Por Nysaí Moreno | Avispa Midia

En portada: El biólogo británico Julian Huxley dirigiéndose a la Sociedad Zoológica en 1942. Presidente y vicepresidente de la Sociedad Británica de Eugenesia, corriente de pensamiento que retoma el darwinismo para justificar la reproducción de personas consideradas aptas, al mismo tiempo que dificulta la procreación de quienes consideran inferiores. Fotografía: Felix Man.

La vida no conquistó el planeta mediante combates, 
sino gracias a la cooperación. 
Las formas de vida se asociaron unas con otras 
para lograr un mayor nivel de complejidad y creatividad.
— Lynn Margulis

La biología moderna no surgió en el vacío. Se constituyó como ciencia en un momento histórico preciso: el siglo XIX industrial, atravesado por la expansión colonial, la consolidación del capitalismo y la fe en el progreso como horizonte inevitable. En ese contexto, las teorías científicas no sólo describían el mundo natural; también dialogaban –a veces de manera explícita, a veces de forma silenciosa— con los imaginarios sociales de su tiempo.

La publicación de El origen de las especies en 1859 de Charles Darwin marcó un punto de inflexión. La teoría de la selección natural ofrecía una explicación poderosa sobre la transformación de las especies a lo largo del tiempo, basada en la variación, la herencia y la adaptación a condiciones cambiantes. Sin embargo, muy pronto, esta propuesta fue leída a través de un lente particular: el de una época que concebía la historia como una carrera, el desarrollo como acumulación y la supervivencia como victoria.

No fue Darwin quien afirmó que la vida avanzaba por conquista ni quien propuso una jerarquía de valor moral entre los seres vivos. Fue, más bien, la recepción de su teoría la que la inscribió dentro de una narrativa más amplia, acorde con el imaginario industrial: una naturaleza entendida como escenario de competencia permanente, donde sólo los más aptos logran imponerse. La selección natural fue traducida así en una épica de vencedores y vencidos, y la complejidad de los vínculos biológicos quedó subordinada a la lógica de la lucha por la existencia.

A pesar de que El origen de las especies constituyó una obra fundamental, capaz de presentar a la comunidad científica y al público general pruebas abrumadoras a favor de la selección natural, Darwin no ofreció en ningún momento una explicación del surgimiento de nuevas especies en términos de generación de novedad hereditaria. De hecho, el propio Darwin evitó el uso del término “evolución”, y prefirió hablar de «descendencia con modificaciones», dejando abierto el problema de cómo emergen formas de vida cualitativamente nuevas. El mismo Darwin escribió: “Cualquiera a quien su disposición le conduzca a atribuir más peso a las dificultades no explicadas que a determinado número de hechos, rechazará sin duda mi teoría” (El origen de las especies, 1859). 

Fue sólo décadas después, entre 1930 y 1960, cuando el neodarwinismo —conocido como la “síntesis moderna”— atribuyó el cambio evolutivo principalmente a la mutación aleatoria, fijando retrospectivamente una lectura que Darwin nunca formuló de ese modo. Con el tiempo, esta lectura competitiva dejó de ser una interpretación, entre otras posibles y comenzó a funcionar como relato dominante. La vida fue narrada como un proceso lineal orientado al progreso, y el conflicto se elevó a principio explicativo casi exclusivo. En ese desplazamiento, el marco darwiniano previo a su codificación neodarwinista, pasó de describir dinámicas biológicas a ofrecer una gramática para pensar el orden social, económico y político del mundo moderno.

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