News:

buscadoras

image/svg+xml image/svg+xml
radio
Radio Zapatista

“Ojos de esperanza”: Exposición en solidaridad con las Madres Buscadoras

En México hay más de 100 mil personas desaparecidas y 115 mil no localizadas. El gobierno y sus dependencias han fallado gravemente en la búsqueda y en el rescate de personas desaparecidas. Por ello, hoy existen entre 100 y 120 colectivos de familiares que buscan a sus seres queridos por cuenta propia. Son decenas de miles de padres, hermanas, hermanos y, en su mayoría, madres: LAS MADRES BUSCADORAS, mujeres que arriesgan sus vidas para encontrar rastros de sus hijas e hijos desaparecidos. La crisis en México es profunda y dolorosa. Frente a la apatía y la inacción oficial, LAS MADRES BUSCADORAS HAN ENTRADO EN ACCIÓN. No cuentan con protección institucional; han sido hostigadas, agredidas y algunas han sufrido ataques mortales.

Este sábado 10 de enero, en San Cristóbal de Las Casas, se presenta la exposición Ojos de esperanza, con ojos bordados por niños que han perdido ojos por cáncer y sus familiares.

Galería de Kikimundo
Calle Hidalgo 3
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas
Sábado, 10 de enero de 2026 – 6 pm

Con nuestros ojos bordados queremos decirles: Las vemos. Los vemos. No están solas. Somos solidari@s. Todo lo recaudado de estos ojos –bordados por personas de muchos lados de la republica y del extranjero– beneficiarán directamente a Madres Buscadoras.

En la exposición se espera también la participación de la ceramista Erika del Río, con la muestra La vista gorda, creada especialmente para Ojos de esperanza:

LA VISTA GORDA. Nunca he perdido a alguien de esta manera, he logrado ver su cuerpo antes de despedirme y aceptar que no volveré a sentir su calidez. Una urna funeraria que lastimosamente no contiene nada ni puede. Perforada, silenciada en el cierre de carpetas ocultas y olvidadas. Ante la indiferencia e incompetencia de las autoridades, la impunidad y los intereses políticos que pisan la dignidad humana ante la materia inexistente, intangible del cuerpo. La gorda… la vista gorda ante tantos hechos, ante el peso gigantesco que se siente, con las miradas que buscan sin cansancio contra las que esquivan responsabilidad. Ciudadanos que ven la verdad y se arriesgan para hacer justicia. La gorda situación que parece no ser vista y pasar inadvertida. Ignorada. Declaro: Yo te veo –como mujer, como ser humano que ha vivido con la muerte de la mano, como hija, como hermana–. Siento, el coraje de la injusticia de la mentira, el dolor de una memoria, de una herida que no logra sanar, la herida que sigue abierta. En la búsqueda sin norte ni sur, en la ubicación desconocida, en el sonido del silencio y en el estruendo de las balas que se ven por gravedad en las cenizas. Enciende una luz en el camino de la desesperación, el desconsuelo, la angustia y la tristeza de no saber dónde, cuándo, cómo, por qué. Una luz para resignificarse ante la duda, para la fuerza y la valentía. Un abrazo en soledad y al interior de cada familiar y ser amado que se ha quedado incompleto sin autorización, sin permiso, sin justificación.
Erika del Rio

radio
ͶÀT IꟼAƆ ⅃Ǝ

Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después. Séptima Parte: Hasta encontrarnos | ͶÀT IꟼAƆ ⅃Ǝ

Fuente: Enlace Zapatista

Sobre el tema: La Tormenta y el Día Después.

Séptima Parte: Hasta encontrarnos. 

  En un rincón de la montaña, el Viejo Antonio forja su cigarrillo frente a una tímida fogata.  Sólo la madrugada escucha sus palabras:

  “Cuentan los más anteriores de nuestros anteriores que en el principio fue la oscuridad, la niebla, el silencio, inmóvil todo.  Estaban ya los más primeros dioses, los que nacieron el mundo.  Pero no fue sino hasta que las primeras palabras fueron dichas que el tiempo empezó su alargado camino.

  Muchas cosas crearon los más primeros dioses, los que crearon los mundos.  Cosas terribles y maravillosas que habrían de encontrar su razón, motivo y destino conforme creciera el paso de los creados, los así formados.

  El corazón del cielo, Hu Rakan, tormenta, relámpago y rayo se hizo para castigar a los seres que, a su madre más primera, la tierra, habían faltado el respeto.  A quienes la vendieron, a quienes la compraron, a quienes la prostituyeron, a quienes la asesinaron.  Para ellos fue el terror, la destrucción, la desesperanza, el vacío.

  Sólo a algunas personas les dieron con qué protegerse.  Les dieron las artes, y les toleraron -y hasta alentaron-, la blasfemia de las ciencias.  Porque esos dioses más primeros, los que nacieron el mundo, crearon a quienes les honraban y a quienes les desafiaban.  Porque con la duda, se dijeron, también se fertiliza el mañana.

  Pero otorgaron especial atención a quien le mueve la memoria, a quien la convierte en indignación y lucha.  Dieron a quien busca, la esperanza y la permanente sorpresa de encontrar a quienes están perdidos en el olvido y el abandono.  Nada reciben, pero reparten certezas donde la incertidumbre ha sembrado pena.  Quien busca sin descanso, es gente cierta de encontrar siempre.

  Así dijeron los más primeros dioses, los formadores de mundos.  Así fueron dichas las primeras palabras y así los primeros pasos”.

-*-

  Anochece y en la planada se concentran todos.  Los originales y los después llegados.  Quienes recién se incorporaron a esa comunidad no muy saben de qué se trata, pero parece que es algo muy solemne y especial.  Como si algo grande pasara.

  Usted escucha un murmullo que se extiende: “Nana’jatikon, Yayatik, Lak´chuchuo´j” (*)

  Las madres buscadoras están al centro, con la hoguera agrandando más sus sombras, ya de por sí gigantes sobre la gente.  Ellas saludan casi como pidiendo perdón.  Quienes coordinan la reunión no les pregunta quienes son, ni qué saben hacer.  En la asamblea todos las miran con una mezcla de cariño, admiración, respeto.

  Esa mirada que sólo se encuentra ya en las comunidades originarias cuando topan a alguien con la suficiente estatura moral para mirarles de frente.

  Las Buscadoras hablan: “Pues hasta acá llegamos, hermanitas, hermanitos.  No sabemos qué decirles, sólo que aquí estamos.”

  De entre quienes están en la silenciosa asamblea, se separa un pequeño grupo de niñas y niños.  Llevan ramos de flores silvestres, de ésas que se encuentran en milpas y potreros.  Les entregan a las madres buscadoras y repiten: Nana’jatikon, Yaya tik, Lak´chuchuo´j” (*).

  Las Buscadoras batallan para articular palabra alguna.  Sus miradas húmedas brillan por el reflejo de la fogata que preside la reunión.

  La más pequeña les dice:

  “Nana’jatikon, Yaya tik, Lak´chuchuo´j (*), nuestras abuelas, nuestras anteriores, nuestras guías, madres nuestras.  Sólo queremos decirte gracias.  Gracias porque no te desmayaste, no te rendiste, no te desanimaste, y no paraste hasta encontrarnos.  Aquí estamos nosotros, los más pequeños.  Aunque lejos, cerca miramos tus pasos.  Aunque débil, fuerte escuchamos tu voz.  Aunque velada por la pena, tu mirada fue y es luz en nuestro camino.  Y tu corazón uno ha sido con el nuestro”.

-*-

  Apartando nubes como si fueran maleza incómoda, la luna se asoma sonriendo.  Es ya la madrugada… del día siguiente.

El Capitán.
Noviembre del 2024.

(*) “Nuestras abuelas” en las lenguas mayas tzeltal, tzotzil y cho´ol, respectivamente.