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Las ciudades-reserva de Chiapas

ANÁLISIS: LA CREACIÓN DE MUNICIPIOS ARTIFICIALES PARA DISPERSAR EL MOVIMIENTO INDÍGENA

El autor, periodista de ‘La Jornada’, analiza el intento del Gobierno mexicano de crear una contrainsurgencia a partir de nuevas ciudades.

- Ciudades rurales para controlar a los indígenas de Chiapas y explotar las tierras

Hermann Bellinhausen / Periodista y escritor mexicano
Martes 9 de noviembre de 2010.  Número 136
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Foto Gobierno Federal. Inauguración de la ciudad rural sustentable Nuevo Juan Grijalval, Chiapas, México.

El proyecto de “ciudades rurales sustentables” que el Gobierno aplica en Chiapas, México, amparado en los Objetivos del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas, cumple una evidente función en la contrainsurgencia sistemática que se desarrolla en las comunidades indígenas del sureste mexicano hace ya tres lustros para desarticularlas y expulsarlas de sus territorios; doblegar la rebelión iniciada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, y despoblar las tierras ancestrales de los mayas.

La voracidad neoliberal por los territorios indígenas no sólo acecha en Chiapas; ocurre a lo largo y ancho del país. El proyecto es saludado como “pionero” por funcionarios de otros Estados, que ven en las ciudades rurales de Chiapas no un experimento, sino un modelo a seguir. Impulsado por las Naciones Unidas, bajo directrices del Banco Mundial, se ha implementado en Guatemala y Brasil para concentrar a la población rural, destruir los tejidos comunitarios y abrir paso a inversionistas que aprovechan los territorios. En ambos casos ha servido de antesala a la migración de familias completas.

Se argumenta combatir la “dispersión” de las comunidades, que es precisamente lo que caracteriza a la civilización indígena mesoamericana. Los núcleos urbanos no son lo suyo, pero ahora, para “darles todos los servicios” (agua potable, electricidad), se les concentra en locaciones que reinventan las “reservaciones” clásicas. La terminología cambió: hasta el siglo XIX, se hablaba de reducir a los pueblos indios. Después, la modernidad se propuso integrarlos. El neoliberalismo, más impaciente, quiere concentrarlos.

En Chiapas ya cumplió un año la ciudad rural de San Juan Grijalva, y quedó terminada la de Santiago El Pinar, en la montaña tzotzil, a 39 kilómetros de San Cristóbal de las Casas. Es vecina del Caracol zapatista de Oventik, sede de la junta de buen Gobierno del amplio territorio autónomo de los Altos de Chiapas, compuesto por siete municipios rebeldes.

La creación de estos “polos” es promovida por empresas de gran calado, reinas en el universo consumista: Televisión Azteca, su empresa de menudeo y enganche bancario Elektra, Telcel, Coppel (electrodomésticos), una cadena de tiendas “de conveniencia”, los mayores consorcios de pinturas y cemento. En Santiago el Pinar, los pobladores de Nachón, Pechultón, Ninamhó y Pushilhó vivirán en adelante sobre laderas escarpadas, en palafitos de cemento de colores, más pequeños que sus solares originales y lejos de la milpa. Pisos de triplay en una serranía húmeda. Los rodean cercas o quebradas.

“Enemigos de la paz”
Un argumento del proyecto es que El Pinar posee un bajísimo índice de desarrollo humano, aún siendo de tiempo atrás un centro de contransurgencia y control militar contra los pueblos zapatistas. Declarado municipio en 1998 por el Gobierno, sustrayéndolo de San Andrés Larráinzar (llamado Sakamch’en de los Pobres por los zapatistas), ya era un enclave militar y paramilitar, aún antes de la masacre de Acteal (1997) ocurrida en el también vecino municipio de Chenalhó (para los zapatistas Polhó). Hoy El Pinar es “el más pobre”. De lo que sirvió la sumisión institucional.

Quizá no deba entonces resultarnos extraño que se pretenda una ciudad rural en Chenalhó. El gobierno estatal lo niega y llama “enemigos de la paz” a quienes insisten en denunciarlo: la parroquia progresista, las comunidades eclesiales de base y organizaciones civiles como La Abejas, víctimas de la masacre de Acteal y adherentes de la Otra Campaña del EZLN:

Con las ciudades rurales, presuntamente diseñadas para erradicar la pobreza, “ya no nos dicen esclavos pero igual es para hacernos trabajar en su Proyecto Mesoamérica en sus minas, maquiladoras y plantaciones”, señalaban Las Abejas semanas atrás. El Gobierno “ya no quiere que sembremos la milpa y otros alimentos ancestrales, sino palma africana y pino piñonero”, dicen Las Abejas. “Con la milpa y el frijol nos alimentamos; palmas y piñones producen biocombustible para alimentar a los carros”. Ésta es sólo “una de las trampas de las ciudades rurales, y nunca el mal Gobierno informa la verdad y mucho menos nos consulta como pueblo, violando los tratados internacionales”.

(Ver también: REPORTAJE ESPECIAL: Ciudades rurales sustentables)

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Diagonal Web

En Chiapas, modernas reservas indias, no tan nuevas

Fuente: Diagonal Web
Las Ciudades Rurales Sustentables en México contra la memoria de las comunidades
Domingo M. Lechón. Chiapas, México
Martes 9 de noviembre de 2010.  Número 137
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Construcción de la ciudad rural sustentable Nuevo Juan Grijalva, Chiapas.

La memoria histórica en Chiapas se transmite de generación en generación mediante relatos a la luz del fuego o cuando se trabaja en la milpa, al igual que las noticias de otras partes del mundo. Después, con la paciencia y la mirada indígenas preguntan, observan, escrutan y opinan. Esto está pasando en muchas comunidades de población originaria, adonde llega el rumor de las ’ciudades rurales sustentables’, proyecto estrella del Gobierno de Sabines, con el apoyo del presidente Calderón, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y varias fundaciones empresariales (Televisa, Adobe, Instituto Carso de Carlos Slim, etc. a las que llaman “sociedad civil organizada”).

Juan José Sabines Guerrero, el gobernador del Estado de Chiapas, priísta de toda la vida aunque accedió al puesto con las siglas del Partido de la Revolución Democrática (PRD), se le distingue sobre todo por manejar de manera formidable la comunicación y la propaganda.

“Mucha publicidad pero poca información”, aparecía al respecto de las CRS en un documento reciente de la parroquia de San Pedro Chenalhó, un municipio de los Altos de Chiapas donde corre el rumor de que se construirá una de estas modernas reservas indias.

En ese documento se apela a la memoria histórica: “Hace unos 500 años, los españoles que llegaron a nuestras tierras en busca de oro también reubicaron a la población indígena diciendo, como Sabines, que era más fácil atender a varias poblaciones que se juntaran en un solo lugar que si permanecían dispersas. Estas poblaciones se llamaban reducciones”.

En el Gobierno de Chiapas explican que los objetivos de las CRS son: combatir la dispersión como causa de la pobreza y promover el desarrollo regional, generar crecimiento, inversiones, empleos de calidad y riqueza social. Pero la primera ciudad rural, Nuevo Juan de Grijalva, lleva un año en funcionamiento y sólo produce mucho descontento. Y ahora van a por la segunda, Santiago El Pinar, de las 25 que se propuso construir en su mandato de seis años, con más de 30 mil personas reubicadas.

Esta reubicación o reordenamiento territorial, como lo llaman, significa: aculturización para convertir al consumo occidental a las poblaciones indígenas; alejamiento de los campesinos de sus tierras para la “reconversión productiva” para dedicarlas al cultivo de agrocombustibles o la venta de bonos de carbono o para desarrollar minas, presas hidroelécticas e infraestructuras turísticas; dependencia de trabajos precarios para empresas exportadoras. Como dicen en la CRS Nuevo Juan de Grijalva: “ Aquí no es como antes. Aquí todo lo tenemos que comprar”. Y sin el contacto con la tierra cultivable se pierde toda la potencialidad comunitaria, las costumbres y formas de representación, y llega la desesperación, el alcohol y la violencia.

También se sabe en Chiapas que el estilo de las Ciudades Rurales Sustentables ya se utilizó en las guerras, en Vietnam (se llamaban Aldeas Estratégicas) o en Guatemala (Aldeas Modelo o Polos de Desarrollo) para combatir la insurgencia indígena, “quitarle el agua al pez” y controlar el descontento.

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La Jornada

Se busca desactivar caracoles al impulsar ciudades rurales sustentables: experta

* El programa tiene propósito contrainsurgente; se ha ensayado en otros países, afirma

Hermann Bellinghausen
Enviado
Periódico La Jornada
Lunes 15 de marzo de 2010, p. 16

San Cristóbal de las Casas, Chis. 14 de marzo. Las ciudades rurales sustentables (CRS) que el gobierno del estado planea edificar en los Altos, la selva y el norte de Chiapas “representan la respuesta estatal a la ‘amenaza’ constituida por la gestión de los caracoles zapatistas”, ha sostenido la investigadora Japhy Wilson, de la Universidad de Manchester.

Aunque oficialmente estas CRS son presentadas y promovidas como un proyecto de desarrollo social, diversos investigadores y analistas han destacado, en los últimos dos años, sus componentes de contrainsurgencia y despojo de tierras y modos de vida, lo que las convierte en un programa de aculturación, ya ensayado en las comunidades ixiles de Guatemala hace tres décadas. También se les compara, más ahora que se implantan en la zona indígena de la entidad (siendo la primera de éstas en Santiago El Pinar, en construcción), con las aldeas estratégicas creadas durante las guerras estadunidenses, de Vietnam a Afganistán.

En Chiapas se presentan como proyecto novedoso y visionario, del que se desconoce algún similar en otra región del mundo (El Heraldo de Chiapas, 20/2/08). Wilson encuentra, no obstante, que estas CRS tienen marcadas similitudes con estrategias coloniales y contrainsurgentes de control social. Y citando a la antropóloga Alicia Barabas expone que en los siglos XVI y XVII la corona española reubicó a las comunidades indígenas a través de una esquema de congregaciones o reducciones, remplazando las concepciones indígenas de territorialidad y uso de espacio por un sistema de pueblos y ciudades coloniales que representó y concretizó el poder del imperio sobre las poblaciones dispersas y potencialmente rebeldes de Nueva España.

Recuerda las más recientes aldeas modelo de Guatemala, donde en condiciones de guerra civil se reubicó a miles de indígenas en polos de desarrollo como estrategia contrainsurgente. Dice Wilson: Como las CRS, las aldeas modelo buscaron cambiar la forma de vida y modo de producción de los pueblos indígenas y campesinos a través de un sistema integral de servicios y una integración forzosa de la producción campesina a los intereses capitalistas de los sectores dominantes.

En México esto se llama, alegremente, reconversión productiva. Concentradas en las CRS, las comunidades indígenas y campesinas perderán el control de sus modos de producción. Promocionadas por el gobierno calderonista (Mouriño dixit) como solución a la marginalidad, impulsadas por Naciones Unidas, respaldadas por el Banco Interamericano de Desarrollo y patrocinadas por decenas de grandes empresas (de Telmex a Wall Mart), tienen otro tipo de implicaciones, considera la investigadora británica: el control de cada aspecto de la vida de los indígenas y campesinos por el Estado, con la negación de sus propias prácticas y formas de vida.

Y registra la observación de un miembro de la Junta de Buen Gobierno de La Realidad, de que, con las CRS, el mal gobierno nos promete tierra preparada con luz, agua potable, vivienda y hasta nos alimentan; es sólo vivir y engordar como un puerco, eso es lo que nos prometen. En cambio, observa Wilson, “los caracoles representan una alternativa concreta, donde las ‘comunidades dispersas’ están involucradas en un intenso proceso de desarrollo de sistemas autónomos de salud, educación y producción, fuera del control social del Estado y de la lógica acumulativa y destructora del capital”. Así, los caracoles constituyen un gran obstáculo al planeado espacio abstracto de autopistas, plantaciones intensivas y ciudades rurales.

Por lo pronto, en Santiago El Pinar hay tristeza en los viejos, que ven desaparecer cafetales, milpas, platanares y su manera de vivir, según un testimonio recogido por La Jornada. Pero el gobierno municipal participa y muchos jóvenes, no educados en la resistencia sino todo lo contrario, parecen convencidos de que el cambio será favorable para ellos.

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