Mexico: Café sin Carbono?
Written by Dawn Paley, Traducido por Victoria Robinson
Tuesday, 15 November 2011 17:22
Publicado en español en Upside Down World
Fuente: Watershed Sentinel

Una tarde en el estadio deportivo de Jaltenango, pequeña ciudad productora de café en el sur de México, no tiene nada en común con una tarde en una cafetería animada de Seattle, EE.UU. Lejos de las zonas turísticas, viajé a esta región montañosa por una larga carretera de tierra para ver con mis propios ojos cómo viven las personas que cultivan el café que se vende bajo el nombre del comercio justo. Después de pasar por las bodegas de café en la ciudad de Jaltenango, que llevan el símbolo de Starbucks, llegué al estadio a conocer un grupo de personas que se vieron obligadas a dejar sus hogares y las plantaciones en septiembre.
Desde diciembre, más de 100 personas damnificadas tuvieron que adaptarse a vivir en condiciones deplorables. La mayor parte de la comunidad dejó sus tierras tras derrumbes causados por los diluvios de septiembre y actualmente duermen hacinados en colchones sobre el cemento. Han sufrido una epidemia de pulgas, un brote de una enfermedad de piel y varias infecciones respiratorias.
Ubicado en el estacionamiento, el campamento central de este pueblo provisional luce como sitio de refugiados. Los techos de las tiendas son de plástico blanco y las mantas sirven como paredes de la escuela y la cocina. Pocas personas quisieron hablar con nosotros, de las cuales una señora anónima se quejó: “Es un desastre. En este maldito auditorio tenemos que dormir todos apretados.”
Los habitantes del auditorio parecen tener miedo de hablar con periodistas extranjeros, ya que creen que el futuro de la comunidad, conocida como Nuevo Colombia, depende de la bondad del Estado. El gobierno les prometió casas definitivas en un complejo de viviendas llamado ‘ciudad rural sustentable Jaltenango’ proyecto que fue previsto finalizar en febrero. Sin embargo, ya estamos en julio y no se ha construido ninguna casa en la quinta ciudad rural de Chiapas.
Las condiciones de vida son precarias. Por la mañana los hombres vuelven a sus pequeños terrenos para preservar las plantas de café. Venden sus granos a varias organizaciones, entre ellas la empresa Agroindustrias Unidas de México (AMSA), el primer comprador y exportador de café del país. Estuve poco tiempo en el complejo antes que la policía y la seguridad privada me echaran del sitio enrejado. Mi primera experiencia al conocer cómo viven los cafeticultores damnificados por un desastre climático fue tan amarga como un café del día anterior. Esto fue sólo el inicio de una serie de hallazgos desafortunados.
Monopolio del Café Verde: Starbucks y Conservation International
Durante los últimos 20 años, la empresa Starbucks ha influido en la cultura del café alrededor del mundo. Ahora no se pide un café grande, negro o con leche, sino un frappuccino tamaño venti y sin crema para quitar el sentido de la culpa. Más allá del café, los granos que llevan el sello del comercio justo y las tazas reciclables crean toda una experiencia positiva para el consumidor, el cual siente su conciencia limpia al comprar en Starbucks.
Sin embargo, cuando uno se aleja del aroma de los cappuccinos y el ruido de la máquina de expresso, se encuentra con una preocupación creciente acerca de los objetivos de la más grande cadena de cafeterías especiales del mundo. Según otros cultivadores locales y activistas del comercio justo, la peor noticia no es la engaño de Starbucks, que no cumple con sus compromisos actuales, sino la inquietud causada por sus planes para el futuro.
Sentado en el borde del arroyo que corre por la plantación de café de su familia, Efraín Orantes Abadía, vestido de camiseta, habla a las cámaras de Starbucks y Conservation International (CI). Con el sonido de un piano de fondo, explica cómo las medidas que toma su familia aseguran el cultivo ecológico del café. La próxima escena del video, que es una herramienta publicitaria para la nueva marca responsable ‘Starbucks Shared Planet’, nos transporta a una cafetería de Starbucks en donde un empleado sirve un café orgánico cultivado bajo sombra en México. La grabación transita desde un saco de granos de Chiapas hasta un cliente que habla de su gusto por el café que protege a las aves. Luego el video vuelve a la armonía de la plantación de Orantes, cuyo nombre es Finca Arroyo Negro.
Detrás de las cámaras existe una realidad muy distinta. Las condiciones laborales de los cafeticultores a pequeña escala están entre las más precarias de la región, las cuales había observado con mis propios ojos en Jaltenango. Al conocer a Orantes, dos años después de la grabación, la historia siguió descubriéndose.
Orantes nos relató que “Después de trabajar en el documental, Shared Planet, el programa de CAFE Practices, nos prometió muchas cosas para apoyarnos en nuestros esfuerzos para cuidar Triunfo (una reserva de la biosfera), nos prometieron equipos y asistencia, y no hemos recibido nada.”
Desde entonces, la Finca Arroyo Negro se dio cuenta que existían mejores alternativas económicas y dejó de vender su café a Starbucks. No fueron los únicos; tras la introducción de CAFE Practices en 2004, al menos cuatro corporativas de productores de café, reconocidas en México, rompieron relaciones comerciales con Starbucks y Conservation International. Un gran número de estos productores buscaron vender a pequeños compradores que tenían alto grado de compromiso con los principios del comercio justo.
CAFE Practices es un plan de autoevaluación elaborado por Starbucks y Conservation International, que busca promover la sustentabilidad social y medioambiental. No obstante, una socióloga de la Universidad de Chapingo, Estado de México, Marie-Christine Renard expone que “a diferencia de ‘Fair Trade’, su criterio no garantiza un precio mínimo para los productores.” Renard explica cómo, junto a Conservation International, Starbucks ha debilitado las pequeñas corporativas de café y señaló además que AMSA asume un rol de intermediario en el programa de CAFE Practices.
“[AMSA] quiere monopolizar la producción y el cultivo del café” comentó Jordan Orantes Balbuena, el padre de Efraín y dueño de la Finca Arroyo Negro. “Quieren monopolizar la producción y ellos decidir qué precio pagar a los productores.”
¿De “Sustentabilidad Social” a Carbono-Neutralidad?
Conservation International conoce bien la controversia. Con un ingreso anual que superó los 77 millones de dólares el año pasado, se podría decir que la relación de CI con el medioambiente es similar a la de Starbucks con el café: las dos son máquinas verdes.
En el informe anual de 2010 de Conservation International, se evaluó el convenio con Starbucks en Chiapas como “uno de los primeros y más destacados compromisos para tratar el cambio climático.” Sin embargo, detrás de las imágenes bonitas de los informes y videos, la verdadera relación entre CI y Starbucks no es tan transparente.
Sentí el aire acondicionado refrescarme al entrar por la puerta principal del hotel Camino Real en Tuxtla Gutierrez, la capital de Chiapas. El evento, patrocinado por el gobierno de Chiapas y Conservation International, consistió en una presentación de estrategias del sector de la producción del café acerca del cambio climático en Chiapas.
Adentro, bajo el brillo de las luces ornadas de la sala de baile, más de 100 cafeticultores fueron organizados en cuatro grupos, cada uno con un coordinador y un rotafolio. Me integré en un grupo presidido por un representante de la ONU que intentaba convencer a los hombres para que participaran con observaciones. Cuando la dinámica falló, el representante tiraba una pelota de plástico y cuando gritaba “tiempo” la persona que se quedaba con la pelota era elegida para leer partes de un documento, de 87 páginas, preparado antes de la reunión.
Me di cuenta de que este juego formaba parte de lo que el gobierno regional y Conservation International después llamarían: una reunión de consultas de campesinos cafeticultores. La prioridad de estos cafeticultores, que trabajan en plantaciones de sombra de entre 0,5 y tres hectáreas, era la minimización de riesgos relacionados con la erosión y los eventos climáticos extremos. Aunque gran número de estos eventos están relacionados con el cambio climático, CI presentó este tema como un fenómeno separado que requería una gran solución: una nueva ley climática y la ‘mano invisible’ del mercado de carbono.
Según Monica Morales, coordinadora técnica de CI: “el plan de soluciones para atenuar los efectos del cambio climático está basado en la captura de carbono por el desarrollo de árboles en las comunidades cultivadoras de la Sierra Madre.” Después del evento, Morales me contó que el plan se inauguró en 2008 y la mayor parte de sus fondos provinieron de la financiación de Starbucks, aunque su símbolo no apareció en los materiales del evento.
El informe resumen de las reuniones en Tuxtla indicaba que Chiapas debiese implementar la Ley para la Adaptación y Mitigación ante el Cambio Climático, la que fue aprobada por el congreso del Estado en 2010.
La nueva ley recomienda la implementación del Programa de Acción ante el Cambio Climático del Estado de Chiapas (PACCCH). El programa, diseñado en parte por Conservation International, busca construir una línea base para la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD), el cual es un plan de la ONU cuyo objetivo es combatir la cantidad de emisiones que produce la tala de bosques.
Durante los últimos años, el comercio de bonos de carbono ha generado un sinnúmero de críticas. Para los cafeticultores locales de Chiapas, entrar en el comercio significa la venta de bonos de carbono de las plantaciones de sombra, además de la siembra de árboles. Las corporaciones o los gobiernos pueden descontar sus emisiones de CO2 por medio de la compra de estos bonos. Organizaciones como Conservation International mantienen un papel de intermediario entre las corporaciones transnacionales y las personas que venden los bonos. Según la nueva lógica del mercado de carbono, esta transacción sirve para que los compradores de bonos puedan neutralizar sus emisiones de carbono.
A un nivel superficial, todos son ganadores. Los cultivadores reciben una pequeña recompensa anual según la cantidad de árboles en sus terrenos y a cambio de nuevas plantaciones. Chiapas y México reciben su imagen de gobiernos verdes, Conservation International crea una nueva vía de ingresos y los cultivadores de Starbucks reciben subvenciones por medio de terceros. El conjunto de las transacciones se promociona como una respuesta al cambio climático.
Sin embargo, la realidad no es tan perfecta como parece. Un proyecto piloto de ‘café sin carbono’, puesto a prueba en 2008, no logró cumplir con sus objetivos, ya que los cultivadores locales no mostraron interés en plantar árboles en sus terrenos. Una razón importante en su decisión de no participar fue el hecho de que recibían menos de 10 dólares por mes a cambio. Pero sobre todo, los árboles existentes que proveen sombra en las plantaciones de Chiapas ya absorben el CO2. Por lo tanto, su integración en el mercado de los bonos tiene poco impacto en la atenuación del cambio climático. En cambio, lo que crea es un nuevo mercado en la zona además de esconder y complicar la verdadera acción que se necesita para actuar contra el cambio climático.
Según Gustavo Castro Soto, de ‘Otros Mundos’ en San Cristóbal de las Casas, la gestión y los activistas en Chiapas recién están comenzando a entender la ciencia del cambio climático con sus impactos. “Cuando se trata de los mecanismos del mercado, que son complicados… dejamos los asuntos a los especialistas y ambientalistas, pero debería ser algo que todos entendiéramos,” constató. “Y si te atreves a criticarlas [organizaciones como CI], te acusan de estar en contra del desarrollo y de la lucha contra el cambio climático.”
Laboratorios de Carbono
Para la más grande cadena de café del mundo, la región mexicana de Chiapas sirve como laboratorio para ver si existe la posibilidad de integrar la labor de los cafeticultores en el mercado de carbono.
Cabe preguntar por qué Starbucks quería promover una ley enfocada en el cambio climático, cuando la legislación ya existía. Es esa precisamente la duda que tiene Efraín Orantes: “Creo que juntos, Starbucks, AMSA y CI están exigiendo…un nuevo criterio para poder decir que están produciendo café sin carbono,” afirmó. Conservation International ya llevó a cabo un proyecto piloto en Chiapas para probar la posibilidad de producir el llamado café sin carbono. Starbucks se negó a comentar acerca del tema antes de la publicación de este artículo.
Mientras los ejecutivos de EE.UU. preparan proyectos para aprovecharse del mercado de carbono, son los propios cultivadores en Chiapas que siguen sufriendo los impactos directos del cambio climático. “No creo que nadie dude la gravedad de la crisis del cambio climático,” opinó Castro. “Pero [los negocios, industrias y ONGs] proponen soluciones que no tendrán éxito, soluciones falsas que permiten que ellos lucren con esta crisis,” explicó.
Los diluvios y sequías repentinos son sólo algunos de los síntomas del cambio climático. Los destrozos más impactantes en esta región fueron, sin lugar a dudas, los derrumbes del año pasado que dejaron damnificada a la comunidad Nuevo Columbia. El logro de la complejidad del mercado de bonos de carbono es dar tranquilidad al espíritu de los norteamericanos que se deleitan con su café en Starbucks. Sin embargo, no logra disminuir la vulnerabilidad de las familias agrarias en Chiapas, las cuales siguen siendo víctimas de los resultados más dramáticos de estos cambios.
Dawn Paley es una periodista freelance en Vancouver.

by Dawn Paley
The afternoon scene at the Jaime Sabinas sports complex in Jaltenango, a town in southern Mexico, is about the farthest thing imaginable from a bustling Seattle coffee shop. I’ve come to this mountainous region, hours by gravel road off the tourist track, to get a first hand look at what life is like for the people who grow the coffee we’re told is fair trade.
After a drive through Jaltenango, a medium-sized, coffee growing town with prominent coffee warehouses decorated with Starbucks logos, I arrived at the stadium to meet a group of people displaced from their homes and plantations in September.
Over 100 people have been living in these close, cramped quarters since December. Most of the community left their lands after heavy rains caused mudslides in September, and now they sleep side by side on mats on the floor in a concrete auditorium. They’ve lived through an epidemic of lice, an outbreak of skin disease, and a series of respiratory infections.
The parking lot is the makeshift central park in this temporary village, which resembles a refugee camp. White, plastic roofed tents with blankets for walls serve as school and the kitchen. “It’s a disaster,” said one woman, one of the few who agreed to talk on the condition of anonymity. “In that damn stadium we have to sleep all squished together.”
The people living in the sports stadium seemed afraid of speaking to foreign journalists, as if the entire future of this community, known as Nuevo Colombia, depended on the kindness of the state government. They were promised permanent houses in a model village style housing block known as the Sustainable Rural City of Jaltenango. This new village, one of five of its kind in Chiapas, was supposed to be ready in February, but by July, not a single house had been constructed.
Most mornings, the men return to their small plots of land to care for their coffee plants. They sell their beans to a variety of organizations, including Mexico’s largest coffee buyer and exporter, United Agroindustrialists of Mexico (AMSA). Day to day life is precarious. Before long, I was escorted off the gated premises of the sports complex by police and private security. My first taste of what life is like for coffee growers displaced by an extreme climate event was about as pleasant as a day old cuppa joe. And it was just the beginning.
Green Monopolists: Starbucks and Conservation International
Over the past 20 years, Starbucks Coffee has come to shape the way people around the world drink their coffee: tall or venti, extra hot or frappuchinoed, and most importantly, no-whip, which is to say, without guilt. Beyond the coffee, recyclable cups and fair trade beans connect the Starbucks brand to a feel-good experience for consumers.
But far away from the familiar buzz of the grinder and the staccato of a barista cleaning the espresso machine, there’s growing concern about the goals of the world’s largest gourmet coffee company. Not only is Starbucks failing to live up to its current rhetoric, say other local growers and fair trade proponents, but the company’s plans for the future are cause for concern.
Dressed in a collared shirt, posed on a rock beside a stream that cuts through his family’s coffee farm, Efraín Orantes Abadía talks to a filmmaker working for Starbucks and Conservation International. He describes the measures his family takes to ensure that their coffee is grown in an ecological way, and in the final cut, gentle piano music plays in the background.
The next scene in the video, a promotional tool for Starbucks’s Shared Planet brand, is inside a Starbucks coffee shop. A barista is offering up organic, shade grown Mexican coffee, and as the camera pans along a bag of beans from Chiapas, a customer expresses their taste for coffee that protects birds. The video then takes viewers back to the Orantes’ harmonious plantation, which is known as Finca Arroyo Negro.
The reality on the ground is a little different. Small scale coffee growers are among the most precarious labourers in the region, as I’d already seen in Jaltenango. By the time I met Orantes two years after the promotional video was shot, the story shifted even more.
“Shared Planet, the program of CAFE Practices, after we worked on their documentary they promised lots of things to support us in our efforts to look after Triunfo [biosphere reserve], they promised us equipment and assistance, and we haven’t received anything,” he said.
Finca Arroyo Negro has since stopped selling their coffee to Starbucks, having realized there’s better money elsewhere. They’re not the only ones. At least four well established growers’ cooperatives in Mexico broke ranks with Starbucks and Conservation International after the introduction of CAFE Practices in 2004. Many of these growers sought out smaller buyers with a strong commitment to the principles of fair trade.
CAFE Practices is a self-regulated “farmer equity” certification program designed by Starbucks and Conservation International. “Unlike Fair Trade, their standards do not include a guaranteed minimum price to the producer,” according to Marie-Christine Renard, a sociologist from the University of Chapingo in Mexico State.
Together with Conservation International, Starbucks has undermined the strength of smaller coffee cooperatives, writes Renard, who points out that AMSA plays an intermediary role in the CAFE Practices program.
“They want to monopolize the production and cultivation of coffee,” said Jordan Orantes Balbuena, Efraín’s father and the owner of Finca Arroyo Negro, referring to AMSA. “They monopolize production, and they pay producers the price they want.”
From “Farmer Equity” to Carbon Neutrality?
Conservation International is certainly no stranger to controversy. With annual revenues upwards of $77 million last year, you could say that CI is to environmentalism as Starbucks is to coffee: a green machine.
In their 2010 annual report, Conservation International calls the results of their partnership with Starbucks in Chiapas “one of the first and most notable corporate engagements to address climate change.” But outside the feel good gloss of annual reports and promotional videos, the relationship between CI and Starbucks isn’t quite so transparent.
The air conditioning blasted cool relief as I stepped through the front entrance of the sprawling Camino Real hotel in Tuxtla Gutierrez, the capital of Chiapas. The occasion was the presentation of the coffee growing sector’s strategy with regards to climate change in Chiapas, an event hosted by the Government of Chiapas and Conservation International .
Under the bright lights of the chandeliers in the hotel ballroom, over 100 coffee farmers were broken into four groups, each sitting around a facilitator with a flipchart. I joined in the back of one of the groups, our facilitator was a representative from the UN. He was coaxing the men to participate, asking them to give some feedback; when that failed he tossed around a plastic ball, and whoever got stuck with it when he called out “time up” would be required to read from an 87 page document prepared before the meeting started.
This, I realized, was part of what Conservation International and the government of Chiapas would later call a consultation process with peasant farmers. Risk management, related to erosion and extreme weather events was the top priority for these coffee farmers, who tend to between 0.5 and three hectares of shade grown coffee plantations. Many of these events are connected to climate change, though CI presented climate change as an altogether separate phenomenon, for which it proposed a novel solution: a new climate law, and the invisible hand of the carbon market.
“The project on actions to mitigate climate change, which is forest carbon capture in coffee growing communities in the Sierra Madre, started three years ago, in 2008,” said Monica Morales, the technical coordinator of Conservation International. Morales and I spoke after the session had wrapped up for the day.
Although their logo didn’t appear on event materials, Morales told me Starbucks was the main financier of the meeting.
The final document from the meetings in Tuxtla recommended that Chiapas implement the Climate Change Adaptation and Mitigation Law, which was passed by the state congress in December 2010.
One of specific outcomes of the new law is to encourage the adoption of the State of Chiapas Climate Change Action Plan (PACCCH), which Conservation International had a hand in developing. The PACCCH calls for baseline studies towards the implementation of Reducing Emissions from Deforestation and Forest Degradation, (REDD), the United Nations’ plan to integrate forests into the carbon market.
Carbon trading schemes have invited intense criticism over the past years. In the case of small coffee farmers in Chiapas, entering the carbon market will involve selling carbon credits from trees on their shade grown plantations, as well as planting new trees. The buyers of carbon credits, be they corporations or governments, would thus offset their emissions. Groups like Conservation International will act as intermediaries between transnational corporations and the people selling the carbon credits. According to the emerging logic of the carbon market, this would neutralize the carbon output of those who buy the credits.
On the surface, it appears that everybody wins. Farmers will receive small annual payments for the trees that are already on their land, or new trees they’ve planted. The governments of Mexico and Chiapas will green their image, Conservation International will create a new revenue stream managing their credits, and Starbucks’ growers will receive subsidies through third parties. The whole exercise will be branded as a response to climate change .
The reality may well prove to be otherwise. A pilot project for carbon neutral coffee carried out in 2008 failed to deliver on its stated goals when small scale coffee farmers didn’t show interest in planting trees on their properties. One of the key reasons farmers didn’t participate was because they received less than $10 a month in the first year for planting new trees. But more importantly, the trees that provide shade on small plantations in Chiapas already absorb carbon. Integrating them into the carbon market changes little in terms of actually counteracting climate change. Instead, it creates a new market around them, and further obscures and complicates what real action against climate change requires.
The science of climate change and the impacts it causes is something that organizers and activists in Chiapas are just starting to understand, says Gustavo Castro Soto, an organizer with Otros Mundos in San Cristobal de las Casas. “When it comes to the market mechanisms, which are complicated… Those are left to specialists and environmentalists, even though we should all understand them,” he said. “And if you criticize them, [organizations like Conservation International] come after you saying you’re against development, that you’re against fighting climate change,” said Castro.
Carbon Laboratory
For the world’s largest coffee company, Chiapas, Mexico is a key laboratory to test the possibilities of hooking the farmers at the base of their supply chain into the carbon market.
Why would Starbucks want to promote a law specifically dealing with climate change, when there’s already other environmental laws? That’s precisely the question Efrain Orantes has been asking himself.
“I think that together, Starbucks, AMSA and CI are creating… a new standard, to say that it is carbon neutral coffee,” he said. Conservation International has already run one project in Chiapas modeling the possibility of café sin carbono, or coffee without carbon. Starbucks refused to answer questions about this issue before this story went to press.
While executives in Seattle and Washington draw up plans to take advantage of the carbon market, it is small farmers in Chiapas who continue to bear the direct burden of climate change. “I don’t think anyone is denying the climate crisis and climate change,” said Castro. “But [business, industry and large NGOs] are proposing solutions that won’t work, false solutions to climate change, and they’re making money off of this crisis,” he said.
Erratic rains and unexpected droughts are just part of how the climate is changing. The strongest impacts are without a doubt the weather events that lead to disasters like the mudslides that displaced the community of Nuevo Colombia last year. The complicated logic of the carbon market might give pause to conscientious North Americans with the means to sip coffee at Starbucks. But it does little to decrease the vulnerability of farming families in Chiapas, who will continue to suffer the most dramatic consequences of the climate crisis.
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Dawn Paley is a freelance journalist in Vancouver.