Autonomy and Resistance
(Español) El CIG: Falta lo que falta (Video)
Fueron casi 130 días observando la caravana del Concejo Indígena de Gobierno y Marichuy, su vocera. Esta banda ha viajado en una furgoneta con recursos mínimos y condiciones precarias por más de 120 lugares en todas las regiones de México, para cumplir una agenda que no era de comicio pero que pretendía atender una demanda de presencia en las comunidades, fomentar la organización y coser la unión de los pueblos (originarios o no) por la vida. El proceso mostró las incompatibilidades y desniveles entre los modelos de representación del sistema de los que están en el poder y los independientes de verdad. El logro de las firmas para constar en la cédula electoral era una buena estrategia para dar visibilidad a las causas y problemas de los pueblos indígenas, pero éste no era el único objetivo: las dificultades encontradas durante el recorrido también revelaron y aproximaron ideas y personas.
Banda sonora:
“Verte regresar” por Belafonte Sensacional y Paulina Lasa (devueltaacasa.org)
“Mujer con corazón” o “La cumbia de Marichuy” por Los Originales de San Andrés
Vídeo y fotografias por André Mantelli
(Español) María de Jesús Patricio y el CIG: lo que sí se logró
Por R. Aída Hernández Castillo*
El 19 de febrero finalizó el plazo de registro de los candidatos independientes a la Presidencia de la República. Sólo tres candidatos “independientes” lograron el registro, los tres con gastos diarios iguales o mayores a los que hicieron los candidatos partidistas. María de Jesús Patricio, vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), no logró conseguir uno por ciento de las firmas de padrón electoral de 17 estados como se requería para que fuera candidata independiente. Desde el principio supimos que se trataba de una contienda muy desigual en un terreno profundamente marcado por las desigualdades que caracterizan a nuestro país. Mientras Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, gastaba 58 mil pesos diarios y contaba con todo el aparato institucional del gobierno del estado de Nuevo León para juntar las firmas, María de Jesús Patricio gastaba 860 pesos que compartía con los concejales y concejalas que viajaban con ella. Las barreras tecnológicas se enfrentaron en todo el proceso: la necesidad de un dispositivo celular moderno que permitiera bajar la aplicación para juntar las firmas, la conectividad por Internet requerida, el dinero para la movilidad de los auxiliares; cada uno de los pasos representaba una lucha contra las desigualdades y exclusiones que Marichuy y el CIG están denunciando.
Tengo que reconocer que como integrante de la Asociación por el Florecimiento de los Pueblos AC, que apoya su registro, me siento frustrada por no haber logrado superar todas esas barreras y no haber podido hacer más por mover las conciencias de este país en torno a la urgencia de cambios profundos. Este sentimiento se agudiza porque el 19 de febrero estoy en Ahome, territorio yoreme, donde la violencia del crimen organizado coludido con las fuerzas de seguridad ha convertido al estado de Sinaloa en una gran fosa común. Los testimonios de las madres de los desaparecidos nos recuerdan una y otra vez que estamos en un momento de emergencia nacional, que no se soluciona con “capacitaciones” o “modernizaciones institucionales”. Requerimos un cambio profundo que ninguno de los candidatos que aparecerán en las boletas electorales está dispuesto a hacer.
El país está plagado de Ayotzinapas anónimas donde las fuerzas de seguridad coludidas con el crimen organizado están perpetrando un juvenicidio delante de nuestra mirada y con la complicidad de nuestro silencio. Los estudiantes de Conalep masacrados en Juan José Ríos por no acatar el toque de queda establecido por el crimen organizado que controla el ejido más grande de México; la joven yoreme estudiante de la Universidad Intercultural de Sinaloa, cuyo cuerpo apareció en una fosa clandestina en Capomos; los 117 cuerpos encontrados por Las Buscadoras, madres de desaparecidos que con picos y palas buscan a sus “tesoros”, no parecen propiciar ya marchas ni protestas. Nos hemos acostumbrado a esta política de muerte.


























































