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Chile – LA NUEVA PRIMAVERA 2011: Balance y proyeccionesChile – LA NUEVA PRIMAVERA 2011: Balance y proyecciones
Wladimir Bolton, Chile[1]
Para nadie que estuviera un poco inmiscuido en las dinámicas de la política universitaria y en la política más global le parecería extraño visualizar un año 2011 como el que vivimos. Cabe recordar la agenda Privatizadora que se quiso impulsar el 2010 sin mayores resultados, pero este año venían con todos.
Todo comenzó con marchas que rozaban en Valparaíso las 10 mil personas, la mayoría estudiantes universitarios y secundarios, el movimiento comenzaba a mostrar su fuerza, horas y horas asambleas interminables y la expectación que traía esperar la información de los CONFECH[2], para ver en que íbamos, como avanzábamos y ansiosos tras las vísperas del mensaje del 21 de mayo.
Paralelo a este inicio, estallaba en sus puntos más álgidos las movilizaciones en contra del proyecto más invasivo en el sur de nuestro país, hablamos de Hidroaysen[3], grandes marchas, mayores y amplias en convocatoria en comparación a las estudiantiles, se apoderaban de las tardes en las más importantes ciudades. Junto a este acto de reproche a las medidas que se estaban tomando, vuelve la represión, dejando en horarios peck diversas comunas intransitables por el olor a los gases lacrimógenas o el caos imperante en la ciudad.
| Imponiendo el Orden. |
Días antes del 21 de mayo el Ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter, da a conocer la medida que prohíbe usar gases en las marchas, pero no obstante en la previa a la gran manifestación en Valparaíso… “Hoy día puedo informar que efectuados los estudios comprometidos, los gases lacrimógenos utilizados por carabineros en las concentraciones, no tienen efectos abortivos, ni causan problemas para la salud”. El tiempo diría que parte de esta cuña era absolutamente falsa ya que el supuesto informe que salió tras los estudios, serían plagios de informes anteriores. Ese día la represión en Valparaíso mostraba su poderío, que cada vez se fue superando.
Luego de esta negativa por parte del ejecutivo, los estudiantes de todo Chile dieron paso a la radicalización de la movilización. Comenzaron las tomas de universidades y liceos, espacios que se transformaron, muchos, en lugares abiertos de discusión, de respeto y fraternidad, donde el compañerismo se llevo al máximo. Los espacios de debate crecieron, la agilidad de los procesos aumento, ya no solo se peleaba por la defensa de lo poco y nada de educación Pública que nos va quedando, si no que se alza a nivel nacional: la necesidad de una Educación Pública, gratuita, democrática, accesible a las mayorías, de excelencia y que tenga un sentido ligado en su totalidad a las necesidades sociales de nuestro país.
La imaginación y las ganas puestas en cada manifestación daban a conocer una movilización única e histórica en nuestra patria, que cada día convocaba a más y más gente: niños y niñas, abuelos y abuelas, madres, padres, etc. eran parte de innumerables marchas multitudinarias, cada una era reprimida más cruelmente, quedando como una de las fechas insigne el 4 de agosto, mismo día que dado la represión, la CONFECH hace un llamado a “cacerolear”[4] en contra de la represión y a su vez le da un ultimátum de 6 días al gobierno.
Los buenos cabros.
Como era de esperar empezaron a resaltar ciertos rostros de la dirigencia de los diversos estamentos, por los estudiantes Camila Vallejo, Giorgio Jackson y Francisco Figueroa hacían de las suyas en cuanto noticiero los invitaran, por el lado del gremio de los profesores Jaime Gajardo se prendía en llama para defender la movilización vez que podía, pagando costos incalculables. Cada semana en Tolerancia Cero la temática central siempre fue la educación, pasaron ministros, dirigentes, especialistas y, porque no decirlo también uno que otro payaso. Pero así como estaban los “buenos” también existían los malos: Lavín, Labbe, Bulnes, Zalaquet[5]t, entre otros, que estaban dispuestos a asumir todo el peso de la historia por mantener y profundizar el modelo imperante, el libre mercado, el que avala el lucro desde la cuna hasta los pos grados, el excluyente… en fin, en el que muchos vivimos.
La movilización llegó a su punto más alto, cuando se logró conectar con el mundo social, la gente que no está en las universidades, los sectores productivos. Recordados por todos será el paro de la CUT del 24 y el 25 de agosto, donde se pedía que Chile cambiará. De ahí en adelante el movimiento se logra sintonizar con la sociedad y logra ser empático, teniendo gran aprobación en conocidas encuestas.
Y así el movimiento siguió dejando atrás dos ministros, Lavín y Bulnes, dando paso a Beyer, que según varias fuentes, sería un estadista que basa sus argumentos en gráficos y tablas, mientras nosotros nos manteníamos en un debate profundamente político, nos ponen a una persona que es por sobre todo un tecnócrata evidencialista, pragmático y neoliberal por donde se le mire.
Si bien los avances en nuestras demandas han sido netamente económicas, es importante que nos hagamos cargo responsablemente de la gran aprobación que tienen nuestras demandas políticas. Y es en este sentido importante establecer los lazos con la ciudadanía, con este tejido social, que cada día va madurando, pero no podemos entendernos distantes a la ciudadanía por ser estudiantes, si no al contrario entender que nuestro rol dentro de la sociedad es sumamente importante, debemos generar espacios de participación, darle una relevancia perdida a las “juntas de vecinos”, de este modo poder capitalizar lo que hemos ganado durante todo este año de movilización: al pueblo, que ha vuelto a confiar, que ha despertado y ha entendido que cosas como el lucro, la inequidad social, entre otras tantas barbaridades que pasan en nuestro país, son modificables, y que si bien existe una institucionalidad esta le ha quedado chica a estos nuevos ciudadanos, críticos por sobre todo, que quieren y exigen a gritos: UNA NUEVA CONSTITUCIÓN[6]. En este sentido que iniciativas como el Plebiscito nacional por la educación, no es más que una clase al aire libre sobre Educación Cívica, que dicho sea de paso la derecha se negó y vetó el proyecto que quería volver a impartir esta cátedra.
| Reforma de Cordoba, 1918. |
Este 2012 debemos entender la relevancia histórica de nuestras demandas, que son las mismas que esgrimieron los compañeros en Argentina en 1918, o en Uruguay 1958, entre otras tantas reformas universitarias. Entender que estas demandas no son de ahora y que no se acabarán mañana, comprender que son demandas SOCIALES y en ese sentido es que no nos pertenecen como estamento estudiantil autónomo; es el sentir del pueblo, aquel que no está hoy en las universidades pseudo-estatales, sino que debe estudiar en las Universidades Privadas, donde se endeudan con la banca privada, es por ellos y ellas, los y las rezagadas que debemos seguir aportando en esta lucha, es también por los y las compañeras secundarias, que hasta el día de hoy no reciben respuesta a sus legitimas demandas, es por ellos y ellas y por todos y todas que han entendido que esta lucha es justa y solidaria.
Recordar que este año más de un millón de personas se movilizaron por una nueva educación, que esté al servicio de la sociedad y no de intereses mercantiles, ese millón, se debe transformar multiplicar infinitamente, a través de la organización, a través de la fraternidad, a través del profundo amor que tenemos muchos por el sentimiento de dignidad, equidad y justicia.
Necesitamos un nuevo Chile, que sea capaz de satisfacer las demandas sociales, de respetar la organización y que logre vivir en sintonía con su entorno, difícil tarea, pero manos sobran!
[1] http://lanuevaprimavera.blogspot.com/2012/01/2011-balance-y-proyecciones.html
[2] CONFECH: Confederación de Estudiantes de Chile. Agrupa a los estudiantes de las universidades chilenas, organizados en federaciones democráticamente electas
[3] Proyecto Hidroeléctrico que involucra una serie de represas en el Sur de Chile, donde la biodiversidad mantiene flora y fauna nativa, además de flujos de agua de reserva mundial.
[4] El “caceroleo” es una manifestación muy utilizada durante las protestas en contra de Pinochet en los años 80, y que hoy al fragor de las manifestaciones estudiantiles surgen; y consiste en golpear una olla o artefacto similar.
[5] Ministros y autoridades de la administración de la actual presidencia de la república.
[6] La actual Constitución de Chile, fue impuesta durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, y rige desde 1980.
Javier Sicilia – LOS NUEVOS ODRESJavier Sicilia – LOS NUEVOS ODRES
(Texto escrito para el II Seminario Internacional de Reflexión y Análisis, Cideci/Unitierra, Chiapas)
Los nuevos odres
Javier Sicilia
Cada fin de año, La Universidad de la Tierra, vinculada con el zapatismo, realiza en san Cristóbal de la Casas, Chiapas, un coloquio sobre los movimientos antisistémicos. El año pasado, Javier Sicilia participó con una ponencia titulada: “Proporción y revolución” (Conspiratio 07). La presente entrega, con la que participó este fin de año, continúa con esa reflexión. En ella, retomando a los Padres del Desierto que salvaron a Europa cuando cayó del Imperio Romano, trata de analizar la manera en la que los Movimientos Sociales comienzan a generar lo nuevo frente al desmoronamiento de las instituciones de la modernidad.
No se echa vino nuevo en odres viejos, pues los odres reventarían, el vino se derramaría y los odres se echarían a perder. El vino nuevo se hecha en odres nuevos y los dos se conservan,
Mt. 9 17.
Uno de los grandes problemas de la percepción humana es que las realidades históricas en las que vivimos parecen haber estado siempre allí. Instituciones como el Estado, la economía, el mercado, las instituciones de servicio del mundo moderno y sus innumerables sistemas –el sistema burocrático, financiero, carretero, médico, educativo…– parecen, en la percepción del hombre contemporáneo, realidades inmutables cuyas crisis e injusticias pueden superarse. Así, desde la creación del Estado moderno y del capitalismo, las luchas políticas y sociales, nacidas del gran fracaso de las ideas que hicieron posible la revolución francesa –el momento, decía Hegel, de mayor libertad fue también el momento de mayor tiranía bajo el cadalso del terror y de la guillotina– no han sido otra cosa que intentos por hacer que el Estado y el capital encarnen en el sueño Ilustrado de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ya fuera bajo la lógica de los fascismos, del marxismo y sus variantes revolucionarias o del actual liberalismo económico, el objetivo ha sido domesticar al Estado, al capital y a los sistemas que nacieron de ellos para ponerlos al servicio de todos los hombres. Sin embargo, no se ha logrado. Lejos de ello, el fracaso, el malestar y el horror, bajo el imperio de cualquiera de esos sistemas ideológicos, han cundido por todas partes. No sólo los seres humanos se han instrumentalizado, es decir, han sido sometidos, humillados y destrozados en nombre de esos sueños que, a través del Estado, debían encarnar en la historia –los horrendos asesinatos del crimen organizado o desorganizado no son más que la forma sin contenido ideológico de esa instrumentalización humana que corre a lo largo de los tres últimos siglos de amar las abstracciones del hombre por encima de los seres humanos de carne y hueso–, sino que esas instituciones, a las que se ha intentado domesticar y dirigir para que sirvan a todos, están en una profunda descomposición y pronto colapsarán.
La razón es que, más allá de los límites de nuestras percepciones en las que siempre estamos atrapados, el Estado, el capital y sus sistemas, son una construcción histórica y, al igual que sucede con toda construcción histórica, morirán, como algún día murió no sólo el imperio romano, el feudalismo, los absolutismos, la Iglesia como poder político, sino también las variantes más claramente ideológicas del Estado hobbsiano: los Estados fascistas y el Estado soviético. La realidad, también, es que la esperanza de esa sociedad perfecta, que nació de los sueños de la Ilustración –esos sueños que, como una confirmación de lo que vio Goya, han engendrado monstruos— y que nos vienen del sueño judeocristiano de un Reino donde imperaría la justicia, han resultado –y allí están las maneras en las que se asesina hoy– un absurdo criminal. Si en nombre de los seres humanos y de su felicidad, es decir, en nombre de la sociedad perfecta, no hemos cesado, desde la revolución francesa, de oprimir, asesinar y destrozar la felicidad cotidiana de los seres humanos que viven no en el futuro idílico sino el presente de cada momento histórico; hoy, se les sigue asesinado por la misma horrenda realidad, que los sueños abstractos de las ideologías encubrían, la nada, la pura voluntad de poder, para decirlo con Nietzsche, que está llena de nada.
No obstante, entre las fracturas profundas de esas construcciones históricas –los desastres económicos, la ineficiencia y corrupción de los partidos y de los gobiernos, el crecimiento de la miseria y del crimen, las devastaciones ecológicas, la criminalización de las protestas— comienza –al igual que ha sucedido cada vez que se desmorona una construcción histórica– a emerger algo nuevo. ¿De qué orden es? No lo sabemos. Lo nuevo es siempre tan tradicional, como el cultivo de las uva, y tan sorprendente como un vino nuevo. Quisiera, sin embargo, delinear algunos rasgos que creo comenzar a descubrir en esa novedad. Para ello, me serviré de una analogía histórica –siempre para comprenderse hay que mirarse en el espejo del pasado– a la que ya había aludido el año anterior en mi ponencia “Proporción y revolución”,[1] al tratar de aclarar lo que más allá de cierto lenguaje marxista –remanente de las instituciones que se resquebrajan– el zapatismo tiene de novedoso.
En el siglo IV, frente a las fracturas del imperio romano y como una manera de rescatarlo, Constantino I dio rango jurídico a una de las doctrinas religiosas que, por sus contenidos éticos y por su expansión por los territorios dominados por el Imperio, podía funcionar como una manera de apuntalar las corrompidas instituciones romanas: la Iglesia cristiana. Al conferirle a los obispos el mismo rango que a los magistrados romanos en las cuestiones jurídicas le permitió al Imperio darle nuevos contenidos a las urbs romanas: no sólo –algo que ya estaba en el derecho romano– tener ciudadanos romanos por adopción, sino también, por esa novedad que el cristianismo trajo al mundo: la caridad, atender y mantener bajo el control del imperio, a los extranjeros sin estatuto jurídico que invadían las urbs y que los cristianos llamaban prójimos, mediante órdenes caritativas de derecho social. Lo que en el Evangelio era una novedad de la libertad del amor: el prójimo es alguien al que decido amar más allá de las prescripciones y proscripciones jurídicas de mi étnia (un acto tan libre como gratuito y ajeno al poder que en las primeras comunidades cristianas se expresó por la costumbre de tener siempre un cabo de vela y una cama por si Cristo llegaba a tocar a la puerta en la figura de un desconocido), se convirtió, con la Iglesia oficializada por el Imperio, en un conjunto de instituciones al servicio de la administración de una projimidad impersonal.
En ese contexto, un grupo de hombres de la joven cristiandad, abandonaron las ciudades del imperio para irse a vivir a los desiertos de Siria y Egipto. Seguramente intuyeron que la libertad del Evangelio era incompatible con un poder administrativo y una política de regulación. Lo que buscaban en los desiertos era paradójicamente el Paraíso.[2] No un lugar, con el que siempre han soñado los milenarismos y las utopías modernas nacidas de la revolución francesa, de abundancia y riqueza, sino un sitio donde pudieran vivir una nueva naturaleza, revelada en Cristo, y expresada en la sabiduría y el amor encarnado en la vida solitaria o común, llena de proporciones –lo que las sociedades modernas llaman despectivamente pobreza—y siempre abierta todos. Fueron ellos los que, un poco después de la caída del Imperio y la devastación de sus instituciones en el siglo V, rescataron, bajo la inspiración de la vida monástica articulada por San Benito, la civilización y crearon una forma de vida nueva que más tarde la Iglesia y los remanentes imperiales se encargarían de corromper, dejándola sólo como espacios simbólico de lo que fue la vida de las primeras comunidades cristianas y de la vida de los Padres del Desierto.
Vivimos, en este sentido, una realidad parecida. La crisis del Estado moderno y del modelo económico, han hecho emerger de sus fracturas un conjunto de movimientos contestatarios llamados antisitémicos. El zapatismo es uno de ellos. Lo son también los indignados, la llamada primavera de los países árabes, los occupy y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Lo que los asemeja a los Padres del Desierto es que han entrado en conflicto con los poderes de su tiempo. Lo que los diferencia, es que nosotros no hemos huido a los desiertos –ya nos los hay; los que aún existen están sometidos a los Estados y a las expansiones del capitalismo global y sus sistemas—y que hemos decidido enfrentar esos poderes. Sin embargo, mientras los Padres del Desierto trataron de crear un nuevo modo de vida basado en una vida austera de oración y de trabajo con sus manos, es decir, el de un nuevo estatus ontológico de libertad venido de Cristo, al margen del Estado y sus instituciones, los movimientos de hoy quieren, como un remanente del cerco de las percepciones y de las maneras en las que durante los últimos tres siglos otros movimientos se han enfrentado al poder, transformar al Estado. Hay en este sentido, algo nuevo y algo viejo en los movimientos antisistémicos. Los parteaguas históricos –como el de la caída del imperio romano o el desmoronamiento del Estado hobbsiano y de la economía moderna—generan franjas ambiguas donde lo nuevo no termina de delinear su rostro y lo consabido, que ya no sirve, continúa utilizándose para una transformación fundamental. Son, por lo mismo, momentos de profundos clarosocuros. En nuestro caso, lo nuevo es la conciencia de que tanto el Estado como la economía ya no responden a lo que se esperaba de ellos: ni cuidan la vida de los ciudadanos ni producen riqueza para todos –la suma de sus destrucciones y despojos es más profunda que la suma de sus producciones que invaden todo–. Lo nuevo, también, es que a diferencia de los movimientos sociales del pasado, no quieren el poder y en lo mejor de sí mismos son no-violentos Lo viejo es que creen todavía que el Estado y el mercado, que ya entraron en una descomposición fatal que terminará por destruirlos, pueden cambiar, transformarse o enmendarse. En medio de ellos, lo ambiguo. Cuando leí la Primera Declaración de la Selva Lacandona, lo que admiraba era la aparición del universo indígena que reclamaba su autonomía y la defensa de sus mundos. Lo que me alarmaba, era que también querían lo que los destruiría: el mundo de la modernidad expresado en un conjunto de sistemas propios del Estado moderno y su economía: lavadoras, escuelas, clínicas, etc. Algo parecido me encontré cuando visité a los occupy en Washington y Los Ángeles. La forma en la que viven es un proceso de autonomía –en medio de sus campamentos, levantados en parque públicos, dialogan entre sí, se organizan, se alimentan, mantienen limpio y cuidado su entorno y se apoyan unos a otros–. Están en los espacios de la ciudad que custodia el Estado, pero confrontados y al margen de él. Sin embargo, su accionar reclama al Estado y al mercado su inoperancia para incluirlos en el pastel. Son, dicen, el 99% de los excluidos que buscan las rebanadas que el Estado y el mercado les roba. Algo parecido sucede con los indignados y, habría que decir también, con los jóvenes de la primavera árabe –el caso del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se mueve en el mismo territorio de la descomposición, pero es de otra índole y me referiré a él más adelante–. Lo ambiguo de estos movimientos está tanto en lo que son –una forma distinta de ser al margen del Estado y una respuesta a su resquebrajamiento–, como en lo que demandan a ese mismo Estado y a un sistema económico en descomposición que los ha desplazado. Si el Estado hobbsiano y la economía moderna no pueden darles lo que reclaman es porque se basan en lo que Iván Illich llama el “desvalor”. El concepto es complejo.[3] No existe en el diccionario. Pero en relación con el valor que, despojado de su sentido utilitario, está asociado con el bien, significa, en los términos de Illich, una destrucción de los ámbitos de comunidad, de sus culturas y del medioambiente, cuyo resultado es la pérdida del trabajo tradicional, es decir, proporcional y limitado, que hace posible la subsistencia, y su reemplazo por el desempleo, las mercancías y la lucha por acceder a ellas, es decir, la instalación de la violencia. Es, en síntesis, la destrucción del bien por el valor de lo inaccesible o, en otras palabras, la desvalorización del bien. A pesar de que estos movimientos habitan ya lo nuevo, como un retorno al límite, a la proporción, al trabajo común, utilizando de manera limitada ciertas herramientas del mundo moderno, siguen creyendo, primero, que las tareas del Estado y la tareas económicas, cuya finalidad es el control de los seres humanos bajo burocracias y cadenas productivas, pueden todavía usarse en las realidades humanas, cuya dimensión no es el valor, sino el bien. Segundo, continúan creyendo en una dimensión ficticia del progreso, cuya realidad más evidente es la negación del pasado, de la tradición y de la convivencia, como desechos de la historia. Aunque el zapatismo, iluminado por la tradición de los pueblos indios y obligado a replegarse por la persecución del Estado, ha logrado descubrir la fuerza de sus saberes creando los Caracoles, creo que en su fondo continúa creyendo que es posible transformar al Estado para reproducir, en la lógica de las ideologías históricas, sus propios descubrimientos.
Esta crítica puede hacerse también al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Sin embargo, hay ciertos matices en él. De alguna forma se parece al zapatismo. Nace, como él, de la visibilización de los negados por el sistema –no de los indígenas, sino de las víctimas de una guerra, consecuencia del pudrimiento del Estado y de una criminalidad que en la lógica del capital lleva a grados atroces la instrumentalización de lo humano–. Al igual que él tiene un lenguaje poético de altísima dignidad moral. A diferencia suya no tiene un ejército y ha apostado por un diálogo con todos los poderes y los sectores sociales para obligar al Estado a reparar la justicia y la paz. También, a diferencia suya, no nace de una comunidad ancestral que le ha permitido crear una sólida estructura comunitaria y proporcional al margen del Estado, sino, semejantes a los occupy, a los indignados y a los muchachos de la primavera árabe, es el fruto de ciudadanos, atomizados por el Estado y la economía, que el dolor y la exclusión ha reunido en un extraño común. Su fuerza no radica tanto en su confrontación con el Estado y los criminales, sino en la manera en que lo hace. Al dialogar, confronta la ancestral violencia de las ideologías por la disputa del poder y la administración del Estado; al recorrer el país, reunir a las víctimas en un abrazo y darles voz en el espacio público, usurpado por los poderes, rompe el cerco del poder y redescubre la vida comunitaria hecha de solidaridad, de límites, de apoyo mutuo y de relaciones personales. Por último, al besar a todos, reedita una antigua práctica de las primeras comunidades cristianas: la conspiratio, el intercambio de espíritus, a través del aliento, que simboliza la abolición de los estamentos., la reconciliación y la paz.
Ninguno de estos movimientos reformará al Estado ni al capital que está en el centro del malestar. Son, como digo, en analogía con los cristianos que partieron a los desiertos de Siria y Egipto, formas nuevas que, al mirarse en la tradición, emergen de las grietas de las instituciones modernas como preludio de lo que se gesta en medio de este nuevo desastre histórico. En esas condiciones no es posible saber, como tampoco lo sabían los Padres del Desierto, lo que estos movimientos aportarán al desmoronamiento para rehacer y preservar el mundo. Lo que, sin embargo, sabemos es que podemos mantenernos juntos, en un profundo diálogo, en un profundo apoyo y profundizando lo nuevo que emerge de nosotros al margen del Estado y de la economía, como formas pedagógicas de lo que el Estado y el capital han negado y se obstinan en continuar negando a pesar del desastre. No es otra cosa lo que esos Padres del Desierto hicieron mientras el imperio terminaba de desmoronarse. No es otra cosa tampoco lo que en el fondo, en las márgenes que a veces toman el centro, hacemos al expresar una vida de proporción, es decir, humana. Nuestras diversas formas de caminar, nuestras distintas maneras de organizarnos y de decir deben ser una invitación a los otros a reflexionar sobre lo que conviene hacer en determinado sitio y en determinadas circunstancias teniendo siempre en mente el bien como virtud y no como valor. Estas maneras de ser y de actuar son, como lo señalé en mi ponencia pasada, “Proporción y revolución”,[4] una manera no sólo de conservar el mundo que otros prepararon para nosotros, sino de hacerlo más habitable. Son los odres nuevos para el vino nuevo que se prepara por encima del horror y la desesperanza.
Además opino que ha que respetar los Acuerdos de San Andrés.
[1] Cf. Conspiratio 07, ¿Es posible la revolución”, Jus, México, pp. 48-58.
[2] Cf. Javier Sicilia, “El lugar del no-lugar: las Reducciones del Paraguay”, Ixtus 45, Jus, 2004, pp.80-84.
[3] Para una visión más profunda del concepto, Cf. “Desvalor”, en Iván Illich, Obras reunidas II, FCE, México, 2008, pp. 477-486.
[4] Cf. Conspiratio, op. cit.



