


*Ali Bektash es integrante del colectivo Regeneración Radio. Magalí Rabasa es integrante del colectivo Radio Zapatista. Ambos son residentes de Oakland, estudiantes doctorales de la Universidad de California, e integrantes del colectivo jóvenes en resistencia alternativa.